sábado, 12 de septiembre de 2009

"LAS MENTIRAS DE LA CIENCIA" 1993 de Federico di Trocchio


Federico di Trocchio nos regala un resumen bastante completo de la historia de la mentira científica. El libro atiende de manera certera y amena cada caso, contextualizando cada mentira antes de juzgarla ligeramente.

Si hubiese que sacar alguna conclusión de todos los casos podría decir que los científicos siempre han mentido, o mejor dicho, que siempre ha habido científicos que han mentido sin importar su talento o prestigio. Antes se solía mentir por un ideal o por una idea, ahora se miente más por dinero, debido al sistema de financiación norteamericano que compromete la supervivencia del investigador.

CAPÍTULO I. LOS NOBEL TAMBIÉN HACEN TRAMPA.


Tolomeo, el gran astrónomo de la antigüedad que nos dejó un legado de estrellas bien catalogadas, parece ser que no hizo los cálculos necesarios por sí mismo, sino que los copió de su predecesor Hiparco de Nicea.

Galileo, famoso por su experimento de las esferas de diferente peso en la Torre de Pisa, y también por otros menos conocidos como el del mástil del barco o el del plano inclinado que tanto hemos dibujado los estudiantes de ciencias, resulta que no hizo ninguno de los mencionados experimentos.



Incluso Newton, según muchos el más grande científico de todos los tiempos, tenía una tendencia a "trucar" sus experimentos para que coincidiesen con la teoría que había creado, la cual era bastante exacta aunque no hubiese exactitud en aparatos de medición que se usaban en la práctica. Pero es que incluso su Ley de la Gravitación Universal, por la que se hizo archiconocido, parece haber sido plagiada de Robert Hooke, al menos la idea general, porque la verdad es que fue Newton quien la tradujo a lenguaje matemático.

La carga del electrón, descubierta por Robert Millikan, fue producto de una selección interesada de 58 gotas de aceite. Millikan "aceleró" sus resultados para contrarrestar las investigaciones de Felix Ehrenhaft que empezaban a calar entre la comunidad científica abriendo el debate de cargas menores que la del electrón. Sin embargo, nuevamente, el descubrimiento del supuesto fraude no ha supuesto ninguna revisión, pues se sigue admitiendo como válido el valor original aportado por Millikan. Es de suponer entonces, que las intentonas de Ehrenhaft fueron incorrectas, mientras que la de Millikan eran correcta desde un principio a pesar de eliminar las gotas de aceite que no cuadraban con lo que él esperaba.

Emilio Segré descubrió el anti-protón, motivo por el cual se le concedió el premio Nobel de Física en 1959. Pero fue Oreste Piccioni quien ideo el experimento y se lo comentó a Segré. Cuando en repetidas ocasiones, después del premio Nobel, aquel le reclamó compartir la gloria lo único que obtuvo fueron promesas de puestos mejores si guardaba silencio. Estas promesas no se plasmaron en nada durante décadas, y cuando Piccioni recurrió a los tribunales, era demasiado tarde y el caso había prescrito.

RELATIVIDAD

Ciertamente Trocchio parece un irredento de la ciencia, ya que aparte de registrar la historia del fraude científico, a menudo parece verter su propia opinión iconoclasta contra grandes vacas sagradas de la ciencia. Es el caso de la relatividad de Einstein en la que me detendré un poco más que en los otros casos. El autor ataca a la relatividad por dos flancos:

1) Las paradojas del reloj o de los hermanos gemelos. Estas paradojas están muy debatidas desde hace décadas, y hay quienes las han resuelto y quienes todavía las consideran parte de una teoría sobrevalorada e incluso falsa.

Intentaré resumirlo. Si un gemelo viaja a casi la velocidad de la luz hacia una estrella, y el otro gemelo lo espera en la Tierra, cuando aquel vuelva estará más joven que su hermano, porque el tiempo a tan alta velocidad pasa más lentamente. Eso lo dice la relatividad especial y aunque nos resulte paradójico, no se trata de la paradoja que intenta cuestionar la relatividad. La paradoja consiste en darle otra vuelta de tuerca más al ejemplo, y retorcerlo demasiado para mi gusto: se asume que el que viaja puede percibir al que se queda como alejándose a velocidad uniforme (sistema inercial), y creería por tanto que no es él el que está viajando a casi la velocidad de la luz, sino su hermano montado encima de un planeta Tierra (junto con el resto del Universo) que se alejan casi a la velocidad de luz, mientras él permanece en reposo absoluto. La paradoja, aparte del silopsismo del gemelo viajero, es que si aceptamos que el gemelo que espera en la Tierra puede estar moviéndose con respecto al gemelo viajero, entonces al regresar a la nave (supuestamente inmóvil) montado en la Tierra, el gemelo de la Tierra sería más joven que el de la nave, porque habría estado viajando a una velocidad próxima a la de la luz. Y eso es imposible. Es una paradoja; o es más joven uno o el otro, pero no los dos a la vez.

Teóricamente el planteamiento no es descabellado, porque una persona que se mueve sin fuerzas que actúan sobre ella (sin aceleración ni desaceleración), es incapaz de distinguir si se mueve ella o su entorno. Esto me suele pasar cuando el tren está arrancando muy despacio, a veces me parece que son las farolas y los bancos del andén las que se mueven. También me ha pasado cuando estoy en un semáforo, con el coche quieto y el freno pisado; sin darme cuenta he dejado de pisar el freno y el coche se mueve muy lentamente, y entonces la sensación es que son los demás coches los que están moviéndose... afortunadamente la ilusión es muy fugaz y vuelvo a pisar el freno inmediatamente.

Pues bien, estoy de acuerdo en que estas situaciones, junto con la del gemelo viajero, pueden dar la sensación de quietud, pero solo es eso, una sensación. Tanto el tren, como el coche, como la nave espacial se están moviendo, independientemente de la sensación que tengan sus ocupantes. Y a pesar de esa incapacidad para distinguir el reposo del movimiento constante, tal y como la física reconoce debido a que todo movimiento es relativo según el sistema de referencia desde el que midamos (no existiendo en último término sistemas inerciales libres de fuerzas), el hecho es que uno se estará moviendo y el otro estará quieto. Sobre uno habrá actuado la capacidad ralentizadora de la velocidad de la luz, mientras que sobre el otro gemelo no.

No obstante, los relativistas justifican el diferente paso del tiempo porque existe una asimetría entre un gemelo (o reloj) y el otro. El que se fue de viaje sufre aceleraciones (positivas y negativas, de salida y de llegada) y el que se queda en la Tierra no, o al menos son despreciables. Esas aceleraciones serían el motivo de que el tiempo pase más despacio dentro de la nave. Si esto es así, que no me queda muy claro, podríamos fácilmente idear otro experimento mental que eliminase esas aceleraciones del ejemplo, y preguntarnos si es realmente el movimiento próximo a la velocidad de la luz o las aceleraciones necesarias para conseguirlo, lo que provocó una perturbación del ritmo del tiempo. Y podríamos también volver a dar la misma vuelta de tuerca y provocar la misma paradoja a la que, esta vez, los relativistas no podrían contestar con las aceleraciones de ida y vuelta. Ese ejemplo podría ser el gemelo 1 que viaja desde A hasta C, pasando por B (todo ello en línea) donde está el gemelo 2. Cuando 1 llegue a C, ¿qué edad tendrá 2?.

El autor del libro no profundiza tanto, se limita a constatar que existe una paradoja porque solo uno de ellos puede ser más joven que el otro. Pero me parece que desde hace tiempo estas paradojas parecen haberse resuelto sin mayores discrepancias. Para comprobaciones más complejas y matemáticas pincha aquí.


2) El experimento de Michelson y Morley, destinado originalmente a confirmar la existencia del éter y que posteriormente sirvió para todo lo contrario, se menciona frecuentemente como el hecho desde el que partió Einstein para su teoría de la relatividad, cuando en realidad Einstein apenas lo tuvo en cuenta. En ciencia, se pueden realizar descubrimientos a partir de hechos observables sobre los que se construyen teorías que los expliquen (inducción), o se puede hacer a la inversa; partir de principios y construir teorías que posteriormente sean confirmadas con hechos (deducción). Parece que el fraude, según el autor del libro, sería que los partidarios de la relatividad habrían consagrado la idea, en los libros de texto, de que Einstein se apoyó en un hecho, la invariabilidad de la velocidad de la luz, acreditado por el experimento de Michelson, para así dotar a la teoría de la relatividad de una mayor credibilidad.

Pero buena parte de la culpa la tiene el propio Einstein, quien se manifestó de manera contradictoria en numerosas ocasiones, tal y como ilustra Walter Isaacson en su libro "Einstein, su vida y su universo" (p.146). A veces decía que llegó a conocer el experimento antes de 1905, y otras veces dijo lo contrario. Isaacson parece concluir, después de una profunda investigación, que Einstein hablaba de memoria muchos años después, pero la verdad apunta a que Einstein sí llegó a conocer el resultado del experimento en cuestión, aunque algunos defienden lo contrario. Fuera como fuese, hoy en día existe consenso en que apenas hay conexión entre ambos descubrimientos y no tuvo mayor relevancia a la hora de construir la teoría de la relatividad especial, puesto que Einstein ya daba por sentado que no existía ningún eter, entre otras cosas porque ya eran muchos los que habían fracasado en descubrir la sustancia "eterea".

Entonces, ¿la acusación de fraude de Federico di Trocchio es razonable? A mi modo de ver es muy débil, porque no está meridianamente clara la intencionalidad de quienes, según él, pretenden vender la teoría de la relatividad como fundamentada en hechos. Más bien al contrario, el propio Einstein dijo que el experimento era "crucial", pero también llegó a decir que no tuvo mayor importancia. No parece que sea ésta una mentira que se haya pretendido sostener invariablemente en el tiempo. Según una carta de Gerald Horton (ver nota número 20, del capítulo Relatividad Especial, del libro de Walter Isaacson),  es cierto que durante décadas se habían asociado ambos sucesos, sin embargo:

"Todo esto cambió cuando se hizo posible examinar con detalle los propios documentos de Einstein sobre la materia... incluso los no historiadores han renunciado desde hace tiempo a la idea de que existiera una conexión fundamental entre ese experimento concreto y el trabajo de Einstein."

Al autor no parece gustarle la relatividad, y no parece ser el único. Louis Essen, quien inventó los precisos relojes atómicos que paradojicamente sirvieron después para apoyar la teoría de Einstein (experimento de los aviones con relojes atómicos de Hafele y R. Keating), fue uno de los detractores relativistas. Pero tanto con las paradojas como con el experimento Morley-Michelson, no parece demostrar ninguna falsedad en lo que a la teoría se refiere. Aún así Federico di Trocchio concluye:

"La relatividad no debería considerarse como un capítulo de fe sino como una elegante propuesta teórica que nació y se desarrolló principalmente en el nivel matemático pero que aún resulta difícil de aceptar debido a las paradojas a las que conduce."



CAPÍTULO II. CRÍMENES Y CASTIGOS.

El norteamericano Robert Gallo trató de colgarse la medalla de descubridor del virus del SIDA, sin embargo, y tras las oportunas batallas en ambas partes del Atlántico, tuvo que reconocer que los franceses habían sido los verdaderos descubridores. Todo ello sin admitir culpa alguna... se habían mezclado los cultivos de Montagnier en su laboratorio "por error".

El caso del fraude del Nobel David Baltimore, que se llevó por delante la carrera profesional de una secretaria que lo denunció, es denominado como el Watergate de la ciencia americana, pero lo mas interesante es la intervención de unos tipos muy peculiares. Son Ned Feder y Walter Stewart, conocidos como "cazadores de fraudes". Estos científicos con vocación de detectives fueron presionados cuando metieron sus narices en el asunto Baltimore, pues fue casi toda la comunidad científica de EEUU la que se vio involucrada. Les retiraron su financiación y se tuvieron que trasladar a un sótano. Estos caza-fraudes sí que protagonizan una verdadera colección de novelas policíacas.

CAPÍTULO III. ¿LA CIENCIA CON MAYÚSCULAS O EL EMBUSTE CON MAYÚSCULAS?


En este apartado se profundiza en algunas conclusiones de la cientometría (disciplina poco conocida que es una especie de sociología de la ciencia para saber cómo va a nivel general el progreso científico).

El famoso científico James Watson que descubrió la doble hélice del ADN en 1953, publicó dos años antes otro libro no tan famoso en el que cuenta cómo la profesión científica se ha denigrado al someterse al mercado, a la política y sobre todo a la vanidad personal. Él mismo se retrata como capaz de espionaje de colegas usando a sus hijos, y otras mezquindades. La competitividad hace que el mito del investigador se transforme en un mercenario de la ciencia que busca prestigio y financiación. El dinero que mueve las investigaciones solo se otorga para unos intereses comerciales muy concretos. Cualquier descubrimiento que no esté previamente programado y del que no existe beneficio económico no tendrá éxito, y al investigador no le merecerá la pena aventurarse a que no se le reconozca ni se le financie su trabajo.

En buena parte, el responsable es el sistema de financiación norteamericano, que hasta los años 60 se centraba en investigación militar y que a partir de entonces se centró en la medicina y la biología. Este sistema ha producido el mayor número de premios Nobel gracias al control de los colegas en los comités, pero al mismo tiempo dificulta la labor de los nuevos científicos, premia a los ya establecidos y defiende corporativamente a los culpables de fraude. Sin embargo el sistema europeo no es del todo mejor. Según di Trocchio, en Europa es más difícil el fraude porque no existe tanta competencia, pero una vez cometido, es más fácil desenmascararlo en EEUU que en Europa, donde se pueden poner mil trabas burocráticas que entorpezcan la investigación.

Hacia 1945 el informe de Vannever Bush "Ciencia, la frontera infinita" exponía el futuro de la ciencia como siempre creciente. Nos esperaba un futuro utópico de bienestar donde el progreso de la ciencia seria constante. De ahí quizás esos maravillosos anuncios de los años 50 en los que las ingenuas amas de casa presentaban sus electrodomésticos como la solución final a sus problemas. Pero ese mito murió con el informe de Leon Lederman en 1991:

"La conclusión es que, a medida que la ciencia crece, aumenta el número de científicos poco creativos y mediocres respecto del de los genios. En otros términos, a medida que la población científica crece, disminuye su potencial creativo. Cuanto más crece el número de científicos, más cuesta llevar a cabo los descubrimientos. [...] Las consecuencias paradójicas de un eventual crecimiento exponencial continuado de la ciencia demuestran con bastante claridad, que este fenómeno como todos los del mundo real, no podía continuar creciendo hasta el infinito."


Este futuro no debería sorprendernos, habida cuenta de que el dominio tecnológico de occidente tan solo se remonta a 300 años atrás. Previamente habían sido los egipcios, los griegos, los turcos, los italianos, los chinos, los árabes... etc, quienes lideraban el mundo y lo hacían progresar. No estamos, por tanto, del lado del progreso de manera automática, sino que nos lo tenemos que ganar.

CAPÍTULO IV. DESCUBRIMIENTOS Y REDESCUBRIMIENTOS DEL AGUA.

Resulta muy interesante cómo narra el autor el nacimiento de la fraudulenta "memoria del agua". ¿Es posible que el agua se impregne de propiedades de sustancias con las que ya no está en contacto? ¿Es posible que una sustancia diluida hasta la saciedad en litros y litros de agua conserve sus supuestas propiedades curativas incluso cuando ya no queda ni rastro de la sustancia? Será el agua capaz de recordar su pasado? Esta es la base de la homeopatía.

Todo surgió en 1988 cuando se publicó un artículo en la revista Nature, a la que se la han dado con queso en varias ocasiones, en el que se aseguraba que el agua tenía memoria. El laboratorio francés del que salió el artículo acepta la condición de Nature de que debía someterse a las pruebas de control que establecerían los tres "inquisidores de la homeopatía": el propio editor de Nature, Maddox, y los caza-fraudes Stewart y James Randy. El resultado tras repetir los experimentos con doble ciego, es que no había efecto homeopático. No se pudo determinar a ciencia cierta si existió fraude o error, pero hay fundadas sospechas de que se intentaron retocar los datos y las muestras. Lamentablemente, años después el responsable del laboratorio, Philippe Lazar, presionado por la vergüenza de tener a Davenas y Benveniste (autores del experimento) entre sus trabajadores, encargó una nueva investigación que no tenía la independencia de las anteriores, y que terminó con un ligero éxito homeopático al concluir que el fenómeno existía aunque los datos estadísticos eran extraños. Lo extraño parecía ser que allí donde se usaba el doble ciego, el agua sufría de desmemoria profunda, pero donde no existía tal control, los datos eran demasiado positivos. A estos resultados se agarran los homeópatas para justificar que su disciplina tiene rigor científico, a pesar de que todos los meta-análisis (análisis de análisis) que se han hecho posteriormente han sido un rotundo fracaso. Más allá de la casualidad o el efecto placebo, no existe efecto terapéutico en la homeopatía.



CAPÍTULO V. DELITOS DE BATA BLANCA

El ginecólogo William Mcbride protagonizó un escándalo en Australia. Quizás se atrevió a falsear la dosis administrada a sus ratones precisamente porque tenía la medalla de haber descubierto los perjuicios de usar talidomida en bebés. Me recuerda bastante al ginecólogo que descubrió la utilidad de la amiocentesis, el cual posteriormente se vio envuelto en un escándalo peor al dejar preñadas a muchas de sus pacientes con su propio esperma. El argumento era que él era un buen ciudadano, sano y religioso, y consideraba que él mismo era la mejor opción para la reproducción de sus pacientes. Fue llevado a juicio y el escándalo fue monumental. Esto lo vi en un documental cuyo título incluía la palabra "inseminador" pero no recuerdo más datos.

El libro se extiende en más casos relacionados con transplantes, oncología y pruebas para autorizar medicamentos.

CAPÍTULO VI. FALSIFICACIONES AFORTUNADAS Y DESAFORTUNADAS


La más famosa es la del Hombre de Piltdown, que parece sacada de una novela de Sherlock Holmes hasta el punto de que se baraja como posible autor el creador del insigne detective, Sir Arthur Conan Doyle. Pero el Hombre de Piltdown se deja para un capítulo especial dedicado a los fósiles.

Frank Moewus falsificó sus experimentos y engañó a su maestro para intentar demostrar que la idea de una sexualidad diferenciada en machos y hembras era la regla universal de la vida, cuando se sabe que algunas especies se reproducen por escisión y otras simplemente no tienen género, como las algas. Después de varios años de éxito entre la comunidad científica, Moewus fue desenmascarado en mitad de una conferencia.

Más dramático fue el caso de Paul Kammerer y sus sapos parteros. Este zoólogo austriaco defendía la idea lamarckiana de que lo aprendido en vida se hereda a la siguiente generación. Si lo aceptamos, llegaríamos a la conclusión de que una jirafa que se haya esforzado por estirar su cuello toda su vida, le transmitiría a sus crías el carácter adquirido "cuello más largo". Esta idea de evolución es la que se aceptaba antes de que Darwin la explicase por selección natural. Kammerer se quedó en el pasado y fabricó las pruebas para demostrar la vigencia de las ideas de Lamarck.

Mientras que la mayoría de los sapos se reproducen en el agua y necesitan desarrollar unos enganches especiales para aferrarse a la resbaladiza piel de las hembras, los sapos parteros se reproducen en tierra y carecen de esos "guantes nupciales". Su fraude consistió en forzar a los sapos parteros a reproducirse en agua y "probar" que les nacían esos "guantes nupciales". Así, "la necesidad crea al órgano" o dicho de otra forma, la herencia de los caracteres adquiridos.

Días después de descubrirse que lo que les estaba naciendo a sus sapos parteros eran residuos de tinta negra que alguien les había inyectado, se suicidó. Nunca reconoció el fraude, sino que se creía víctima de una conspiración, y todavía hoy hay quien le quiere resucitar como padre de la epigenética, una especie de nuevo lamarckismo. La epigenética no parece ser un nuevo intento de nostálgicos perdedores, como se podría decir del diseño inteligente con respecto al creacionismo, pero lo cierto es que todavía está dando sus primeros pasos. Kammerer, además de ir en contra de la idea dominante del darwinismo, también es conocido por intentar encontrar una ley de las casualidades (Ley de la Serialidad), lo que junto con todo lo dicho anteriormente lo llevarían a la categoría de "condenado" según el libro que en su día comenté de Charles Fort.

Incluso mi querido, Stephen Jay Gould, ha barajado la posibilidad de explicar a la luz del darwinismo los resultados de Kammerer, librándole así de toda culpa.

Como podrá comprobar el lector, no siempre se puede estar seguro de la intencionalidad o de la autoría de las mentiras de la ciencia, o mejor dicho, de las mentiras de los científicos, como más acertadamente hubiese resultado titular el libro. La ciencia intenta evitar tanto el error como el fraude. pero los científicos son humanos y la mentira reside dentro del comportamiento humano.

Si hablamos del padre de la genética, Mendel y sus famosos guisantes, todo parece indicar que sus resultados fueron demasiado exactos para la época. Los terminó según lo que cabía esperar de sus leyes, que a posteriori resultaron ser básicamente correctas. Aún así, la cuestión no parece ser pacífica entre los expertos, y mientras algunos opinan que fue un fraude, otros se limitan a acusarlo de ser demasiado afortunado en la elección que hizo para sus ensayos.

El psicoanálisis nunca ha terminado de gustarme, siempre lo he visto como una gran paja mental. Pero con lo que ahora he aprendido con este libro, resulta que es una paja mental falsificadora. Sigmund Freud nunca se autopsicoanalizó, aunque dijo haberlo hecho y deducido su complejo de Edipo. Este complejo pasó a ser uno de los más famosos del psicoanálisis, pero no salió de la experiencia personal de Freud sino del mito griego directamente. Algo parecido sucedió con el pequeño Hans, cuyo padre era discípulo de Freud y éste nunca llegó a examinarlo personalmente. Con el presidente Schreber y con el "hombre de las ratas" omitió datos y presentó como conclusión el comportamiento que los pacientes le contaron desde el principio. Pero lo más escandaloso fue la supuesta recuperación de Sergej Pankejeff, el hombre lobo, que se nos dijo que se había recuperado hasta que una periodista austriaca dejo al descubierto que la autobiografía que había hecho, narrando su mejoría gracias al psicoanaáisis, estaba financiada por las élites de psicoanalistas que le otorgaron un sueldo de por vida a cambio de su silencio. ¿A quién le pilla por sorpresa conocer que el psicoanálisis se inventa casi todo?

La interesada herencia de la inteligencia ya la comenté en el post del libro de Gould. Aquí Federico di Trocchio nos habla de las más de 20 cartas que Burt había escrito con nombres falsos, de los datos demasiado perfectos que obtenía, de la apropiación de los logros de su maestro (Spearman), de lo raro que era encontrar gemelos univitelinos criados por separado y de que nunca existieron esos autores que citaba porque probablemente eran él mismo que escribía artículos que más tarde citaría con su verdadero nombre. La biografía que su hermana encargó, resultó ser tan objetiva que puso en evidencia la obra de su hermano. No obstante, Federico di Trocchio tiene en cuenta dos libros que se han escrito en las últimas décadas a favor de Ciryl Burt, y declara que quizás se traté, junto al hombre de Piltdown, de un delito perfecto en la historia de la ciencia, por lo que deberíamos concederle el beneficio de la duda. A mi no me convence demasiado esto último, y estoy seguro que tampoco al difunto Gould que no menciona ninguno de esos dos libros en la obra maestra "La "Falsa Medida del Hombre", a pesar de que su segunda edición es posterior a la publicación de esos libros.


CAPÍTULO VII. UN JUDAS EN EL LABORATORIO.

Los supuestos fraudes de Jaques Deprat, las células de pollo que no envejecieron durante 30 años de Alexis Carrel y los falsos "Rayos N", en 1903, de René Blondot que resistieron 3 años y 300 artículos antes de reconocerse su falsedad, constituyen este corto capítulo.


CAPÍTULO VIII. FÓSILES FALSOS Y ESLABONES PERDIDOS

Ernst Haeckel protagonizó "la guerra de los monos", haciendo pasar embriones de perro como si fueran de hombre y de mono, para poder probar que descendemos directamente del mono actual. Esto es diferente del famoso "juicio del mono", que tuvo lugar en EEUU a mitad del siglo pasado con motivo de la enseñanza de la evolución en las escuelas. Pero hay otro suceso de mayor entidad al que lógicamente el autor le dedica muchas páginas; el hombre de Piltdown. Se trata probablemente de la mayor falsificación científica de toda la historia. Y lo peor es que estuvo mucho tiempo sin ser descubierta, lo cual no es de extrañar si detrás hay toda una comunidad de científicos nacionalistas que no querían soltar uno de los trofeos más perseguidos de todos los tiempos, el eslabón perdido. Al final resultó ser un eslabón construido con mezcla de huesos humanos y animales. Aunque la mayoría de las sospechas recaen todavía sobre Dawson, lo cierto es que no puede concluirse un veredicto final para este caso. Remito a la Wikipedia para conocer los detalles.


CAPÍTULO IX. EL CIENTÍFICO COMO IMPOSTOR

En términos generales Federico di Trocchio finaliza su libro con una profunda e inteligente reflexión sobre filosofía de la ciencia. No se conforma con decir que los científicos mienten porque son humanos, sino que intenta concretar las razones especiales en el ámbito científico. Y para no errar, elimina a quienes no considera realmente científicos en toda regla, dejando una selecta lista que apenas incluye a Tolomeo, Galileo, Newton, Einstein y Freud. No comprendo cómo en su momento exculpó a Einstein (en todo caso culpaba a los libros de texto que presentaban la teoría de la relatividad como fundamentada en un experimento cuando en realidad Einstein no lo tuvo en cuenta), y ahora lo incluye en su lista, pero en cualquier caso se pregunta:

"¿Por qué han engañado? En este punto la respuesta comienza a intuirse: si los verdaderos estafadores son los científicos más grandes que tuvo la humanidad, quiere decir que ellos engañan porque no pueden evitarlo. Es decir, porque no tienen otra forma de convencer al mundo acerca de la verdad de sus teorías y descubrimientos."

Según Karl Popper no se puede demostrar que algo sea verdad, tan solo se puede demostrar que algo sea falso. Lo que conocemos como una teoría verdadera, solo lo es de manera provisional, ya que existiría una sombra de sospecha que solo se levanta provisionalmente porque nadie ha demostrado su falsedad. En términos jurídicos, es como si en la ciencia existiera una presunción de culpabilidad, en vez de presunción de inocencia. De ahí, di Trocchio llega a la conclusión de que los científicos que mienten, lo hacen en un acto de desesperación porque no pueden demostrar sus verdades, "engañan en nombre de la verdad porque no pueden demostrarla". Otra conclusión que saca el autor de las premisas de Popper, es que si las siguiésemos, sería imposible diferenciar la verdad de la falsedad. No estoy de acuerdo. Si aceptamos movernos en la filosofía de la ciencia, podríamos dar por válidas todas aquellas investigaciones que no pueden probarse que sean falsas, sin riesgo de juzgar su verdad universal, de manera similar a como en el terreno jurídico se pone en libertad a los "no-culpables" (de los que no se ha podido demostrar su culpabilidad) en vez de a los "inocentes".

El autor piensa que el método científico puede considerarse una buena ayuda para no caer en la imposibilidad de diferenciar la verdad de la mentira en una teoría, pero a continuación nos dice que tampoco es la solución ideal para todos los casos. El famoso método científico no es imprescindible porque inventos como el de la rueda se hicieron sin método científico, y además, tampoco existe una formulación aceptada del método ya que el de Galileo difiere bastante del de Descartes y Newton.

Di Trocchio acepta las ideas de René Thom que dice que lo verdadero surge de lo que anteriormente era considerado falso, y así hasta cerrar un círculo interminable, y de ahí concluye que los genios de la humanidad han debido ser necesariamente estafadores y que la ciencia es una gran estafa. Todo esto dentro de un contexto de filosofía, ya que el autor reconoce que mientras planea la falsedad sobre una teoría, la humanidad se aprovecha de su efectividad y de los inventos que genera. En ese sentido práctico, es una teoría verdadera.

Pero al menos el criterio de repetibilidad de los experimentos, gracias a la uniformidad de la naturaleza del universo en circunstancias similares, parece obtener un acuerdo igualmente universal. Bueno, al menos en el nivel macroscópico que tradicionalmente ha sido el objeto de la ciencia. Si tuviéramos que tener en cuenta la inestabilidad del efecto mariposa descubierto por el meteorólogo Edward Lorenz, donde un mínimo cambio puede tener terribles repercusiones, tendríamos que concluir que no existe la repetibilidad. Nos cargaríamos así el mayor pilar la ciencia. Y a efectos prácticos, podemos seguir confiando en la tecnología sin necesidad de tener en cuenta el aleteo de una mariposa al otro lado del mundo.



ENLACES RELACIONADOS

Hay varios sitios webs que hacen resúmenes mejores que el mio. Profundizan en otras materias o inciden en otros aspectos.

Me gustó particularmente el del Instituto de Tecnologías Educativas, y el extenso trabajo de Schulz y Katime. Éste de un portal de ciencia-ficción, también está bien.

Esta serie de referencias sobre Einstein del instituo astrofísico de Canarias es de lo más completo que hay sobre el tema.



7 comentarios:

  1. Gracias amigo por tu artículo. Me gusta su tono sereno, equilibrado e informado. Sobre todo el trabajo que te tomas para quienes, como yo, vacilamos en gastar por un libro de dudosa validez. Agradezco también tus referencias al final. El comentario sobre el aleteo de mariposas es excelente y conciso, me hace pensar en aquellos místicos disfrasados que buscan desesperadamente argumentos para revatir a la ciencia sin considerar que son las propias ciencias quienes los formulan y sin el afán de encontrar espíritus.

    Respecto a la homeopatía, habría que empezar por darle el beneficio de la duda si se consideran los descomunales intereses de las trasnacionales alopáticas, sus contrincantes. Ya te enviaré, si te interesa, algunas propuestas mas estructuradas a su favor, por ahora sólo te comento, sin pretenciones probatorias, lo siguiente: ¿No te parece más acorde con la nuevas nuevas tendencias científicas que los efectos homeopáticos se resistan a la observación tal como lo hacen las partículas subatómicas, y que además, cuando se registran estádisticamente parecen mostrar notables resultados?. Éste argumento parece un tanto superfluo pero resulta más de vanguardia si lo comparas con la pretensión de la "ciencia" alopática que, situada en el pasado, se autodefine como buscadora de las "verdaderas causas" de la enfermedad y de la curación, . Hay que recordar que tanto la enfermedad como la curación se dan a niveles microscópicos, propios del mundo de las moléculas y las partículas donde el concepto de "causa" tiene 100 años de obsoleto. Saludos.

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    1. Lo siento pero comparar la homeopatía con las partículas subatómicas me parece una soberana estupidez.

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  2. jajaja la evolución es la mentira mas estúpida que existe.

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  3. "La relatividad no debería considerarse como un capítulo de fe sino como una elegante propuesta teórica que nació y se desarrolló principalmente en el nivel matemático pero que aún resulta difícil de aceptar debido a las paradojas a las que conduce."
    Podrías decirme en que página esta este escrito, lo quiero usar como cita. Desde ya mil gracias...

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    1. La página en mi edición es la número 59, en libro de bolsillo de Alianza editorial. Pero es justo el último párrafo del capítulo 1.

      Me alegro que te gustara la reseña.

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  4. Gracias por su aporte, lo disfrute leyendo

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