sábado, 20 de marzo de 2010

EL MONO QUE LLEVAMOS DENTRO (2007) Frans de Waal


Últimamente pienso que tengo una suerte prodigiosa con los libros que elijo para leer. “El mono que llevamos dentro” es la culminación de esta afortunada temporada de lectura, y lo es no solo porque la naturaleza de los primates sea intrínsecamente interesante, sino porque además sirve como espejo en el que los seres humanos nos podemos contemplar. El libro está aderezado en casi la totalidad de las páginas con múltiples ejemplos de conductas de primates, observadas en cautividad o en estado salvaje, y son resumidas, analizadas y amenizadas con los nombres propios de los sujetos; que si el chimpancé X humilló a la hembra Y, y entonces A castigó a X, etc… los nombres propios de los chimpancés y bonobos vuelven a aparecer una y otra vez como los personajes de una novela, y de esa forma uno se va enterando de las aptitudes y actitudes de estos animales que tanto se parecen a nosotros.

La tesis básica del libro se podría resumir en que la frialdad, la crueldad, el egoísmo, la fuerza bruta que reside en nuestros genes, es tan innata como la bondad y la solidaridad. Los protagonistas que encarnan estos dos polos son los bonobos, una especie de primate poco estudiada hasta hace poco, que representa el “mono bueno”, y el chimpancé que representa el “mono malo”. A Frans de Waal se le nota que está cautivado por los bonobos, ya que han sido la mayor parte de su investigación.




CAPÍTULO 1. NUESTRA FAMILIA ANTROPOIDE.


Cuando alguien comete un crimen lo acusamos de animal, y cuando un animal desarrolla un comportamiento moral o bondadoso nos invade la sorpresa, como si fuera algo anti-natural. En realidad en ninguno de los dos casos hay nada anti-natural. Somos capaces de lo mejor y de lo peor, precisamente porque los animales, (los animales sociales) son igualmente capaces de lo mismo. La bondad (no interesada, sin interpretación darwinista) forma parte de nuestra naturaleza tanto como la maldad. Nada indica que nuestra herencia animal tenga que ser negativa. Esta unión ha sido reforzada por evolucionistas que piensan que la única forma de triunfar es aplastar al débil así como por el lenguaje engañoso que usan (“gen egoísta”), confundiendo proceso con resultado (el “error de Beethoven” que más tarde comentaré). También porque aunque hubo una época en que se pensaba que el chimpancé era una criatura angelical y pacífica, lo más parecida al ser humano, pero después de estudiar su comportamiento con rigurosidad se descubrió que era violento y capaz de crueldades gratuitas e irracionales como las del ser humano. En cambio el bonobo, es un antropoide que emplea el sexo como medio de dirimir conflictos, las agresiones son muchos menos serias, y los signos de bondad son más frecuentes que en los chimpancés. Este carácter sexual y reconciliador, donde las hembras dominan es una clave transversal a lo largo del libro para analizar las relaciones de género de estos primates y por extensión del ser humano.

“El primer signo de empatía –llorar en respuesta al llanto de otro bebé- es, de hecho, más típico de las niñas que de los niños, y más adelante la empatía sigue estando más desarrollada en el sexo femenino que en el masculino. Esto no quiere decir que los varones carezcan de empatía o no necesiten el contacto humano, pero lo buscan más en las mujeres que en otros varones. Una relación a largo plazo con una mujer, como el matrimonio, es la manera más efectiva de alargar la vida para un varón. La otra cara de la moneda es el autismo, un desorden de la empatía que dificultad la conexión con los otros, y que es cuatro veces más frecuente en los varones que en las mujeres.”


En los bonobos, el poder lo ejercen las hembras, y lo hacen por medio de la solidaridad y alianzas entre ellas excluyen a los machos, siendo estos los objetivos de las pocas agresiones que se dan en la especie, y que se resuelven por lo general con el sexo. Las hembras son las que emigran y abandonan su comunidad (normalmente son los machos del reino animal) quedándose los machos a expensas de lo que sus madres (hembras alfas a mayor edad) quieran protegerles y hacerles subir en la jerarquía del grupo.
Frans de Waal reivindica la bondad como nuestra herencia animal, y critica el contexto científico y filosófico en el que aquella naturaleza diabólica del animal se vendió como la base de la naturaleza humana. Después de las atrocidades de la II Guerra Mundial, parecía que los humanos nos habíamos quitado la careta de la civilización y habíamos dejado ver la cara animal que subyace debajo del barniz de la cultura. El armazón intelectual que se centraba en la violencia como algo innato en la naturaleza humana se componía, según el autor, de etólogos como Robert Ardrey y Konrad Lorenz, biólogos como Richard Dawkins, e incluso cineastas como Stanley Kubrick… Es curioso como denuncia el recurso de la violencia en “2001”, cuando el hueso-arma se transforma en una nave espacial (una inocente y débil metáfora de la violencia que bien podría referirse al uso de herramientas) y obvia “La naranja mecánica”, que hace de la maldad innata su argumento central. También me ha resultado raro que no haya mencionado a Freud, valedor por excelencia de la pulsión de muerte y destrucción de la humanidad.
En cuanto a Ardrey y Lorenz podría estar de acuerdo, siempre que ambos hubieran dicho que la violencia era toda la herencia animal que llevamos dentro, excluyendo otros instintos más pacíficos. Lo desconozco, pero parece que simbolizaron en su momento esa apuesta por la violencia como elemento estructural del humano. Habrían contado una parte de la verdad. La otra, la que reivindica de Waal, la de la bondad innata (pero sin excluir la maldad), todavía no se conocía porque los malos tiempos por los que atravesaba la humanidad nos había hecho resaltar lo negativo frente a lo positivo.

LA CRÍTICA A RICHARD DAWKINS Y OTRAS VIEJAS POLÉMICAS CON LA POLÍTICA COMO TRASFONDO

Lo de Richard Dawkins no está tan claro. Para empezar el propio Dawkins piensa que Ardrey y Lorentz “estaban total y absolutamente equivocados”. Además, según de Waal, Dawkins publica su libro de “El gen egoísta” introduciendo un término engañoso. Así, los genes no pueden ser egoístas porque no tienen conciencia, y Dawkins estaría confundiendo proceso y resultado en lo que él llama “el error de Beethoven”: Beethoven compuso sus obras maestras de la música en un entorno sucio, maloliente y desordenado, incluso se le detuvo pensando que era un vagabundo (cuando era delito serlo), y a la gente le choca porque confunden el proceso con el resultado. Cabría esperar una ilustre e impoluta habitación merecedora de la novena sinfonía, pero no fue así. A los evolucionistas (así los llama él, aunque él mismo es partidario de Darwin y la evolución) como Richard Dawkins, les sucede lo mismo con la selección natural y los sujetos que resultan de ella. La selección natural es algo que a nuestros ojos resulta bastante cruel, pero sería un error concluir que nosotros como producto de ella, tengamos que actuar también de manera cruel o seamos en el fondo crueles, y solamente crueles, por naturaleza. Aunque los evolucionistas no defienden una sociedad humana basada en la ley del más fuerte, relegan el altruismo y la moral a una excepcionalidad de la naturaleza humana, un barniz cultural al que se debe recurrir cuando la llamada de la naturaleza (egoísta) sale a flote. Una excepcionalidad que solo el homo sapiens ha podido construir artificialmente.

Así pues, la crítica a Richard Dawkins es doble. Por un lado se le acusa de usar un lenguaje engañoso que ha servido para que políticos ultraconservadores de aquella época, como Reagan y Thatcher, tuvieran una base biológica sobre la que aplicar sus políticas económicas y morales que despreciaban a los más desfavorecidos. Por otro lado se le acusa de engrosar su libro con el término egoísmo y tan solo al final (casi a modo de excusa) decir algunas líneas sobre lo trascendente de la moral humana que se sobrepone a la naturaleza cruel que llevamos dentro, negando la bondad natural al silenciar su presencia y centrarse tanto en el egoísmo.

La verdad es que no entiendo cómo puede desagradarle tanto las tesis y el lenguaje de Dawkins en este primer capítulo y aceptar tan tranquilamente la conveniencia de las jerarquías y la falsedad del igualitarismo genuino en el siguiente capítulo. He leído a Richard Dawkins y publiqué un post sobre su libro “El espejismo de dios”. También he visto sus documentales y puedo decir que esa crítica política que le hace Frans de Waal no es acertada. No he leído “El gen egoísta”, aunque sí las puntualizaciones posteriores de Dawkins a las críticas de su polémico concepto en “El espejismo de dios” y en algunos documentales. De hecho Frans de Waal es invitado en el documental “El quinto primate”, tercer episodio de la serie “El genio de Darwin” en donde podemos observar que la polémica no es más que las dos caras de una misma moneda. Dawkins habría subrayado una, y de Waal la otra, pero no hay razones ni científicas ni políticas para suponerle a “El gen egoísta” ni la maldad innata ni una ética despiadada.



LA DECLARACIÓN DE INTENCIONES DE DAWKINS




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EL DEBATE ENTRE DAWKINS Y DE WAAL



En el único libro que he leído de Dawkins, “El espejismo de dios”, se vuelve aclarar por enésima vez algo obvio que se deduce de la semántica de las palabras. Deja bien claro que cuando habla de gen egoísta aplica el término egoísta… ¡a los genes y no a los seres humanos! Él mismo habla de metáfora. El término podría ser tan engañoso como la expresión “el mono que llevamos dentro”, que no deja de ser otra metáfora. Al principio pensé que quizás Dawkins hubiese guardado silencio sobre las manipulaciones del darwinismo social de la derecha, siendo así sospechoso de compartir o sustentar esa agenda política. Y como el libro “El espejismo de dios” se publica en 2006, un año después que “El mono que llevamos dentro”, las críticas de Frans de Waal podrían estar justificadas. Pero no es así. Dawkins inicia su documental de 1985 “Nice guys finish first”, respondiendo a las malinterpretaciones de su libro “El gen egoísta” y en particular a la derecha que lo ha usado para justificar el darwinismo social y su política económica de libre capitalismo y libre mercado. De hecho dos años más tarde, añade un capítulo al libro con el mismo título que este documental, y confiesa que votaba al partido socialista, y al menos en sus libros más recientes (ver capítulo 6 de “El espejismo de dios”) defiende la idea de una moral innata humana, además de otras cuestiones como el ateísmo, los derechos de los gays y también de los animales, que no son para nada ultraconservadoras. Aunque puedan contener algunas reflexiones políticas (sobre todo religiosas), los libros de Dawkins son de biología. Sus protagonistas son los genes y los procesos evolutivos, no las personas ni sus políticas económicas.


Creo que lo que le sucedió a Frans de Wall es que estaba harto de esa premisa académica, esa ola de pensamiento que hace varias décadas solo veía lo negativo de nuestra naturaleza animal, y ha querido ver en el término “gen egoísta” una contribución tanto al pensamiento político de la época, como al pensamiento científico que excluía la naturaleza bondadosa del reino animal. Pero ni lo uno ni lo otro es cierto. Dawkins publica en aquella época porque creció en ella, pero su ideología no tiene nada que ver con ella. Aquí es Frans de Waal quien incurre en el error de Beethoven, al colegir que quienes defienden que el egoísmo haya sido una fuerza de cambio evolutiva, apoyan las políticas egoístas de quienes casualmente gobernaban en aquel momento.


Aunque no los clasifica como tal, a estos efectos de Waal habla de dos clases de altruismo: el interesado y el desinteresado. El interesado es cuando habla de lo de prestar ayuda a un vecino para mover su armario (altruismo recíproco). El desinteresado es que cuando se ayuda a alguien en el que no existe ningún interés recíproco ni vinculación genética. De Waal se queja de que en el pasado la mayoría de los científicos siempre veían a un interesado escondido detrás, como si no existiera un autentico altruismo. Pero en realidad cuando se nos habla de conductas auténticamente altruistas, al menos yo no pienso que los animales sean taimadamente egoístas ni fríos calculadores con visión de futuro, que hacían algo esperando algo a cambio más tarde, lo que interpreto es que los genes que han logrado reproducirse han sido aquellos correspondientes a conductas beneficiosas para el individuo. Así que al final, todas esas conductas han resultado exitosas en términos evolutivos, todas han revertido en la especie o en el individuo, y por tanto todas pueden ser calificadas como de egoístas. Y todo ello sin necesidad de que ningún animal engañara conscientemente. Ni Richard Dawkins ni nadie que yo sepa, habría propuesto algo semejante.


VIEJAS POLÉMICAS CON LA SOCIOBIOLOGÍA


El problema de la polémica Frans de Waal-Richard Dawkins es que las acusaciones del primero son sobre décadas pasadas, periodos de tiempo muy largos en lo que existía un cambio científico sobre la percepción de nuestra naturaleza.

¿Por qué disculpar los errores de Desmond Morris porque “en aquellos días se sabía tan poco de los bonobos” (p. 94) y no disculpar los supuestos errores de Richard Dawkins? Creo que la respuesta está en las posiciones políticas que el autor le supone a Dawkins. No hay que olvidar que estas polémicas vienen de muy lejos, allá por la década de 1970, cuando se formaron dos grupos antagonistas, los partidarios de la sociobiología y los contrarios a ella. En el origen de la polémica estaba Edward O. Wilson, un estudioso de las hormigas que en un capítulo final de su libro sugirió la posibilidad de aplicar esta nueva ciencia al estudio del comportamiento humano. En realidad no era una nueva ciencia, sino una combinación de otras que ya existían. La sociobiología encontraba bases biológicas para algunos comportamientos animales, y según sus detractores pecaba de determinismo genético, y lo más peligroso; parecía sugerir que estábamos programados para el atropello del más débil. Muchos pensaron que si esto era así, los criminales y los poderosos podrían encontrar algún tipo de justificación, ya que estarían actuando conforme a su naturaleza, siendo lo anti-natural legislar para proteger a los más desfavorecidos. Algunos científicos de izquierdas como Stephen Jay Gould reaccionaron formando un grupo en contra de la sociobiología, en donde parece que se ubica también de Waal. Richard Dawkins se alineó con Wilson. De aquellos barros salieron estos lodos.

Y nos adentramos ya en terreno resbaladizo de las intenciones políticas. Se supone que los partidarios de la sociobiología eran de derechas y sus críticos de izquierdas, pero esto es relativo, pues Wilson se confesaba demócrata y Dawkins, como hemos visto antes, es más bien de izquierdas y se opuso vehementemente a la guerra de Vietnam cuando enseñaba en California. Desconozco si Wilson tenía una taimada intención política al escribir sus libros. Personalmente no me gusta un pelo lo de “biologizar la ética” y otras atrevidas expresiones políticas. Pero también es cierto que filosóficamente se enfrentaban a otros sectarios que aseguraban que cuando nacíamos éramos una tabla rasa, lista para ser moldeada. No incluyo a Gould dentro de estos últimos, pero tampoco a Dawkins. Podríamos decir que el libro “No está en los genes” es la respuesta oficial de los científicos de izquierdas, y allí, aparte de simplemente alguna expresión desafortunada o políticamente incorrecta, lo único que se puede encontrar cuando buscas los nombres de Dawkins y Wilson son manipulaciones de la extrema derecha y comparaciones con autores anteriores.

Pero hay un aspecto netamente científico que tampoco me gusta de la sociobiología, y es que su hija, la psicología evolutiva, siempre me ha parecido muy interesante pero altamente especulativa: aquello de que todo comportamiento tiene una razón evolutiva que le ha permitido subsistir, todavía puedo aceptarlo, pero que nosotros seamos capaces de averiguarlo lanzando hipótesis a diestro y siniestro sobre las que construimos nuestros castillos de arena sin pruebas fehacientes, eso nunca me ha resultado muy científico. Es creativo e interesante como teoría, pero está muy lejos de ser algo científico como lo es la teoría de la evolución gracias al registro fósil y a la genética. John Dupré también se muestra crítico con la psicología evolutiva. Si la sociobiología se basa en el mismo razonamiento pierde credibilidad, pero los críticos de la sociobiología se centran más en el aspecto político que en el metodológico.

El tiempo parece confirmar que Wilson no era ningún radical político, y que cuando se calmaron las aguas, la sociobiología se ha seguido desarrollando sin mayores problemas. No hubo consecuencias políticas y los temores iniciales de los científicos de izquierdas se han ido diluyendo. De hecho si Gould actuó tan enérgicamente contra Wilson, y quizás más justificadamente contra los autores de “La curva de Bell”, fue debido a sus propias convicciones políticas de que “el propósito de la ciencia crítica es promover el socialismo, que es la única forma justa de gobierno”. Wilson se vio inmerso en una contienda política que no se esperaba para nada.






LA VIOLENCIA DEL CHIMPANCÉ

Y en cuanto a la ocultación de la naturaleza bondadosa en el reino animal, sería una acusación que se le podría hacer al propio de Waal y a todos los científicos de la época, ya que en los tiempos posteriores a la II Guerra Mundial y ya dentro de la Guerra Fría, donde nadie contemplaba ni descubría otra cosa que la ley del más fuerte, donde existía unanimidad científica en torno al tema de la naturaleza cruel del hombre y del animal, ¿quién puede decirse que ocultaba información si todavía no estaba en el horizonte científico de la época? ¿Quién silenciaba la bondad en los chimpancés si se imponía la teoría del mono endemoniado (o mono asesino) en la primatología, para consternación de Jane Goodall?
Con el descubrimiento del lado oscuro del chimpancé y su expulsión del paraíso, Rousseau abandonó la escena y Hobbes entró por la puerta grande. La violencia antropoide seguramente significaba que estamos programados para ser implacables. Al combinar esta idea con la afirmación de los evolucionistas según la cual somos genéticamente egoístas, todo cuadraba. Ahora teníamos una visión coherente e irrefutable de la humanidad: contemplamos al chimpancé y veremos la clase de monstruo que en realidad somos.

Así pues, los chimpancés reforzaron la idea de una naturaleza humana malvada, a pesar también de que podrían haberla contradicho. Después de todo, la violencia chimpancé está lejos de ser un hecho cotidiano: a los científicos les llevó décadas observarla.”


Y continúa refutando la importancia de la violencia en la conducta del chimpancé:
Pero, a la hora de debatir cuán agresivos somos nosotros como especie, el comportamiento del chimpancé es solo una pieza del rompecabezas. La conducta de nuestros ancestros inmediatos sería más relevante. Por desgracia hay enormes lagunas en nuestro conocimiento de ellos, sobre todo si intentamos ir más de diez mil años atrás. No hay evidencias de que siempre hayamos sido tan violentos como en los últimos milenios. Desde una perspectiva evolutiva, unos cuantos miles de años no es nada.

Durante los millones de años previos, nuestros ancestros podrían haber llevado una existencia relajada en grupos pequeños de cazadores-recolectores que tenían pocos motivos de pelea, dada la escasa población del mundo por entonces. Esto no habría impedido en absoluto que conquistaran el globo. A menudo se piensa que la supervivencia del más apto implica la eliminación del menos adaptado. Pero uno también puede ganar la carrera evolutiva si posee un sistema inmunitario superior o es más eficiente a la hora de encontrar alimento.”


Además, esa idea de que la violencia del chimpancé formaba parte importante de nuestro pasado evolutivo podía haberse visto contrarrestada por los estudios sobre bonobos que representarían la otra cara del ser humano, la cara positiva, tierna y reconciliadora, aunque por varias cuestiones como el idioma de publicación así como el carácter hipersexual de los bonobos, impidieran que entraran a jugar un papel importante en el debate.

“El poder de la teoría del mono asesino solo comenzó a debilitarse con la aparición de nuestro otro primo. Los bonobos actúan como si nunca hubieran oído hablar del asunto. Entre los bonobos no se producen guerras a muerte, apenas cazan, los machos no dominan a las hembras, y hay mucho, mucho sexo. Si el chimpancé representa nuestra cara diabólica, el bonobo es nuestra cara angélica. Los bonobos hacen el amor, no la guerra. Son los hippies del mundo primate. Los científicos se sentían más incómodos con ellos que una familia de los años 60 del pasado siglo con la vuelta a casa de su oveja negra de largas greñas, equipado con su maceta de marihuana: apagaron las luces y se escondieron bajo la mesa con la esperanza de que el huésped no invitado se fuera.”


NO SE PUEDEN SACAR CONCLUSIONES… PERO LAS SACA.


Al final del capítulo Frans de Waal aclara dos importantes puntos a tener en cuenta para la lectura del resto del libro. El primero es que aunque usa experiencias propias para explicar, amenizar y teorizar sobre sus conductas, “existe todo un cuerpo de literatura académica” que respalda la mayoría de sus afirmaciones.

Lo segundo es que es prácticamente imposible asegurar que conducta es innata o aprendida y por tanto no pretende ilustrarnos sobre nuestros instintos partiendo de los de los primates, sino comparar las maneras en las que unos y otros “tratan problemas mediante una combinación de tendencias naturales, inteligencia y experiencia”. Esto, que pudiera parecer una prudente autolimitación a la hora de comparar conducta animal y conducta humana, en realidad no es tal. De Waal solo se autolimita a la hora de sacar conclusiones sobre la naturaleza intrínseca del animal y del humano, pero pasa con una facilidad pasmosa de una conducta a la otra. Al fin y al cabo en eso consiste su libro, tal y como dice en su nota de agradecimientos, es “un libro que compara directamente los comportamientos de seres humanos, chimpancés y bonobos”. El problema es que al comparar constantemente una trifulca entre chimpancés con la guerra de Irak, o una agresión de un macho a una hembra con la violencia de género, o las relaciones entre poder y sexo con el escándalo de Monica Lewinsky, o la eliminación de las crías con el infanticidio humano, lo quiera o no lo quiera, está sugiriendo lo que tenemos en común con esos animales, y más concretamente lo que tenemos en común con su naturaleza. Insiste en que no se puede afirmar nada sobre lo innato, pero ¿a qué otra conclusión se puede llegar con tales comparaciones? Al igual que acusaba a Dawkins de cubrirse las espaldas con algunas frases al final de su libro pero desarrollar tesis contrarias en el grueso del mismo, él hace algunas advertencias al principio del suyo que le dan patente de corso para cumplir con la finalidad de facto del mismo: comparar las naturalezas de primates y humanos. Lo dice con otras palabras, pero viene a ser lo mismo:


“Este libro explora los fascinantes e inquietantes
paralelismos entre el comportamiento primate y el nuestro, con igual
consideración para lo bueno, lo malo y lo desagradable.”
CAPÍTULO SEGUNDO: PODER- MAQUIAVELO EN NUESTRA SANGRE.

La sed de poder es fundamentalmente masculina, aunque ellas también compiten. Para los machos en general implica mayores acoplamientos. Para las hembras significa mayores recursos alimenticios. Para los machos se traduce en una competencia permanente, y el consecuente peligro de de ser permanentemente retados y destronados, por ello se suele dar el perfil de machos alfa nerviosos y paranoicos que “no aprecian la diferencia entre un desafío auténtico y una conducta neutra por la que no deberían inmutarse.”

Mientras que los machos buscan aparearse con muchas hembras, esta conducta no tiene sentido para las hembras que se limitan a buscar calidad frente a cantidad (en este punto Frans de Waal comete el desliz de olvidar la ventaja evolutiva de una paternidad compartida, al que atenderá más tarde en la página 119).

La jerarquía entre los machos chimpancés se impone por la fuerza y la conquista. Las hembras se clasifican por su edad y tan solo actúan como mediadoras o incluso ponen a raya los abusos de los machos si están en cautividad. En cambio en el caso de los bonobos las hembras, ya estén en cautividad o en libertad en la naturaleza, siempre se imponen a los machos por medio de sus alianzas. Aunque los bonobos sean una sociedad de poder femenina, según de Waal los machos bonobos se puede decir que son más felices, porque viven más y mejor que sus compañeros chimpancés, sin estrés y sin morir en numerosas peleas.
“Estas diferencias entre los sexos surgen pronto. En un estudio canadiense se invitó a niños y niñas de 9 y 10 años a practicar juegos que medían la competitividad. Las niñas eran reacias a quitarle juguetes a los otros a menos que fuera la única manera de ganar, mientras que los niños reclamaban juguetes para sí con independencia de cómo afectara esto al resultado del juego. Las niñas competían solo si era necesario, mientras que los niños parecían competir por competir.

Pero el poder tiene sus paradojas. Resulta que cuanto más clara es una jerarquía más estable resulta, y al final la fuerza es la debilidad, porque tarde o temprano el macho líder tendrá que enfrentarse a coaliciones contra su dominio. El autor lo compara nada menos que con EEUU, que a pesar de ser la potencia militar y económica, ello no le garantice su inclusión en coaliciones ganadoras. Esto se debe a la teoría de las coaliciones vencedoras mínimas: si alguien pretende ocupar el lugar de EEUU, formará coaliciones que no sean muy grandes para que no se diluya el poder entre todos, pero tampoco muy pequeñas para que puedan perder, porque la intención es ser el líder dentro de esa coalición. Termina el ejemplo con el reto diplomático de Francia, Alemania, Rusia y China en el consejo de Seguridad de la ONU con motivo del abandono del consenso por parte de EEUU.

Con todo eso, las jerarquías y la “voluntad de poder” es algo que siempre ha estado con nosotros, y lejos de querer desterrarla confiesa que no podríamos vivir sin ellas. Me pregunto por qué esta aceptación de lo peor de nuestra naturaleza es razonable, y la de Wilson y la sociobiología no. Supongo que el énfasis de Frans de Waal es que una vez conocida, se rehusó dar publicidad a la bondad animal.

“En aquellos días se suponía que los estudiantes debíamos ser antisistema, y mi melena hasta los hombros así lo denotaba. Considerábamos que el poder era diabólico y la ambición ridícula. Pero mis observaciones de los antropoides me obligaron a abrir mi mente para contemplar las relaciones de poder no como algo malo, sino como algo profundamente arraigado. Quizá la desigualdad no pudiera despacharse como un producto del capitalismo sin más. […] La gente creía que si lo deseábamos de veras, podríamos librarnos de tendencias arcaicas como los celos, los roles de género, la propiedad material y, sí, el deseo de dominar. Ajenos a este ideario revolucionario, mis chimpancés exhibían las mismas tendencias arcaicas […] Eran celosos, sexistas y posesivos, simple y llanamente.”


Y es que no deja de ser otra paradoja que para el autor el igualitarismo genuino no exista, ni siquiera en aquellos pueblos como los navajos, los hotentotes, los pigmeos mbuti, los kung san, los inuit y otros. Estos pueblos son la única prueba viviente (o reciente) de que quizás no siempre hubo una jerarquía. Pero el autor parece desecharlo con una facilidad pasmosa si tenemos en cuenta que se escandalizaba en el capítulo anterior por el adjetivo de egoísta en la conducta de los primates, así como su negativa a aceptar el altruismo como un engaño. Estas situaciones idílicas sin violencia, ni competencia ni jerarquía (como la un prado donde leones y corderos duermen juntos) son insostenibles desde una perspectiva biológica:

“En algún punto, el interés egoísta asomará su fea cabeza; los predadores querrán llenar sus estómagos vacios y la gente peleará por los recursos. El igualitarismo no se basa en el amor mutuo y menos aún en la pasividad. Es una condición mantenida activamente que reconoce el universal anhelo humano de controlar y dominar. Los igualitarios no niegan la voluntad de poder; por el contrario, la conocen muy bien. Tratan con ella a diario.”


Pero ciertamente la más creativa paradoja que propone Frans de Waal, es que la democracia nace de la lucha, de las jerarquías. Se suele pensar que los humanos vivían originalmente en estado de caos y violencia, y que solo gracias a nuestro intelecto conseguimos sobreponernos a nuestra naturaleza animal y crear leyes y jerarquías que mantuvieran el orden y la paz. Sin embargo el autor propone justo lo contrario. Las jerarquías siempre existieron desde un principio, nunca existió un estado natural de anarquía pacífica. Los estados naturales en los que viven los primates así lo probarían. A partir de esa estabilidad que proporcionan las jerarquías fuimos capaces de nivelar y equilibrar el poder hasta llegar a la democracia, pero ésta nunca se nos regaló desde un principio, ni se nos robó de nuestro paraíso, simplemente es algo que hemos tenido que construir a partir de la violencia, algo por lo que hemos tenido que luchar frente a los poderosos:

“La ironía es que nunca habríamos llegado a este punto, ni desarrollado la necesaria solidaridad de base, de no haber sido animales jerárquicos de entrada.”


CAPITULO TERCERO: SEXO - KAMA SUTRA PRIMATE


En este capítulo se reafirma el protoganismo del bonobo, porque para este primate el sexo es una herramienta cotidiana de cohesión social, no solo como fórmula para limar asperezas o peleas, sino como forma de socializar, de la misma forma que nosotros nos damos la mano ellos practican sexo: machos con machos, hembras con hembras, jóvenes con adultos… Sin embargo no se trata de una orgía, “lo que vemos es una vida social sazonada con fugaces episodios de intimidad sexual”.

Existe un verdadero goce sexual que no está relacionado con la reproducción. En contra de lo que afirmaba Desmond Morris, ni el orgasmo ni la posición del misionero son exclusivas del ser humano, ya que se han observado en el bonobo, incluso el beso con lengua, la felación o el frotamiento o masaje genital.

En cuanto a la homosexualidad, Frans de Waal opina que en realidad no existe ningún animal que se pueda definir como exclusivamente homosexual, es decir, que practique únicamente el sexo con individuos de su propio género. Aunque entre ellos no se han visto eyaculaciones entre machos, ni penetraciones, los bonobos son muy promiscuos y mantienen relaciones homosexuales continuamente (sobre todo lésbicas), pero eso no les impide reproducirse con los individuos de su sexo contrario, son por tanto bisexuales si se les quiere aplicar el término. No profundiza en la explicación evolutiva de cómo ha podido sobrevivir la homosexualidad, pero afirma que los genes gays todavía no se han encontrado, y que los homosexuales se reproducen y han formado familias de toda la vida.

La única relación sexual excluida de la sociedad bonobo es el incesto. Aunque las crías piden frotamientos su madre, ésta en muy rara ocasión se los otorga, y cuando ya van siendo adultos se les niega categóricamente. Entonces los buscan con otras hembras jóvenes que nunca llegarán a ser sus hermanas, porque éstas, al hacerse adultas ya se habrán ido a otras comunidades porque son las hembras, y no los machos, las que abandonan la familia en la sociedad bonobo.

El infanticio tampoco existe en los bonobos, no así en muchas otras especies incluida la chimpancé. Los científicos tardaron una década en aceptarlo como estrategia para aumentar el éxito reproductivo masculino: cuando un nuevo macho toma posesión de un harem mata a las crías del antiguo macho, para así hacer que las hembras entren de nuevo en celo y poder procrear con ellas y dejar la descendencia de sus genes. “Los animales no piensan en términos de procreación, pero actúan de maneras que contribuyen a la propagación de sus genes”. Esto se aplicaría incluso a los varones humanos:

“Está bien establecido, por ejemplo, que los niños tienen más riesgo de maltrato por parte de padrastros que de sus padres biológicos, lo que, al parecer, conecta con la reproducción masculina. […] El registro antropológico muestra que después de las guerras es bastante frecuente que los hijos de las mujeres capturadas sean asesinados. Así pues, hay buenas razones para incluir a nuestra propia especie en las discusiones sobre el infanticidio masculino.”


Y aunque es difícil atribuir hay ciertas comportamientos innatos al ser humano (tienen que ser universales y que se manifiesten tempranamente, como la risa y el llanto), sobre la sexualidad humana afirma que hubo un momento en el que la evolución tiró por otro camino, diferenciándose del resto de los primates, porque la estrategia reproductiva y de crianza necesitaba de ambos sexos para tener éxito. Lo que vale para ellos no vale para nosotros. Es cierto que algunas sociedades humanas han sido muy hedonistas y liberales en cuanto a la práctica del sexo…



“Pero ni siquiera las culturas sexualmente más tolerantes están libres de los celos y la violencia en respuesta a la infidelidad. En todas partes el acto sexual se efectúa en privado, y se tiende a ocultar la región genital. […] En la mayoría de las sociedades, el número de parejas sexuales es muy limitado. Aunque se acepte la poligamia, en realidad la gran mayoría de las familias está formada por un varón y una mujer. La familia nuclear es la piedra angular de la evolución social humana. […] No es accidental que en todas partes la gente se enamore, tenga celos, conozca alguna forma de pudor, busque la privacidad sexual, persiga una figura paterna además de la materna y valore los emparejamientos estables. La relación íntima entre macho y hembra que implica todo esto, que los zoólogos llaman vínculo de pareja, está implantada en nuestros huesos.”


Si fuésemos maliciosos podríamos darle a Frans de Waal con su propia medicina y preguntarnos qué intencionalidad política oculta tiene con estas afirmaciones… ¿estará en contra de la adopción por parte de gays y lesbianas? Simplemente se dedica a su trabajo de observación, y sería injusto y precipitado sacar conclusiones políticas, de la misma forma que yo creo que fue injusto y precipitado sacar conclusiones políticas de “El gen egoísta”.



CAPÍTULO CUARTO: VIOLENCIA – DE LA GUERRA A LA PAZ


Xenofobia y asesinato parecen unos términos ajenos a la conducta animal, y en concreto de los chimpancés, y sin embargo eso es lo que dice el autor. Los chimpancés montan cacerías y asesinan con especial saña y retorcimiento a sus congéneres de comunidades cercanas. Los tratan peor que a sus presas, no tienen ninguna empatía cuando se trata de una guerra. Esto se parece mucho a la dualidad nosotros-ellos que se establece en las guerras humanas, esa tendencia a deshumanizar al enemigo para que sea más fácil la agresión y su exterminación. En las guerras civiles, hermanos luchan contra hermanos, los que antes pertenecían a una misma comunidad y habían jugado desde pequeños ahora se aniquilan. Esto también sucede en comunidades de chimpancés. Según el autor parece que todo se debe a unos resortes que se activan en ambas especies cuando sale a flote la dicotomía entre intereses compartidos y intereses discrepantes, como por ejemplo el territorio.


En cuanto a la xenofobia, y adelantándome al último capítulo del libro, dice lo siguiente:

[...] ningún antropoide puede permitirse sentir lástima de todos los seres vivos todo el tiempo. Ello vale también para los seres humanos. Nuestro diseño evolutivo dificultad la identificación con los foráneos. Hemos sido diseñados para aborrecer a nuestros enemigos, ignorar las necesidades de la gente que apenas conocemos y desconfiar de cualquiera que tenga in aspecto distinto del nuestro. Aunque dentro de nuestras comunidades podemos ser altamente cooperativos, casi nos convertimos en otro animal cuando se trata de extraños.


¿Está la guerra en nuestro ADN? Está pregunta ya ha sido aclarada en parte cuando minimizaba la importancia de la conducta violenta del chimpancé, así que no repetiré los argumentos. Tan solo diré que Frans de Waal afirma que los indicios bélicos del ser humano que podemos encontrar en el registro fósil son muy recientes, que no tenemos pruebas de que nuestro ancestro común fuera tan violento como lo es al chimpancé, y que la guerra parece más una opción que un imperativo genético que debiéramos desarrollar permanentemente y con independencia del medio, para él la guerra surge cuando hay una razón, cuando hay intereses en conflicto.

Pero por encima de todo eso, lo que parece que está claro es que el humano hace algo que el chimpancé no puede, y es mantener la paz. La guerra es una excepción mientras que la paz es una constante social, tan usual como el comercio internacional, el matrimonio mixto o compartir agua potable, y esto lo hacemos con individuos de otras comunidades, algo que solo se ha podido observar en los bonobos. De Waal se pregunta si el hecho de que los bonobos hayan desterrado la xenofobia y la guerra se debe a que viven en un matriarcado. No es que vivan en una sociedad estrictamente igualitaria y pacifista, pues existen relaciones tensas entre vecinos por el territorio, pero dejan una puerta a la reconciliación. En los humanos esa ambivalencia también sucede, existe la guerra y las tensiones entre pueblos y naciones, pero también existen las alianzas, la mezcla de individuos y las relaciones pacíficas.


“Resulta que nuestro comportamiento intergrupal tiene similitudes tanto con los chimpancés como con el de los bonobos. […] Cuando se trata de relaciones intercomunitarias, superamos a nuestros parientes cercanos tanto el sentido positivo como en el negativo.”


Y una vez surgido el conflicto, cuando la paz ha fracasado, entre en juego la reconciliación y la resolución de conflictos. Esta habilidad parece que está más estudiada en primates que en humanos, y se les ha encontrado (a los primeros) la capacidad para pedir perdón, aventurándose el autor a decir que podría ser una capacidad innata de los animales sociales, que necesitan avanzar hacia el futuro dejando atrás el pasado. Un experimento con macacos de dos especies diferentes, una más violenta que la otra, le da pie a Frans de Waal para afirmar que la pacificación es una habilidad adquirida, algo cultural que se puede aprender y que no está limitada genéticamente, ya que el resultado de su experimento fue que los supuestamente más violentos y agresivos, aprendieron a reconciliarse y vivir en relativa armonía gracias a las “lecciones” que les dieron sus primos reconciliadores.

Analizándolo por sexos, parece que los machos son más guerreros. Pero esto tiene un pero, una vez surgido el conflicto los machos se reconcilian mucho más que las hembras, es decir, la actitud de las hembras es de prevención del conflicto, pero una vez surgido, el conflicto se resuelve por la actitud reconciliadora de los machos. Las hembras perdonan con más dificultad, e incluso simulan actitudes de reconciliación para vengarse, es decir, “hacen trampas” porque no ponen las cartas encima de la mesa. Esto nunca lo hacen los machos, si aparentan querer reconciliarse, es porque a continuación se reconcilian. La única habilidad reconciliadora que se les concede a las hembras es la mediación entre machos, pero no entre ellas. Esto referido a los chimpancés, porque con los bonobos ocurre justo lo contrario, los machos se reconcilian menos y las hembras más. En cuanto a los humanos, parece que Frans de Waal los asemeja más a los chimpancés, pero sin establecer ninguna conexión necesaria pues:



“La tendencia a reconciliarse es un cálculo político que varía con la especie, el género y la sociedad. Paradójicamente, la agresividad dice poco de la pacificación: el género más agresivo puede estar más dotado para hacer las paces que el género más pacífico.”


¿Cálculo político? Sí, porque la pacificación (la resolución de conflictos o la reconciliación) se busca solamente por el interés, por los fines compartidos. “Si se entierran las rencillas no es por amabilidad, sino para mantener la cooperación”. No puedo dejar de reiterar mi sorpresa ante lo que se me antoja como una incoherencia constante a lo largo del libro. No entiendo por qué la corriente científica que defendía el egoísmo, la división entre perdedores y ganadores, la inexistencia de un auténtico altruismo desinteresado, lo hacía mal, y de Waal que está diciendo justamente lo mismo, lo hace bien.

El proceso del chivo expiatorio consiste en encontrar algún culpable, y tiene que darse dos requisitos, la inocencia de la víctima y la liberación violenta de tensiones. En el hombre moderno consiste en difamar, demonizar, acusar y perseguir inapropiadamente. Y todo ello pesar de que en ocasiones nosotros somos los culpables, pero todo vale antes de asumir la culpa.



“Colóquense dos ratas en una rejilla de hierro a través de la cual se les da una descarga eléctrica, y en cuanto sientan el dolor se atacarán una a otra. Como la gente que se golpea el dedo con un martillo, las ratas no dudan en ‘culpar’ a algún otro.”


La relación entre superpoblación y agresividad se da muchas veces por sentada, pero de Waal, elaboró un estudio con macacos en donde pudo comprobar que la densidad no afecta en lo más mínimo a la agresividad masculina, no así en la femenina. En chimpancés, por lo general, la agresividad se reduce. En cuanto al ser humano, el autor menciona a Japón y a su propio país, Holanda, como ejemplos de países muy poblados y muy pacíficos. Y en sentido contrario, tanto Rusia como Colombia que poca densidad de población, padecen bastante violencia. La respuesta según él, está en la escasez de recursos, que añadida a la superpoblación sí que deriva en degradación miseria y violencia.

El despiadado pensamiento político de Malthus y el detestable darwinismo social que propició, obtiene lógicamente la condena del autor. Y tan solo con esa trasnochada preocupación en la cabeza tendría sentido que acusara de intenciones políticas a quienes, según él, son sospechosos de estar dentro de ese contexto de científicos inmorales que pertenece más al pasado que al presente. Comprendo el poder de la propaganda y la manipulación psicológica de las masas, cuando los políticos empezaron a usar el psicoanálisis para conocer los deseos escondidos de los ciudadanos, pero sinceramente… dudo que las conclusiones de una especialidad científica como la sociobiología lleguen y afecten a los ciudadanos. Los políticos no son tan torpes, ni los ciudadanos tan crédulos, como para aceptar que la biología sea la base sobre la que legislar. Aunque Rockefeller haya sido capaz de invocar la evolución para imponer su visión empresarial, hoy en día las políticas sociales que protegen a los más desfavorecidos son un derecho adquirido por la comunidad en su conjunto, que no veo como pueden verse afectadas por los estudios comparados sobre la conducta animal y humana. Frans de Waal, como otros científicos, no se atreve a inducir prácticamente nada sobre lo innato en los seres humanos partiendo del comportamiento animal, aunque le encanta compararlas constantemente, igualándonos de alguna manera con los primates.

Esa hipotética naturaleza de salvaje que llevamos dentro tendría que vencer a la organización cultural y política que hemos establecido, basándonos en principios morales que cualesquiera que sean sus orígenes, innatos o culturales, son los que tenemos y a los que respondemos. Mi respuesta ante la afirmación de que nuestros ancestros eran crueles, asesinos, violadores e insolidarios por naturaleza, y que algo de eso llevamos dentro, sería: “¿Y qué?”. Del mismo modo pienso que el descubrimiento más reciente de principios morales en los animales, no nos iba a hacer ser más morales con nuestros semejantes (a lo sumo con los animales). Pero Frans de Waal sí se preocupa más por el asunto:



“Dado el uso y abuso popular de la teoría de la evolución, apenas sorprende que el darwinismo y la selección natural se hayan convertido en sinónimos de la competencia desmedida. El propio Darwin, sin embargo, era todo lo contrario de un darwinista social. Creía que había un margen para la compasión tanto en la naturaleza humana como en el mundo natural. Necesitamos con urgencia de esta compasión, porque la cuestión que afronta una población mundial creciente no es tanto si somos o no capaces de gestionar la superpoblación como si seremos justos y ecuánimes en la distribución de los recursos.”


CAPÍTULO QUINTO: BENEVOLENCIA – CUERPOS CON SENTIMIENTOS MORALES


Ese margen para la compasión y la justicia parece que queda demostrado ya que no hay otra forma de explicar las motivaciones de la ayuda. Tradicionalmente en evolución, se explica bien por el beneficio para la especie que comparte los mismos genes o bien por el altruismo recíproco. Pero las motivaciones inmediatas de los individuos que se ayudan no son de esta índole, ellos no son conscientes de la teoría de la evolución ni actúan para ser fieles a la misma, tan solo siguen sus instintos (además de su inteligencia y su cultura). Las motivaciones son emocionales.

Hay muchos experimentos y observaciones que revelan que los primates tienen sentimientos asociados a la evitación del daño (el otro pilar de la moral, junto con la ayuda), como la empatía e incluso la justicia. Otros sentimientos como la vergüenza, la venganza, el castigo, la generosidad, la gratitud y el arrepentimiento son claramente observados tanto en libertad como en cautividad. Incluso la teoría de la mente (conocer las intenciones de otros), que pretendía ser el criterio diferenciador entre animales y humanos (tras el fracaso de su antecesor: el uso de herramientas), se ha logrado observar en primates. Algunos procesos son tan “automáticos” (¿habrá querido decir innatos?) que son verdaderos “contagios emocionales”, en palabras del propio de Waal. Desde imitar la expresión de las fotos faciales que observamos hasta bostezar por imitación.

Creo que la mejor forma de ilustrar estas ideas es hacer como el autor, y dejar que tres experimentos hablen por sí mismos.

El primero, relacionado con evitación del daño ajeno y que bien podría considerarse el experimento opuesto al del chivo expiatorio que vimos más arriba, expone lo siguiente:



Ya en 1959 se publicó un artículo con el provocativo título de ‘Reacciones emocionales de las ratas al dolor ajeno’, donde se demostraba que las ratas dejan de apretar la palanca de su dispensador de comida si cada vez que la presionan la rata de al lado recibe una descarga eléctrica. ¿Por qué las ratas no se limitan a ignorar al animal que salta de dolor sobre una rejilla eléctrica y continúan procurándose comida? En un experimento clásico (que yo no repetiría por razones éticas) los monos mostraron una inhibición aún más fuerte. Un mono dejó de responder durante cinco días y otro durante doce días después de ver que un compañero recibía una descarga cada vez que tiraban de un asa para procurarse comida. Estos monos estaban literalmente pasando hambre para evitar infligir dolor a los otros.


En todos estos estudios, la probable explicación no es la preocupación por el bienestar del prójimo, pero sí algo muy parecido: la sensibilidad por el sufrimiento ajeno. Esta respuesta tiene un enorme valor de supervivencia. Si otros dan muestras de miedo y sufrimiento, puede que haya buenas razones para que uno también deba preocuparse.”

Aún a riesgo de ser reiterativo… ¿No sería esta explicación del mismo tipo que Frans de Waal tanto critica cuando se dice que si rascas la piel de un altruista verás sangrar a un egoísta?

El segundo, igualmente interesante, es el realizado con capuchinos y tiene que ver con la justicia. Consistía en darles guijarros y entonces ofrecerles rodajas de pepinos. Si devolvían el guijarro se les entregaba una rodaja de pepino. De esta manera el guijarro se convertía en una moneda de cambio cuyo valor era una rodaja de pepino. Una vez los capuchinos comprendieron la lógica del juego, los científicos introdujeron una injusticia; comenzaron a ofrecerle a uno de los capuchinos uvas (alimento que les gusta más que los pepinos). La reacción fue a los que se les seguía ofreciendo pepinos llegaban a arrojar los guijarros y los pepinos fuera de la jaula, negándose a seguir jugando a un juego injusto, a pesar de que racionalmente podrían haber seguido obteniendo sus rodajas de pepino. Es decir, se ofendieron porque se les estaban ofreciendo las migajas y estaban trabajando por un salario menor, un salario injusto.

El último experimento que he elegido tiene que ver con la gratitud, y es una experiencia conmovedora que el propio Frans de Waal tuvo con una chimpancé que había perdido sus hijos por falta de lactancia. Consiguieron asociar el aprendizaje de usar un biberón con la posibilidad de criar a un bebé chimpancé huérfano. Cuando a la futura madre adoptiva por fin se le permitió coger entre sus brazos al bebé, consultaba, miraba y se mostraba cautelosa porque pensaba que el bebé era de los humanos que la habían estado enseñando a usar el biberón. Pero Frans de Waal la animó a coger sin remilgos al bebé. El experimento fue todo un éxito, y la madre adoptiva cuidó bien incluso a las futuras crías que consiguió sacar a adelante gracias al uso del biberón. De Waal concluye:



“Ambos habíamos tenido una relación bastante neutra antes, pero a partir de la adopción y ya han pasado casi tres décadas, Kuif me colma de afecto cada vez que asomo la cara. Ningún otro chimpancé del mundo reacciona ante mí como si fuera un familiar al que no ve desde hace tiempo, queriéndome tomar de las manos y gimoteando si hago además de irme.”


La racionalidad absoluta totalmente carente de emociones que se podría esperar en el mundo de Spock (Star Trek), no existe en la realidad. A veces la literatura científica trata de explicar todos los comportamientos por fríos cálculos mentales que maximicen las posibilidades de sobrevivir y dejan al margen la benevolencia y la moralidad. Esto es un error. Y lo es por dos razones. En primer lugar resulta evidente que muchas de nuestras decisiones morales se toman de manera emocional, y no racional, y es algo de lo que no nos arrepentimos. A menudo construimos la racionalidad después de haber tomado una decisión emocional. El autor está convencido de que “las emociones triunfan sobre las reglas” y pone como ejemplo el rechazo a matar a todo aquel que contraiga la gripe, aún sabiendo que haciéndolo así lograríamos salvar más vidas que si los dejamos vivir. Y en segundo lugar porque somos animales sociales que necesitamos cotidianamente de la cooperación.

“Una vez se instaura una tendencia, nada impide que vaya más allá de su origen.” Quizás esa es la idea que le permite al primatólogo holandés terminar este capítulo con una reflexión política sobre la oportunidad de ampliar los sujetos morales objeto de nuestras acciones morales, emocionales al fin y al cabo. Esto incluye no solo a los miembros de otras comunidades y a nuestros enemigos, cosa que ya hemos hecho con la Convención de Ginebra, sino incluso a los de otras especies animales. Esa ampliación es un reto de nuestro tiempo, algo que nos hace reflexivamente superiores y humanos, pero que tampoco está ausente en algunos animales que ayudan o incluso adoptan a miembros de otras especies. Negarles a otras especies, la ayuda básica que ellas hacen a su vez con otras, sin riesgo propio alguno, es en términos humanos, injusto, y todavía más si tenemos en cuenta que tenemos el intelecto suficiente para racionalizar la emoción que nos mueve a empatizar con los primates. Se va acorralando de tal forma, tanto en el terreno emocional como en el racional, la resistencia a tratar a los grandes primates con unos mínimos criterios éticos.



CAPÍTULO SEIS: EL MONO BIPOLAR – ALCANZAR UN EQUILIBRIO


Tras criticar por enésima vez el concepto hobbesiano de la naturaleza, el autor resalta que tenemos una naturaleza bipolar, y que tanto el odio como el amor forman parte de nuestro yo animal. Aquella frase de “el hombre es un lobo para el hombre” no hace justicia ni siquiera a la figura del lobo, que es un animal social que al igual que los primates, ejerce la solidaridad y la empatía con sus semejantes. Se ha llegado a observar cómo unos macacos trataban con mayor indulgencia y le permitían más infracciones a una hembra retardada mentalmente que al resto de la comunidad. “Ya está bien de tanta superviviencia del más apto”. De Waal admite que hay mucho de eso, pero que la vida social de estos animales está impregnada de las cualidades que ha reivindicado a lo largo de todo el libro.

La propia evolución tiene una lógica dialéctica en donde no existen estados puros, y nosotros somos igualmente bipolares. “El libro de la naturaleza ofrece páginas que complacerán tanto a los liberales como a los conservadores”.

En realidad este capítulo no cuenta nada nuevo, tan solo es una forma de cerrar el libro reiterando su mensaje principal: que llevamos dentro tanto un chimpancé como un bonobo.





ENLACES PARA AMPLIAR INFORMACIÓN










CONTRA LA VIOLENCIA COMO ALGO INNATO http://www.antimilitaristas.org/spip.php?article1920

4 comentarios:

  1. Hola... qué buen blog el tuyo. Yo también vengo siguiendo la polémica de De Wall desde su libro anterior, Primates y Filósofos (2006). No sabía que acababa de publicar uno nuevo. Ahora mismo salgo corriendo a las librerías, jaja... Tus comentarios hablan de un trabajo muy buenno. Saludos

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  2. Gracias Sergio, me apunto el libro que dices, aunque últimamente estoy bajando mucho el ritmo de publicación.
    Un saludo

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  3. Muy bueno. me ha sido de gran ayuda.

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  4. Una escritura sesuda, desinteresada y honesta, más allá de las opiniones respecto de tal o cual punto. gracias. Es evidente la atracción por la temática.

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