martes, 29 de marzo de 2011

LA GRAN GUERRA POR LA CIVILIZACIÓN de Robert Fisk (2005)

LA GRAN GUERRA POR LA CIVILIZACIÓN. LA CONQUISTA DE ORIENTE PRÓXIMO. Robert Fisk

Todavía recuerdo un artículo de Robert Fisk, reportero de guerra especializado en temas de Oriente Medio, con el llamativo título de: “¿Sabrá Tony como son las moscas cuando devoran cadáveres?” Desde aquel momento lo he ido siguiendo como una de esas voces que informa de manera muy independiente y objetiva bajo el prisma de una persona de occidente pero con un compromiso por denunciar la injusticia que no tiene adscripción política ni cultural.

La lectura de un libro como éste, de cerca de 1500 páginas y con letra más bien pequeña, ha sido ardua. Me interesaba conocer la opinión, la narración y la valoración de los conflictos bélicos en los que se ha visto envuelto Oriente Medio, así como de la primera Guerra Mundial (a la que se refiere el título del libro) y de la segunda. Pero no contaba con el buceo tan minucioso en los archivos y cintas de Fisk, y las batallas concretas, a veces incluso de sus familiares, que sirven de hilo conductor para mostrar la primera cara de muchas guerras, y que luego terminaban al fin en esa valoración general, realista e impersonal que tanto buscaba al leer este libro. De manera que algunas historias de Fisk han engordado bastante el libro, obstaculizándome su lectura, pero por otra parte, ¿qué otra cosa cabría esperar de unas memorias de guerra?

El conocimiento enciclopédico y vivencial de Robert Fisk sobre todas las guerras a las que se refiere su libro, es tan gigante, que me da la ingenua impresión de que una persona que haya conocido el sufrimiento y la guerra de tantos pueblos no le queda más remedio que no decantarse incondicionalmente con ninguno y denunciar el abuso de poder y la violencia de todos. Por supuesto que estos asuntos tan candentes al final siempre generan enemigos, y los de Fisk suelen ser los imperios coloniales, los poderes imperantes, pero solo porque son esos poderes los que, en proporción y con mayor traición a la civilización que dicen defender, más asesinan, más ocupan, más masacran, etc…

BIN LADEN

Quizás por estar en el candelero mediático en el año de publicación, 2005, el libro comienza con las entrevistas de Bin Laden, un evento inusual para un periodista occidental que no estuvo exento de tensos preparativos al estilo James Bond, hasta que por fin se pudo sentar frente a un tipo de apariencia tímida que no sugería ninguna vileza y que negaba cualquier vinculación con campos de entrenamiento o actividades similares; él se dedicaba a hacer carreteras.

Cuando la URSS invadió Afganistán, la CIA quiso apoyar a algún príncipe saudí que se erigiera como defensor de las tierras santas del Corán, pero como nadie se atrevió, Bin Laden, avergonzado por la cobardía de sus compatriotas intentó ocupar ese lugar de héroe y emprendió su yihad personal apoyando a los muyahidines. Cuando por fin consiguieron echar a los soviéticos, y comprobó que los afganos seguían matándose entre sí, se fue con su ascetismo de vuelta a Arabia Saudí. Pero en ningún momento de las entrevistas (previas al 11-S), Bin Laden asume que fue ayudado por EEUU contra la URSS, es más, lo niega cínicamente.

Cuando Arabia Saudí permitió que EEUU entrase en su país para castigar a Sadam Hussein por invadir Kuwait, en la primera guerra del golfo, Bin Laden tampoco pudo soportar la presencia de infieles americanos en tierra santa, y entró en polémicas con la familia real saudí hasta que terminó exiliándose en Sudán, y finalmente en Afganistán.

Mucho antes de que Bin Laden se refugiara en Afganistán y entablara lazos de unión con los talibanes, el país había sido una sucesión de duros gobiernos marxistas que habían doblegado a una población campesina y tribal, y que según el propio Fisk fueron los propios afganos (Amin) los que solicitaron la invasión soviética. En una nota a pie de página, remite al libro de John C. Griffiths, "Afganistán: una historia de conflicto" para referirse a las pruebas de tan sorprendente dato. Tras las luchas intestinas de unos musulmanes contra otros, al final terminaron los talibanes en el poder, los mismos que dieron refugio a Osama Bin Laden.

El resto es historia, como se suele decir. A pesar de distanciarse del régimen de Sadam Hussein (oficialmente laico), George W. Bush usó el fanatismo religioso de Bin Laden, lo mezclo con el régimen sanguinario de Sadam, y le añadió buenas dosis de miedo, terrorismo, manipulación mediática y armas de destrucción masiva para obtener una aprobación generalizada en EEUU que le autorizase a cambiar el régimen de Irak e implementar el plan que tenían los halcones del PNAC para aquella zona.


IRÁN

Irán fue democrático en los primeros años del siglo XX, pero cuando Mossadeg nacionalizó el petróleo se planeó un golpe de estado por pate de EEUU y Reino Unido para devolver de nuevo el poder al Sha de Persia, que era amigo de occidente y propulsor de reformas sociales y políticas de estilo occidental que no encajaban muy bien entre la población iraní. El pueblo comprobaba como el Sha de Persia, un dictador en toda regla, facilitaba los intereses estadounidenses y por ello un joven Jomeini, autoridad religiosa del momento, lo denunciaba sin cesar y públicamente, adquiriendo así fuerza como voz disidente y opositora. Lógicamente Jomeini fue encarcelado y desterrado.

Pero la erosión y el daño del Sha ya estaba hecho, y la revolución islámica no se hizo de esperar. Sin  embargo, no fueron solo los radicales islamistas los que lo subieron al poder. Muchos periodistas liberales, comerciantes y la clase media de Irán, buena parte de ella educada en EEUU, se dejó seducir por Jomeini. No era muy extraño:

Una chica iraní que había estudiado Periodismo en Nueva York -que había disfrutado de, tal y como dijo ella, los frutos de la democracia estadounidense- quería saber por qué los estadounidenses apoyaban al régimen del sha cuando éste se había opuesto a la libertad individual y había disidido. "En estados unidos, lo aprendimos todo sobre la libertad y el derecho a decir lo que queríamos decir. Sin embargo, los Estados Unidos siguieron respaldando al sha y obligándolo a derrochar la riqueza de Irán en armas. ¿Por qué hicieron eso? ¿Por qué los Estados Unidos fueron una democracia en casa y un dictador fuera?"

Incluso la izquierda puso su confianza en esta revolución que no tardó en eliminar a todo grupo político que le pudiera hacer sombra, incluidos esos mismos comunistas y socialistas.

El capítulo se adentra en diversos conflictos, como la invasión de la embajada de EEUU en Teherán y el tibio papel que ejercía en aquella época un Jimmy Carter que quería extender los derechos humanos pero que prefería mantener en el poder al Sha.

Otro dato interesante es una organización secreta llamada Tridente y formada por los servicios secretos de Israel, Turquía e Irán con el propósito de desarrollar un política antiárabe... imagino que por el antagonismo que tenían con Irak y todos sus amigos. Irán al fin y al cabo era persa, "los tejedores de alfombras" como reza el título del capítulo, un pueblo cultural y linguísticamente diferenciado de los árabes, aunque me sorprende que en el Irán postrevolucionario se tuviese alguna alianza con Israel. Esto sale en los documentos que se guardaban en la embajada de Teherán y a los que Robert Fisk tuvo acceso.




IRAK

Irak ha sido explotada durante toda su historia, desde su creación como Reino de Irak, los británicos han usado la misma retórica de libertad, la misma pretensión de civilizar, la misma resistencia del pueblo a sus colonizadores, las mismas promesas, los mismos gobiernos títere... todo se parece demasiado a lo que hemos vivido en los últimos años.

Primero en 1922, después en 1941 en plena Segunda Guerra Mundial, y por último en 1963 en un golpe de estado en el que ya estaba implicada la CIA, así fueron cambiando sucesivos regímenes. Una letanía histórica cuyo único elemento común era engañar a los iraquíes y permitir varias invasiones del país.

El acceso al poder de Sadam Hussein, después de algunas batallas que adquirieron el carácter de leyenda, está repleto de infinidad de conspiraciones y purgas internas dentro del partido Baas, con vocación laica y fundado por un cristiano, que terminaron con muchos asesinatos. La eliminación del adversario después de una cena, por mera envidia o temor a que le criticasen era la moneda de cambio que permitió a Sadam hacerse con el poder.

Durante aquellos años, años 70 y 80, occidente calló ante la dictadura de Sadam Hussein, era un dictador amigo al que alababan y le perdonaban cualquier exceso. Lo que antes eran excesos que se perdonaban a un tipo que convenía tenerlo en la región, ahora son violaciones de derechos humanos que justifican invasiones militares y sanciones que afectan  a cada uno de los ciudadanos que se pretende proteger. La hipocresía de occidente no parece tener límites.

Robert Fisk denunció en su tiempo a esa dictadura ante el silencio de los gobiernos occidentales, y solo cuando Sadam invadió Kuwait, Fisk y otros pasaron a ser retratados como cómplices del dictador por oponerse primero a la Guerra del Golfo, y después a la Guerra de Irak.

Mientras pudieron hacerlo EEUU le vendieron a Irak productos químicos y helicópteros, Francia le proporcionaba aviones, Alemania le daba gas y Gran Bretaña diferente maquinaria militar.

Los importantes proyectos para Iraq de alfabetización, sanidad pública, urbanismo y comunicaciones se presentaban como prueba de que el gobierno baazista era, en esencia, beneficioso, o al menos merecedor de cierto respeto. Una vez más, mis archivos contenían numerosos artículos de la prensa occidental que se centraban de forma casi exclusiva en los proyectos sociales de Iraq [...] Cuanto más se acercaba Sadam a una guerra contra Irán, mayor era el miedo que le tenía su propia población chií, y más lo ayudábamos nosotros. En el desfile de personajes odiados que han recibido la ayuda de gobiernos y periodistas occidentales  para entrar en la escena de Oriente Próximo -entre ellos, Naser, Gaddafi, Abu Nidal y, en un momento determinado, Yaser Arafat-, el ayatolá Jomeini era nuestro "hombre del saco" de principios de la década de 1980, el problemático clérigo que quería islamizar el mundo, cuya intención declarada era propagar su revolución. Sadam, lejos de ser un dictador, se convirtió entonces -en los teletipos de la Asociated Press, por ejemplo- en un "hombre fuerte". Era nuestro bastión -y el bastión del mundo árabe- contra el "extremismo" islámico. [...] A principios de la década de 1980, la opresión cubría como un manto Oriente Próximo, en Iraq, Irán y Afganistán. Y si Occidente era indiferente al sufrimiento de millones de musulmanes, lo mismo hacían de manera vergonzosa, la mayoría de los gobernantes árabes. Arafat jamás se atrevió a condenar a la Unión Soviética después de su invasión a Afganistán - Moscú seguía siendo el aliado más importante de la OLP- y los reyes, principes y presidentes del mundo árabe, que tenían mayor conocimiento de lo que estaba ocurriendo en Irak que sus homólogos occidentales, no se pronunciaron sobre las deportaciones, torturas, ejecuciones y matanzas genocidas perpetradas por Sadam. La mayoría de ellos castigaban  con variantes de las mismas técnicas a sus propias poblaciones.
 LA GUERRA IRÁN-IRAK

Fue bautizada como la Guerra Torbellino por la parte iraquí, en su creencia de que iban a fulminar al ejército iraní en abrir y cerrar de ojos. Fue Irak quien invadió Irán ante el silencio cómplice de la ONU que se limitó a exigir un alto el fuego sin retirada de las tropas invasoras, quizás fue ese el precio que tuvo que pagar Irán por convertirse en un estado paria al invadir la embajada de los EEUU poco tiempo antes de su invasión.

Fuera como fuese, el caso es que la soberbia militar de Irak, incluso la arrogancia de sentirse salvadores del resto de los musulmanes al frenar la revolución chiíta que triunfaba en Irán (siendo el resto de países musulmanes de mayoría suní) hacía que los medios de comunicación tuvieran un acceso inaudito a los informes de la guerra. Claro, esto solo duró hasta que se dieron cuenta de que la guerra la podía estar ganando Irán. Entonces se cambiaron las tornas y los medios de comunicación empezaron a ser ignorados en Irak y bienvenidos en Irán.

Aunque tanto en el capítulo de Irán como en éste, Fisk denuncia los asesinatos y las torturas de la teocracia iraní, a la hora de juzgar el papel de ambas dictaduras (inaguantables para sus respectivos pueblos) en la guerra, parece que se pone de parte de Irán. No solo porque Irak fue la que empezó la guerra, sino porque también Irak era la que usaba gases tóxicos. Pero sobre todo porque Irán era el objetivo de los medios de comunicación occidentales que solo apoyaban a Irak ocultando sus carnicerías, en incluso acusando a Irán cuando los responsables eran iraquíes. El caso más flagrante de ponerse de Irak fue el bombardeo del buque Star a manos de un piloto iraquí, en principio por error (aunque algunos dijeron que se trató de una fallida operación de bandera falsa que Irak ideó para involucrar a EEUU directamente contra Irán), y que terminó con el Presidente Ronald Reagan exculpando a Irak por un error sin importancia y acusando de ser responsable general de todo a Irán.

Jomeini prometió no invadir los países vecinos, tan solo querían echar a los iraquíes, castigarlos echando  a Sadam del poder, compensaciones económicas y retorno de los refugiados... nada más y nada menos. Con esos planes y la sorprendente reacción del ejército iraní la guerra duró 8 años, durante los cuales los estados árabes que apostaron por Sadam, temían que su hombre fuerte en la zona  pudiera perder la guerra y que otro estado chiíta se establecería en la Oriente Próximo. EEUU que compartía esa preocupación, tampoco deseaba que tras la guerra Irak fuese una gran potencia que terminase siendo incontrolable.

Por todo ello cuando Irak hizo uso de las armas químicas, y algunas fotos e informaciones llegaron a EEUU o a Reino Unido, fueron calificadas como propaganda iraní a pesar que algunos comunicados de guerra decían que "oleadas de insectos están atacando las puertas orientales de la Nación árabe, pero contamos con los pesticidas para exterminarlos".

Los gases procedían de Alemania, y EEUU lo sabía y apoyaba a Sadam en su ofensiva química. En 1983,  Sadam recibió la visita de Donald Rumsfeld para negocios de armas y petróleo. Sí ,el mismo Rumsfeld que se alarmaba por las armas de destrucción masiva que podía tener Sadam Hussein y que pensaba que era un peligro que debía ser derrocado.

Casi al final de la guerra, de la que parece no salió victorioso ningún bando, en 1988, los iraquíes se vengaron del supuesto apoyo de la minoría kurda (dentro de Irak) al régimen de Jomeini. Fue en el tristemente conocido pueblo de Halabya. El pueblo fue gaseado y murieron más de 5000 civiles:

"En Washington, la CIA -que todavía apoyaba a Sadam- envió un informe engañoso a las embajadas estadounidenses en Oriente Próximo en el que se afirmaba que el gas podría haber sido arrojado por los iraníes. [...] El departamento de Estado estadounidense incluso dio instrucciones a sus diplomáticos para que dijeran que Irán tenía parte de culpa."

Tan solo mucho más tarde, Halabya se convirtió en sinónimo de cruel matanza a los ojos de occidente, justo cuando nos interesó retratar a Sadam Hussein como un asesino que no nos convenía mantener en el poder y que había gaseado a "su propio pueblo". Ese plus de maldad al masacrar a los suyos

"sirvió para apartar y mitigar los anteriores  crímenes de guerra, idénticos aunque numéricamente mucho mayores, cometidos por Sadam contra los iraníes, que perdieron a muchos más compatriotas a causa de los mismos gases utilizados en Halabya. Además, puesto que nosotros, Occidente, estábamos al servicio de Sadam cuando se cometieron esos crímenes de guerra -y lo seguíamos estando cuando se cometió el de Halabya- el gaseado de los kurdos tenía que ser aislado como un ejemplo único de su bestialidad."

El papel de EEUU lo simboliza Fisk con la expresión de Reagan "la guerra contra la guerra". Así definía el Presidente de EEUU el papel pacificador que su país estaba representando en el Golfo Pérsico para impedir que ninguna de las partes consiguiera apropiarse en exclusiva de una zona de interés crucial para los intereses estadounidenses. Esto al menos en teoría. Porque en la práctica EEUU, al igual que el resto de países árabes ya habían decidido que la victoria de Irak era muy conveniente, y por eso no sorprende que EEUU le vendiese armas a Irak violando su supuesta postura pacificadora. Lo que sí sorprendió es que EEUU le pudiese vender también armas a Irán, violando además las prohibiciones del Senado estadounidense. La oportunidad de hacer negocios no respeta ni siquiera la guerra. Fue el llamado escándalo Irán-Contra, por el que a cambio de la liberación de algunos prisioneros estadounidenses que estaban en manos de Hezbolá, EEUU le vendía armamento pesado a Irán, y con el dinero de esa venta EEUU financiaba la Contra nicaragüense, un ejército financiado por la CIA para luchar contra el ejército oficial de los sandinistas en Nicaragua. Esta financiación ilegal de un ejército en territorio extranjero... es decir, lo que muchos llamarían hoy, simple y llanamente, grupos terroristas, sucedió incluso después de que los sandinistas consolidaran su revolución contra el dictador Somoza vía elecciones democráticas y se constituyeran en gobierno democrático de Nicaragua.

La vulneración de los derechos humanos, y el trato dado a los prisioneros de guerra sometiéndolos en muchas ocasiones a propaganda lava-cerebros, quizás con la intención -especula Fisk- de hacerles imposible volver a sus países o conseguir que una vez que volvieran llevaran la semilla de la disidencia, era algo habitual por ambas partes. Así como utilizar la excusa perfecta para torturar y tomar medidas de excepción; que el imperio yanki está detrás de todo. Y es que aunque las conspiraciones y las intromisiones secretas de la CIA en buena parte de los paises del mundo es un hecho histórica y académicamente aceptado, incluso por sus autores, lo cierto es que debido a esa ubicuidad, los dictadores recurren a ese argumento precisamente porque es muy creíble, incluso cuando es mentira y son ellos los únicos responsables de cómo les va en sus países. Esto es muy propio de Cuba, por ejemplo, donde debido a todas las intromisiones del imperio ven su mano en todo momento y en todos los asuntos.

El factor religión que tantas veces se repite a lo largo del libro toma aquí una vehemencia difícil de olvidar a la hora de plasmar como la sociedad iraní usaba la religión para convencer a niños soldados de corta edad de que morir en el frente era algo casi deseable, algo de lo que no había razón para echar unas lágrimas por ver morir a un hijo... ¡se lloraba incluso por no haber muerto en el frente!

Dijo que había llorado cuando las autoridades retrasaron su viaje al frente de guerra. Le pregunté si de verdad había llorado. ¿Un niño llora porque todavía no puede morir? ¿Es que ahora íbamos a tener guerras de bebés, no guerras que matan a bebés [...]? [...] Y a continuación me di cuenta de que esos niños soldados iraníes eran todos "capellanes"; eran todos sacerdotes, todos predicadores, todos creyentes, [...]

Y más adelante Rober Fisk continua con lo que yo llamo el factor religioso de estas guerras, pero sobre el que Fisk no llega a reflexionar particularmente, como lo haría Hitchens o Dawkins, tan solo narra episodios como éste:

El niño que había sostenido el Corán contra su pecho creía; creía de una forma en que muy pocos occidentales, y me incluyo, podían comprender ya. Ese niño sabía, con tanta certeza como que estaba vivo, que el cielo lo esperaba. Iría directo allí -en tren expreso, sin paradas, sin limbo, sin retrasos- si tenía la gran suerte de que lo mataran los iraquíes. [...] "Mi madre y mi padre saben que si muero como mártir seguiré con vida." Pero, ¿no le deseaban suerte sus padres?, ¿no le decían: "Cuídate", cuando se marchaba a la guerra? "No -explicó esbozando una ligera sonrisa ante ese sentimiento tan occidental-. Creen que, si muero, ese es el deseo de Dios." Pero ¿no llorarían sus padres si moría? Ali Jani lo pensó largo rato. "Sí, llorarían -repuso al fin-. Como también lo hizo el profeta Mahoma, que en gloria esté, cuando murió su pequeño Ibrahim. Sin embargo, eso no es signo de debilidad ni de falta de fe. Es humano."

Casi terminando la guerra, EEUU derribó un avión de pasajeros iraní, el vuelo IR655. Según la investigaciones del autor no fue intencionado sino producto de la incompetencia de las tropas norteamericanas en la zona. Sin embargo la primera intención no fue pedir perdón. Fueron inventando sucesivas y diferentes versiones a lo largo de los días posteriores, entre las cuales estaba la posibilidad de que el avión había sido estrellado por un piloto suicida o que incluso el suicida quería hundir el barco Vincennes y que por eso éste lo había derribado. Todas estas versiones terminaron siendo indefendibles por EEUU gracias a que la marina italiana y otro buque de EEUU contradijeron la versión oficial.

Cuando sucedió el famoso atentado de Lockerbie, meses después y teniendo en cuenta la amenazas de vengarse por parte de Irán, parecía lógico mirar a dicha república islámica como si fuera la responsable. De hecho, así se hizo al principio, hasta que Irak invadió Kuwait y Sadam pasó a llevar la bandera del terror. Entonces la cualidad de ser enemigos de Sadam, provocó que no se mirase a Irán como responsable del atentado, y se pasó a mirar a Libia. Fisk siempre ha creído que Irán estuvo detrás de este atentado.

El capítulo "Beber del cáliz envenenado", cuyo título hace referencia a la frase que dijo Jomeini al verse  económicamente obligado a aceptar el alto el fuego de la ONU, se complementa con una reflexión moral de la figura del periodista, el abandono de The Times por haberle censurado un artículo en el que acusaba a EEUU con pruebas en la mano, y su apuesta por el nuevo periódico, desde el que todavía hoy escribe; The Independient. Por la trascendencia del mismo, reproduzco el párrafo entero.

Es muy fácil que un periodista se sienta prepotente con respecto a su trabajo, que afirme que sólo él es el poseedor de la verdad y que los redactores jefe tienen que hacerse a un lado para que la brillante luz del genio del reportero ilumine a los lectores del diario. También es tentador dejar que los argumentos periodísticos de uno se antepongan a las tragedias funestas de las que se supone que informa. Debemos conservar un sentido de la proporción y ver nuestro trabajo con perspectiva. ¿Qué estoy haciendo? "¿Qué está haciendo Fisk —puedo oír ya a algún crítico hostil de este libro— escribiendo sobre la violenta muerte de 290 seres humanos inocentes y luego alargándose cinco páginas en explicar sus riñas con The Times." La respuesta es muy simple. Cuando los periodistas no logramos transmitir a los lectores la realidad de los hechos, no sólo hemos fracasado en nuestro trabajo, sino que también tomamos partido en los sangrientos acontecimientos de los que se supone que informamos. Si no podemos contar la verdad sobre cómo fue abatido un avión civil —porque eso perjudicará a "nuestro" bando en una guerra, o porque retratará a uno de los países que "odiamos" en el papel de víctima, o porque podría molestar al dueño del periódico—, estamos contribuyendo a esos mismos prejuicios que provocan guerras en primera instancia. Si no podemos denunciar a un buque de la marina que acribilla a civiles en el cielo, estamos convirtiendo futuros crímenes de la misma clase en algo tan "comprensible" como la señora Thatcher creyó que éste lo era. Si se borra el pánico y la incompetencia de los estadounidenses —cosas que quedaron desveladas durante los meses siguientes— y se insinúa que un piloto inocente es un fanático suicida, ya sólo es cuestión de tiempo que se derriben más aviones de pasajeros. El periodismo puede ser letal.

EL PADRE DE ROBERT FISK

En este capítulo es eminentemente personal. El autor reflexiona sobre la una figura paterna de fuerte carácter  autoritario que le marcó de por vida. El padre de Fisk, Bill Fisk, aparece en varias ocasiones en el libro como hilo conductor de lo que trata de contar en el correspondiente capítulo, pero aquí adquiere entidad propia. Por lo visto se negó a participar en un pelotón de fusilamiento, algo raro según su hijo, pero de lo que se sintió profundamente orgulloso. No obstante, seguir e investigar los episodios bélicos en los que se vio envuelto su padre, sirve aquí también al autor para decirnos que el legado que nos dejó la I Guerra Mundial lo podemos ver en casi cualquier conflicto contemporáneo: Palestina, Irlanda del Norte, Líbano, Siria, Irak, Yugoeslavia, ... todos países profundamente sectarios, a menudo divididos en tribus, y con recelos étnicos.

No, no se podía responsabilizar a Bill de las mentiras, las promesas rotas y la venalidad de los hombres de Versalles. Ahora bien, su mundo, moldeó el mío, los imperios de su época crearon nuestra catástrofe en Oriente Próximo. Las postales no fueron la única herencia que me legó mi padre.

EL HOLOCAUSTO ARMENIO

Robert Fisk narra indignado como el genocidio armenio perpetrado por los turcos, y que tantas similitudes e incluso consecuencias tuvo para con el genocidio judío de los nazis, es negado por buena parte de Occidente y sus medios de comunicación, o al menos lo silencian para no molestar a Turquía, ayudada en este caso por Israel.

El nazi Max Erwin von Scheubner-Richter, que llamaba a los armenios "judíos de Oriente" y que confraternizó con Hitler antes de su llegada al poder, presenció e informó de las tácticas criminales y estrategias de ocultación de los turcos a la hora de ejecutar su genocidio. Según Fisk la influencia de este hombre y el genocidio armenio sobre Hitler es evidente en esa famosa pregunta que formuló Hitler: "¿Quién sigue acordándose hoy de los crímenes cometidos contra los armenios?"

Aunque al principio se le dio bastante publicidad, actualmente los negacionistas son muy fuertes y ejercen presiones políticas llegando a silenciar a Bush, Blair, Clinton...

Fisk denuncia el empeño irracional que tiene Israel en el famoso debate por la unicidad del holocausto judío, según el cual no es posible hacer comparaciones con el holocausto judío, por muy fuertes que hayan sido los sufrimientos de las otras víctimas. La estrategia, o quizás podamos llamarlo miedo, que tiene Israel a la hora de alejarse de otros genocidios, negando la palabra holocausto o incluso negando la mayúscula inicial de la palabra a otros eventos, tan solo persigue mantener viva una excusa con la que  poder presentarse como víctimas únicas en la historia, y de esa unicidad hacer nacer una excusa para poder actuar como verdugos únicos en la historia. Dicho en román paladín: "si nadie ha sufrido tanto como  nosotros, nadie tiene derecho a juzgar nuestra rabia y nuestras medidas para defendernos de nuestros enemigos." Fisk no se adentra tanto en este debate académico, pero sí denuncia que Simon Peres dijo:

"rechazamos los intentos de crear una semejanza entre el Holocausto y las acusaciones armenias. No ha ocurrido nada similar al Holocausto. Lo que padecieron los armenios es una tragedia, pero no un genocidio"

Norman Finkelstein profundizó mucho más en la unicidad del holocausto judío y me remito a su libro "La industria del Holocausto" donde denuncia que todo ese debate lo que persigue es otorgar unos derechos especiales a las víctimas de un crimen especial. Todo crimen es único. Comparar unos y otros, en cuanto a lo que tengan en común (número de víctimas, intención genocida, sufrimiento de las víctimas, implicación de los sectores sociales, uso de tecnología...etc) es algo perfectamente lógico, y el tratar de impedirlo estableciendo un límite infranqueable de comparación, denota más el miedo a perder la exclusividad de toda una categoría que la honradez intelectual de valorar la historia bajo el análisis y la comparación.


PALESTINA

Por fin llegamos a la madre del cordero. Cuando hablamos del asunto de Israel y Palestina nos damos cuenta de que imposible obtener información veraz y objetiva, la historia está llena de propaganda por ambas partes, y de generaciones en generaciones.

La narración de los hechos —a través de ojos árabes así como israelíes y a través de la cobertura y los comentarios de los periodistas y los historiadores, a menudo parciales, desde 1948— forma ahora bibliotecas de información y desinformación a través del cual el lector puede vagar con incredulidad y agotamiento.

El Gran Muftí, Al Hach Mohamed Amin al Huseini, la figura más grande política y religiosa que haya podido  dar Palestina en el s. XX, fue el líder de los palestinos durante la primera mitad de dicho siglo. Fisk  afirma su inmoralidad, ya que probablemente conociera el genocidio en Polonia cuando pactó con Hitler, pero no es tan categórico como Israel al calificarlo de cómplice de Hitler. Fisk lo contextualiza dentro un pueblo engañado con falsas promesas por UK, Francia y EEUU, una situación que le dejó pocas opciones de alianza cuando Alemania provocó la II Guerra Mundial. El propio Churchill terminó pactando con Stalin, y el incipiente sionismo de principios del siglo XX pactó con el III Reich de Hitler el traslado de los judíos alemanes a Israel:

A los árabes les prometieron independencia a cambio de una alianza árabe contra los turcos. A los judíos, lord Balfour les prometió el apoyo británico a una nación judía en la Palestina de mayoría árabe. Debido a estas traiciones hach Amin se convirtió en un nacionalista árabe y en un opositor inflexible a la inmigración judía hacia Palestina. [...] Por aquel entonces hach Amin empezó a trabajar con entusiasmo para la maquinaria de propaganda nazi. Más tarde los árabes tendrían dificultades  y sufrirían el bochorno de explicar estas acciones. [...] argumentando que hach Amin tenía tanto derecho a colaborar para salvar su patria palestina de los británicos y los inmigrantes judíos, como los sionistas de colaborar con Alemania para salvar vidas judías. Los israelíes exageraron a veces esta colaboración para retratarlo como un criminal de guerra. Y se puede alegar que un hombre puede pactar con el diablo.
ORIGEN TERRORISTA DE ISRAEL, DOBLE RASERO Y ABUSO DE LA PALABRA TERRORISMO

Israel nació como una guerra de guerrillas, con un origen claramente terrorista y de inmigración ilegal que llegaba a Palestina con, más o menos la complicidad de Inglaterra, a quien pronto le salió el tiro por la culata al ayudar a los sionistas, ya que estos no tardaron en volverse contra los ingleses con actos terroristas que terminaron con la vida de lord Moyne, ministro residente británico en El Cairo. Esto le hizo darse cuenta a Churchill de que estaba tratando con asesinos y bandoleros dignos de los alemanes nazis. Cuando los asesinos de Moyne murieron en 1975, recibieron un funeral de estado y todavía son recordados como activistas en el mismo hotel en el que explotó la bomba.

Hay un doble rasero que se usa para defender la violencia israelí y para condenar la palestina. Y todo se hace con ayuda de la palabra terrorismo, con un uso selectivo de las palabras y con acusaciones de anti-semitismo o incluso de negadores del holocausto a todos aquello que se atreven a cuestionar al ejército israelí o de intentar encontrar una mínima comprensión, que no justificación, al terrorismo de los palestinos. Es como si estuviera prohibido cuestionar las razones del diablo, o mejor dicho, como si se pretendiera la demonización del enemigo para que no se le pueda cuestionar su maldad, para que nadie se pueda cuestionar si lo que hacemos con él es peor o igual que lo que él hace a los demás. Esta constante histórica se repite porque viene siendo muy efectiva.

Su ejército, que a menudo se comportaba con crueldad e indisciplina, fue considerado como una "pureza de armas" ejemplar y a aquellos de nosotros que fuimos testigos de las matanzas de civiles llevadas a cabo por israelíes nos insultaron por ser mentirosos, antisemitas o amigos del "terrorismo".
El hecho de informar sobre el empleo gratuito de violencia por parte de los palestinos —secuestro de aviones, ataques contra asentamientos judíos ilegales y luego, indefectiblemente, ataques suicidas contra inocentes, el o la verdugo con los explosivos atados a su cuerpo— se consideraba simple y llanamente "terrorismo", algo peligrosamente presente pero cómodamente alejado de la razón, las causas o la historia. Mientras los acusaran de crímenes que habían cometido porque odiaban a Israel u odiaban a los judíos o los habían educado en el antisemitismo (a pesar de que ellos mismos eran semitas), o les habían pagado para llevar a cabo "actos terroristas", o porque odiaban la "democracia" o representaban el "mal" —la mayoría de estas explicaciones las adoptaron luego los estadounidenses para referirse a sus enemigos árabes—, entonces los árabes se encontraban fuera de los límites de la razón. No se podía hablar ni negociar con ellos. Uno no puede "negociar con terroristas".

Terrorismo es una palabra que se ha convertido en una plaga de nuestro vocabulario, la excusa y la razón y el permiso moral para la violencia de Estado —nuestra violencia—, que ahora se usa en el inocente Oriente Próximo de un modo mucho más vergonzoso y promiscuo. Terrorismo, terrorismo, terrorismo. Se ha convertido en un punto, en un signo de puntuación, en una locución, en un discurso, en un sermón, la esencia de todo lo que debemos odiar para pasar por alto la injusticia y la ocupación y el asesinato a gran escala. Terror, terror, terror, terror. Es una sonata, una sinfonía, una orquesta que aparece en todas las televisiones y radios y comunicados de agencia de noticias, el culebrón del Diablo, servido en hora de máxima audiencia o destilado de forma tediosa y mendaz por los "comentaristas" de derechas de la Costa Este estadounidense o por The Jerusalem Post o por los intelectuales europeos. Golpe al terror. Victoria sobre el terror. Guerra contra el terror. Guerra eterna contra el terror. A lo largo de la historia, los soldados, los periodistas, los presidentes y los reyes pocas veces se han unido de un modo tan irreflexivo e incondicional. En agosto de 1914, los soldados creían que estarían de vuelta en casa por Navidad. Hoy estamos luchando para siempre. La guerra es eterna. El enemigo es eterno, su cara cambia en nuestras pantallas. Primero vivió en El Cairo y lucía un mostacho y nacionalizó el canal de Suez. Luego vivió en Trípoli y vestía un uniforme militar ridículo y ayudó al IRA y atentó contra bases estadounidenses de Berlín. Luego resultó que llevaba una túnica de imam musulmán y que comía yogur en Teherán y planeaba la revolución islámica. Luego vestía una túnica blanca y vivía en una cueva de Afganistán y luego lucía otro ridículo bigote y residía en una serie de palacios de Bagdad. Terror, terror, terror. Al final, llevaba un turbante kefia y un uniforme militar anticuado de estilo soviético, se llamaba Yasir Arafat y era el señor del terror mundial, luego pasó a ser un superestadista y luego, de nuevo, un señor del terror, vinculado por sus enemigos israelíes al Meister del terror de todos, aquel que vivía en una cueva de Afganistán.

YASER ARAFAT, LA DECADENCIA DEL QUE PREFIRIÓ ALGO A LA NADA.
La figura de Yaser Arafat es tratada con dureza y patetismo por parte de Robert Fisk. Ya en 1988 al aceptar la existencia del estado de Israel, aceptó la partición de Palestina, y aceptó por consiguiente que se les devolviera la tierra a los más de 750.000 palestinos que habían huido de sus casas. Esto ocurría cuando Arafat pensaba que presentarse como un ex-terrorista simpático que felicita el Nuevo Año Judío en hebreo le facilitaría las cosas. Pero después de su imprudencia al apoyar a Sadam Hussein en la guerra del golfo, ni siquiera estaban dispuestos a que formase parte de la conferencia de paz de Madrid en 1991; no se le invitó quedando Palestina, en principio, reducida a una parte dentro de la delegación jordana. Es como para reirse, por no llorar, que Palestina como tal no estuviese representada en una conferencia que trata sobre la paz en Oriente Próximo. La conferencia que empezó con la negativa de Bush de hablar de las resoluciones de 242 y 338 del consejo de seguridad de la ONU, terminó como el rosario de la aurora, básicamente porque tanto árabes como israelíes terminaron hablando de la guerra, de lo que se habían hecho los unos a los otros, más que de la paz. Fue más tarde cuando Israel llegó a un acuerdo con Arafat, el cual empezaba a temer a Hamás que se había convertido en la competencia de la OLP.

Si los delegados hubiesen tenido armas automáticas a mano, habría habido muchas carreras para llegar a la puerta. [...] Al cabo de pocos meses, se desveló que "firmar un acuerdo" es justamente lo que estaba haciendo Israel, pero con los palestinos en lugar de los sirios y los jordanos. Los delegados palestinos de las conversaciones de Washington se quedaron sorprendidos cuando descubrieron que Arafat había abierto sus propios canales secretos con los israelíes a sus espaldas, y que incluso estaba negociando un plan de paz por separado pero fatalmente similar. [...] No resultaba muy difícil de entender por qué tanto los israelíes como Arafat vieron una causa común en ese acuerdo secreto. La ocupación de Israel era cada vez más brutal y la fuerza creciente de las milicias religiosas palestinas, sobre todo de Hamás, asustaba a los israelíes y a la autoridad palestina. Durante años, los israelíes habían alentado a Hamás en la construcción de mezquitas y servicios sociales para hacer frente a su rival de la OLP "terrorista" y al liderazgo del "superterrorista" exiliado Arafat. Del mismo modo que los Estados Unidos ayudaron a crear a Osama bin Laden y a Sadam Husein, Israel alimentó a Hamás y a su clase dirigente formada por imames y guerreros farisaicos que ahora exigían Palestina —toda Palestina— para los palestinos.

El acuerdo secreto del que habla, que luego se plasmó en los Acuerdos de Oslo, contenía falsas promesas y dejaban en muy mal lugar a Palestina, pero cuestionarlo cuando el propio Arafat  e Isaac Rabin posaban dándose la mano, era poco menos que una herejía, una desconfianza peligrosa de periodistas cenizos, antipaz y pro-terroristas. Los Acuerdos de Oslo imposibilitaban las grandes promesas que Arafat le venía haciendo a su pueblo durante décadas, terminó transigiendo lo que él mismo decía que era inasumible, estrechaba la mano del primer ministro de un país que había jurado eliminar de la faz de la tierra, y lo que es realmente relevante, comprometía la identidad de la nación palestina, Jerusalén, el derecho de retorno, el fin de la ocupación dejando todas las cuestiones importantes para después, y dando como caramelo la Autoridad Nacional Palestina como forma de gobierno transitorio... un desastre que prácticamente todos los medios, de izquierdas y de derechas celebraban y que tan solo unos pocos criticaron. Unos pocos periodistas, porque lo que es el pueblo lo recibiría en lo sucesivo con carteles de traidor, entreguista y vendido a los israelíes.

Aquí estaban todas aquellas proclamaciones cansinas y desesperadas que escuchamos a lo largo de los años mientras el presidente de la OLP, sudando y gritando y a veces llorando de emoción, le dirigió a sus guerrillas de Al Fatah y a los desposeídos de los campamentos palestinos. “La tierra de Palestina es la patria de los palestinos, y la patria de la nación árabe desde el océano hasta el golfo —había declarado en 1989—... La OLP no ofrece la paz de los débiles, sino la paz de Saladino.” Ya no. “El alzamiento palestino no acabará hasta que se haya conseguido el reconocimiento de los derechos legítimos del pueblo palestino, incluido el derecho de regreso.” Ya no. “La única forma de conseguir la paz es mediante... el derecho de regreso, la autodeterminación y la instauración de un Estado palestino con capital en Jerusalén.” Ya no.

En los años 90 la figura de Yaser Arafat provocaba risa y lástima al mismo tiempo. Un líder que había recogido la semilla de la esperanza de su pueblo, se había convertido en casi una caricatura de sí mismo cuya única justificación para vender en secreto los sueños de su país es que había llegado a la conclusión derrotista de que algo era mejor que nada.

Ataviado con su kefia,  arreglada de un modo muy teatral, con su uniforme caqui y su ridícula pistola, Arafat parecía ahora un personaje anticuado, un revolucionario del pasado que dentro de poco tendría que dejar a un lado las cosas infantiles.[...] Se supone que los revolucionarios deben ser intelectuales. Robespierre, Lenin, Marx, Trotsky, Ataturk, Nasser, Castro, Guevara: todos escribieron libros o hablaron de elevados temas filosóficos durante su lucha. Arafat no. Casi nunca lo veían leyendo un libro, y menos aún escribiendo uno. Lo que tenía, sin embargo, era una gran determinación. 

Todo el desanimo que cundió tras los Acuerdos de Oslo provocaron que Arafat perdiera legitimidad, la poca que le quedaba después de negociar dichos acuerdos sin la autorización de su pueblo, y una rabia general que hizo subir como la espuma a Hamás hasta el punto de que innovaron una crueldad más; los ataques suicidas que antes no se daban.

Por su parte algunos radicales israelíes, fundamentalmente los colonos, consideraron a Rabin como su respectivo traidor por haberse acercado a Arafat, y lo asesinaron. No ha sido el único caso en que algunos israelíes se han tomado la justicia por su mano y han recurrido a las armas, incluso miembros del ejército disparando indiscriminadamente en una mezquita, pero sistemáticamente son calificados de tragedias, malentendidos, colonos locos, judíos desquiciados, etc... Compárese con la calificación de terrorista, la maldad por la maldad y sin posibilidad de racionalizarla ni curarla que se le aplica a los actos terroristas de los palestinos. La visión radical israelí propugna que los territorios ocupados deberían anexionarse de manera definitiva. Al estar solamente ocupados de facto, se le está dando esperanzas a los palestinos de que les sean devueltos. Al igual que los palestinos ya no reclaman, salvo excepciones, los territorios israelíes porque pertenecen al reconocido Estado de Israel, tampoco reclamarían los territorios que hoy en día ningún país le reconoce a Israel, después de seguir ocupándolos durante un cuarto de siglo.

Los asentamientos en los territorios ocupados por parte de los colonos sería a lo que se agarrarían los colonos como si de un derecho adquirido se tratase, para tachar a Rabin de terrorista cuando ofreció a Arafat territorios por paz (como si esas tierras les pertenecieran, cuando en realidad no solo eran de palestinos a los que habían echado de sus tierras, sino que además en muchos casos, esos palestinos tenían escrituras de propiedad desde la época de los británicos).

Cuando los israelíes no construían casas en suelo palestino, se dedicaban a demoler casas palestinas. Entre la firma del acuerdo de Oslo en 1993 y marzo de 1998, los bulldozers israelíes echaron abajo 629 casas palestinas, [...]

Cuando Robert Fisk le preguntó a Yaser Arafat si se arrepentía de haber firmado los Acuerdos de Oslo, éste respondíó:

“El acuerdo de paz que firmé era el acuerdo de los valientes”, respondió. “Firmé con mi compañero Isaac Rabin, que pago con su vida esta paz. Nuestro deber es seguir adelante con el justo intento que acordamos con el señor Rabin Peres.”  

Las negociaciones de Camp David en el año 2000 fue otro nuevo fracaso, y puso de manifiesto que Oslo también lo había sido. Desde los medios occidentales se vendió como la oportunidad de oro que Arafat dejó pasar al rechazar el 95 % de Palestina, "cuando en realidad quedaba un 64 por ciento del 22 por ciento de Palestina". Si Arafat hubiese aceptado hubiese sido además de un fracaso para los palestinos, una humillación inaguantable para que un líder que ya había tragado demasiado en Oslo.

Barak no renunciaría a Jerusalén ni abandonaría los asentamientos. Arafat no haría la “concesión” de ceder al control israelí sobre toda Jerusalén.[...] Ante el ofrecimiento de una soberanía aparente para garantizar una paz aparente, la autoridad palestina —corrupta, decadente y no democrática— prefería el fracaso a la humillación.
    Por lo tanto, Arafat regresó a Gaza, donde fue recibido como un héroe. Por una vez, aquel viejo dirigente no había ofrecido otra capitulación. Les había plantado cara a los Estados Unidos. Y a Israel.
ARIEL SHARON
Ese mismo año, Ariel Sharon, ese halcón derechista que es acusado en su propio país de ser un despiadado militar que pone en peligro las vidas de sus soldados (no dicen nada en cambio de su responsabilidad  por las matanzas de Sabra y Chatila), invadió los lugares musulmanes sagrados acompañado de mil policías israelíes. Así comenzó la segunda intifada. La primera terminó, más o menos, con los Acuerdos de Oslo.

La carrera de Sharon lo representa todo menos la paz. Votó contra el tratado de paz con Egipto en 1979, y en contra de la retirada del sur del Líbano en 1985. Se opuso a la participación de Israel en la conferencia de paz de Madrid de 1991 y a la votación plenaria de la Knesset sobre los acuerdos de Oslo de 1993. Se abstuvo de votar a favor de la firma de la paz con Jordania en 1994. Votó en contra del acuerdo de Hebrón en 1997. Criticó el modo en que Israel se retiró del Líbano en el año 2000. En el 2002, Sharon había construido 34 nuevas colonias judías en territorio palestino.
Cuando varios países europeos estaban barajando la posibilidad de modificar sus legislaciones para perseguir crímenes de guerra en cualquier parte del mundo, los israelíes, llegaron a  confeccionar una lista de países a los que no debían viajar. Uno de esos países era Bélgica, que estaba investigando las matanzas de Sabra y Chatla en 1982. Pero una vez más el Tío Sam salió en defensa de Israel. Donald Rumsfeld, conocido por todos los que hemos vivido la guerra de Irak, hizo un viaje a Bruselas para presionar a dicho país para que retirase los cargos y modificase su legislación. Según Fisk, el famoso Secretario de Defensa estadounidense amenazó con trasladar la sede de la OTAN lejos de Bélgica si no retiraban los cargos contra Sharon.

SUICIDAS PALESTINOS: ¿DESESPERANZA Y/O FANATISMO RELIGIOSO?
¿Pero qué hay detrás de esa mentalidad suicida? ¿Por qué los palestinos celebran la muerte en las calles de Ramala? Cuando Fisk presencia un atentado terrorista palestino, y así lo califica sin concesiones,  se pregunta por la mentalidad del suicida. Su conclusión es la desesperación a la que está sometida toda una sociedad hace que pierdan el miedo. Un odio enfermizo y terminal se estaba apoderando de una entifada que empezó con piedras y terminaba con bombas suicidas y palestinos asesinados regular y públicamente por colaboracionismo, la anarquía sanguinaria, el odio y la deshumanización del enemigo cuajó y se instaló en el centro del conflicto israelí-palestino. Hamás calificaba a los judíos como hijos de cerdos monos, y  algunos israelíes se refieren a los palestinos como cucarachas o alimañas. No se podía llegar a calificar de zona de guerra en permanente estado de sitio, porque hay muchos flujos que pasan la frontera todos los días, y hay un territorio que es compartido por ambas poblaciones que no termina de exterminar a la otra. Por mi parte estoy seguro que si no hubiera unas tierras santas de interés para ambas partes, se habrían usado armas química so nucleares desde hace tiempo. Y es que es precisamente ese factor religioso el que está en el corazón de todo esto. Fisk no se atreve a concluirlo, pero tampoco esconde testimonios ni hechos que apuntan a esa misma conclusión.

Esto es lo que respondía Hasan Nasralá, dirigente del movimiento libanés Hezbolá, cuando Robert Fisk le preguntaba por esa mentalidad suicida:

        "Nuestros guerreros tienen ciertas cualidades. El que conduce un camión con intención de irrumpir en la base militar del enemigo, hacer explosión y convertirse en mártir conduce con el corazón lleno de esperanza, sonriente y feliz porque sabe que va a otro lugar. La muerte, según nuestra fe, no es el olvido. No es el fin. Es el comienzo de una vida verdadera.
        La mejor metáfora para que un occidental intente comprender esta verdad es pensar en una persona que pasa mucho tiempo en una sauna. Tiene mucha sed, está cansado y tiene calor, sufre por los efectos de la alta temperatura. Entonces le dicen que, si abre la puerta, saldrá a una sala tranquila y acogedora, podrá tomarse un cóctel delicioso y escuchar música clásica. Abrirá la puerta y saldrá sin dudarlo un instante, a sabiendas de que lo que deja atrás no es un precio muy alto que pagar, pues lo que le espera es algo mucho más valioso. No se me ocurre ningún otro ejemplo para explicarle esta idea a un occidental."
A Nasralá le gustaban las metáforas, los símiles; igual que los carteles de “mártires” de Hezbolá, que a menudo retratan a los muertos en el paraíso, rodeados de ríos, tulipanes y sauces llorones. ¿Es allí adonde creen ir los terroristas suicidas? ¿A los ríos, la miel, los árboles y —sí, claro— las vírgenes? ¿O a una sala tranquila y acogedora, con un cóctel y música clásica?
 ¿Tienen algo en común estos suicidas con los kamikazes japoneses de la II Guerra Mundial? Según Fisk no, porque los japoneses "atacaban acorazados y portaaviones, no hospitales." Estoy seguro de que Christopher Hitchens sí encontraría una similitud más, ya que incluso el budismo había sido cómplice del fascismo japonés. Fisk abre uno de estos capítulos dedicados a Israel y Palestina con una cita bíblica (Números, 33, 50-55) que autoriza y ordena a los judíos a echar a las gentes que habiten la actual Palestina, destruyan los ídolos que adoren sus habitantes. Incluso les advierte que si no los echan, eso se volverá en su contra "como aguijones en vuestros ojos y por espinas en vuestros costados".

¿A alguien le puede quedar alguna duda, después de leer estas condenas ancestrales, ya sean mal o bien interpretadas, que en la raíz del odio está la semilla de la religión?  ¿Cómo puede nadie dudar de que sin las promesas celestiales que se aprovechan del sentimiento religioso y de la fatalidad del pueblo palestino, los suicidas prácticamente desaparecerían? ¿Acaso no es el carácter religioso de tierra santa la que hace que se maten unos a otros? Si solo fuera un conflicto territorial, ¿no habría alguna parte cedido ya algo? No pueden ceder porque se trata de algo que está por encima de la vida de sucesivas generaciones, se trata de la vida eterna y del respeto a quien te la da.

La excepción que confirma la regla puede ser el pueblo de Beit Jala, donde el 60% son cristianos y existe una convivencia pacífica entre los diferentes cultos.

Ghadir, la hija de Margot Zidan, chasqueó la lengua al mirar el retrato. “Vosotros protegéis a los israelíes y nos culpáis a nosotros por esto —dijo—. Decís que somos responsables de la muerte de nuestros propios hijos, pero no es verdad. Nosotros somos un pueblo unido. No hay diferencias entre cristianos y musulmanes.” Y esto seguramente era verdad. Pasando por cada casa de Beit Jala, las familias cristianas me llevaban a hogares musulmanes, niños musulmanes me llevaban a las casas de sus amigos cristianos, y sin previo aviso ni presentación. Pero ¿apoyaban los aldeanos a los palestinos que disparaban contra Gilo? Se encogían de hombros cuando les hacía esta pregunta. “Estos hombres tienen pistolas ridículas, y disparan entre nuestras casas —dijo uno—. ¿Qué podemos hacer? ¿Y cómo vamos a detener a los israelíes? Ellos saben que nosotros no somos quienes les disparan.”

AUTOCRÍTICA
No obstante, como decía anteriormente, parece que Fisk reconoce mayor capacidad de autocrítica en Israel que en Palestina. Es cierto que por lo general ninguna parte reconoce sus excesos. Israel ataca a civiles y toma represalias indiscriminadas, y algunos intelectuales como Alan Dershowitz justifican la tortura para obtener confesiones, al más puro estilo Jack Bauer, pero todo esto también lo hace Palestina.

Hamás cuenta con sus propios escuadrones de la muerte, que matan a soldados, pero también a mujeres, niños, ancianos y enfermos. “En lo que llevamos de estas dos intifadas, los israelíes han matado a más de 2.000 palestinos. Tras las matanzas de Nablús y Yenín, el número de niños asesinados supera los 350, lo cual demuestra que los israelíes cometen carnicerías intencionadas con los civiles.” La misma historia de siempre: en cuanto se le pide a un dirigente de Hamás que reconozca que matar a civiles mediante atentados suicidas es cruel, sale con estadísticas. ¿Y los niños de la pizzería? ¿Y los ancianos de la fiesta de la Pascua judía?

Las periodistas Amira Hass y Eva Stern son elogiadas por Fisk como dos luces en la oscuridad, sin embargo no menciona a nadie autocrítico del lado palestino. No creo que se trate de falta de libertad de expresión en Palestina, que seguro que no andan muy sobrados de ella, sino de que las voces con conciencia de las injusticias son difíciles de callar, sean del lado que sean.

Aunque Fisk sea unos de esos azotes de la política israelí, confiese que la honestidad intelectual de los historiadores israelitas es mucho mayor que la de sus homólogos árabes, estando los primeros mucho más dispuestos a confesar sus excesos que los segundos. Esto es cierto al menos como acto de disidencia, dentro de sus respectivos gremios académicos, porque según el historiador árabe George Antonious la propaganda sionista es mucho más fuerte y está mejor organizada que la árabe.

En 1938 el historiador árabe George Antonious dijo claramente que "la creación de un Estado judío en Palestina, o de un hogar nacional basado en la soberanía territorial, no se puede lograr sin desplazar a  los árabes..." [...] "El tratamiento otorgado a los judíos de Alemania y otros países europeos es una vergüenza para sus autores y para la civilización moderna; pero la posteridad no exonerará a ningún país que no logre hacer frente a su parte de los sacrificios necesarios para aliviar el sufrimiento y la angustia judíos. Imponer la mayor parte de la carga a la Palestina árabe es una miserable forma de eludir unas responsabilidades que deberían recaer en todo el mundo civilizado. También es moralmente vergonzoso. Ningún código moral puede justificar la persecución de un pueblo en un intento de poner fin a la persecución de otro. El remedio para la expulsión de los judíos de Alemania no se debe buscar en la expulsión de los árabes de su patria; y tampoco se logrará el alivio de la angustia de los judíos a costa de provocar angustia a un pueblo inocente y pacífico."
¿FUTURO?
Todo este conflicto, está tan desequilibrado que es difícil decantarse por un análisis optimista. Especialmente para los palestinos, porque a los Israelíes parece que solo les hace falta aguantar un par de generaciones unas estadísticas de víctimas que van en su favor hasta acabar con todos los palestinos dispuestos a resistir. Pero quizás llegue algún momento en que nuevos líderes quieran negociar un acuerdo y que consigan convencer a sus respectivos pueblos, radicales incluidos, de que hay que respetarlo. Los que ahora son llamados terroristas, quizás algún día se sienten a hablar en nombre de sus pueblos y logren un acuerdo. Así sucedió con Arafat y con muchos líderes israelíes (aunque los israelíes no han sido calificados de terroristas, pero han participado en actos claramente terroristas).

Para conseguir una paz irlandesa que gozara del apoyo de la mayoría de británicos e irlandeses, se abandonó la vieja política thatcheriana de criminalizar a todos los delincuentes. Infanticidas, uxoricidas, asesinos de la mafia y sicarios —que debían permanecer en prisión—, así como asesinos “políticos”, criminales “políticos” y sicarios “políticos” volvían a casa. Nos guste o no, así es como concluyen la mayor parte de las guerras. Se produce una especie de borrado de pecados. Hombres a los que hemos catalogado como “terroristas” —Jomo Kenyatta, Menachem Begin, el arzobispo Makarios, Gerry Adams y, sí, Yasir Arafat— tienen la extraña costumbre de presentarse en conversaciones en Downing Street, ir a tomar el té con la reina Isabel o participar en charlas en la Casa Blanca.

La otra opción sería la de la revolución popular, algo que ya está sucediendo estos meses atrás en casi todo el mundo árabe. Ni siquiera Noam Chomsky podría haber sospechado este tsunami democrático en Oriente Próximo, cuando apostaba por una rebelión interna en Irak que hubiese hecho innecesario el derrocamiento de Sadam reduciendo el país a cenizas con la excusa de exportar la democracia.

A esta revolución popular desde dentro se refiere Fisk:

En la actualidad los árabes ya no tienen miedo. Los regímenes son tan huraños como siempre: aliados leales y supuestamente “moderados” que obedecen las órdenes de Washington y aceptan enormes subvenciones de los Estados Unidos, celebran sus elecciones absurdas y tiemblan de miedo por si su gente decide al fin que ya ha llegado el momento de un “cambio de régimen” (desde dentro de sus sociedades, no la versión occidental impuesta por invasión). Son los árabes como pueblo —brutalizados y aplastados durante décadas por dictadores corruptos— los que ya no huyen. Los libaneses de Beirut, sitiados por Israel, aprendieron a negarse a obedecer las órdenes del invasor. Hezbolá demostró que el poderoso ejército israelí podría ser humillado. Las dos intifadas palestinas probaron que Israel ya no podía imponer su voluntad en la tierra ocupada sin pagar un precio terrible. Los iraquíes se levantaron primero contra Sadam y después, tras la invasión angloestadounidense, contra los ejércitos de la ocupación. Los árabes ya no huían. La vieja política de Sharon que los neoconservadores estadounidenses apoyaron de una forma tan letal antes de la invasión de Iraq en el 2003 —apalear a los árabes hasta que se sometan, hasta que se “comporten” o hasta que surja un dirigente árabe “que controle a su propio pueblo”— está tan en quiebra como los regímenes que continúan trabajando para la única superpotencia mundial.

Me gustaría terminar esta sección, con lo que Gandhi dijo sobre el tema de Israel y Palestina en 1938. La cuestión en aquellos momentos no había tomado el cariz que tiene ahora, pero ya se podía compartir un punto de vista común con un mínimo de humanismo. Las simpatías de Gandhi estaban con los judíos por todas las persecuciones que habían sufrido, pero eso no justificaba que ahora se portasen así con los árabes. La cita completa se puede leer aquí:


"No defiendo los excesos árabes, deseo que hayan elegido el camino de no violencia en resistir lo que por derecho les pertenece como su indiscutible soberanía sobre su país. Pero según los cánones del bien y del mal, nada se puede decir en contra de la resistencia árabe contra la opresión."

ARGELIA

Francia invadió Argelia para civilizarla, para supuestamente traer la democracia, y creían que el pueblo argelino los recibiría con los brazos abiertos. Como EEUU esperaba que los iraquíes les recibieran con flores cuando invadieron su país. Pero no fue así. La resistencia colonial duró generaciones, pero solo después de la II Guerra Mundial se inició una guerra de guerrillas no solo salvaje para los invasores, sino que degeneró en polarizaciones dentro de la misma resistencia que se cobró la vida de media millón de argelinos, además del millón que se llevaron de por medio los franceses en una guerra de  independencia de 8 años que finalizó en 1962.

Hubo crueles torturas por ambas partes, tanto en el periodo colonial como en la Guerra de la Independencia, pero desde la perspectiva del que se considera más civilizado es más ofensivo que las torturas y las masacres provengan de ese plus de civilización que de los "salvajes". La Francia educada y occidental conocía las torturas de los soldados franceses, el mismo François Mitterrand lo sabía, incluso en París se continuó esta persecución.

La policía francesa atacó con brutalidad a los manifestantes y pueden haber muerto asesinados, nada más y nada menos, que 300 personas. Al día siguiente se arrojaron sus cadáveres al río Sena. Hasta el día de hoy, las autoridades no han abierto todos los archivos sobre esta matanza, aunque el prefecto de policía que ordenó la represión fue Maurice Papón, condenado en abril de 1998 por crímenes contra la humanidad durante la ocupación alemana.

Argelia ha tenido tres jefes de estado, pero Fisk los analiza bajo el prisma de aquellos argelinos que vieron  con indignación como libertadores, se dejaban manipular por influencias externas y se corrompían por el poder estableciendo dictaduras que nada tenían que envidiar a la antigua Francia colonial. El hilo conductor  de los tres jefes de estado que se sucedieron durante medio siglo en Argelia es el islamista Mustafá Buyali, que representan a ese sector del radicalismo islámico que se pasó a la resistencia tras la guerra de la Independencia.

Cuando el FLN (Frente de Liberación Nacional) llegó al poder trató a los islamistas disidentes con la misma brutalidad que antes Francia trataba al FLN. La corrupción y traición del que se había constituido en partido único provocó un golpe de estado por el que Ben Bella fue derrocado en 1965 por Bumedián. Buyali no apoyo este golpe de estado, a pesar de estar en contra de Ben Bella. En 1978, tras la muerte de Bumedián, Chalid Benyedid le sucedió en el poder. Un poder que ejerció con más dictadura y más corrupción que predecesor, lo cual provocó más resistencia. El gobierno no pudo evitar acceder a demandas populares como el multipartidismo y cuando la situación se hacía insostenible se convocaron elecciones en 1992 a las que se presentaron muchos de aquellos islamistas que no se sentían representados, y una vez más, quizás siguiendo el ejemplo de la Francia colonial, los comicios se amañaron.

En la primera vuelta se supo que ganaba el FIS (Frente islámico de Salvación, que aglutinaba a los más radicales islamistas que no podían permanecer en el FLN), y entonces el gobierno suspendió las elecciones y encarceló a miembros del FIS. Esta decisión de no permitir terminar unas elecciones democráticas, para impedir que los anti-demócratas ganaran las elecciones, a parte de la contradicción semántica, generó un gran debate en Europa. Todavía recuerdo a Fernando Savater condenar el tongo de las elecciones en Argelia dicendo que de aquellos barros, estos lodos, ya que la situación se volvió sanguinaria y salvaje dentro del país.

Los partidarios del FIS podían explicar su rabia con facilidad. Los habían animado a participar en esas elecciones. Occidente había repetido en diversas ocasiones que el poder debía llegar a través de las urnas más que a través de la revolución —islamista o de otra clase—, y el FIS había jugado, como tocaba, la baza democrática. El FIS acató las normas y cometió el error de ganar las elecciones. Eso no era lo que pretendía el pouvoir, o sus partidarios franceses. Francia se sentía feliz de evitar la pesadilla de una “catástrofe” islámica en la costa sur del Mediterráneo. Los estadounidenses no querían otra revolución islámica en las fronteras limítrofes con Irán. Ni hablar de democracia. [...] No querían democracia a menos que pudieran ser los ganadores.

Era una decisión difícil que nos situaba de nuevo en la vieja dicotomía de si el fin justifica los medios. Si somos demócratas deberíamos dejar que el FIS gobernara. Pero si los dejamos que gobiernen se cargarán la democracia. ¿Debemos dejar que un pueblo, voluntariamente, se corte la yugular de la libertad? ¿No fue elegido Hitler democráticamente (yo creo que no, no al menos por la mayoría de la población)? Pero por otra parte, incluso Hamás ha conseguido ganar unas elecciones y formar gobierno. ¿Debemos respetar el criterio democrático aún a riesgo de cargarnos la democracia? Supongo que sí, de lo contrario ¿quién va a decidir que elecciones son válidas o no, en función de quien puede resultar peligroso?

“A ustedes les gusta hablar de democracia —dice el anciano del FLN, que era estudiante al principio de la guerra de independencia—, pero esto no es una lección de filosofía para nosotros. Si el FIS llega al poder, estallará una guerra civil en Argelia. Se producirá un terrible baño de sangre. Tenemos que enfrentarnos a un problema real. ¡Qué maravilloso sería, pensarán ustedes, tener una república islámica en Argelia! ¡Qué democrático por su parte! Pero no podemos permitir que estalle una guerra civil. Tenemos una responsabilidad con nuestro país, con nuestro pueblo.”

Después de la suspensión de las elecciones de 1992, Budiaf, vieja gloria del FLN del que terminó separándose, llegó al poder desde el exilio para rescatar a Argelia de una guerra civil y proporcionar estabilidad. No tardaron en matarlo. Y es que esa decisión de no dejar gobernar al FIS trajo un baño de sangre de unos contra otros; FLN, FIS, GIA y el propio gobierno que al principio trataba de ocultar la violencia islamista pero que ahora se dedicaba a combatirlos e incluso a acusarlos de los propios excesos gubernamentales. Mientras tanto, los islamistas, a quienes les sobraban muestras de bestialidad, eran retratados por nosotros, los occidentales, como más bestias y sanguinarios todavía, incluso con su propia gente. Y nadie, ni la UE, ni la ONU, ni EEUU hicieron nada en tiempos recientes cuando estaba claro que las matanzas las cometía el gobierno, tan solo las ONG's denunciaron las mentiras.

Y de nuevo Fisk narra episodios en los que la religión cobra una fuerza motivadora difícil de ocultar, pero paradójicamente no la señala como "la raíz de todo mal".

Mientras tanto, la guerra se vuelve más atroz, cada vez resulta más duro informar sobre ella; no sólo por los peligros físicos, sino porque sus terroríficos detalles nos repelen incluso a aquellos que debemos informar de sus bestialidades. [...] ¿Qué energía primitiva alimenta un sadismo así? Aunque el precio fue terrible, los argelinos ganaron su guerra contra los franceses. Eran todos musulmanes, todos de la secta suní. [...] Se refería de forma constante a la necesidad de exterminar “con la ayuda de Dios” al gobierno argelino, con tal de establecer un estado islámico legítimo, y se justificaba citando el Corán en un estado cercano al éxtasis. [...] “El Corán nos promete la victoria o el martirio. Dice que los verdaderos mártires no sangran mucho. Cuando mueren, huelen a perfume de almizcle. Eso es cierto. Cuando un mártir muere, es recibido en el paraíso por setenta y dos hermosas mujeres.”

Por todos estos sinsentidos religiosos, me cuesta creer la estrecha relación, según Fisk, que guardan los islamistas del FIS con la ciencia. El sorprendente, párrafo que necesitaría de un análisis más profundo, dice lo siguiente:

Akli es biólogo y la fascinación por la ciencia es una característica de gran parte del pensamiento del FIS. Los partidarios con estudios del FIS eran, casi de forma invariable, preparados ingenieros o técnicos en comunicaciones. Sin excepción, todas las librerías de Argel tienen ahora una sección especial de literatura islámica. Junto a todas las secciones había una estantería con libros sobre ciencia. Los 22 candidatos del FIS en las elecciones parlamentarias de diciembre eran licenciados, 15 de ellos eran científicos. En una República Islámica Argelina había más probabilidades de que los dirigentes del gobierno fueran tecnócratas que no mulas. Los partidarios del grupo afirmaban que el islam y la ciencia no sólo eran compatibles, sino complementarios, que ambos conllevaban la verdad y el entendimiento absolutos.

¿Se debe esto a un verdadero amor por la ciencia por parte de los miembros del FIS, o se debe realmente a la conocida prepotencia del Islam para autoproclamarse la versión 3.0 de los otros dos grandes monoteísmos que son cronológicamente anteriores? Los testigos de Jehová también venden sus creencias manipulando la ciencia para sus propósitos. Quizás el párrafo anterior haya que conjugarlo junto a otro anterior, cuando Fisk contaba lo que Jomeini respondía a las acusaciones de que el Islam es una religión atrasada, tanto científica como políticamente.
En otras ocasiones sostienen que el islam es una religión reaccionaria que se opone a todas las ideas y manifestaciones de civilización nuevas y que, en la actualidad, nadie puede mantenerse al margen de la civilización mundial...  Con una jerga propagandística endemoniada y, a la vez, insensata, reivindican la santidad del islam y mantienen que las religiones divinas tienen la tarea más noble de purgar egos, de invitar a la gente al ascetismo, a la vida monástica... Esto no es más que una acusación estúpida... El Corán resalta con gran énfasis la ciencia y la industria... Estos individuos ignorantes deben percatarse de que el sagrado Corán y las tradiciones del Profeta del islam contienen más lecciones, decretos y órdenes sobre el gobierno y la política que sobre cualquier otro asunto...

LA GUERRA DEL GOLFO (1991)

Cuando Irak invadió Kuwait, nadie pensaba que EEUU se iba a inmiscuir en esos asuntos entre árabes. Pero Arabia Saudí, cuya presencia en este capítulo es permanente, acudió en ayuda de su eterno protector EEUU, y éste respondió liderando una coalición de países occidentales y de la misma Arabia Saudí. Esto levantó muchas polémicas entre la Liga Árabe que no veía con buenos ojos que tropas de infieles occidentales, tradicionales aliados de Israel, usaran la tierra de lugares santos del Corán para atacar a otros musulmanes. Pero nadie quería que Sadam se hiciera con todo el petróleo de Kuwait y se hiciese un hombre más fuerte en Oriente Próximo. Por su parte, EEUU, podía presentar esta intervención como una alianza con los musulmanes buenos contra el musulmán malo, y así que nadie cuestionara el movimiento de tropas.

La invasión no debió pillar de improvisto a nadie, pues la reivindicación de Kuwait que venía haciendo Sadam era ya aburrida por lo repetida que era. Si a eso le añadíamos que Sadam estaba pasándolas canutas para solventar el problema de la deuda externa que había generado su guerra contra Irán, que Kuwait estaba sacando petróleo de un yacimiento junto a la frontera con Irak y que eso Sadam lo denunciaba como un robo, y que Sadam era un megalómano capaz de todo... pues no debería haber sorprendido a nadie, y menos a oficinas de inteligencia que analizan estos calentones diplomáticos con lupa.

Sadam atacó a Israel para liarla más gorda todavía, y así provocar el debilitamiento de la coalición que incluía países árabes que se oponían al pillaje y violaciones, tanto de personas como del derecho internacional, que el ejército iraquí se apresuraba a cometer en Kuwait. Tan solo un lavado de cerebro ideológico puede explicar la quema de bibliotecas y disparar contra museos, además por supuesto, de llevarse la vida por delante de miles de kuwaitíes. Afortunadamente Israel no respondió.

El papel de Arabia Saudí, y su rey Fahd, recuerda al papel que tuvo que jugar EEUU en la posterior Guerra de Irak, la segunda parte de la Guerra del Golfo. De la misma manera que EEUU ha tenido que avergonzarse de su pasado por ayudar al dictador iraquí antes de que se convirtiera en el malo malísimo de la película (también lo era con anterioridad, pero les beneficiaba ayudarlo igualmente), Arabia Saudí debió  morderse la lengua para luchar contra un país al que había financiado en su guerra contra Irán. Los aliados se volvían enemigos, una vez más.

Se cuidó la corrección política de los soldados de EEUU en una tierra tan delicada, y se les prohibía discutir sobre temas relacionados con Israel. Se llegó a publicar un manual de comportamiento para la ocasión. Y no solo EEUU estaba interesado en controlar las imágenes de un ejército que no debía repetir las mismas imágenes que Vietnam. Tampoco Arabia Saudita estaba interesada en difundir imágenes de infieles aterrizando sobre la tierra del Islam y musulmanes carbonizados por los aliados de Israel.

Por eso contra quien realmente arremete Robert Fisk, es contra sus compañeros de profesión. La guerra había sido planeada para minimizar cualquier impacto sobre la población estadounidense, de manera que a los periodistas se les había dado la oportunidad de viajar con los militares para obtener información de primera mano. Información que por supuesto estaba sesgada y manipulada para hacer parecer que esta era una guerra limpia sin imágenes impactantes de muerte y sangre que pudiese poner a la opinión pública estadounidense en contra. Para Fisk, aquellos que se enrolaron en esos "pools" (años después se les llamaría "empotrados" a una versión más controlada)  traicionaron a sus lectores y a su profesión. Porque hacerlo implicaba asumir como propios los objetivos militares de los soldados, compartir su pasión por la tecnología militar olvidando otras implicaciones, además de sus inquietudes y sus miedos, perdiendo de esa manera la necesaria capacidad crítica que se debe tener en un conflicto militar donde la verdad es la primera víctima.


Y efectivamente así fue. La prensa británica y estadounidense llegaron a asumir como deseable la guerra después de todos los preparativos militares con los que convivieron con los soldados. Y llegaron a creer que sería coser y cantar, informando de una batalla de apenas 100 horas, cuando después se supo que ya existían planes que incluían una estancia mucho mayor en el país.

“olvidados fueron los cerca de 40 días y 40 noches durante los cuales los Estados Unidos hicieron llover sobre Iraq 80.000 toneladas de explosivos, un bombardeo mayor que el sufrido en Europa durante la segunda guerra mundial”. [...] Los periodistas fueron cómplices de esta guerra, la apoyaron y formaron parte de ella. La inmadurez, la inexperiencia, la preparación... Puede escogerse la excusa que se prefiera, pero inventaron una guerra sin muertos. Mintieron.

Fisk defiende que para contar la verdad, aparte de no ser sujeto de censura y de cuestionar al poder, es necesario difundir las imágenes más crueles de un conflicto, porque si no se está colaborando al plan preconcebido de hacer la guerra admisible, indolora y con una muerte presentable. Imágenes como las que dejó la carretera de la muerte de Basora, por la que huía el ejército iraquí, ya en retirada, y en la que los estadounidenses se cebaron innecesariamente con ellos.
A última hora de la tarde del 2 de marzo de 1991, mi viejo amigo Alex Thomson de ITV y yo nos dirigimos desde la “carretera de la muerte”, hacia el norte por la carretera de Safwan y más allá, hasta un lugar donde los muertos iraquíes yacían en gran número sobre el suelo del desierto. Manadas de perros habían llegado hasta ellos y les arrancaban las extremidades, y les desgarraban la ropa para roer sus estómagos y muslos. Los perros se peleaban entre ellos por ese festín de pesadilla. Algunos ya habían salido corriendo con partes mutiladas de los cuerpos. Un perro tenía un brazo en la boca y corría por la arena con los dedos de una mano muerta colgando entre la porquería. El equipo de Thomson filmó esa obscenidad. Alex, que iba a escribir uno de los estudios más críticos de los medios de comunicación en esa guerra, me miró con frialdad. “Esto no lo emitiremos, claro —dijo—. Es sólo para los archivos.”
    Así fue. Cuando los periodistas querían filmar la guerra, los irritaban las trabas que les ponían. Sin embargo, cuando la guerra se había acabado oficialmente y se habían levantado las restricciones y podían filmar lo que quisieran, no quisieron enseñar cómo era el conflicto. Me di cuenta de que los muertos iraquíes, los que habían tenido muertes limpias —los que habían muerto de una pieza y habían caído de forma pintoresca, tendidos como guerreros caídos junto al camino— aparecían en las pantallas de televisión, brevemente claro, para simbolizar el “coste humano” de la guerra. Sin embargo, al mundo no se le permitió ver lo que vimos nosotros, las almas quemadas, descuartizadas, las cabezas decapitadas, monstruosas, los animales hurgando entre ellas. De esa forma contribuimos a hacer que la guerra fuera aceptable. Actuamos en complicidad con la guerra, la respaldamos, nos convertimos en parte de ella.
Y más tarde, en el penúltimo capítulo, pero defendiendo la misma necesidad de eliminar la falsa pulcritud de la guerra con ocasión de la intervención en Irak en 2003, Fisk nos desvela en cruentas imágenes de la guerra:

En televisión todo parecía limpio. La noche del domingo anterior, la BBC había emitido imágenes de coches civiles ardiendo, su periodista —un viejo amigo y compañero mío, Gavin Hewitt, con el que había viajado por todo Afganistán durante casi un cuarto de siglo pero que esta vez estaba “empotrado” en las fuerzas estadounidenses— decía que había visto a algunos de los pasajeros muertos junto a los vehículos. Eso era todo. Ninguna imagen de los cuerpos carbonizados, ningún primer plano de los niños convertidos en ceniza. De modo que quizá debiera incluir aquí otra advertencia para quienes sean de temperamento “nervioso”: no sigan leyendo a menos que quieran saber lo que los Estados Unidos y Gran Bretaña hicieron con los inocentes de Bagdad.

LA POST-GUERRA DEL GOLFO PÉRSICO

EEUU tuvo que dar explicaciones posteriormente de por qué no siguió hasta Irak para derrocar al régimen de Sadam Hussein. Todo indica que EEUU todavía necesitaba que alguien con mano dura ejerciese el poder en Irak. Tan solo necesitaban que el país quedase totalmente derruido para que los iraquíes no tuvieran otra cosa en la mente que reconstruirlo, pero que quedasen limitados militarmente para no liarla de nuevo. Quizás la prueba más evidente de esto es el hecho de que se autorizó, después de ser derrotado el ejército iraquí, el uso de helicópteros militares. Estos helicópteros fueron usados para reprimir las rebeliones kurdas y chiíes que surgían al ver a un dictador debilitado.

[...] alegaban que la coalición debería haber llevado el combate hasta Bagdad para exigir la cabeza de Sadam. De hecho, en cuanto los soldados iraquíes perdieron de forma definitiva su capacidad de defenderse, muchos pilotos se mostraron reacios a seguir luchando... En primer lugar, la coalición limitó de forma explícita sus objetivos a lo indicado en las resoluciones de las Naciones Unidas, que estaba relacionado con la liberación de Kuwait. En segundo lugar, si hubiéramos ido a Bagdad nos habríamos visto obligados a escoger y a mantener un nuevo gobierno iraquí.

El autor dedica un capítulo entero a esta traición, así se llama el capítulo 16, que tanto Occidente como los países árabes de la coalición cometieron al dejar abandonados a la insurgencia y a los kurdos que antes de la guerra, habían alentados a rebelarse contra Sadam. Ahora que consideraban que Sadam les servía para seguir dando estabilidad frente a una posible revolución islámica chií, esos insurgentes se iban a encontrar a un Sadam con ganas de revancha.

Y con los kurdos algo parecido, pero todavía más inmoral. Porque, en parte, quienes se encargaban de protegerlos eran los turcos. Turquía era aliada de la OTAN, y junto a Irak, gobernaba la región a la que los kurdos aspiraban a tener un estado independiente; eran por tanto odiados a partes iguales.

Esos kurdos no estaban muriendo en las montañas porque Sadam hubiera decidido de pronto reiniciar su persecución, ahora que Kuwait estaba liberado. Su ejército se había vuelto con furia en contra del pueblo kurdo porque habían respondido a nuestras exigencias de levantarse contra el régimen baazista. El aprieto en el que estaban había sido el resultado —directo— de nuestro aliento, de nuestra política, de nuestros llamamientos. Nosotros, Occidente —y nuestros “amistosos” dictadores árabes del Golfo— teníamos la culpa de esa catástrofe, [...] Por supuesto, los turcos tenían mucho miedo al nacionalismo kurdo, porque los kurdos de Iraq exigían su propia nación y un millón y medio de ellos quería huir por la frontera turca a la parte turca de su “patria”. Puesto que Turquía era aliada de la OTAN y “amiga” de los Estados Unidos —de aquí la cobardía de los Estados Unidos a la hora de tratar el holocausto armenio—, Washington también estaba impaciente por mantener a los kurdos de Iraq dentro de este país. Ésa era una razón no expresada e importantísima para enviar a los soldados estadounidenses a proteger a los kurdos que estaban en Iraq, y convencerlos de que se alejaran de la frontera de la montaña y regresaran a sus hogares iraquíes.

Robert pudo comprobar todo eso cuando se introdujo, casi por error, en un helicóptero con hombres de la CIA, que debían frenar los abusos del ejército turco en los campamentos de los kurdos. Fisk no tardó en ser deportado por escribir esas verdades incómodas.

Esta traición e inmoralidad se hizo con toda la intención de debilitar a la resistencia que pudiese salir de la intervención militar de la coalición de aliados, ya que presumiblemente, podía ser de carácter islámico. Y los medios que se utilizaron fueron las exhortaciones a rebelarse a través de una radio clandestina de la CIA que transmitía desde Arabia Saudí, "The Voice of Free Iraq" (La Voz del Irak Libre).

Si en aquella ocasión, y no en 2003, se hubiese seguido hasta el final para derrocar a Sadam, quizás la disidencia iraquí hubiese recibido con los brazos abiertos a unos americanos que los liberaban. Evidentemente, después de haber sido abandonados y traicionados por quien les animaba a ser valientes y luchar contra el dictador, ya no tenían motivos para confiar ni recibir con flores a quienes habían sido responsables morales de todas las torturas y represiones que había sufrido el pueblo desde que el final de la I Guerra del Golfo.

Desde los años 80 hasta 2005, los soldados iraquíes, ironiza Fisk, han sufrido varias metamorfosis en los medios de comunicación occidentales. Empezaron siendo "soldados de primera" cuando atacaban a Irán, luego fueron "enemigos" cuando invadieron Kuwait, después se convirtieron en "rebeldes" cuando se sublevaron contra Sadam, y esos mismos soldados luego fueron "terroristas" cuando resistieron ante la invasión estadounidense.

Tras la guerra la venta de armas en la zona del golfo continuó, el abandono de los cadáveres en fosas nunca se investigó, nunca se pretendió hacer cumplir las instrucciones de la Convención de Ginebra en cuanto al recuento de muertos y su enterramiento, ni tampoco con respecto al trato de los prisioneros, aunque si se demandó cuando los prisioneros resultaron ser británicos o estadounidenses. Las dificultades para estimar el número de bajas eran cada vez mayores.

El único intento serio para realizar una estimación del total de víctimas fue efectuada por Beth Osborne Daponte, una especialista en demografía de la Oficina del Censo de los Estados Unidos encargada de la recopilación de estadísticas del número de iraquíes fallecidos durante la guerra. Sus cifras indicaban que habían muerto unos 86.000 hombres, 40.000 mujeres y 32.000 niños, cifras que incluían los muertos ocasionados por las fuerzas de la coalición encabezadas por los estadounidenses, las insurrecciones alentadas por los estadounidenses al terminar la guerra y por las privaciones de la inmediata posguerra. Daponte fue despedida. La Oficina del Censo reconsideró luego su despido, pero su informe se reescribió disminuyendo el total de víctimas y eliminando los fallecimientos de mujeres y niños. Un posterior informe oficial del Pentágono omitía un capítulo dedicado a las víctimas y no hacía mención de las bajas iraquíes.

Pero quizás el capítulo más negro de la post-guerra, quizás incluso más negro que el petróleo que Sadam dejó quemándose y contaminando la atmósfera en lo que fue probablemente el peor delito ecológico de la historia, lo constituían las sanciones que el Consejo de Seguridad de la ONU había impuesto a Irak. Estas sanciones tuvieron un efecto lento y mortal sobre la población civil y fueron contestadas por amplios sectores de occidente como profundamente inmorales, indecentes y casi genocidas.

Las sanciones se aprobaron para que Sadam se retirara y para desmantelar su régimen, pero no lo conseguían. Oficialmente las sanciones intentaban mantener a raya a Sadam, y los medios que utilizaban era diezmar a la población (medio millón de niños muertos en 1994), llevarlos hasta tal punto de desesperación que provocasen una sublevación del pueblo contra su dictador, pero como diría alguien "cuando no tienes dinero ni comida, no te preocupa la democracia ni quienes te gobiernan." Luego los motivos para mantener las sanciones se cambiaban y pasaban a ser un requísito para las inspecciones que buscaban armas de destrucción masiva. Varios mandatarios de la ONU que llevaban el programa de "Petróleo por Alimentos" para garantizar que las sanciones no impidiesen la entrada de material no militar, dimitieron y expusieron públicamente la inmoralidad de dichas sanciones. No se podía entrar en Irak con vacunas infantiles, lápices, sacapuntas, champú, cordones para los zapatos, materiales para mortajas, toallas sanitarias, gasas jeringas, guantes quirúrgicos, pasta de dientes, papel higiénico...etc.

El único argumento que falla en este análisis del autor, es el siguiente; ¿si deseaban dejar a Sadam vivo para que gobernase Irak, por qué entonces sancionaban al país para provocar una sublevación? La única conciliación que se me ocurre es que cambiaran de objetivo, justo después de la guerra. Efectivamente Fisk afirma que tan solo después de la guerra se dijo que las sanciones cesarían si Sadam se iba.

Sobre Irak, entre la guerra de 1991 y la de 2003, cayeron muchas bombas como consecuencia de "las crisis del golfo" que de vez en cuando brotaban entre tanto silencio de los medios, que no acertaban a explicar cómo podía un ejército derrotado provocar tales represalias por los aliados. Una de las veces fue como represalia por intentar asesinar a George Bush padre, cuando visitaba Kuwait. Pero en  general, Fisk no afirma ni desmiente categóricamente, tan solo baraja como una gran probabilidad que Clinton quisiera distraer a sus electores de los problemas internos que tenía. En esa época es cuando sucedieron los titánicos esfuerzos diplomáticos y las grandes mentiras sobre las armas de destrucción masiva.

Dos yernos de Sadam, ambos militares, desertaron a Jordania donde contaron que Irak ya no producía armas de destrucción masiva, pero esto no se divulgó hasta 2003. El gobierno de EEUU, como todo el que haya vivido la preparación de la invasión de Irak en 2003 podrá recordar, se afanaba en dar argumentos a diestro y siniestro a favor de la posesión de armas de destrucción masiva. Por su parte Sadam desafiaba a los inspectores poniéndoles trabas con la misma vehemencia. Fisk habla en varias partes del capítulo de una extraña coincidencia entre ambas actitudes. Como si Sadam quisiese explotar el sufrimiento de su pueblo para provocar la ruptura de la alianza árabe.

El caso es que no había ninguna política para después de un eventual derrocamiento de Sadam, y Scot Ritter, inspector de la ONU, que fue expulsado de Irak por ser acusado de dirigir un programa que encubría a espías norteamericanos terminó convirtiéndose en un acicate para la administración de EEUU, ya que insistía en que no había ni rastro de esas armas en 2002. Y por si no fuera poco, las acusaciones de espionaje dentro de la UNSCOM (la agencia de la ONU que investigaba el arsenal de Irak) que usó Sadam para expulsar a los inspectores de Irak, resultaron ser verdad.

No había política alguna, ninguna perspectiva ni el más mínimo atisbo sobre lo que ocurriría una vez que el bombardeo hubiera terminado. Sin el regreso de los inspectores a Iraq, ¿qué íbamos a hacer? ¿Declarar la guerra eterna al país? De hecho, era lo que ya veníamos haciendo en buena parte —y lo que haríamos en los siguientes tres años—, aunque no lo dijéramos en aquel tiempo. [...] Estábamos bombardeando, según parecía, las instalaciones de armas que los inspectores no podían descubrir. Sin embargo, ¿cómo lo lográbamos? Si los inspectores no podían descubrir las armas, ¿cómo sabíamos hacia donde disparar nuestros misiles?

La enésima desgracia que caería sobre la población iraquí sería la plaga del uranio empobrecido, esa material que usaron los aliados en sus bombardeos, y que produjo miles de malformaciones infantiles, cánceres, leucemias, etc... Las visitas de Robert Fisk a los hospitales infantiles son un mazazo más que este libro, lleno de sangre y carnicerías despiadadas por todo Oriente Próximo, hace caer sobre la debilitada sensibilidad del lector, que termina endureciéndose y leyendo dramas y muertes familiares como una sucesión de datos y nombres ajenos. Las investigaciones del autor sobre esta plaga (más tarde conocida como "síndrome del golfo pérsico", cuando los afectados fueron los propios soldados estadounidenses con más medios para denunciar el escándalo), intentaron ser desacreditadas por Reino Unido, y junto a EEUU se volvió a usar el uranio empobrecido. Con el tiempo se reconoció que la radiactividad era la causante de la mayor parte de las enfermedades.

¿Qué cabía deducir de todo eso en relación con nuestras pretensiones para el futuro, en relación con nuestras fantasiosas esperanzas de que el pueblo iraquí nos daría la bienvenida como liberadores si llegábamos a invadir Iraq y destruíamos el régimen de Sadam? Los iraquíes quizá podían recibir con satisfacción la caída de su dictador. Sin embargo, castigados por doce años de sanciones, bombardeados de manera repetida por la aviación aliada durante ese mismo período con el falaz argumento de que el respeto de las zonas de exclusión aérea era una medida que los protegía, contaminados dos veces en una sola década por el veneno de nuestras municiones con uranio empobrecido, ¿qué hacia pensar que vendrían a recibirnos y aplaudirnos, a nosotros, los nuevos ocupantes que los habíamos castigado, humillado y perseguido durante tantos años? 

TRÁFICO DE ARMAS

La indignación en el comercio de armas comienza con la asistencia a una feria de armamento en Abu Dubai en donde se dan encuentro todos los países que venden armas y los potenciales clientes. De igual manera que se fomenta el turismo en una feria de turismo, y con las mismas técnicas de marketing y persuasión, con chicas atractivas y folletos que evitan hablar de muerte, guerra y destrucción, pero que hablan de eficacia, rentabilidad y precisión. El panorama que Fisk nos muestra es tan sorprendente como vergonzoso, pero él trata de aprovechar la coyuntura para encontrar explicación a una vieja inquietud; ¿Cuáles son las justificaciones de los fabricantes cuando son conscientes de "el mal uso" de sus productos?

Entrevista al ruso Mijaíl Kaláshnikov, inventor del famoso AK-47 que se ha usado en tantas revoluciones, que termina justificando su creación como un modo humano de defender lo propio, la familia y la patria, y descargando toda responsabilidad por cualquier otro uso. Éste será el proceder de todos los que entrevista.

El capítulo es un buen resumen de muchas transacciones entre países que no se han conocido, o solo han aparecido en los titulares supercialmente. Fisk se encarga de exponer muchas de estas operaciones, desde las de Reino Unido para venderle a Sadam, hasta las del escándalo del Irangate, e incluso las de supuestos países pacíficos como Suiza y Suecia que también tenían su stand en la feria de Abu Dubai. A veces unas armas creadas en un país amigo caen en manos de uno enemigo, o directamente se venden sabiendo que se van a usar contra inocentes. Pero el negocio es el negocio, y todo se hace en secreto o con discretas o insondables reglamentaciones que impiden llegar a conectar ambos extremos de esta relación; la vinculación entre los armeros y sus víctimas finales.


El mercado de armas mundial, siendo como es inmoral, embustero y asesino, es también una bestia que reclama a gritos publicidad y secreto. Necesita tanto vender como ocultar, hacer sus miles de millones con los árabes evitando al mismo tiempo toda mención al resultado final de la sangre y los sesos esparcidos por la arena. [...] Era como si existiera un entendimiento en tales asuntos, un compromiso tácito por parte de todos de no husmear en los asuntos personales de los comerciantes de armas o sus compradores, ni en el imperio de las armas, que necesita secreto con el fin de crear demanda, guerra para estimular el crecimiento.

Encontrar un responsable último del sufrimiento que causan las armas, un ejecutivo detrás de su sillón que  contemple los efectos de su producto, un nexo de unión entre el fabricante y el sufrimiento que causa su arma, esa y no otra es la obsesión de Fisk con el tráfico de armas. Es ahí cuando el lector percibe de verdad como ha vivido Robert Fisk esa permanente interrogación sobre su cabeza cada vez que ha visto cuerpos desmembrados, sesos fuera de sus cabezas, y niños ensangrentados conteniendo con sus pequeñas manos sus órganos vitales... esa rabiosa pregunta que trata de encontrar un culpable, un responsable... Por ello se embarca en solitario en la epopeya de identificar los restos de un misil que Israel disparó contra una ambulancia en Líbano, y llevar esos restos ante los fabricantes del misil con el pretexto de estar redactando un artículo sobre armas. Los fabricantes lamentan, al parecer sinceramente, ese mal uso de su misil anti-tanque. Fisk no parece ser un pacifista, pues aunque condena sin ambages el comercio de armas, parece atrapado en esa lógica jurídica estadounidense de encontrar una responsabilidad en el fabricante basada en un uso diferente al ideado originalmente. Sea como fuere, los trabajadores parecen temer tanto criticar a su empresa como a la política de Israel.

El lobby judío aparece en varias partes del libro, y en este caso sería difícil no creerlo, porque Fisk detalla como el misil era originalmente de EEUU, que lo llevó para la Guerra del Golfo, y que después se lo regalaron, dentro de una partida de 150 misiles de la misma categoría, a Israel como obsequio por no haber entrado al trapo a las provocaciones de Sadam cuando tiró misiles sobre Israel. Y esto solo es un ejemplo de una constante ayuda militar Israel, por otra parte conocida por todos, que debe hacerse con discreción para no delatar el falso papel de intermediador que EEUU juega en el conflicto de Israel y Palestina.

Era la capacidad prácticamente incontestada de Israel de desvalijar las existencias militares estadounidenses lo que disgustaba a los oficiales en servicio y retirados que, en el curso de una investigación de dos semanas llevada a cabo por The Independent sobre la transferencia de armas a Israel, hablaron de su rabia al ver que miles de tanques y unidades blindadas eran sacados de los inventarios estadounidenses a lo largo de un período de veinte años y transferidos a Israel a pesar de todas las objeciones del Departamento de Defensa. [...] "Todo el mundo en el Capitolio sabe que poner en duda las transferencias a Israel no le va a ayudar a su carrera política —me comentó un antiguo oficial del ejército estadounidense—. El lobby israelí es poderosísimo. No permitirá críticas." [...] "a Israel se transfieren montones de proyectiles y nadie sabe un cuerno al respecto. Aquí el ejército está haciendo recortes y quiere sacarse de encima parte del armamento porque es viejo. Pero la misma cantidad de material bueno sale de nuestros almacenes en dirección a Israel sin pedir permiso. Sale por conductos legales, pero nadie lo notifica, nadie lo pone en cuestión, nadie pregunta dónde se utiliza ni cómo se utiliza. Y si mata a personas inocentes, ¿se cree que el gobierno de Clinton va a hacer una canción y se va a poner a bailarla? Dirán que criticar a Israel puede "perjudicar el proceso de paz". A Israel se le han dado todas las seguridades de que no se lo tocara.
JORDANIA, SIRIA Y LÍBANO

Robert Fisk considera Líbano como su propia casa porque ha vivido en dicho país desde 1976. A través de la narración de su propia vida, y la de sus padres, nos va adentrando en la compleja historia de estos países que tienen en común una realeza idolatrada, como la del Rey Hussein de Jordania. Este rey "permitió que los israelíes siguieran viviendo en las franjas de territorio jordano", pero luego descontentó a occidente cuando se puso de lado de Sadam Hussein en la Guerra del Golfo. Pese a todo parece que era un rey muy apreciado por EEUU y Europa, y se notó en su funeral adonde acudieron representantes de todas las dinastías y gobiernos, incluidos los de Israel y Palestina. Fue recordado por los medios como un visionario de la paz, como un buen hombre, pero Fisk matiza que tan solo era menos cruel que el resto de dictadores de la zona.

Algo parecido parece pensar de Siria a la que califica de una dictadura media.
Pero Siria era una dictadura “media”. Si llegabas en avión de Londres —o en coche desde Beirut—, Damasco era la capital de un Estado policial. Si llegabas de Bagdad, parecía una democracia liberal.

El funeral de Hafez Assad, por quien su pueblo sentía una gran devoción casi infantil, fue ligeramente menos seguido por occidente, ya que a diferencia del occidentalizado rey Hussein de Jordania, el presidente Assad había sido subido al poder por el partido Bazz y se había enfrentado a Israel. Había llegado al poder gracias a un sangriento golpe de estado y consiguió abrir el país a una liberalización política y económica, aunque se llevó por el camino a toda disidencia y aplastó a los radicales islamistas.

Tras la guerra de 1914-1918, la Liga de las Naciones le concedió a Francia el protectorado de Siria y, para cumplir con sus obligaciones, París decidió cercenar parte de la costa mediterránea de Siria —para crear el Líbano, dominado por los cristianos, que se derrumbó en una guerra civil cincuenta y cinco años más tarde— y destruir el ejército sirio que había creído en la promesa británica de independencia árabe a cambio de su ayuda contra los turcos. [...] según el cual Francia formaría su propia administración en Siria y el Líbano tras el final de la guerra, por mucho que los árabes exigieran la independencia. Como resultado directo de este acuerdo extranjero, los franceses separaron el Líbano de Siria y derrocaron al rey árabe Faisal en Damasco. 

Los rebeldes que se opusieron a esta treta de Francia fueron ejecutados, y entre ellos había tanto musulmanes como cristianos, hecho éste que fue explotado durante mucho tiempo por los libaneses como prueba de que ambas religiones podían luchar juntas por un objetivo común. Sin embargo Fisk pone en duda que hubiese un objetivo común. Es cierto que ambos se opusieron a la tiranía turca en Siria pero los cristianos libaneses esperaban contar con la tutela de Francia tras la guerra, y los musulmanes eran nacionalistas que buscaban una total independencia.

Un dato curioso, el presidente de Líbano tiene que ser cristiano, y el de Siria tiene que ser musulmán. Esto quizás diga algo sobre estos países que son más occidentales que los del resto de Oriente Próximo.

EL 11-S Y SUS CONSECUENCIAS; PROHIBIDO PREGUNTAR "POR QUÉ"

El renombrado reportero de guerra se hallaba a bordo de un avión comercial cuando se enteró de los atentados del 11-S. Él mismo reconoce haber sucumbido al miedo y haber mirado con desconfianza a todo el que parecía ser árabe, que se convertía en potencial terrorista suicida en menos que canta un gallo.

Fisk no duda en condenar estos crímenes y a sus autores. También a aquellos palestinos que celebraron los atentados por la calles de Ramala. Pero dejando al margen esas celebraciones vergonzosas, se hace la pregunta prohibida: "¿Por qué?" Chomsky también la plantea constantemente la misma pregunta. Lo hizo al día siguiente del 11-S, citando a Robert Fisk en un artículo llamado "Una reacción rápida" que aquí fue traducido por "Ahora EEUU hará lo mismo", y  lo volvió a recordar en el siguiente aniversario de la tragedia, así como en varias conferencias.

Pero Fisk, tiene más legitimidad que Chomsky si cabe, a la hora de poderse preguntar por las motivaciones y el contexto histórico de los terroristas, porque él sí ha sido víctima de varios ataques de árabes y musulmanes furiosos. Y lejos de condenarlos, se preguntó por sus motivaciones y los absolvió. Me refiero al episodio más grave al que tuvo que enfrentarse, una muchedumbre afgana que lo atacó, primero tirándole piedras, y luego directamente con piedras en las manos.

Lo siguiente que me impresionó fue cuando vi a un hombre que tenía una gran piedra en la mano derecha. Me la estampó en la frente con una fuerza brutal y algo caliente y líquido empezó a correrme por la cara, los labios y la barbilla. Me dieron patadas. En la espalda, en las espinillas y en el muslo derecho. Otro adolescente volvió a agarrarme la bolsa y me quedé aferrado a la correa, mirándolo, y me di cuenta de que debía de haber unos sesenta hombres ante mí, que no paraban de gritarme; entonces me percaté de que esbozaban una gran sonrisa lobuna. 

La narración del suceso continúa con la reacción de Fisk de defenderse pegándole a uno de sus atacantes y desconcertando así a la muchedumbre, y aprovechando la ocasión para huir corriendo y siendo asistido por otro musulmán que lo ayudó a esconderse.
Oí un ruido aspirante, pero entonces empecé a ver de nuevo y me di cuenta de que estaba llorando, y de que las lágrimas me estaban limpiando la sangre de los ojos. No dejaba de preguntarme qué había hecho. Había herido y pegado y atacado a los refugiados afganos, a la misma gente sobre la que había escrito durante tiempo, los desposeídos, las personas mutiladas a las que mi propio país —entre otros— estaba matando, junto con los talibanes, al otro lado de la frontera. Dios, perdóname, pensé. Creo que, de hecho, lo dije. Los hombres cuyas familias estaban matando nuestros bombarderos, también eran mis enemigos ahora. [...] los hombres y chicos afganos que me habían atacado, que jamás deberían haberlo hecho, pero cuya brutalidad era la consecuencia única y exclusiva de la acción de otros, de nosotros, que los habíamos armado para que lucharan contra los soviéticos y no hicimos caso de su dolor y nos reímos de su guerra civil y luego volvimos a armarlos y a pagarles para la guerra por la civilización que se estaba librando a unos cuantos kilómetros de distancia, y luego bombardeamos sus casas y destrozamos sus familias y los llamamos “daños colaterales”.
Robert Fisk escribió sobre todo ello en su momento y se le acusó de ser presa de su propio fanatismo de auto-odio. Algo de lo que estamos hartos oír hablar cuando critican que Chomsky es un judío que se odia a sí mismo, o cuando los estadounidenses hacen autocrítica y lo llaman auto-odio, o traición a  sí mismos. Algunos periódicos denunciaron la agresión y omitieron las justificaciones que el propio Fisk otorgaba a sus agresores. Lo acusaron de absolver, con esa lógica, a los terroristas del 11-S.... Lo cierto es que la integridad moral de Fisk aquí raya en el fanatismo, porque es difícil justificar a quien te agrede, sobre todo si tú reconoces no haber hecho nada malo, tan solo te han confundido con un enemigo solo por rasgos por los que aquí diríamos que son directamente unos racistas.

Omitieron toda referencia a mis repetidas afirmaciones de que la furia de los afganos estaba justificada, que no los culpaba de lo que habían hecho.

En cualquier caso, y en circunstancias normales si se me permite la expresión, se trata una pregunta polémica, una pregunta incómoda y según el momento, inoportuna. ¿Acaso no es inoportuno preguntarse por las motivaciones de las mentes de estos criminales? ¿No puede sonar a algún tipo de justificación intentar "comprender" sus motivos cuando todavía están los cadáveres frescos? En esos momentos toca ponerse del lado de las víctimas y no intentar comprender a los asesinos, porque eso puede colocarte del lado de los terroristas, puede hacerte parecer que estás promocionando sus demandas políticas (que es lo que un terrorista desea) o intentando justificar sus crímenes en el peor de los casos. Es una prudencia casi innata que nos sale de dentro, para apoyar al débil y al necesitado, al que sufre, y no prestar  atención a quien produce el dolor. Esta lógica que nos empuja a ser irracionales, en aras de solidarizarnos con las víctimas,  es usada por aquellos que quieren esconder las motivaciones de los terroristas y para ello no dudan en usar a esas mismas víctimas. Y no es una lógica que permita investigar el crimen, porque tan solo apela a los sentimientos. Un análisis de la situación política debe ser mucho más racional, más frío, y quizás por eso deba esperar en el tiempo, o por lo menos, distinguir los foros en los que se hace. No puede  ir uno  a preguntar a las víctimas sangrantes de un atentado si las reivindicaciones de sus asesinos están justificadas o no. Sería de mal gusto. Pero en algún momento, o en algún foro especializado, habrá que hacerse esa pregunta. Al menos tendrán legitimidad para hacerla, aquellos que no abogan por la violencia y que llevaban tiempo atrás antes del atentado denunciando pacíficamente lo que los terroristas han decidido defender con el asesinato. De lo contrario, estaríamos dándole el poder a los terroristas de silenciar nuestra opinión. Si opino que los palestinos están siendo oprimidos, y luego viene un terrorista y mata a gente inocente por la causa palestina ¿debería cambiar de opinión o dejar de denunciar la causa palestina por culpa de las acciones criminales de ese terrorista? De ninguna manera. Solo con el intelecto, y no con la violencia o la coacción deberíamos cambiar nuestras opiniones, lo contrario sería ir a rastras del terrorismo o dejar que "la guerra contra el terror" nos corte nuestra libertad de expresión.

Esta reflexión propia explica porque Fisk se vio envuelto en unas acusaciones de cómplice de los terroristas. El argumento de si no estás conmigo estás contra mí, denota poca fortaleza intelectual, y es usado tanto por Bush JR. como por Bin Laden. Fisk pagó el precio de intentar buscar una explicación al por qué de unos crímenes que no se cometen por casualidad ni porque "haya hombres malos a los que no les gusta la democracia". Pero intentar conectar la situación política de Oriente Próximo, el conflicto árabe-israelí, las sanciones de la ONU contra Irak que se cobraron medio millón de vidas de niños iraquíes, el pasado colonial, el apoyo de EEUU a Israel... todo esto era sinónimo de un "acto de maldad", una justificación del terrorismo. De repente, décadas de crítica política, argumentos pacíficos y académicos, y reivindicaciones justas de pueblos colonizados y oprimidos se habían convertido en sinónimo de terrorismo. Los terroristas ciertamente se estaban cargando este mundo, pero no actuaban solos. Tenían como inesperados cómplices, aunque con distintas motivaciones, a George W. Bush e Israel.

La idea simplista de George W. Bush, como tantas otras suyas que hacen su mandato una broma de mal gusto para el derecho internacional, de que "odian nuestra democracia" es el señuelo para intentar  impedir que se reflexione sobre la política que occidente ha tenido con Oriente Próximo, para evitar el fantasma de que de algún modo, EEUU, se hubiese buscado, aunque no merecido, una acción de muerte de inocentes tan brutal como el 11-S.

El autor se indigna con la aseveración de los medios de comunicación de que el 11-S había cambiado el mundo. No quiere otorgarle ese poder a Bush, ni yo tampoco, pero reconozco que a diferencia de un vulgar terrorista, EEUU tiene la capacidad para cambiar el curso de la historia con sus políticas, su ejército y su propaganda, independientemente de que haya otros crímenes peores que el 11-S y que no han supuesto ningún cambio mundial.

En Oriente Próximo se habían producido incontables masacres de dimensiones mucho mayores en las décadas anteriores, sin que nadie sugiriera que el mundo no volvería a ser el mismo. El millón y medio de muertos de la guerra entre Irán e Iraq —un baño de sangre puesto en marcha por Sadam con nuestro apoyo militar activo— no suscitó ninguna observación así de maniquea. [...] Sabra y Chatila. La tragedia siguió a la invasión del Líbano por parte de Israel —que tenía por fin expulsar a la OLP del país y contaba con el visto bueno del entonces secretario de Estado estadounidense, Alexander Haig—, que le costó la vida a 17.500 libaneses y palestinos, casi todos civiles. Era una cifra de bajas más de cinco veces superior a la de los atentados del 11 de septiembre del 2001. Aun así, no recordaba ninguna vigilia, acto conmemorativo o encendido de velas en los Estados Unidos u Occidente por los muertos inocentes del Líbano, ni conmovedores discursos sobre la democracia, la libertad o “el mal”. En realidad, los Estados Unidos se habían pasado la mayor parte de los sangrientos meses de julio y agosto de 1982 llamando a la “contención”. [...] Bush quería convencer al mundo de que había cambiado para siempre para poder emprender una guerra neoconservadora —camuflada con honorables aspiraciones de libertad y democracia— que sumiría Oriente Próximo aun más en el caos y la muerte. ¿Por qué debía permitir que diecinueve asesinos árabes cambiaran mi mundo?
Y la primera consecuencia de ese nuevo orden que nos traería el 11-S sería la invasión de un país devastado por el ejército ruso diez años antes, al que EEUU abandonó cuando los rusos por fin se fueron.

Los saudíes y los paquistaníes habían ayudado, por encargo de los Estados Unidos, a armar a las milicias de Afganistán contra la Unión Soviética, y después —asqueados por las rencillas entre los vencedores— habían apoyado al ejército de clérigos campesinos iluminados del mulá Ornar Wahabi, los talibanes. 

El wahabismo, corriente del islam practicada de manera oficial en Arabia Saudí era lo que se había exportado a otras partes de Oriente Próximo, como por ejemplo los talibanes. El wahabismo tenía una contradicción política, ya que por un lado instaba a la guerra contra otros musulmanes que no interpretasen el Corán como ellos pero por otro lado prohibía la rebelión contra los gobernantes.

 Su ortodoxia, en consecuencia, amenazaba a la actual Casa de Saud por su corrupción, pero a la vez garantizaba su futuro al prohibir cualquier revolución. La familia gobernante saudí abrazó por tanto la única fe capaz tanto de protegerla como de destruirla.
El periodismo objetivo también fue una víctima del 11-S, aunque no fuese mucho el que se prodigaba en Oriente Próximo desde las agencias occidentales. No se trataba de poner en equivalencia moral a los asesinos del 11-S y a las fuerzas británicas y estadounidenses que luchaban contra los talibanes, pero como bien suplica Fisk. "¿Por qué al menos no nos contaban cómo esos “terroristas expertos” habían llegado a ser tan expertos? ¿Y cuáles eran sus lazos con unos turbios servicios secretos?" El propio Robert Fisk protagonizó un documental del Discovery Channel títulado "Desde Bosnia a Beirut" que fue censurado tras su primera emisión debido a la campaña pro-israelí que había suscitado. El documental, de tres partes, todavía puede verse en Internet.

¿Y qué hay de necesaria reclamación de la autoría de los atentados? ¿Estaba detrás Bin Laden?... parece que daba igual para ambas partes (salvo para los afganos claro), porque Bin Laden parece que era admirado en todos los países musulmanes, pero no era según Fisk por sus atrocidades, los pueblos no se alegraban de las muertes de miles de inocentes, sino de que por una vez se demostraba que EEUU podía morder el polvo. Lo admiraban porque hablaba de las razones de la furia de Oriente Próximo, mientras los mandatarios árabes callaban sobre el doble rasero de occidente e Israel. La única preocupación de los gobernantes árabes era no ser identificados con Bin Laden, no atraer la bombas a sus países y perder el poder, por eso ellos tampoco se atrevían a contextualizar, a preguntar el por qué. Su reacción se limitaba a limpiar sus causas de la mancha terrorista, "la resistencia no es terrorismo". Fisk lo explica mucho mejor:

Al ver la última grabación de Bin Laden, las naciones occidentales se concentraban —si es que escuchaban algo— en sus comentarios sobre las atrocidades en Estados Unidos. Si expresaba su aprobación, aunque negara cualquier responsabilidad personal, ¿no significaba eso que en realidad estaba detrás de la masacre del 11 de septiembre? Los árabes escuchaban con otros oídos. Oían una voz que acusaba a Occidente de utilizar un doble rasero y de “arrogancia” hacia Oriente Próximo, una voz que abordaba el tema central de la vida de tantos árabes: el conflicto palestino-israelí y la continuidad de la ocupación. En ese momento, como me contó alguien que vivía en El Cairo desde hacía mucho tiempo, los árabes creían que los Estados Unidos estaban “intentando matar al único hombre dispuesto a decir la verdad”. [...] Sin embargo, la respuesta de los dirigentes árabes tanto a las atrocidades en los Estados Unidos como al bombardeo de Afganistán resultaron francamente patéticas. Al escuchar los discursos de los mandatarios musulmanes de la cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica del 10 de octubre, se hacía en verdad posible creer que Bin Laden representaba a los árabes con mayor fidelidad que sus dictadores y reyes de pacotilla. Por favor, dennos más pruebas sobre el 11 de septiembre, rogó el emir de Qatar. Por favor, no se olviden de los palestinos, suplicaba Yasir Arafat. El Islam es inocente, insistía el ministro de Exteriores marroquí. Todos —pero todos— deseaban condenar las atrocidades del 11 de septiembre en los Estados Unidos. Nadie —nadie en absoluto— quiso explicar por qué diecinueve árabes habían decidido empotrar unos aviones cargados de gente inocente contra unos edificios llenos de civiles. El nombre mismo de “Bin Laden” no mancilló la sala de conferencias de Qatar. Ni una sola vez. Ni siquiera la palabra “talibanes”. De haber aterrizado un marciano en el Golfo —que no es muy distinto de Marte— podría haber concluido que el World Trade Center de Nueva York había sido destruido por un terremoto o un tifón.[...] Como los estadounidenses, los árabes no querían buscar causas. En verdad, la sala de conferencias era un lugar milagroso donde la introspección no conllevaba ni culpabilidad ni responsabilidad.
El propio Yasir Arafat fue invitado a Inglaterra donde apoyó de inmediato el bombardeo de Afganistán... el mismo Arafat que en el pasado apoyó la invasión soviética del mismo país.

Y no solo la descontextualización histórica es lo que pide EEUU al evitar preguntarse por sus políticas en Oriente Próximo, también exige respeto para sus víctimas. Un respeto debido y merecido, que ellos mismos no están dispuestos a dar a otras víctimas igualmente inocentes. El constante doble rasero de EEUU. Las muertes de los hijos de Mohamed Omar, Gadafi y Said Abbas Moussawi, en 2007, 1986 y 1992 respectivamente, también son muertes inocentes, y por ninguna de ellas se pidió disculpas. Este tipo de acciones militares contra objetivos militares que terminan asumiendo como daño colateral necesario (dolo eventual dirían los penalistas), la muerte de civiles inocentes, está prohibido por la Convención de Ginebra que obliga a proteger a los civiles incluso cuando están presencia de adversarios armados. Las muertes de todos los inocentes que se iban sumando a la invasión de Afganistán tampoco recibían ningún tipo de arrepentimiento.

La conexión talibanes-droga era otra mentira de EEUU. La cantidad de droga producida en Afganistán había bajado con los talibanes. La droga venía de nuestros aliados, la Alianza del Norte. Y Paquistán, que se sumó a la guerra contra el terror, consiguió de esta manera que se olvidará que habían sido ellos los que se habían enriquecido con las drogas después de haber apoyado a los talibanes así como el golpe de estado que el general Musharraf en 1999.

Otra víctima del 11-S fue el derecho internacional, que se vio afectado debido a la fuerza irrefrenable y al margen del derecho que la administración Bush promulgaba a bombo y platillo, para dejar claro que no estaban vinculados por la ONU. Pero fuimos muchos países, no solo EEUU, quienes apoyamos esa intervención, y quienes apoyamos la excepcionalidad que permitió interrogatorios con torturas, encarcelamientos secretos sin pruebas en países desconocidos... y después vamos dando lecciones a esos incivilizados bárbaros que no tienen democracia ni un estado de derecho. Puede que sea verdad, pero también es cierto que somos nosotros los que tenemos una mayor responsabilidad precisamente por gozar de esas libertades y una tradición jurídica garantista de los derechos humanos.

¿Qué había ocurrido con nuestra moral desde el 11 de septiembre? Temía saber la respuesta. Tras la primera y la segunda guerra mundial, nosotros —Occidente— plantamos un bosque de legislación para impedir más crímenes de guerra.[...] Durante los cincuenta años previos, nos encaramamos a nuestro pedestal moral e intentamos darles lecciones a los chinos y los soviéticos, a los árabes y los africanos, sobre derechos humanos. Nos pronunciamos sobre los crímenes contra los derechos humanos de bosnios, croatas y serbios. Sentamos a muchos de ellos en el banquillo de los acusados, del mismo modo que hicimos con los nazis en Nuremberg. Se redactaron miles de informes en los que se describían, con un nivel de detalles nauseabundo, los tribunales secretos y los escuadrones de la muerte y las torturas y las ejecuciones extrajudiciales llevadas a cabo por los Estados canalla y los dictadores patológicos. Y con toda la razón. Sin embargo, de repente, tras el 11 de septiembre abandonamos todo lo que habíamos reivindicado y defendido. [...] El presidente George Bush firmó una ley que aprobó la creación de una serie de tribunales militares secretos para juzgar, y luego eliminar, a todo aquel que fuera un “asesino terrorista” a ojos de los servicios de inteligencia abrumadoramente inútiles de los Estados Unidos. Fueron creados para que Osama Bin Laden y sus hombres, en caso de que los atraparan en lugar de matarlos, no tuvieran defensa pública; sólo un pseudo-juicio y un pelotón de fusilamiento. Estaba bastante claro lo que había ocurrido. Cuando gente con la piel amarilla, negra o mulata, con credenciales comunistas, islámicas o nacionalistas asesinan a sus prisioneros o bombardean pueblos hasta arrasarlos para matar a sus enemigos o crean tribunales de escuadrones de la muerte, deben ser condenados por los Estados Unidos, la Unión Europea, la ONU y el mundo “civilizado”. Nosotros éramos los expertos en derechos humanos, los liberales, los grandes y los buenos que podían sermonear a las masas empobrecidas. Pero cuando asesinan a nuestra gente —cuando destruyen nuestros deslumbrantes edificios—, entonces hacemos trizas toda la legislación sobre derechos humanos, enviamos los B-52 en la dirección de las masas empobrecidas y empezamos a asesinar a nuestros enemigos.

Con respecto a la teoría de la conspiración del 11-S, Robert Fisk marca distancias con respecto a los paranoicos de David Icke, y según este artículo también niega la implicación de la administración Bush, pero al mismo tiempo reconoce que la versión oficial no puede ser verdad. Es decir, no se atreve a acusar a nadie sin pruebas, pero sí cuestiona las pruebas que se le presentan. En este libro se limita a poner en duda que el perfil que tanto Mohamed Atta como Ziad Jarrad tienen de vividores laicos encaje con el que se le supone a unos musulmanes integristas, que habrían sido expulsados de un entorno de puristas coránicos. Las notas de Atta son en palabras de Fisk, "muy, pero que muy raras".

¿Y qué hay de ese famoso documento del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, el PNAC, según el cual habían planificado la invasión de Irak con anterioridad al 11-S, y esperaban un evento similar a Pear Harbour, para poder llevar a cabo esa invasión? Este documento está en el centro de la teoria de la conspiración. Fisk no lo menciona por su nombre, pero creo que se refiere  a ese proyecto en el siguiente párrafo.
Aunque el discurso de Powell mereció una primera plana, los medios de comunicación estadounidenses nunca le dedicaron la misma atención a los hombres que conducían a Bush a la guerra, la mayoría de los cuales eran miembros de grupos de presión proisraelíes, tanto retirados como aún en activo. Llevaban años abogando por la destrucción del país árabe más poderoso. Richard Perle, uno de los consejeros de Bush más influyentes, Douglas Feith, Paul Wolfowitz, John Bolton y Donald Rumsfeld ya hacían campaña por el derrocamiento del gobierno iraquí mucho antes de que George W. Bush fuera elegido presidente.

Reproduzco lo más interesante que cuenta en su libro sobre este tema en concreto, y señalo en negrita lo que considero que Fisk quiere sugerir y que no se atreve por el desprestigio que supondría ser asociado con los lunáticos de David Icke.

Estudié las notas que supuestamente dejó a su muerte Mohamed Atta, el cabecilla egipcio de los asesinos del 11 de septiembre. Eran horripilantes, grotescas, pero también muy, pero que muy raras. Si el documento manuscrito de cinco páginas que el FBI afirmó haber hallado en el equipaje de Atta es genuino, entonces los asesinos creían en una versión muy exclusiva del Islam... o presentaban un desconocimiento sorprendente de su religión. “Ha pasado la hora de la diversión y la disipación —escribió supuestamente Atta, o uno de sus asociados, en las notas—. Sed optimistas... Comprobad todos vuestros efectos: vuestra bolsa, vuestra ropa, vuestros cuchillos, vuestra voluntad, vuestros carnés, vuestro pasaporte... Por la mañana, intentad rezar la plegaria matutina con el corazón en la mano.”
    En parte teológico, en parte exposición de la misión, el documento suscitaba más preguntas de las que respondía. Bajo el encabezamiento de “Ultima noche” —es de suponer que la del 10 de septiembre— el escritor le dice a sus compañeros secuestradores: “recordad que esta noche afrontaréis muchos desafíos. Pero tenéis que afrontarlos y comprenderlo al 100 por cien... Obedeced a Dios, su mensajero, y no luchéis entre vosotros donde [sic] os debilitáis... Todo el mundo odia la muerte, teme la muerte...”. El documento empieza con las palabras: “En el nombre de Dios, el más misericordioso, el más compasivo... En el nombre de Dios, en el mío y en el de mi familia”.
    El problema estriba en que era improbable que ningún musulmán —por mal catequizado que estuviera— incluyese a su familia en una oración como ésa. Mencionaría al profeta Mahoma inmediatamente después de citar a Dios en la primera línea. Nunca se ha sabido de un suicida libanes o palestino que hablara de “la hora de la diversión y la disipación”, porque un musulmán no habría “disipado” su tiempo y consideraría el placer una recompensa del más allá.  Y ¿qué musulmán instaría a sus correligionarios a recitar su plegaria matutina, y después además citaría de ella? Un musulmán devoto no debería necesitar que le recordaran su deber de elevar la primera de las cinco oraciones del día, y desde luego no precisaría que le recordaran el texto. Sería como si un cristiano, al instar a sus fieles a recitar el padrenuestro, considerara necesario leer la oración entera por si no se acordaban.
    Sin embargo, el FBI no hizo público el texto original y completo en árabe. La traducción, tal y como era, sugería una visión casi cristiana de lo que podrían haber sentido los secuestradores: pedían perdón por sus pecados, explicaban que el miedo a la muerte es natural, que “un creyente siempre está agobiado por los problemas”. A los musulmanes se los anima a no temer la muerte —se trata, al fin y al cabo, del momento en el que comenzarán una nueva vida— y un creyente del mundo islámico es uno que está seguro de su camino, no “agobiado por los problemas”. No había referencias a ninguna de las exigencias de Osama Bin Laden —la retirada estadounidense del Golfo, el final de la ocupación israelí, el derrocamiento de los regímenes árabes pro estadounidenses— ni contexto narrativo alguno para las atrocidades a punto de cometerse. Si los hombres tenían alguna inspiración —y el documento está libre de sospechas—, el mensaje lo enviaron directo a su Dios.
    Quizá distribuyeran las oraciones/instrucciones a otros secuestradores antes de que se produjeran las masacres: The Washington Post informó de que el FBI había encontrado otra copia de “esencialmente el mismo documento” en los restos del avión que se estrelló en Pensilvania. No se hizo público ningún texto de ese documento. En ocasiones anteriores, los traductores de la CIA habían resultado ser cristianos maronitas libaneses cuya visión del Islam y sus plegarias quizá los indujera a graves errores textuales. ¿Podían deberse a eso las estrafalarias referencias de las notas halladas en el equipaje de Ata? ¿O existía algo más misterioso en la procedencia de quienes cometieron aquellos crímenes contra la humanidad? Los expertos norteamericanos ya habían planteado dudas sobre el empleo de “al 100 por cien” —que a duras penas puede considerarse un término teológico presente en una exhortación religiosa—, y el uso de la palabra “optimista” en referencia al Profeta era un concepto de todo punto moderno.

TAMBORES DE GUERRA DIPLOMÁTICOS PARA INVADIR IRAK (2003)

Cuando George W. Bush se presentó en la ONU el día 12 de septiembre de 2002 para preparar sus planes de guerra, Rober Fisk no tuvo más remedio que admitir que iba a haber guerra. Bush no mencionó ni una sola vez el nombre de Bin Laden pero sí mencionó en 15 ocasiones al régimen iraquí. Nos contó también que Sadam Hussein había incumplido repetidamente las resoluciones del Consejo de Seguridad, pero no dijo nada de otros países a los que apoyaba EEUU que incumplía también las resoluciones, con Israel a la cabeza. Y EEUU estaba dispuesto a ir a la guerra con o sin resolución. Bush estaba dejando ver el unilateralismo que dominaría el resto de su mandato. En menos de un año los estadounidenses, habían visto convertirse a Sadam Hussein en Osama Bin Laden, a los iraquíes en terroristas saudíes, y el régimen de Irak era sinónimo de Al Qaeda.

Recuerdo una noticia, que no puedo encontrar, en la que alguien de la administración Bush dijo que nunca habían afirmado vinculación alguna entre Bin Laden y Sadam Hussein. El análisis periodístico posterior demostraba que efectivamente la afirmación no se había hecho tal cual, pero sí se habían mencionado los nombres de Sadam e Irak cuando el gobierno  de EEUU hablaba del 11-S. Por lo visto Fisk sí  que encontró incluso esas afirmaciones.
Y, cuando el secretario Powell empezó a hablar de las “décadas” de contacto entre Sadam y Al Qaeda, las cosas empezaron a salirle mal al “general”. Al Qaeda no existió hasta el año 2000, ya que Bin Laden —hacía “décadas”— trabajaba contra los rusos para la CIA, cuyo actual director estaba sentado detrás del señor Powell con gravedad en el semblante. Eran los Estados Unidos los que contaban con al menos una “década” de contacto con Sadam.

De nada sirvieron los avisos de muchos especialistas que avisaban que Osama odiaba a Sadam, EEUU había decidido que el nuevo peligro era Irak y estaba dispuesto incluso a transformar su sistema judicial, famosos en el mundo entero por sus garantías judiciales, en un limbo jurídico con cárceles secretas y secuestros en terceros países. La libertad y la democracia debían ser sacrificadas para defender la libertad y la democracia, con ese sinsentido se planificaron y se ejecutaron tantas y tantas torturas y secuestros. Y al igual que en Vietnam y en otras guerras, al final las torturas se "externalizaron" y se dejaron en manos de los socios locales, los servicios secretos de la parte simpatizante.

Al igual que en el capítulo anterior, Fisk vuelve a denunciar que cuando llegaba el aniversario del 11-S, desaparecían como por arte de magia todas las referencias a Oriente Próximo, actos terroristas de los palestinos, acciones militares de Israel contra inocentes, asentamientos, etc... Se pretendía así, impedir que el pueblo pudiera unir ambas situaciones; injusticias en esa zona y acciones terroristas como las del 11-S en EEUU.

Cuando Bush le dio la última oportunidad a Sadam Hussein, en realidad la última oportunidad a la ONU porque Bush terminó luchando diplomáticamente contra la posibilidad de éxito de los inspectores, el dictador iraquí le tomó la palabra y recibió a los inspectores sin condiciones. Pero EEUU dejó claro que solo  con un cambio de régimen se levantarían las sanciones, pero la invasión ya estaba planeada.

Otra de las mentiras diplomáticas que más le dolieron a Fisk, por ser británico quizás, fue el informe Blair que le provocó vergüenza e indignación. Estaba lleno de mentiras destinadas a hacer creer que Irak había creado todo un sistema para esconder sus armas de destrucción masiva. El informe fue usado por Colin Powell en su famosa intervención en el consejo de seguridad, donde trataba de convencer al resto de miembros sacando un pequeño recipiente, como ejemplo de lo poco que se necesitaba para envenenar a la gente. De haber sido cierto lo que se defendía en dicho documento, las consecuencias para EEUU y Reino Unido serían todavía peores en el plano moral, ya que implicaría que ese medio millón de niños iraquíes que habían muerto víctimas de las crueles sanciones de la ONU que asfixiaban al país, habían muerto para nada, ya que las sanciones no sirvieron para nada.

La resolución 1441, esa última oportunidad, tenía sus trampas. Su lenguaje era lo suficientemente ambiguo como para dejar carta blanca a EEUU. "Permitía que el Consejo de Seguridad debatiera sobre la falta de acatamiento iraquí sin impedir que los Estados unidos atacasen Bagdad".

Nunca ninguna preparación bélica había sido tan mediatizada, tan discutida y tan desmentida. Una rápida búsqueda en Google de "las mentiras de la guerra de Irak" nos escupirá montones de resultados que resumen lo que se vivió con estupor mientras los belicistas no se avergonzaban de haber sido pillados en otra mentira más. El siguiente enlace tan solo es un ejemplo como otro cualquiera.

Cuando Bin Laden grabó una de sus primeras cintas, mencionó a "los hijos de Irak". Fisk analiza esa expresión, que fue usada por Bush para vincular a Irak con el 11-S:
Bin Laden siempre ha odiado a Sadam Husein. Detestaba el comportamiento no islámico del líder iraquí, su secularismo, su utilización de la religión para fomentar la lealtad al partido Baaz, uno de cuyos cofundadores había sido cristiano. El intento de los Estados Unidos de relacionar Al Qaeda con el régimen de Bagdad siempre ha sido una de las afirmaciones más absurdas de Washington. Bin Laden solía decirme lo mucho que odiaba a Sadam. Por eso resultan intrigantes sus dos referencias a “los hijos de Iraq”. No menciona al gobierno de Bagdad ni a Sadam. Sin embargo, a causa de las sanciones de la ONU que seguían matando a miles de niños —y cuando el país se enfrentaba a una probable invasión estadounidense—, le resulta imposible pasar por alto a Iraq. De modo que habla de “los hijos de Iraq” y de “nuestros hijos de Iraq”, refiriéndose a los musulmanes árabes que resultan ser de Iraq y no a los nacionalistas iraquíes. No se refiere a Sadam. No es difícil darse cuenta de que la administración estadounidense intentaría utilizar esas dos referencias para apuntar a otro falso vínculo entre Bagdad y Al Qaeda, pero Bin Laden —que es lo bastante inteligente para predecir algo así— sentía sin lugar a dudas que una expresión de compasión hacia los árabes de Iraq pesaba mucho más que cualquier mala interpretación que Washington pudiera hacer de sus frases. Esto debe clasificarse en la categoría de “especulación” (aunque “cuasi-certeza” podría acercarse más). Es evidente que Washington hace uso de esas frases para sostener su falso argumento de que existen vínculos entre Bin Laden y Sadam.
La campaña de desprestigio contra los inspectores es el momento en el que Fisk vaticinó la inminencia de la invasión. A esa campaña se sumó toda la tropa de la derecha ultracristiana que pulula por los medios estadounidenses y que gozaba criminalizando el Islam y hablando de la superioridad de EEUU para imponer sus intereses a los demás. Pero incluso la CNN impuso un filtro centralizado a los reporteros en la zona. También hubo una inmensidad de libros que se dedicaron a hacer negocio con el miedo, cuando no a meter miedo directamente como objetivo principal, ese miedo que era "la imprescindible droga" que necesitaba el pueblo de EEUU y Reino Unido para apoyar sumisamente una guerra muy dudosa para la opinión pública. Reino Unido parecía revivir aquellos viejos tiempos en los que engañó a su población en la crisis de Suez... ¿quién dijo que las conspiraciones no existen? Esa fue una conspiración en toda guerra, y por varios gobiernos, lo cual...

comportó la deshonra de los aliados cuando se descubrió que habían cometido crímenes de guerra. Todo se había fundamentado en una falacia: que las tropas británicas y francesas debían dirigirse a Egipto para “separar” al ejército egipcio del de Israel, aunque británicos y franceses habían hecho la vista gorda ante la invasión israelí. [...] Los egipcios no llaman a ese episodio la “crisis de Suez”, ni siquiera la “guerra de Suez”. Siempre se refieren a ello como a la “agresión tripartita”, para que sus compatriotas no olviden jamás que dos superpotencias europeas se confabularon con Israel para invadir la nueva república de Gamal Abdel Nasser. Suez fue una crisis compleja, pero su eje central fue la decisión de Nasser de nacionalizar el canal —en contra de los acuerdos internacionales— y hacerse con el control de la Compañía del Canal de Suez.[...] se organizó una reunión secreta en Sévres, cerca de París, en la que los israelíes, los británicos y los franceses acordaron que el ejército israelí invadiera Egipto, y que Gran Bretaña y Francia intervendrían después, darían instrucciones de retirarse a los ejércitos de Israel y de Egipto a uno y otro lado del canal y despues desplegarían en la zona del canal de Port Said una fuerza de intervención anglofrancesa.
Otra comparación menos afortunada, que llega a molestar a Fisk, es la equiparación de esta guerra con la II Guerra Mundial. Esta analogía la usaron ambas partes, Sadam Hussein y Bush. Pero Sadam no era Hitler, ni Bush era Rooselvelt. El New York Post, indignado por la oposición francesa a la guerra chantajeaba así:
¿Dónde están ahora los franceses, cuando los estadounidenses se disponen a enviar a sus soldados al frente para luchar contra el Hitler de hoy, Sadam Husein? [...] Uno de los principales países que “no hizo nada contra Hitler” habían sido los Estados Unidos, que disfrutaron de un provechoso período de neutralidad en 1939, 1940 y gran parte de 1941, hasta que fueron atacados por los japoneses en Pearl Harbor.
EL DETERIORO DE ORIENTE PRÓXIMO TRAS LA GUERRA DE IRAK

Los periodistas "empotrados" nos presentaban la intervención iraquí como una invasión breve y sin apenas obstáculos. Las tropas iraquíes se rendirían nada más entrar en el país y el pueblo de Irak recibiría con flores y guirnaldas a las fuerzas de liberación (por su parte los iraquíes también mentían hasta hacer el ridículo cuando afirmaban que estaban ganando a EEUU). Pocos hablaban del temor que tenían los iraquíes a los americanos. Un temor fundado en ocupaciones imperialistas de antaño por parte de los británicos quienes también prometieron toda clase de libertades al pueblo iraquí. Ahora, en teoría, estas promesas iban a salir muy baratas pero la imagen de los niños besando a los norteamericanos pronto sería una ilusión del marketing bélico. Basora no estaba tan asegurada como contaba la coalición de los aliados y los suicidas, nuevo fenómeno en Irak, no cesarían de cometer atentados una vez capturado Sadam. De hecho, algunos entrevistados afirmaban estar esperando que capturasen a Sadam para asegurarse de que no volvía al poder y poder inmolarse.

Y no era tan difícil prever que más temprano que tarde se levantaría una resistencia con una táctica de guerra de guerrillas que se lo pondría muy difícil a las fuerzas libertadoras... que pronto pasaron a ser fuerzas ocupantes.
Sin embargo, después la marea cambiará, puesto que el único empeño en que destacan los pueblos islámicos es en expulsar a las potencias imperialistas mediante el terror y las guerrillas. Echaron a los británicos de Palestina y Aden, a los franceses de Argelia, a los rusos de Afganistán, a los estadounidenses de Somalia y Beirut, a los israelíes del Líbano...
Esta falta de previsión se debió a que no se fue a la guerra con una motivación militar clara, sino por culpa de unos halcones derechistas pro-israelíes de Washington que estaban detrás de George W. Bush y que habían planeado mucho antes del 11-S la intervención militar en Irak, fundamentalmente para quedarse con el petróleo del país árabe. Conforme la opinión pública iba sospechando de los motivos esgrimidos para la guerra, ellos los iban cambiando. Quitar a Sadam de en medio y re-equilibrar la balanza en Oriente Próximo era el objetivo a medio plazo después del petróleo, pero ¿de qué serviría si no iba a ser posible estabilizar el país? En apenas un mes, para sorpresa del propio Fisk los iraquíes ya estaban luchando contra las tropas británicas y estadounidenses.
Para alimentar ese proyecto ideológico podía utilizarse cualquier clase de falsedad. El 11 de septiembre (que rara vez se mencionaba ya), los vínculos entre Sadam y Osama bin Laden (no demostrados), las armas de destrucción masiva (no encontradas), las violaciones de los derechos humanos (ante las cuales hacíamos la vista gorda cuando Sadam era amigo nuestro) y, por último, el proyecto más heroico de todos: la “liberación” del pueblo de Iraq. Nadie mencionaba el petróleo, aunque era el factor primordial y dominante de ese conflicto ilegítimo.
Los crímenes del Hotel Palestina fue parte de una campaña premeditada de escarmiento al periodismo independiente en la que varios periodistas resultaron heridos y dos murieron, entre ellos José Cousso, el único cuyo caso se está investigando y la única esperanza de hacer justicia a la intimidación del ejército de EEUU hacia los periodistas díscolos. Incluso Reporteros sin Fronteras acusó al ejército de EEUU de mentir al decir que se limitaban a haber respondido a disparos que procedían del Hotel Palestina. Y es una campaña porque el Hotel Palestina no fue el primer ataque de las tropas norteamericanas contra periodistas. Ese mismo día se habían atacado las oficinas de Al-Jazira en Kabul. ¿Casualidad? De ninguna manera, era un mensaje para que cundiera la uniformidad y la obediencia ciega entre las filas de "los que trabajaban tras las líneas enemigas", como el responsable de interior británico calificó a algunos periodistas. 
Sin embargo, era aún más preocupante el hecho de que la cadena qatarí —el más libre de los canales de televisión árabes, que no sólo había provocado la furia de los estadounidenses, sino también de Sadam, como habíamos visto, por su cobertura en directo de la guerra— le había dado al Pentágono las coordenadas de sus oficinas de Bagdad en el mes de febrero y había recibido garantías de que no serían atacados allí. El 6 de abril, el portavoz del Departamento de Estado había visitado las oficinas de Al Yazira en Doha y, según una fuente de la cadena de satélite, les había corroborado las garantías del Pentágono. Menos de veinticuatro horas después, los estadounidenses disparaban su misil contra las oficinas de Bagdad. [...] Por desgracia, Reporteros Sin Fronteras no investigó el ataque contra las oficinas de Al Yazira de ese mismo día.
Algunos defendían la invasión de Irak con el argumento de que el balance de muertos habría sido todavía mayor si Sadam hubiese seguido gobernando el país. Es decir, que con Sadam el pueblo habría estado peor que con la situación tras la guerra. Fisk ni siquiera se detiene a rebatir ese argumento detenidamente, quizás porque es muy fácil deducir que los muertos de la post-guerra, ya sean por atentados suicidas, ya sea por las acciones de los militares de la coalición, muertos que en definitiva no cesaban de aparecer a diario con una frecuencia pasmosa en las noticias, son abrumadoramente muchos más que los que Sadam Hussein ajusticiaba mientras dirigía su tiranía. 

Me pregunto que tendría que decir Fisk a ese mismo argumento aplicado a la situación actual de Libia, donde la OTAN está interviniendo, en teoría con un uso muy limitado de la fuerza para impedir los bombardeos sobre la población civil que Gadafi estaba llevando a cabo. La izquierda parlamentaria está dividida sobre esta cuestión; ¿soportaremos apoyar una intervención liderada por los imperialistas a cambio de garantizar que se paren las matanzas de Gadafi contra su indómita población civil que se suma a la revuelta árabe? Y si lo hacemos, ¿no deberíamos poder más cautelas ante un Consejo de Seguridad y un imperio que han demostrado actuar conjuntamente en muchas ocasiones, y que pueden terminar controlando a su conveniencia la era post-Gadafi, aún a costa de los civiles que dicen defender? ¿Cuánto tardarán los EEUU en cambiar su denominación de los insurgentes libios ávidos de democracia? ¿Cuándo pasarán de ser civiles inocentes a terroristas pro-Gadafi? No tener resolución de la ONU es un criterio formal para cumplir con la legalidad internacional pero no garantiza que teniéndola no se maten inocentes o no se planifique un nuevo gobierno títere. Es cierto que Irak no es Libia, pero inevitablemente la sombre alargada de Irak se proyecta sobre Libia. Y las mismas connivencias que se tuvieron con Sadam, se tuvieron también con Gadafi, si cabe todavía más como demuestran algunas imágenes.

En la televisión también pudimos ver la estatua de Sadam Hussein, que estaba en la plaza Fardus, y que fue tirada con cuerdas tras un pequeño "melodrama" en el que los iraquíes no pudieron derribarla, y entonces vinieron los marines para ayudar a derribar la estatua. Toda esa simbología hace sospechar a Fisk que no fue nada espontáneo, sino organizado. Lo que no menciona Fisk es un incidente que recuerdo haber visto en televisión; un marine cubre la cabeza de la estatua de Sadam con una bandera de EEUU, pero rápidamente,  no recuerdo si le llamaron la atención sus superiores o la sorprendida muchedumbre, la sustituyó por una iraquí. Este incidente debió dar suficientes pistas sobre las intenciones de EEUU y la reacción del pueblo iraquí ante la ocupación extranjera de su tierra. No eran terroristas los que protestaban contra esa bandera de EEUU, ni tampoco eran pro-Sadam.

Luego llegaron los inefables saqueos de Museos y Bibliotecas iraquíes. Esto no dice mucho de la dignidad del pueblo iraquí, pero tampoco de las tropas estadounidenses que tenían la responsabilidad, en cuanto que a fuerza ocupante, de garantizar las vidas y las pertenencias de los ocupados tal y como estipula la Convención de Ginebra. Pero el ejército de EEUU incluso llegó a afirmar que todo eso, incluida la protección de embajadas y edificios de la ONU, no era asunto suyo. Para ellos era una liberación de las propiedades que Sadam le había robado al pueblo. Con esa excusa dejaron que lo que estaba prohibido por el derecho internacional, el pillaje, campase a sus anchas en un territorio ocupado para cumplir teóricamente con el derecho internacional (recuerdo que todavía había comentaristas que defendían que EEUU ya disponía de la autorización del Consejo de Seguridad para invadir Irak).

Lo que no fue una sorpresa, fueron los dos únicos emplazamientos que sí fueron protegidos del pillaje; el ministerio del interior, para poder seguir ejerciendo el poder de la fuerza, y el del petróleo... ya se sabe para qué.

Y así, poco a poco, no solo Irak se convertía en un hervidero de violencia y un imán para el terrorismo yihadista, sino también el resto de Oriente Próximo veía como Bush le quitaba la máscara a años de administraciones estadounidenses anteriores, y en general a la actitud de un occidente que por un lado vendía democracia desde sus escaparates mediaticos y por otro imponía gobiernos y negocios que controlaban a conveniencia esas democracias.

Una vez capturado Sadam Hussein se pudo comprobar que la resistencia iraquí no estaba siendo dirigida por ese hombre demacrado y paranoico que se escondía en un diminuto zulo. EEUU estaba en una encerrona de la que cada vez más países de la coalición querían escapar. La minoría contraria a Sadam, con su líder Múqtada al Sáder a la cabeza, se rebelaron también contra la ocupación. Paul Bremer, al frente de la Autoridad Provisional de la Coalición, tuvo que irse del país escoltado hasta sus últimos minutos, cuando se suponía que ya había pasado el poder al Consejo Provisional de 25 miembros y al "acolito chií del Pentágono" Ahmed Chalabi.

Arafat murió asediado por el ejército israelí que terminó construyendo el muro de la vergüenza para impedir más atentados suicidas en sus ciudades, y quedándose así con territorio que era palestino. Hubo unas elecciones democráticas (algo que Arafat nunca permitió) y ganó Mahmud Abbas, el mismo que redactó los documentos palestinos para los acuerdos de Oslo. El jeque Ahmed Yasín (el famoso lunático de la silla de ruedas) fue asesinado. Fisk no defiende al jeque fanático, pero advierte del precedente de asesinar a los líderes que pueden ser interlocutores de un hipotético proceso de paz, además romper una regla no escrita por la que los dirigentes de ambos bandos  debían sobrevivir. Si esta regla se rompe ningún dirigente está a salvo, ni siquiera Bush o Blair. Quizás aquí Fisk peca de ingenuo... ¿Acaso no habrían matado a Bush o Blair de haber tenido oportunidad?

También murió "Mr. Libano", Hariri, de quien Fisk sí habla bien, como un símbolo de la rehabilitación de la ciudad de Beirut. Los sirios lo eliminaron y llegaron a poner pruebas falsas de su autoría en la escena del crimen, a la que Robert Fisk tuvo acceso por encontrarse cerca del lugar por casualidad. Esta es al menos la versión de Fisk, aunque hay muchas teorías que acusan a EEUU e Israel.

El nombre de la cárcel de Abu Ghraib, junto con Guantánamo, fue famoso por las torturas y humillaciones que allí practicaban los defensores de la libertad, de la democracia y del estado de derecho.  Sin embargo las practicadas por Sadam en ese mismo sitio establecían un máximo de sufrimiento que siempre quedaba por encima de lo que las tropas norteamericanas pudieran hacer. Pero claro, "la tortura funciona", como dijo un coronel estadounidense. Fisk discrepa.
Se equivocaba. La tortura genera resistencia. La tortura genera atacantes suicidas. La tortura acaba destruyendo a los torturadores. Recuerdo la ciudad de Jan Dari, donde en julio del 2003 murió el primer estadounidense por la explosión de una bomba colocada junto a la carretera. La sangre todavía estaba sobre el asfalto, y la multitud se regodeaba con su muerte. Un hombre se me acercó y quiso hablar conmigo sobre la política violenta. Según afirmó, había sido prisionero de los estadounidenses y lo habían golpeado con brutalidad. “Esta es la forma en que tratamos a los ocupantes —dijo—. Llegaron y dijeron que eran libertadores, pero cuando nos dimos cuenta de que eran ocupantes, tuvimos que luchar. Somos un pueblo de acero. Los estadounidenses y los demás ocupantes arderán. —Y luego dijo algo terrorífico y horroroso—. Tengo una hija de un año. Y con gusto le colocaría una bomba en la ropa y la enviaría a matar estadounidenses.”
    Ya a finales de julio de 2003, los investigadores de Amnistía Internacional habían acumulado pruebas irrefutables de que los ocupantes angloestadounidenses maltrataban o torturaban a los prisioneros, se negaban a cumplir las órdenes de los tribunales iraquíes de liberar a los detenidos, utilizaban una fuerza excesiva contra los manifestantes, mataban a civiles inocentes y aplicaban sus propias leyes para evitar que los tribunales iraquíes recién constituidos juzgaran a los soldados estadounidenses o británicos por crímenes cometidos en el país. 
Cintas y vídeos salían a la luz pública, y no solo de torturas, el propio Osama Bin Laden hacia entregas regulares, y sus seguidores publicitaban sus causas secuestrando a extranjeros y degollándolos ante una cámara de vídeo. Bin Laden por su parte daba una pista más de su implicación en el 11-S y de cual sería la reacción de sus seguidores ante la ocupación de Irak;
En el 2004, Bin Laden ya no intentaba ocultar los vínculos de Al Qaeda con los atentados del 11 de septiembre, y en especial con el principal secuestrador de los aviones. “Acordamos con Mohamed Atta, que Dios lo tenga en su gloria, que todas las operaciones se realizarían en veinte minutos, antes de que Bush y su gobierno se dieran cuenta de lo que sucedía”, dijo el 30 de octubre. En su cinta, pensada para coincidir con las inminentes elecciones presidenciales de los Estados Unidos, Bin Laden se dirigía explícitamente a los estadounidenses —la mayoría de sus mensajes eran en primer lugar para un público árabe— y respondía al discurso de “odian la libertad” pronunciado por Bush sobre Al Qaeda. “... luchamos contra vosotros porque somos hombres libres que no duermen oprimidos —decía—. Queremos recuperar la libertad para nuestra nación; por eso, igual que habéis devastado a nuestra nación, nosotros devastaremos la vuestra.” [...] Bin Laden siempre expresó su odio por Sadam Husein, se refería a él como a un “agente” más de creación estadounidense en el mundo árabe, junto con la casa de Saud y los diversos príncipes y emires del Golfo. Sin embargo, en esa cinta de suma importancia del 13 de febrero, realizó una clara oferta para aliar sus fuerzas con las del Partido Árabe Socialista Baaz de Sadam: [...] "Pese a nuestra creencia y a nuestras proclamas en cuanto a la infidelidad de los socialistas, en las circunstancias de la actualidad se da una coincidencia de intereses entre musulmanes y socialistas en su batalla contra los cruzados..." [...] Esas palabras demostraban con bastante claridad que Al Qaeda pensaba participar en la batalla contra los Estados Unidos en Iraq, aunque eso comportase colaborar con aquellos que habían luchado por Sadam. Ése fue el momento en que la futura guerrilla se fusionó con los futuros terroristas suicidas, la detonación que hundiría a Occidente en Iraq. Y ni siquiera nos dimos cuenta.

Y finalizo este mastodóntico post, de este libro que aveces me ha parecido interminable, y otras veces me ha parecido el guión demencial de una película gore, pero que en cualquier caso me ha hecho respetar mucho más a Robert Fisk, con dos párrafos que sintetizan la consistente posición del autor, frente al sufrimiento de la guerra y las mentiras e hipocresías sobre las que se sustentan.

El presidente Bush manipuló con crueldad el dolor del pueblo estadounidense —y la compasión del resto del mundo— para introducir un “orden mundial” concebido por un puñado de fantasiosos asesores del secretario de Defensa Donald Rumsfeld. El “cambio de régimen” iraquí, como a estas alturas sabemos todos, estaba ya planeado como parte de un documento de campaña de Richard Perle/Paul Wolfowitz para el candidato a primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, años antes de que Bush llegara al poder. La tesis de que Tony Blair se habría apuntado a esta insensatez sin darse cuenta de lo que representaba —un proyecto ideado por un grupo estadounidense de neoconservadores y fundamentalistas cristianos proisraelíes— exigía un verdadero acto de fe.
Y la segunda cita, a modo de premonición:

 En la actualidad los árabes ya no tienen miedo. Los regímenes son tan huraños como siempre: aliados leales y supuestamente “moderados” que obedecen las órdenes de Washington y aceptan enormes subvenciones de los Estados Unidos, celebran sus elecciones absurdas y tiemblan de miedo por si su gente decide al fin que ya ha llegado el momento de un “cambio de régimen” (desde dentro de sus sociedades, no la versión occidental impuesta por invasión). Son los árabes como pueblo —brutalizados y aplastados durante décadas por dictadores corruptos— los que ya no huyen. Los libaneses de Beirut, sitiados por Israel, aprendieron a negarse a obedecer las órdenes del invasor. Hezbolá demostró que el poderoso ejército israelí podría ser humillado. Las dos intifadas palestinas probaron que Israel ya no podía imponer su voluntad en la tierra ocupada sin pagar un precio terrible. Los iraquíes se levantaron primero contra Sadam y después, tras la invasión angloestadounidense, contra los ejércitos de la ocupación. Los árabes ya no huían. La vieja política de Sharon que los neoconservadores estadounidenses apoyaron de una forma tan letal antes de la invasión de Iraq en el 2003 —apalear a los árabes hasta que se sometan, hasta que se “comporten” o hasta que surja un dirigente árabe “que controle a su propio pueblo”— está tan en quiebra como los regímenes que continúan trabajando para la única superpotencia mundial. [...] Esto no quiere decir que las revoluciones sociales y militares “del pueblo” que han tenido lugar en Oriente Próximo sean recomendables.

¿Pensaría Fisk que serán recomendables las nuevas revoluciones populares de 2011? Todo indica que sí porque esto parece ser la culminación de la historia de Oriente Próximo, tal y como la conocemos. Fisk seguirá informando.

3 comentarios:

  1. Gracias a ti es un placer encontrar a gente que le interese todo esto.

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  2. andaba buscando el libro completo de fisk pero esto lo encuentro muy interesante,gracias por tu tiempo.

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