miércoles, 15 de octubre de 2014

"LOS ÁNGELES QUE LLEVAMOS DENTRO" (2012) Steven Pinker



Steven Pinker es un psicólogo centrado en las ciencias de la cognición, gran comunicador y muy citado por sus colegas científicos. Reconocido mundialmente por sus publicaciones sobre el lenguaje computacional y sus intervenciones en contra del creacionismo, pero sobre todo, por oponerse a una tendencia muy de moda hace unas décadas, que nos decía que los humanos somos moldeables al 100% por la cultura. Según Pinker, "un recién nacido no es una hoja en blanco" y el título de su libro más famoso "La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana", nos avanza un poco su pensamiento.

El libro nos adentra en infinidad de estadísticas y estudios científicos para llegar a la conclusión de que, a pesar de la violencia que nos rodea, estamos mucho mejor ahora que antes. Una disminución planetaria de la violencia tan radical no significa que hayamos conseguido eliminarla, ni que la tendencia tenga que seguir así necesariamente. Conociendo las guerras que nos rodean puede resultar obsceno sacar una bandera triunfalista, pero lo que no podemos hacer, con los datos en la mano, es dulcificar el pasado por una mera nostálgica irracional y enarbolar una bandera de desastre y desaliento para el futuro. Como civilización, y como individuos, hemos ido mejorando siglo a siglo en múltiples facetas: índices de guerras, criminalidad, torturas, derechos, solidaridad, racismo, pobreza, etc... Hemos ganado con cada una de las siguientes transiciones:



1) La transición agrícola, cuando dejamos atrás la caza y la recolección, y creamos las primeras sociedades y gobiernos (proceso de pacificación).
2) La transición hacia la civilización, tras la Edad Media, con las leyes y el estado como árbitros, reduciendo los homicidios drásticamente (proceso de civilización).
3) La transición ilustrada por los derechos, aboliendo la esclavitud y los castigos sádicos (revolución humanitaria).
4) La transición hacia la larga paz, cuando conseguimos una paz, nunca vista antes, de las grandes potencias tras la II Guerra Mundial.
5) La transición hacia la nueva paz cuando se redujo la violencia general en el mundo tras la guerra fría.
6) La transición hacia el respeto de las minorías, también llamada "revoluciones por los derechos", con la Declaración Universal de los Derechos Humanos como pistoletazo de salida.

Todo esto nos lleva a pensar que podemos ser demonios, pero también tenemos algo de ángeles.... y estos van ganando.

"Los ángeles que llevamos dentro" sin embargo puede ser un título engañoso ("Los mejores ángeles de nuestra naturaleza" en su versión original). Un título nada laico para un ateo, pero el uso de vocablos religiosos no significa que se crea en dios. Usamos el lenguaje para comunicar, con precisión y con elegancia si es posible, y lo hacemos inmersos en una cultura llena de referencias religiosas. Cuando decimos "Jesús" ante un estornudo, o cuando Stephen Hawking decía que quería comprender "la mente de dios" en su "Historia del tiempo", o cuando Einstein dijo que "dios no juega a los dados", todo ello no indica ninguna creencia religiosa.

Este libro a veces parece demasiado forzado y pretencioso. A veces, Pinker pierde su atractivo argumentador cuando se deja llevar por hipótesis "a medida" tan características de la psicología evolutiva. Lo mismo me sucedía cuando hace años leí el libro "Por qué amamos" de Helen Fisher, otra psicóloga evolutiva, que lo explicaba todo con especulaciones que hacía encajar en sus esquemas. Pero para ser más precisos, a partir de ahora dejaré de hablar de psicología evolutiva para pasar a denominarla "psicología evolucionista". No es éste el término que se usa habitualmente en las traducciones, pero académicamente la psicología evolutiva es una disciplina que estudia el desarrollo del individuo a la largo de las fases de su vida. La psicología evolucionista, que es la que defiende Pinker, tiene su piedra angular en las adaptaciones de los ancestros de los individuos, y como aquellos afectaron a estos últimos. La palabra evolución está en ambas, pero mientras en la primera se entiende como evolución del individuo, en la segunda se entiende como evolución darwinista. Esto no quiere decir que desconfie de la evolución de las especies, la cual está de sobra demostrada, sino del uso que le den los psicologos evolucionistas.

Aunque la idea central del libro queda suficientemente probada, algunas estadísticas parecen excesivamente tendenciosas y difíciles de digerir, como por ejemplo, la previsibilidad de una guerra en función de datos estadísticos, o la correlación entre las numerosas bajas estadounidenses y el escaso cociente intelectual de los presidentes norteamericanos. Además, está el sesgo político que en algunos momentos introduce, como cuando dice que las ideologías de izquierdas están limitadas por una concepción de suma cero, o que la inteligencia al final nos llevará irremisiblemente hacia el liberalismo clásico, o cuando escribe que la culpa del nazismo reside en un marxismo anterior. Sin duda Pinker pierde mucha credibilidad cuando intenta explicarlo todo, sin tener algo más que una intuición para ello. Pero, salvo algunos de estos excesos, la tesis del libro está defendida con rigor y elegancia.

Aún a riesgo de elaborar una introducción demasiado larga, considero oportuno trasladar aquí, textualmente, unas reflexiones finales que dan buena cuenta de la idea y el tono que se emplean en el libro:
La aversión a la modernidad es una de las grandes constantes de la crítica social contemporánea. Al margen de si la nostalgia es por la intimidad de un pueblo pequeño, la sostenibilidad ecológica, la solidaridad comunitaria, los valores familiares, la fe religiosa, el comunismo primitivo o la armonía con los ritmos de la naturaleza, todos desean dar marcha atrás al reloj. La tecnología, dicen, sólo nos ha traído alienación, expolio, patología social, pérdida de sentido y una cultura consumista que está destruyendo el planeta para darnos McMansiones, monovolúmenes y telerrealidad. [...] diversos estadísticos e informadores han reunido hechos y pruebas en su contra. [...] Nuestros antepasados, nos recuerdan, estaban infestados de piojos y parásitos y vivían en chozas construidas con sus heces; la comida era insulsa, monótona e intermitente; la asistencia sanitaria consistía en la sierra del médico y las tenazas del dentista; ambos sexos trabajaban de sol a sol, tras lo cual se sumían en la oscuridad; el invierno equivalía a meses de hambre, aburrimiento y soledad lacerante en viviendas aisladas por la nieve. [...] Hasta hace poco, la mayoría de las personas no se desplazaban más allá de unos kilómetros de su lugar de nacimiento. No sabían nada de la inmensidad del cosmos, la prehistoria de la civilización, la genealogía de los seres vivos, el código genético, el mundo microscópico o los componentes de la materia y la vida. [...] Cuando los niños emigraban, sus padres quizá no volvían a verlos ni oírlos ni a oír sus voces, ni llegaban a conocer a sus nietos. [...]

Pero pese a todas estas razones, que explican por qué ningún romántico se metería en una máquina del tiempo, la nostalgia siempre ha sido capaz de esgrimir una carta moral: la abundancia de la violencia moderna. [...] una historia sin sentimentalismos y unos conocimientos estadísticos básicos [...] ponen de manifiesto que la nostalgia de un pasado pacífico es la máxima vana ilusión. Sabemos que muchos pueblos indígenas, cuya vida aparece tan idealizada en los libros infantiles actuales, tenían índices de muertes debidas a la guerra muy superiores a las de nuestras guerras mundiales. Las visiones románticas de la Europa medieval omiten los refinados instrumentos de tortura y se muestran ajenas al riesgo de asesinato -treinta veces mayor- en aquellos tiempos. [...] Los tópicos morales de nuestra época, como que la esclavitud, la guerra y la tortura son cosas terribles, habrían sido sensiblería empalagosa; y nuestra idea de los derechos humanos universales, algo incoherente e inconcebible. [...]

Las fuerzas de la modernidad -razón, ciencia, humanismo y derechos individuales- no han empujado constantemente en la misma dirección, desde luego; tampoco conducirían nunca a una utopía ni pondrán fin a las fricciones y las penas intrínsecas a la condición del ser humano. En cualquier caso, a todos los beneficios que la modernidad nos ha brindado en cuanto a salud, experiencia y conocimiento, podemos añadir, sin lugar a dudas, su papel en la reducción de la violencia.


CAPÍTULO 1: UN PAÍS EXTRANJERO (signos violentos del pasado)

Algunos datos forenses prehistóricos, aunque ciertamente poco representativos, apuntan a que en el pasado se vivía peligrosamente. En la Grecia de Homero se muestran batallas muy cruentas, y los registros fósiles corroboran que ese tipo de salvajadas narradas en la Ilíada y la Odisea pudieron suceder perfectamente. Con la Biblia sucede lo mismo, la diferencia es que millones de personas la veneran como referente moral, la creen a pies juntillas y dan credibilidad a la historia que en ella se cuenta, aunque como veremos a continuación es una creencia selectiva, que deshecha lo peor y se queda con lo mejor.

El Antiguo Testamento está plagado de historias violentas a diestro y siniestro. Una película de Quentin Tarantino se queda a la altura de un parvulario travieso en comparación con el derroche de sangre, violaciones, torturas, guerras, genocidios, venganzas etc... todo ello aprobado por Yahvé: el sacrificio de Abraham oportunamente interrumpido por un ángel, la destrucción de Jericó, o la del templo destruido por Sansón en la que mueren unas 3000 personas (aproximadamente las mismas que mueren a manos de Moisés cuando bajó del monte Sinaí con las tablas de la ley de Yahvé y se encontró que los israelitas estaban adorando a un becerro de oro), la exterminación de los medianitas, y otros pueblos, y la violación de sus mujeres ordenada por Moisés en nombre de Dios, son todos ellos unos pocos ejemplos de la ingente cantidad de violencia justificada por Dios. Ese mismo Dios que pensamos, selectivamente, que es misericordioso y quintaesencia de la justicia y la bondad, es el mismo que se baña en sangre página tras página:

Mientras los israelitas avanzan hacia la tierra prometida se encuentran con los medianitas. Obedeciendo órdenes de Dios, matan a los hombres, queman su ciudad, roban el ganado y aprisionan a las mujeres y los niños. Cuando vuelven con Moisés, éste se enfurece porque han perdonado la vida a las mujeres, algunas de las cuales habían inducido a los israelitas a adorar a dioses rivales. Así, dice a sus soldados que completen el genocidio y se premien a sí mismos con esclavas sexuales núbiles que podrán violar cuando gusten: "Ahora, por tanto, matad a todo varón entre los pequeños, y matad a toda mujer que haya conocido hombre  yaciendo con él. Pero a todas las niñas que no hayan conocido hombre yaciendo con él mantenedlas con vida para vosotros".

En la canción que le cantan a Saúl, se dice "Saúl ha matado a miles, pero David a decenas de miles" y no parece muy desacertado, si leemos lo que se nos dice en 1 crónicas 20: 1-3:

Cuando llega a ser rey, David mantiene su bien merecida fama de matar por decenas de miles. Después de que su general Joab "arrasara el país de los hijos de Amón", David "sacó a las personas que estaban allí, y las cortó con sierras  y con rastrillos de hierro y con hachas". Por último, se las arregla para hacer algo que Dios considera inmoral: manda hacer un censo. Por este error, Dios castiga a David con la muerte de setenta mil de sus súbditos.
Dios se presenta como ejecutor en aproximadamente mil versos, y en más de cien fragmentos ordena matar a otros. La contabilidad de toda esta fiesta sanguinolenta se puede encontrar en varios sitios de Internet.

"La buena noticia es que, naturalmente, la mayor parte de todo esto no ocurrió jamás", y no hay pruebas arqueológicas de la masacre de Jericó ni rastro de un imperio davídico. Pero el hecho de que no sea verdad, no significa que la violencia narrada esté lejos del contexto moral de quien escribía:

Aunque los relatos históricos del Antiguo Testamento son ficticios (o, en el mejor de los casos, reconstrucciones artísticas, como los dramas históricos de Shakespeare) ofrecen una perspectiva de la vida y los valores de las civilizaciones de Oriente Próximo [...]

Sin embargo el autor matiza su intención; no pretende juzgar a los creyentes por lo que dice el Antiguo Testamento, como si aprobasen su contenido íntegramente. Admite que ellos creen sólo de boquilla, "pero obtienen su verdadera moral de principios más modernos."

Sobre Jesús, tampoco hay pruebas de nada de lo que se supone que dijo o hizo, ni siquiera los autores del Nuevo Testamento pueden ser testigos fiables, ya que sus textos empezaron a escribirse décadas después de su supuesta muerte. Pero al menos supuso una mejora humanitaria con respecto al Antiguo Testamento. Sin embargo, la recreación de la ejecución de Jesucristo responde a una base histórica; el salvajismo despiadado de las crucifixiones en el Imperio Romano. Lo que Pinker subraya es que la denuncia que los primeros cristianos hacen de la crucifixión no es por el horror ante una muerte dolorosa, cosa comúnmente aceptada como pena capital, sino el hecho de que lo asesinaran junto a dos ladrones como un delincuente común. Las peculiaridades del dogma cristiano sublimaron el dolor, e hicieron que un símbolo de tortura, se convirtiera en emblema de una futura religión. Algo tan macabro como elegir un cuchillo sanguinolento como bandera de la paz. El hecho objetivo del sufrimiento, junto con su símbolo (la cruz), lejos de producir un rechazo en los futuros militantes cristianos, prosperó en las prácticas de tortura e incluso se sublimó como algo espiritualmente positivo, como algo que nos salvó.

Si el plan divino, es sacrificar al hijo de Dios para perdonar nuestros pecados, es muy fácil concluir que dicho perdón (y el dolor y torturas asociadas) son un regalo divino, y que por tanto el dolor es una manera de alcanzar la proximidad a Dios. Dolor aquí, para conseguir la salvación eterna en el más allá. Efectivamente el valle de lágrimas estaba sembrado:
Durante más de un milenio, los martirologios cristianos describieron estos tormentos con un deleite pornográfico. [...] El voyeurismo de los martirologios no fue utilizado para suscitar indignación ante la tortura sino para inspirar respeto ante la valentía de los mártires.
Y al igual que con el Antiguo Testamento, el autor salva a los cristianos actuales de todas estas perversiones mentales, y los considera buenas personas precisamente porque ignoran, consciente o inconscientemente toda esa mentalidad basada en el sufrimiento, y actúan conforme a normas humanitarias, aún cuando vayan en contra de sus creencias religiosas y sus textos sagrados. Si de algo les acusa el autor, es de ser incoherentes con sus textos... por fortuna para todos.

Me he extendido reproduciendo ejemplos de violencia religiosa por mi activismo ateo, pero el libro reproduce también textos y ejemplos de violencia de los caballeros medievales (que no tenían nada de caballeros), reyes y reinas, literatura popular como los "Cuentos de los hermanos Grimm", canciones infantiles como la de Mamá Ganso, y la oportuna comparación de que mientras los "programas de televisión tenían 4.8 escenas violentas cada hora; las canciones infantiles, 52.2".

El rosario de cultura popular violenta continua con los duelos, una ceremonia para defender el honor que se estiló mucho hasta mitad del siglo XIX. Duró demasiado tiendo en cuenta que estaban prohibidos por gobiernos e Iglesia, pero es que era una costumbre difícil de erradicar, incluso lumbreras como Lincoln y Voltaire recurrieron a ellos. Pero finalmente decayeron porque el honor se había vuelto tan estúpidamente susceptible, que la gente se retaba porque sus perros se peleaban. Al final las jóvenes generaciones se burlaban de los que se retaban, y esta figura desapareció.

En el siglo XX las referencias militares abundan en el lenguaje y la cultura popular, pero a menudo olvidamos que hace menos de una generación se ensalzaban bastante más que ahora. Los nombres de las calles o las estaciones de metro responden a épicas contiendas militares, las plazas de todas las capitales europeas y estadounidenses están salpicadas de monumentos con motivos bélicos. Las propias banderas de muchos países están formadas por "iconografía agresiva, como proyectiles, armas afiladas, aves de presa y felinos depredadores."

Sin embargo, en el Occidente actual a los lugares públicos ya no se les pone el nombre de victorias militares. En los monumentos de guerra ya no aparecen altivos comandantes a caballo sino madres que lloran, soldados cansados o listas exhaustivas de los nombres de los fallecidos.

Actualmente en Alemania, de donde nacieron los términos "teutónico" o "prusiano" que siempre se han asociado al militarismo, existe un rechazo tal a la cultura militarista que incluso se censuró la versión alemana del "Risk", famoso juego de mesa de conquista militar. Otros ejemplos de cambios de sensibilidad, cambios para mejor, son el rechazo de las armas nucleares que inicialmente fueron acogidas con indiferencia o incluso con alborozo. Y hay muchos más casos de violencia doméstica, como la costumbre callejera de zanjar disputas con los puños, o el rechazo de la violencia contra las mujeres y contra los niños..., todo eso denota que hemos cambiado, y lo hemos hecho para mejor.

CAPÍTULO 2: EL PROCESO DE PACIFICACIÓN

Las motivaciones para la violencia son, según Thomas Hobbes, tres:

1) La competición por los recursos.

2) La inseguridad. El miedo a ser agredido genera un proceso de retroalimentación difícil de resolver. Si un ladrón armado entra en mi casa y yo también tengo un arma, ambos nos vemos casi en la necesidad de disparar primero, solo "por si acaso" el otro tuviese intención de disparar.

3) El honor o credibilidad de nuestra respuesta. Una solución para romper con la cadena interminable del anterior dilema es una política de disuasión como la de la Guerra Fría, es decir, no golpear primero, sino hacerse lo suficientemente fuerte como para sobrevivir a un primer ataque, y ser capaz de devolver el golpe. Así, un análisis de coste-beneficio disuadiría a cualquiera de ser un primer atacante. Pero a esto se le conoce con el nombre de "equilibrio del terror", y la paz no puede ser muy duradera si se sostiene bajo incrementos de amenazas disuasorias... en algún momento puede suceder lo que denominaron "Destrucción mutua asegurada". Además, si confiamos en un mero análisis de coste-beneficio, podemos encontrarnos con una situación en que nuestro enemigo sea un aprovechado, que sepa que a nosotros puede no compensarnos devolver el golpe, y por tanto ataque sabiendo que no vamos a contraatacar.... así que debemos mostrarnos más fieros e inflexibles de lo que somos, para dar credibilidad a nuestra respuesta:

Solo si estamos dispuestos a refutar cualquier sospecha de debilidad, a vengar todas las ofensas y a saldar todas las cuentas pendientes, será creíble nuestra política de disuasión. Así pues, también tenemos una explicación para el aliciente de invadir por pequeñeces: una palabra, una sonrisa o cualquier otro signo de menosprecio. Hobbes lo llamaba "gloria"; por lo general se denomina "honor"; la palabra más precisa es "credibilidad"

Estas ideas están sacadas de la obra "El Leviatán" de Thomas Hobbes. En esta obra, Hobbes defiende que el estado original del hombre es la guerra y la anarquía, que siempre busca su propio beneficio y que no tiene ninguna motivación natural para la empatía con los demás. Por eso el hombre necesita un látigo, una fuerza externa e imparcial que lo obligue a reprimir sus tendencias violentas, y así de esa manera, los hombres depositan el ejercicio de la fuerza en el Estado. Con esta idea en la cabeza, afirmaba que los pueblos salvajes de América eran violentos y anárquicos, pero no tenía datos para realizar tal afirmación.

En el otro extremo se situaba el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau, que defendía la bondad innata del salvaje y que la maldad humana es producto de las relaciones desiguales que nos gobiernan. Así, el hombre es bueno por naturaleza, lo que sucede es que se ve corrompido por los sistemas que hemos creado. Y de ahí la nostalgia del pasado y la admiración de los indígenas como seres inocentes que viven en armonía con la naturaleza, lejos de las envidias y complejidades de las sociedades modernas:

Aunque las filosofías de Hobbes y Rousseau eran mucho más sofisticadas que lo de "desagradable, cruel y breve" frente al "buen salvaje", sus estereotipos opuestos de la vida en un estado natural alimentaron una controversia que todavía hoy sigue vigente. En La tabla rasa expliqué que la cuestión ha acumulado una pesada carga de equipaje político, moral y emocional. En la segunda mitad del siglo XX, la teoría romántica de Rousseau llegó a ser la doctrina políticamente correcta de la naturaleza humana, como reacción ante anteriores doctrinas racistas sobre pueblos "primitivos" y por la convicción de que era una idea más elevada de la condición humana. Según muchos antropólogos, si Hobbes tuviera razón, la guerra sería inevitable o incluso deseable; por tanto, todo partidario de la paz debe insistir en que Hobbes estaba equivocado. Estos "antropólogos de la paz" (que en realidad son académicos bastante agresivos -el etólogo Johan van der Dennen los llama "la mafia de la paz y la harmonía"-) han sostenido que los seres humanos y otros animales se sienten muy inhibidos a la hora de matar a los suyos, que la guerra es un invento reciente y que los enfrentamientos entre los pueblos indígenas obedecían a rituales y eran inofensivos hasta que se toparon con los colonialistas europeos.

Entrelineas se puede ver que Steven Pinker se decanta por Hobbes más que por Rousseau, pero establece una sentencia radical que abre el camino para tratar el tema de manera más seria y más allá de la filosofía:

Cuando se trataba de la violencia en pueblos anteriores a los estados, Hobbes y Rousseau hablaban por hablar: no tenían ni idea sobre cómo era la vida antes de la civilización. Hoy tenemos más información.

LA VIOLENCIA EN NUESTROS ANTEPASADOS

No podemos analizar la conducta violenta de nuestros antepasados porque ya se extinguieron, pero si podemos fijarnos en nuestros primos que todavía existen: los chimpancés y los bonobos.

Las investigaciones de las últimas décadas revelan que el chimpancé tiene comportamientos violentos similares a los de los humanos. Usan violencia gratuita contra grupos minoritarios, hembras solas son atacadas por machos que matan a sus bebés para copular con ellas, y entablan el mismo tipo de guerras territoriales o tribales que hacemos los humanos, con la agresividad propia de su especie, es decir, desmembrando a sus compañeros, bebiendo su sangre, arrancando a bocados sus genitales etc...

La pregunta es si esta violencia ha sido heredada de sus ancestros, que son los mismos que los nuestros, y así podríamos explicar nuestra posible naturaleza violenta. Pero entonces tenemos que analizar también el linaje de nuestros primos hippies, los bonobos. Los bonobos representan la versión pacifista y matriarcal de los primates, que resuelven sus contiendas con sexo, por eso se dice que son los únicos que todavía se creen eso de "haz el amor y no la guerra". ¿Por qué el antepasado común que tenemos con los primates tendría que parecerse más al chimpancé que al bonobo? El autor no tiene datos para responder, pero se inclina a pensar que nuestro antepasado era más parecido al chimpancé que al bonobo por una serie de cuestiones. En primer lugar cuestiona los estudios sobre los bonobos y concluye que no son tan pacíficos como nos han contado. En segundo lugar piensa que los bonobos conservaron características de juventud (neotenia) por su peculiar forma de recolectar en grupo, en donde no había necesidad de desarrollar una agresividad contra miembros solitarios. En tercer lugar considera demasiada casualidad que los chimpancés descubran por separado el mismo tipo de violencia. En cuarto lugar, el hecho de que los machos homínidos siempre han sido mayores que las hembras refleja una probable competición violenta masculina a lo largo del tiempo, algo que tiene que ver más chimpancés que con bonobos.
Frans de Waal y uno de sus bonobos
Obviamente menciona al mejor científico que ha estudiado a los bonobos, el primatólogo Frans de Waal, cuyo libro "El mono que llevamos dentro" ya comenté en 2010, pero para mi gusto descarta muy alegremente las conclusiones de De Waal. El primatólogo Frans De Waal defiende que tenemos versiones refinadas de comportamientos tanto de chimpancés, como de los bonobos. Es cierto que podemos planear y ejecutar un genocidio, pero también es cierto que podemos programar y ejecutar un programa de paz. Recurrimos al perdón y la reconciliación con bastante éxito, y la guerra no es un estado permanente en nuestra naturaleza como para sentenciar que la llevamos en los genes. Lo habitual es la paz, y solo cuando hay conflictos de recursos nace la guerra. En este caso estoy más con De Waal que con Pinker.

TIPOS DE SOCIEDADES HUMANAS

La inicial distinción que debe hacerse es la de las sociedades de cazadores-recolectores, y la de la civilización. Esta transición tuvo lugar en la conocida como Revolución Neolítica, con el nacimiento de la agricultura hace unos 10.000 años.

La idea de que en tiempos remotos, cuando no había estado, todo el mundo vivía en armonía con sus vecinos no tiene ninguna prueba a su favor. De hecho, por lo que sabemos las sociedades sin estado han sido mucho más violentas que las sociedades con estado. El tema siempre ha estado muy politizado, porque hubo un tiempo en que denunciar el salvajismo de los indígenas se tomaba como una actitud elitista del colonialismo. Pero no cabe la menor duda, de que exageraciones colonialistas aparte, los datos nos ofrecen unos números que no arrojan ningún tipo de pacifismo en las sociedades sin estado.

El historiador William Eckhardt defendía una imagen bucólica de los antiguos guerreros que resolvían todo de manera bastante inocua, en un contexto tribal con pocas armas y poca población, y de ahí se sacó una imagen engañosa del tema. Otros estudiosos ponen de manifiesto que en batallas de docenas de hombres "uno o dos muertos por batalla se traduce en un índice de víctimas que es alto con arreglo a cualquier criterio."

Hay muchos relatos fiables, no solo los del Mayflower que podían estar cargados de racismo e intenciones colonialistas, hay otros que atestiguan las salvajadas de los salvajes. El canibalismo, por ejemplo, fue una realidad muy extendida en la prehistoria humana según la arqueología forense.

ÍNDICES DE VIOLENCIA EN SOCIEDADES CON Y SIN ESTADO

Pero el autor no se conforma con dar credibilidad a las múltiples descripciones que existen de violencia dentro de sociedades recolectores supuestamente pacíficas, hay que indicar en qué medida son más violentas. De nuevo, el análisis porcentual marca la diferencia:
En cifras absolutas, sin duda las sociedades civilizadas no admiten parangón en cuanto a la destrucción que han provocado. Pero ¿debemos analizar las cifras absolutas o las relativas, calculadas en función de la población? Esta pregunta nos enfrenta al imponderable moral de si es peor que muera el 50% de una población de cien o el 1% de una población de mil millones. [...] "Si yo fuera una de las personas que estuvieran vivas en una época determinada ¿qué probabilidades tendría de ser víctima de la violencia?". [...] el razonamiento, al margen de si se recurre a la proporción de una población o al riesgo para un individuo, acaba concluyendo que, al comparar lo nocivo de la violencia en distintas sociedades, hemos de centrarnos en el índice de acciones violentas y no en su número.
Pinker, basándose en técnicas de arqueología forense y otros trabajos de recuento histórico recopila datos de muertes violentas en sociedades pre-estatales (ya sean prehistóricas, ya sean contemporáneas) y las compara con las de sociedades con estado. La conclusión es de una clara ventaja para los estados.

Si usamos índices de muertes violentas, las sociedades sin estado están en torno al 15%, llegando al 25% en los casos de algunas tribus. Esto solo son medias, los picos llegan a veces al 60%. Cuando nos vamos a las sociedades modernas con estado recogemos datos mucho menores. Por ejemplo, en referencia a las guerras del siglo XVII el porcentaje de muertes era del 2% de la población mundial, y en el siglo XX el índice es menor del 1%. Podemos subir la cifra si contabilizamos hambrunas, enfermedades causadas por las guerras, purgas internas y genocidios, y aún así subiríamos la cifra a unos 180 millones de muertes que equivale a un 3% de la totalidad de fallecimientos del siglo XX.

La conclusión es que "vivir en una civilización reduce cinco veces las probabilidades de una persona de ser víctima de la violencia".

[EDITO 08/12/2016: Un estudio reciente y exahustivo de la Universidad de Granada (José María Gómez: “Las raíces filogenéticas de la violencia letal humana”) contradice estas conclusiones, y John Horgan de Scientific American nos explica hasta qué punto existe esa contradicción.

También podemos medir el siglo XX teniendo en cuenta el número de muertes al año por cada 100.000 personas (la forma en la que se miden los homicidios), y para que nos hagamos una idea, lo usual en nuestro contexto reciente europea es un índice de homicidios de 1 por cada 100.000 habitantes al año. De los estados modernos, EEUU es el peor. En sus peores tiempos, las décadas de los 70 y los 80, tenía un 10%. En alguna de sus ciudades se alcanzó el 45 por cada 100.000. Si alguna vez hubiera llegado al 100 todo el mundo se vería afectado en su vida personal, y si hubiese llegado al 1000 por cada 100.000 (1%) "tendríamos una probabilidad superior al 50% de ser asesinados."

Pues bien, el índice anual medio de mortalidad por guerra en las sociedades sin estado es de 524 por 100.000. Y sin embargo en las guerras más destructivas de occidente se llegó solo al 70 (Francia en las guerras Revolucionarias, Napoleónicas y Franco-Prusianas), al 144 (en el caso de Alemania), al 27 (en el caso de Japón) y al 135 (en el caso de la URSS). Parece claro que los estados son mucho menos violentos que las tribus. Incluso cuando hubo guerras de proporciones gigantescas en los países occidentales, su índice promedio de mortalidad era una cuarta parte de las sociedades sin estado:

Durante el siglo XX, Estados Unidos se ganó la fama de belicista, pues luchó en las dos guerras mundiales, y en Filipinas, Corea, Vietnam e Irak. Sin embargo, el coste anual en vidas americanas era inferior al de las otras grandes potencias del siglo: en torno a 3,7 por cada 100.000. Aunque tengamos en cuenta las muertes ligadas a la violencia organizada en el mundo entero durante todo el siglo -guerras, genocidios, purgas, hambrunas provocadas por el hombre-, el índice anual llega a ser aproximadamente de 60 por cada 100.000. Para el año 2005, las barras que representan a Estados Unidos y a todo el mundo son tan finas que resultan invisibles en la gráfica.



Steven Pinker comenta el caso de dos pueblos famosos por su aversión al conflicto. Los semai y los kung. De los semai nunca se ha podido documentar que hagan uso de la guerra. Pero si se analizan los datos de homicidios entre ellos se alcanzan cifras equivalentes a las de las peligrosas ciudades americanas en sus peores momentos. Los mismo sucedía con los kung, hasta que fueron controlados territorialmente por el gobierno de Botswana:
"Aunque la conquista y el dominio imperiales puedan ser crueles en sí mismos, reducen la violencia entre los conquistados de forma efectiva."
Ésta última afirmación solo puede ser válida para estos casos, pero no se puede generalizar alegremente, es cuando menos una expresión desafortunada. ¿Se puede decir lo mismo del proceso colonizador y genocida de EEUU con los indios americanos, o de los españoles en el Nuevo Mundo? En mi opinión, y salvo prueba en contra, por supuesto que no.

No obstante, Steven Pinker no es un incondicional del Leviatán. Él es consciente de que imponer la fuerza pacificadora del estado también tiene sus efectos secundarios, porque si bien es cierto que reduce la violencia tribal, también es cierto que aumenta la violencia estatal que antes no existía. Es bastante frecuente que los gobiernos se conviertan en tiránicos y que los abusos estatales se perpetúen demasiado tiempo. Ese problema, confiesa, está todavía por resolver.

CAPÍTULO 3: EL PROCESO DE CIVILIZACIÓN

El descenso de los homicidios en Europa desde la Edad Media hasta la actualidad es un hecho que merece ser estudiado. Pinker sobredimensiona, en mi opinión, las primitivas investigaciones de un  criminólogo llamado Norbet Elias que a falta de datos científicos estudiaba los cuadros medievales en los que salían escenas de violencia, y de ahí sacaba conclusiones. También estudiaba manuales de etiqueta en los que se detallaban múltiples prohibiciones que nos desvelan no solo los groseros y puercos que podían ser los hombres medievales, sino como cambió por aquel entonces la empatía hacia los demás. La gente no dejo de ser violenta porque se refinó, sino que lo relevante es que se refinó porque se esmeraron en tener en cuenta la opinión y los gustos de los demás. La gente pasó a autocontrolar sus impulsos sexuales en público, los enfados por honor y groserías en la mesa y demás actividades que generaban conflicto. Esa empatía nos hizo más sensibles a los demás. El objetivo fundamental era no ofender, y medir las consecuencias que podían derivarse de una ofensa en la mesa, como sonarse los mocos con el mantel o desenvainar un cuchillo para cortar la carne.

Pero los desencadenantes de este cambio de mentalidad fueron el nacimiento del estado, capaz de ejercer la coacción (el Leviatán), y la revolución económica que hizo que el dinero fluyera. El sistema feudal seguía una lógica de suma cero, es decir, para que alguien gane algo, otro tiene que perder algo igual o equivalente; al final el que pierde se lleva cero, o mejor dicho, el valor producido en la transacción en su conjunto es cero, porque no se produce nada, simplemente se cambia de manos el valor. El caso de un robo, o del juego del ajedrez es un caso de suma cero. Uno pierde, otro gana. Así se entendía la economía medieval, reforzada por la ideología cristiana que entendía como pecaminoso el sacar beneficio del dinero (como con los intereses de un préstamo) o sacar un beneficio excesivo por encima del coste de producción (no estoy muy seguro de estar en contra de los cristianos medievales, y es algo que me cuesta asumir). Para mantener el beneficio estable, se prohibían las innovaciones que mejoraran el proceso productivo, con todo el retraso global que eso supone.

En cambio la lógica de suma positiva todos pueden ganar. Ejemplos de suma positiva son el intercambio de favores, en el que todos ganas. El comercio de excedentes es otro ejemplo de suma cero. Si a mí me sobra trigo, y a mi vecino le sobra leche, podemos hacer un intercambio beneficioso para ambos. Por supuesto contamos con la especialización como requisito para poder prosperar y generar excedentes. Esto es básicamente el libre comercio, y para que funcione es necesario emplear grandes cantidades de empatía para mantener a los clientes contentos y que vuelvan a nosotros y no a la competencia.

Algunos piensan que el efecto pacificador del estado no consiste en la monopolización de la fuerza, sino en la confianza que genera en la población porque sus leyes son justas. Los anarquistas rechazan que esas leyes, justas o no, tengan necesidad de imponerse y dan como ejemplos normas informales de conducta que han gobernado con éxito a comunidades enteras de pescadores, agricultores y pastores. Sin embargo esas comunidades no pueden equiparse a un estado, y la necesidad del Leviatán no es refutada por la existencia de esas normas tácitas.

VIOLENCIA Y CLASE

El descenso de la violencia en Europa fue asociado con un cambio en el perfil social de los violentos. Mientras que antes los ricos eran tan violentos como los pobres, ahora las clases superiores se mostraban menos violentas. Mientras los ricos y las clases medias se mostraban confiados con resolver sus disputas ejerciendo sus derechos legales, los pobres se inclinaban más a tomarse la justicia por su mano o ejercer un sistema normativo creado por ellos mismos.

Según Donald Black, casi toda la violencia tiene que ver con cuestiones que se perciben en la mente del criminal como una cuestión de injusticia. Esta injusticia puede versar sobre temas de honor, de peleas callejeras, de infidelidades, defensa propia etc... Pero solo un 10% tiene realmente una finalidad práctica, como robar o matar para eliminar testigos.

Estos datos desmienten que la violencia sea por un déficit moral, al contrario es por un exceso de moralidad (en la cabeza del criminal). También desmienten, según Pinker, que el grueso de los crímenes sean por falta de recursos o por odio hacia la sociedad. Esto está insuficientemente explicado:
La violencia de un hombre clase baja puede efectivamente expresar furia, pero no está dirigida a la sociedad sino al imbécil que le rayó el coche o le faltó al respeto delante de la gente.
Sea como fuere, el caso es que el proceso de civilización del Leviatán no eliminó la violencia, sino que la concentró en las clases más bajas.

DEMOCRACIA Y VIOLENCIA

La relación entre la democracia y la violencia es una U invertida. En donde la democracia está afianzada hay menos violencia, pero sucede lo mismo en donde no hay democracia en absoluto, dejando a los países intermedios con el mayor índice de violencia (algo parecido sucede también con las guerras civiles, como veremos en el capítulo 6):

En el mundo actual, las regiones más propensas al crimen son Rusia, el Áfria subsahariana y ciertas partes de Latinoamérica. Muchas de ellas tienen fuerzas policiales y sistemas judiciales corruptos que sobornan a criminales y víctimas por igual y ofrecen protección al mejor postor. [...] Puede que otros países, como Rusia (29,7) y Sudáfrica (69), hayan experimentado procesos "descivilizadores" tras el desmoronamiento de sus anteriores regímenes. [...] El proceso descivilizador también ha devastado a muchos países que pasaron del sistema tribal al dominio colonial y acto seguido a la independencia [...]
Echo en falta una mención expresa a un pionero de la psicología social, Kurt Lewin, y su experimento con niños sobre la influencia de líderes democráticos o autoritarios. El experimento tiene ya casi un siglo de edad, y como todos estos experimentos, tiene sus críticos y su contexto político (una Alemania nazi y la necesidad de probar la conveniencia de la democracia), pero aún así merece la pena resaltarlo. Kurt Lewin, reunió a tres grupos de niños con tres tipos de adultos diferentes (tres tipos de liderazgo) y estudió la conducta que aprendían. Los niños que tuvieron un líder democrático hicieron sus tareas sin insultar ni agresividad, y cuando estaban fuera de la mirada del líder, seguían haciendo sus tareas demostrando compañerismo. Esto no sucedió cuando el líder era autoritario.


LA VIOLENCIA EN ESTADOS UNIDOS

EEUU es una excepción en este análisis, porque en vez de situarse junto a democracias consolidadas, se acerca a las cifras de Albania y Uruguay. Hay tres puntualizaciones que hacer al respecto. Se tiende a pensar que la legalidad de portar armas lo puede explicar todo, pero no es así, porque aún eliminando los crímenes cometidos con armas de fuego "el índice de muertes violentas entre los americanos es superior al de los europeos". El análisis detallado de la estadística revela que algunos estados norteamericanos como Nueva Inglaterra se parecen bastante a los países europeos. En segundo lugar, también hay una diferencia racial, y es que en algunas ciudades hay mucha criminalidad "sobre todo porque en ellas vive una gran proporción de afroamericanos". El índice de criminalidad entre los negros es un dato objetivo, lo que me atrevería a invertir es el razonamiento: ¿no podría ser que por tener unas cifras de criminalidad altas los negros vivan allí? Y en tercer lugar, hay una diferencia Norte-Sur que no va asociada a la raza, porque los blancos del Sur son más violentos que los del Norte, e igual sucede con los negros.

Hay varias posibles explicaciones para que el Sur de EEUU sea más violento que el Norte. Hay quien dice que la democracia llegó demasiado pronto a EEUU, cuando todavía no estaban maduros como en Europa:
En Europa, primero el estado desarmó a la gente y reivindicó el monopolio de la violencia, y luego la gente se hizo cargo del aparato del estado. En América, los ciudadanos se hicieron con el estado antes de que éste los hubiera obligado a dejar las armas -que como memorablemente dice la Segunda enmienda, se reservan el derecho a conservar y portar-. En otras palabras, los americanos, en especial los del Sur y los del Oeste, nunca acabaron de firmar un contrato social que confiriese al gobierno el monopolio del uso legítimo de la fuerza. En buena parte de la historia americana, la fuerza legítima también la ejercieron pandillas, grupos parapoliciales, bandas de linchamiento, policía privada, agencias de detectives o Pinkertones, y se solía considerar como una prerrogativa del individuo.
Este tipo de justicia procede una cultura del honor, de la disuasión tal y como hemos visto antes, y aunque haya desaparecido de las instituciones está en la psique del Sur estadounidense. Algunos dicen que viene de esa inmigración escocesa-irlandesa que trajeron una cultura de pastoreo, y que como todos los pastores se basan en códigos de honor y reglas que suscitan violencia a la más mínima desavenencia. Otros dicen que es porque el terreno del Sur es montañoso y son más difíciles de dominar y conquistar, y por eso suelen ser más anárquicas, y de esa manera sería la anarquía y no el pastoreo el origen. En ambos casos me parecen especulaciones.

La población masculina del Oeste inicial era muy joven, y ya se sabe que es una máxima del estudio de la violencia es que la mayor parte de la misma la cometen hombres de 15 a 30 años. Pero pronto llegaron las mujeres, que obligaban a los hombres a dejar las borracheras y las peleas. La iglesia, la disciplina femenina para la misa de los domingos y la veneración de la templanza también ayudaron a civilizar el Oeste. El efecto pacificador del matrimonio, así como el de un trabajo estable, hace que esos jóvenes dejen la senda de la violencia. Buena parte de esto último también me parece muy especulativo: me pregunto si en el Norte acaso eran ateos, solteros y no había jóvenes.

Al final concluye que el Norte de EEUU se asemeja a Europa, con su comercio y sus tribunales, mientras que el Sur y el Oeste siguieron el camino de la cultura del honor propias de zonas anárquicas que no tardaron en ser civilizadas por otros factores como la familia, la iglesia y la templanza.

LOS AÑOS 60 FUERON MALOS Y LOS 90 BUENOS

Detrás de estas valoraciones es difícil no ver una intencionalidad política, y es que la criminología es una ciencia irremediablemente impregnada de conceptos como derecho, respeto, explicaciones sociológicas, cárcel, reinsertación etc... todos ellos abordables desde diferentes prismas políticos. Considerar la disciplina eclesiástica, el matrimonio, la ley y el orden, el libre comercio, la edad madura e incluso la raza como un indicativo de pacificación y calidad de vida, tiene un tufillo casposamente fachoide. Esta sensación se ve confirmada cuando habla del pico de subida de criminalidad que sufrió la década de 1960 (gracias al libertinaje que se apoderó de la escena cultural), y la caída en picado de la década de 1990 (gracias al abandono de ese libertinaje y a la mano dura policial que se implementó). Fachoide o no, no tengo datos para desmentirlo. Aunque para ser honesto, Pinker se burla de la sobredimensión política dada al delito en los años 60 (en comparación con otras causas de muerte) y llama carrozas a los contrarios al Rock and Roll, pero en el fondo insiste en su explicación cultural, así que a mí me parece que es una mera precaución para no ser tachado precisamente de carroza.

¿Por qué sube la criminalidad en los años 60? Una vez descartada la explicación demográfica (había muchos jóvenes en edad idónea para delinquir debido el baby boom de los años 40), Pinker apuesta por una explicación cultural. Tanto en Europa como en EEUU, a medida que se hacían más democráticas, las clases bajas cuestionaban más los privilegios de las clases altas, y esa nivelación llevo a sueños de revolución, a la informalidad en el vestir, en el lenguaje, en el decoro y la higiene, al reto a la autoridad, a la exaltación de la espontaneidad frente a las normas sociales, a la condena del matrimonio y la vida familiar como algo rancio y materialista... nació toda una contracultura que puso en solfa los valores aceptados. El autor da varios ejemplos, como letras de canciones de los Rolling Stones, portadas de discos de los Beatles, o actuaciones de Jimmy Hendrix en las que fingía copular con su amplificador. Otro ejemplo que da es la admiración por la locura en películas como "Alguien voló sobre el nido del cuco". No es tema para desarrollar ahora, pero no creo estar de acuerdo en ninguno de los ejemplos aportados:

Cuando la música rock irrumpió en escena en la década de 1950, los políticos y los curas la vilipendiaron acusándola de corromper los valores morales y atentar el desorden. (En Cleveland´s Rock and Roll of Fame and Museum se puede ver un divertido vídeo de carrozas despotricando.) ¿Debemos admitir -glups- que tenían razón? ¿Podemos relacionar los valores de la cultura popular de la década de 1960 con el aumento real de los crímenes violentos que la acompañaron? Directamente no, por supuesto. Correlación no es causalidad, y un tercer factor, el frenazo a los valores del proceso de civilización, seguramente provocó tanto los cambios en la cultura popular como el aumento de la conducta violenta. [...] Sin embargo, es innegable que las actitudes y la cultura popular se refuerzan recíprocamente [...]

Uno de esos factores fue la autolimitación de la justicia penal. No es que los rockeros convencieran a los legisladores para descriminalizar ciertas conductas, sino que algunos intelectuales próximos al marxismo y al psicoanálisis, como Herbert Marcuse, presentaron a cualquier alborotador del tres al cuarto como un revolucionario, o que al menos, servía a la causa:

Se consideraba cada vez más que los alborotadores eran rebeldes e inconformistas, o víctimas del racismo, la pobreza y los problemas familiares. Ahora los vándalos grafiteros eran "artistas"; los ladrones, "guerreros de clase"; y los gamberros de barrio, "líderes de la comunidad". Muchas personas inteligentes, intoxicadas por la elegancia radical, hicieron cosas increíblemente estúpidas. [...] Muchos intelectuales de Nueva York fueron camelados por "marxipsicópatas" charlatanes para que presionaran a las clases dirigentes y los sacaran de la cárcel.[...]

Pareciera que toda esa contracultura nació al albur de unos cuantos intelectuales y artistas emporrados que estaban cansados de vivir acomodadamente. Nada se dice que la revolución por los derechos civiles nació como reacción al racismo imperante de la época, y si se predicaba el amor libre bien podía ser porque el encorsetamiento de una sociedad controladora, y controlada por valores religiosos, demandaba alguna válvula de salida. Nada de esto he leído, ni siquiera como hipótesis a rebatir.

Así pues, según Pinker, algunas conductas de poca gravedad como vagabundear, holgazanear o mendigar, orinar en público, colarse en el metro o hacer grafitis fueron descriminalizadas. Con ese panorama, y según la teoría de las Ventanas Rotas, cuando dejas de perseguir delitos menores, y dejas que el desorden se apodere de la ciudad, se crea una sensación de abandono que incita a delinquir con más sensación de impunidad, porque al fin y al cabo si en un edificio abandonado hay muchas ventanas rotas, qué más da que rompa yo una más. Si por el contrario no hay ninguna ventana rota, no voy a ser yo el primero en romperla, podrían estar vigilando los vecinos o la policía.

Pero sucedió algo igualmente sorpresivo en los años 90, pero en sentido totalmente contrario: los índices de criminalidad comenzaron a descender drásticamente en casi todos los países occidentales. En este caso tampoco el baby boom demográfico anterior podía explicar esta bajada, y la explicación del desempleo de los 90 tampoco podía hacerlo, ni siquiera el índice de desigualdad lo consigue. Un candidato más plausible fue durante un tiempo una extraña teoría de la que tuve conocimiento en el documental "Freakonomics": la causa fue la legalización del aborto. Según esta teoría, las madres inmaduras que normalmente iban a tener hijos a destiempo y que los iban a malcriar, degenerarían en protodelincuentes. Sin embargo, al aprobarse el aborto, "las mujeres no habían parido sus fetos predestinados al aborto."

Pinker desmonta esta teoría con varias argumentaciones, entre ellas la siguiente:

Sólo a finales de la década de 1990, cuando llegó a los 20 años la primera generación posterior a Roe [sentencia que legalizó el aborto], debería haber llegado a ser menos violento el grupo de edad de veintitantos. Pero de hecho sucedió lo contrario. Cuando la primera generación posterior a Roe llegó a la mayoría de edad a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, no bajaron las estadísticas de homicidios: sus integrantes se corrieron un juega criminal sin precedentes.

Entonces ¿cuál fue la razón para el descenso del crimen en los años 90? Fueron dos las razones. En primer lugar un encarcelamiento masivo. Una "orgía de encarcelamientos" según sus propias palabras. Hartos del crimen y del vandalismo, los americanos pasaron a la mano dura, que junto con la construcción de prisiones y la criminalización de posesión de pequeñas cantidades de droga, hicieron que muchos personas propensas a cometer delitos violentos, terminaran por una u otra razón en la cárcel. La amenaza de poder ser detenido constituye un efecto de disuasión que funciona. Lo que no funciona es seguir subiendo la tasa de encarcelamiento, por mucho atractivo electoral que tenga para los políticos, por la sencilla razón de alcanzada una masa crítica de encarcelamiento, ya no funciona de la misma manera. Una vez que lo más peligrosos han sido metidos en prisión, los delincuentes que quedan por meter son cada vez menos peligrosos, y seguir metiéndolos en prisión incide cada vez menos en la peligrosidad que se consigue evitar. Por no hablar de que la mayoría que se hace mayor en la prisión, dejando a atrás la edad idónea para delinquir, también dejan atrás su peligrosidad, de manera que mantenerlos en prisión deja de tener tanto sentido.

En segundo lugar, los tópicos contraculturales de los 60, dejaron de seducir:

Para empezar, algunas de las ideas más tontas de la década de 1960 habían perdido su atractivo. El hundimiento del comunismo y el reconocimiento de sus catástrofes económica y humanitaria quitaron romanticismo a la violencia revolucionaria y sembró dudas sobre lo acertado de distribuir la riqueza a punta de pistola. Una mayor conciencia sobre la violación y el abuso sexual hizo que el principio "Si te hace sentir bien, hazlo" pareciera repugnante en vez de liberador. Y la pura depravación de la violencia de las zonas urbanas deprimidas -niños pequeños alcanzados por las balas en tiroteos desde vehículos, funerales de adolescentes invadidos por bandas esgrimiendo navajas- ya no se podía justificar como una respuesta comprensible al racismo o la pobreza.

Una ofensiva civilizadora en los años 90 tuvo lugar en la comunidad afroamericana de la mano de un grupo de clérigos que trabajaba conjuntamente con la policía. "El color del crimen" es una buena película que refleja esa realidad. Pero Pinker no piensa que el cine, la música y toda la cultura popular se haya retractado realmente. La pornografía, los videojuegos, la música heavy, el punk o el rap dejan en paños menores a los Rolling Stones, lo que sucede es que a diferencia de los años 60, lo que predican los iconos culturales de ahora no se lo cree nadie. Es decir, el público juega a ser rebelde, pero no se lo creen lo suficiente como para pasar a la acción.


CAPÍTULO 4: LA REVOLUCIÓN HUMANITARIA

A través de un siniestro y macabro recorrido por el amplio surtido de torturas, a cada cual más retorcida, el autor pretende recordarnos que hubo un tiempo en que la crueldad fue parte consustancial de la cultura. No es como ahora, que sigue existiendo la tortura en los campos de prisioneros como las infames Abu Graib o Guantánamo, sino que antiguamente se aplaudía y se institucionalizaba la tortura. Los motivos para torturar eran, si cabe, aún más desquiciados. Las acusaciones de brujería terminaba con mujeres a las que ataban pesos y tiraban al agua: si flotaba es que era bruja y debían matarla, y si se hundía entonces se probaba su inocencia. Esto tan solo es un ejemplo de la sinrazón que gobernaba. Las ejecuciones eran públicas y el populacho participaba de ellas:

A una víctima aprisionada en el cepo le hacían cosquillas, la golpeaban, la mutilaban, la apedreaban o la manchaban de barro y heces, lo que en ocasiones provocaba la asfixia.

Los grabados de la Edad Media muestran mutilaciones, empalamientos, desmembraciones, despellejamientos, incineraciones de personas vivas, aplastamientos, aserramientos y un sin fin de crueldades que no se practicaban en secreto, sino pública e institucionalmente.

En Europa, los gobiernos nacionales y locales codificaron toda una amalgama de castigos inhumanos, en donde "las ejecuciones eran orgías de sadismo". La Iglesia cristiana también colaboró activamente en ello. La tristemente conocida actividad de la Inquisición ideó mil y un aparatos para obtener confesiones. En 1251 el papa Inocencio autorizó la tortura. Igualmente sádico fue el papa Pablo IV, al que por ello lo hicieron santo en 1712.

Esto no solo era usual en Europa, en otras partes del mundo sucedían castigos o sacrificios de crueldad similar. Ya desde tiempos bíblicos se daba por sentado que los sacrificios humanos eran el pan de cada día. No solo por el famoso ejemplo de Isaac, que es ficción como tantos otros casos bíblicos, sino por la necesidad de que se codificara una prohibición de sacrificar a los hijos, como figura en el Levítico 18,21. Pero eso no significa que en otros tiempos los cristianos no ayudasen a rebajar al violencia gratuita:
Los sacrificios humanos desaparecieron en algunas partes del mundo gracias a los proselitistas cristianos como san Patricio, en Irlanda, y en otras debido a la actuación de potencias coloniales como el Imperio británico en África y la India.
Todo esto es de sobra conocido. La singularidad del análisis de Pinker viene en referencia a las motivaciones que explican en el cese de la violencia:
En la mayoría de los lugares, de todos modos, los sacrificios humanos se extinguieron solos. [...] A la larga, algo relacionado con los estados maduros y cultivados los indujo a replantearse lo de los sacrificios. Una posibilidad es que la combinación de una élite ilustrada, los rudimentos de cierta erudición histórica y algunos contactos con sociedades vecinas procurase a las personas los medios para comprender que la hipótesis del dio sediento de sangre es incorrecta. Deducirían que, de hecho, arrojar a una virgen a un volcán no cura enfermedades, no derrota enemigos ni trae buen tiempo. Otra posibilidad [...] es que una vida más acomodada y previsible erosione el fatalismo de las personas y eleve su valoración de las vidas ajenas. Ambas teorías son verosímiles, pero ninguna resulta fácil de demostrar [...]
En la mayor parte del mundo, las matanzas supersticiosas institucionalizadas, sea mediante sacrificios humanos, libelos de sangre o persecución de brujas, han sucumbido a dos presiones. Una de carácter intelectual: comprender que ciertos hechos, [...] deben imputarse a fuerzas físicas impersonales y al puro azar [...] La otra presión cuesta más de explicar pero es igual de contundente: una mayor valoración de la vida y la felicidad humanas. [...]
Esta solución me parece un tanto forzada. Me parece que Pinker quiere unir dos explicaciones separadas en el tiempo. Como veremos más adelante, para Steven Pinker, la violencia en Occidente cesó gracias a la Era de la Razón y la Ilustración. Obviamente los tiempos de los sacrificios humanos quedan muy lejos de estas dos etapas de la historia, de manera que intenta crear sus dos particulares versiones de la Era de la Razón y la Ilustración. No obstante, se cubre las espaldas y dice que no hay pruebas de ello.

A continuación, Pinker sigue con casos posteriores de castigos crueles y faltas absolutas de empatía por el sufrimiento humano, para llegar a una conclusión similar. Estamos hablando de la violencia contra blasfemos, herejes y apóstatas. Toda una nueva retahíla de ejecuciones, como las que tuvieron lugar contra los protestantes, y luego las que los protestantes tuvieron contra los judíos:

Los anabaptistas (precursores de los amish y los menonitas actuales) [...] Creían que no había que bautizar a las personas al nacer sino que éstas debían ratificar su fe por sí mismas, por lo que Lutero declaró que había que matarlos.

Calvino, otro fundador del protestantismo, mandó quemar en la hoguera a Miguel Servet por poner en entredicho la santísima trinidad.

Con el trasfondo de las guerras europeas de religión, que empezaron en 1520 y podemos decir que terminaron en 1648 con la Paz de Westfalia, se aniquilaron a masas enteras. Comparando con la población del s.XX podemos decir que algunas de estas guerras tuvieron un índice de mortalidad mayor que el de la Primera Guerra Mundial. La Paz de Westfalia se firmó bajo el acuerdo de dejar que cada país pudiese tener su religión, y que las minorías no fuesen perseguidas. ¿Qué los empujó a firmar la paz? Pinker los resume en dos tipos de cambios. Un cambio emocional (proceso de pacificación que hemos visto ya) que consistió en identificarse con el dolor de los demás. Y un cambio intelectual y moral (Era de la Razón y la Ilustración) que consistió en valorar más las personas que sus almas.

En el s. XVII nació la Era de la Razón,
una época en la que los escritores comenzaron a insistir en que las creencias debían estar justificadas por la experiencia y la lógica, lo cual socavaba los dogmas sobre las almas y la salvación, así como la política de obligar a la gente a creer en cosas increíbles a punta de espada.
Los exponentes de estas ideas fueron Spinoza, John Milton, Isaac Newton y John Locke.

En el s. XVIII llegó la Ilustración. Otros autores no diferencian entre ambos siglos, y los llaman indistintamente, pero Pinker prefiere señalar que fue en el s. XVIII cuando la crueldad institucionalizada pegó un bajón. En Inglaterra se puso en tela de juicio las condiciones infrahumanas de las prisiones. En Francia, Voltaire usaba su humor para burlarse de cómo se admiraba a dicho país por su literatura y bellas actrices, ignorando que era un estado bárbaro en el que se seguían practicando vergonzosas costumbres atroces. Beccaria en Italia impulsó la racionalidad del sistema penal, haciendo las penas proporcionales a los delitos, y asegurando que la certeza y prontitud del castigo es más importante que su severidad. También acuñó la máxima utilitarista de "la máxima felicidad para el mayor número de personas", que posteriormente recogería Bentham. Y como veremos más adelante, Jeremy Bentham nos hizo pensar por un lado que, con la conducta homosexual nadie pierde nada, y por otro lado, que los animales también podían sufrir y debían ser objeto de protección ante la crueldad.

LA PENA CAPITAL

Solo si tenemos presente que la tortura era el castigo por antonomasia, podemos interpretar que la implantación de la pena capital "instantánea" por llamarla de alguna forma, fue un avance civilizador. En cualquier caso su aplicación no duró tanto tiempo como las torturas que la precedieron, y pronto se la empezó a considerar como un castigo en sí misma. En el s. XIX muchos países la abolieron, y tras la II Guerra Mundial ya había perdido aceptación. Holanda la prohibió en 1982, pero en realidad no la aplicaba desde 1860. Actualmente se considera una violación de los derechos humanos. Incluso en EEUU también se ha reducido bastante desde la época colonial, y en la práctica "una condena a muerte es casi una ficción" ya que las revisiones retrasan las ejecuciones de manera casi indefinida. El año que más se mató con pena capital en EEUU fue en 1999 y desde entonces el número se ha reducido hasta la mitad.

El análisis de EEUU no está mal si se trata de señalar el descenso, pero me parece un poco de mal gusto decir que una condena a muerte es casi una ficción. Al que le toca morir, y han muerto y siguen muriendo, como confiesa el autor, le debe importar poco que la tendencia sea a la baja cuando es su cuello el que se corta.

Sea como fuere, los delitos castigados con la pena de muerte se han visto reducidos en todo el mundo. Los sistemas de ejecución también han cambiado, desde las hogueras a la inyección letal, podemos concluir que han mejorado. También el autor se hace eco de que el efecto disuasorio no parece demostrado, ya que cuando se abolió también bajaron los homicidios, y los países con menos homicidios no la tienen en sus códigos penales.

LA ESCLAVITUD

La esclavitud es otra forma de crueldad y violencia que se viene practicando desde la Biblia, que la autoriza, hasta la democrática Atenas de Pericles que esclavizó al 35 % de la población, e incluso el escandaloso tráfico de esclavos africanos en Europa y América.

De nuevo Pinker se interesa por las causas que propiciaron la abolición de la esclavitud. Algunos historiadores han especulado si fue por causas económicas, pero Pinker se decanta por causas humanitarias. Locke en sus "Dos tratados sobre el gobierno civil" de 1689 atacó la esclavitud, y a pesar de que él mismo se beneficiase hipócritamente de la esclavitud, el caso es que abrió la veda a su denostación pública, y a que dicha práctica fuese cada vez más difícil. Igualmente influyeron muchas obras de ficción como "La cabaña del tío Tom", u otras obras autobiográficas que causaron repulsión al situar al lector frente a una primera persona que le contaba ese otro mundo ("Narración de la vida de Olaudah Equiano, el africano, escrita por él mismo: autobiografía de un esclavo liberto del siglo XVII" de 1845). En EEUU se prohibió tras la Guerra de Secesión en 1864, y en Francia se prohibió dos veces en 1795 y en 1848 después de que Napoleón la reinstaurara.

Me permitiré una pausa para denunciar que Pinker no dice nada de las motivaciones políticas de Abraham Lincoln, algo habitual entre los historiadores norteamericanos. Gore Vidal, al que tanto le gustaba dinamitar a los pacatos norteamericanos, decía de manera acertada que Lincoln es venerado en EEUU como el libertador de los esclavos, pero pocos saben que su intención no era liberarlos, sino ligar su destino al objetivo principal de la guerra: el mantenimiento de la unidad del país. Creía que todos debían ser libres, pero no lo suficiente como para incluirlo en su agenda política. Si finalmente se hizo no fue en nombre del humanitarismo, sino en nombre de la unión del país. En una carta a Horace Greeley fechada el 22 de agosto de 1862, lo decía bien claro:
No estoy de acuerdo con aquellos que dicen que no salvarán la Unión a menos que al mismo tiempo se salve la esclavitud. Tampoco estoy de acuerdo con los que dicen que no salvarán la Unión a menos que ello implique la destrucción de la esclavitud. Mi primordial objetivo en esta lucha es salvar la Unión, no salvar o destruir la esclavitud. Si pudiera salvar la Unión sin liberar un esclavo, lo haría, y si lo pudiera hacer liberando a todos, lo haría; y si pudiera salvarla librando a algunos y dejando a otros también lo haría. Lo que hago con respecto a la esclavitud, y la raza de color, lo hago porque creo que ayuda a salvar la Unión; y lo que dejo de hacer, lo dejo de hacer porque no creo que ayude a salvar a la Unión.
EL ESTADO DÉSPOTA Y LAS GUERRAS A GRAN ESCALA

Como vimos anteriormente el estado, entendido como ese Leviatán necesario para mantener a raya a unos hombres contra otros, ese estado que actúa como árbitro y policía, con el monopolio de fuerza, corría gran peligro de ser un agente descontrolado que pudiera resultar más peligroso que los problemas que trataba de resolver. La solución propuesta por los herederos de Hobbes y Locke que observaban la creación de un estado constitucional americano fue establecer tres controles al estado: 1) la división de poderes en 3 ramas (la judicial, la legislativa y la ejecutiva) 2) la división del estado a nivel federal y estatal y 3) la celebración periódica de elecciones.

El estado normal en la antigüedad era la guerra. La alta mar era de nadie y a los extranjeros se les podía tratar como se quisiera. Es cierto que siempre ha habido partidarios del pacifismo, los primitivos cristianos lo eran, pero lo pervirtieron al negociar cuotas de poder político. Solo en la Era de la Razón y la Ilustración el pacifismo empezó a herir de verdad al militarismo. No hubo mejor forma que la que comenté a cuento de los duelos; la sátira. Diversas obras de ficción ridiculizaban los motivos por los que acudir a las guerras, y las condiciones en las que dejaban a los pueblos. Uno de ellos era Voltaire, que en su novela "Cándido" introdujo mordaces comentarios antibélicos.

No podemos olvidar tampoco las fuerzas de suma positiva. Con esta expresión, que ya hemos comentado anteriormente, el autor se refiere a todos esos conocimientos y experiencias resultantes de intercambios de muchas personas, que producen beneficios para todos. En el contexto del s. XVIII esto se traduce en la tesis del doux commerce: esta teoría nos dice que en algún momento el ser humano descubrió que sale más rentable, más cómodo y menos traumático, negociar con tu vecino que estar permanentemente en guerra para robarle:

¿Por qué gastar dinero y sangre en invadir un país y robar sus tesoros cuando podemos comprarlos por menos dinero e incluso venderles algunos de los nuestros. El abad Sanit Pierre (1713), Montesquieu (1748), Adam Smith (1776), George Washington (1788) e Immanual Kant (1795) fueron algunos de los escritores que ensalzaron el libre comercio porque conectaba los intereses materiales de los países y, por tanto, los alentaba a valorar el bienestar respectivo. Como dijo Kant: "El espíritu del comercio tarde o temprano atrapa a todo el mundo, y no puede existir junto a la guerra [...]. Así pues, los estados se ven impulsados a favorecer la noble causa de la paz, aunque no exactamente por razones morales".
En el s.XVIII los países más belicosos optaron por esa opción de crear condiciones pacíficas para comerciar. Holanda, Suecia, España, Dinamarca y Portugal rechazaron insistir en la opción imperialista, y se convirtieron en comerciantes. Es una manera de decir que capitalismo y paz van de la mano:
Como preveían los grandes pensadores de la Ilustración, debemos esta paz no solo al desprestigio de la guerra sino a la extensión de la democracia, a la expansión de la industria y el comercio y a la creación de organizaciones internacionales.
EL ORIGEN DE LA REVOLUCIÓN HUMANITARIA

Como hemos visto en apenas un siglo cayeron la caza de brujas, la tortura de presos y herejes, y el esclavismo. Es realmente un gran cambio. También hemos aventurado que un cambio en la sensibilidad ayudó bastante, pero quizás lo que ayudó más fue la capacidad de crear leyes a las que todos se tenían que someter, bajo la amenaza de que el Leviatán viniese a tocarte a la puerta de tu casa. Pero ¿qué fue antes el huevo o la gallina? ¿Cambiamos y creamos leyes, o creamos leyes que nos cambiaron? Hace falta encontrar un factor exógeno que nos ayude a clarificarlo.

El primer candidato es el proceso de civilización, es decir, el desarrollo de la empatía. Algunos dicen que los refinamientos en la mesa y la higiene ayudó a considerar la integridad corporal de la persona, a dignificar su cuerpo y por extensión su existencia. El autor en cambio piensa que, los humanos sentimos asco por la porquería y las secreciones corporales, y ese asco pasa fácilmente al desprecio moral. Es lo que hacen conscientemente algunos pueblos con otros para deshumanizarlos, los mantienen en condiciones asquerosas para que sea más fácil tratarlos mal. En cuanto se cuida la higiene, la persona pasa a dignificarse. 

Otra explicación es que las personas se vuelven más compasivas con la riqueza, cuando sus vidas mejoran. Los países que primero abolieron la crueldad eran los más ricos de la época, pero esta explicación no cuadra mucho con el hecho de que muchos estados ricos fueron un hervidero de violencia, como el Imperio romano. También puede argumentarse la tesis contraria: una experiencia de pobreza te hace más próximo a los sufrimientos de los demás, y ser rico puede alejarte de eso.

La imprenta es otro candidato. Desde que Gutenberg inventara la imprenta, la tecnología se esmeró y junto con los prestamos bibliotecarios y el nacimiento de las novelas, posibilitó que los libros no fueran un bien de lujo sino de masas. Se estimo que esto hizo que el analfabetismo bajara mucho, más de lo que se cree. Sin necesidad de aventurarse en manuales de ciencia o historia, el hábito de la lectura supuso una mejora abismal con respecto a tiempos pasados. Ese parece ser el factor preferido de Pinker para explicar la revolución humanitaria. El mero hecho de leer es una "tecnología útil para adoptar perspectivas". Cuando lees las vidas de otros, irremediablemente tiendes a pensar que la tuya es en gran medida producto del azar: tu nación o tu raza pasa a ser considerado como algo que podría no haber sido. Como cuando viajas, te metes en la piel del extranjero mucho más fácilmente, porque conoces su entorno y sus problemas.

La urbanización, las reuniones, los debates y las puestas en común, también forman parte del clima de la Era de la razón y la Ilustración, y suponen crear unas condiciones de incremento exponencial del conocimiento, de subsanación de errores y diseminación de resultados que lleva inexorablemente al progreso. Según el autor, el mero hecho de poner en común conocimientos, de manera racional, hace que lleguemos a resultados positivos. Es lo que Matt Ridley denominó "apareamiento de las ideas", en su libro "El optimista racional", comentado en este blog hace poco más de un año.

LA ILUSTRACIÓN, LA DERECHA Y LA IZQUIERDA.

Según Pinker, las ideas surgidas de la Era de la Razón y la Ilustración, como el humanismo ilustrado (o liberalismo clásico), se nutrieron de las ideas de Hobbes, Spinoza, Descartes, Locke, David Hume, Mary Astell, Kant, Beccaria, Smith, Mary Wollstonecraft, Madison, Jefferson, Hamilton, y John Stuart Mill. El escepticismo, la orgullosa provisionalidad de la ciencia y por tanto, de las ideas que antes se mantenían como cuestión de vida o muerte, pasó a conformar la manera en la que la gente ahora entendía el mundo. Nadie podía estar seguro de esas cosas por las que la gente tanto había matado y sufrido. No había necesidad de meterse en una guerra por ningún dios. Tampoco necesitábamos estar permanentemente en conflicto con nuestros vecinos, porque podíamos entregar el monopolio de la violencia a un tercero imparcial, al organizarnos bajo un gobierno, que nos permitiese interactuar y negociar entre nosotros con ciertas garantías y seguridad:
Si todo esto nos suena banal y obvio, es que somos hijos de la Ilustración y hemos asimilado su filosofía humanista. Pero si nos atenemos a la realidad histórica, no tiene nada de obvio ni de banal. Aunque no forzosamente ateo (es compatible con un deísmo en el que Dios es identificado con la naturaleza del universo), el humanismo de la Ilustración no hace uso de las escrituras, Jesús, los rituales, las leyes religiosas, los fines divinos, las almas inmortales, la otra vida, las eras mesiánicas o un dios que responda a cada persona. También deja a un lado muchas fuentes de valores laicas si no se puede demostrar que sean necesarias para aumentar la prosperidad humana. Aquí incluimos el prestigio de la nación, la raza o la clase; virtudes fetiche como la virilidad, la dignidad, el heroísmo, la gloria y el honor; y otros destinos, búsquedas, dialécticas, luchas y fuerzas místicas.
Pero quizás la derecha no tenga la exclusividad de la Ilustración. Desde la izquierda, también se reivindica la tradición ilustrada, y se denuncia que la derecha ha manipulado en interés propio dicho legado. Si leemos a Adam Smith, en modo alguno encontramos a un escritor insensible con los demás, sino a un pensador moralista que, como advierte Noam Chomsky, hoy día podía ser considerado como un "marxista delirante". Cuando el liberalismo clásico buscaba la libertad del individuo, se oponía a quien la recortaba, que era el intervencionismo estatal, sin embargo quién la restringe ahora es el capitalismo, y por tanto, si se comprenden las motivaciones originales de la Ilustración, no es ningún error concluir, como Chomsky, que:
[...] es el socialismo libertario el que ha preservado y difundido el mensaje humanista radical de la Ilustración y las ideas liberales clásicas, luego pervertidas para servir de sustento a una idelogía destinada a mantener el orden social emergente. En realidad, partiendo de los mismos supuestos que llevaron al liberalismo clásico a oponerse a la intervención del Estado en la vida social, las relaciones sociales capitalistas son igualmente intolerables. Esto se ve con toda claridad, por ejemplo, en la clásica obra de Humboldt Ideas para un intento de determinar los límites de la acción del Estado, precursora de Mill, al que quizá sirvió de inspiración. Esta obra clásica del pensamiento liberal, concluida en 1792, es en su esencia, aunque de forma prematura, profundamente anticapitalista. Sus ideas hubieron de ser suavizadas, hasta volverse prácticamente irreconocibles, a fin de transmutarlas en una ideología del capitalismo industrial.
El autor cuestiona que la Ilustración sea la responsable de las matanzas y guerras que siguieron a la Revolución Francesa. Ni los críticos de derechas (que se resignan a los defectos de la naturaleza humana) ni los de la izquierda (que niegan la naturaleza para afirmar su particular utopía) tienen en cuenta que los intelectuales de la Revolución Francesa (a diferencia de la Revolución Americana) eran de poca talla intelectual, muy lejos de los clásicos Hobbes, Descartes, Spinoza, Locke, Hume y Kant. Muchos estudiosos dicen que Kant nunca hubiese apoyado una rebelión ni la violencia, pero lo cierto es que mostró bastantes simpatías, aunque fuera como mero espectador satisfecho. Pinker no dice nada de todo esto.

En cualquier caso, ese alejamiento de los intelectuales ilustrados se transformó en un choque frontal y conceptual con la Contrailustración alemana. Según el autor, la Contrailustración reclamaba un conocimiento subjetivo como algo más auténtico. Los individuos no alcanzan el conocimiento exentos de su propia cultura, y si lo consiguen es un error, porque solo viviendo de veras la cultura y limitaciones de cada pueblo es posible comprenderlo. Hay que vivir la experiencia y rechazar la racionalidad, ser vitalista e irracional como lo somos de manera natural. La lucha es lo natural. Esta deriva llevó al darwinismo social, del que Darwin por supuesto no es responsable, pues era un humanista liberal. Pero también llevó a ideologías que supusieron un menoscabo en la tendencia de disminución de la violencia. Una de esas ideologías fue el socialismo marxista, "en el que la historia es una soberbia lucha de clases que culmina con el sometimiento de la burguesía y la supremacía del proletariado."

Pinker se equivoca, o por lo menos no lo explica suficientemente. Lía unas cosas con otras, y especula incluso con corrientes filosóficas. Para mí, ese ensalzamiento de la subjetividad, negación de la racionalidad y exaltación de la lucha como destino manifiesto, no tiene nada que ver con el análisis marxista de la lucha de clases. Ni tampoco con el materialismo histórico que cuya epistemología bebe de las fuentes de la experiencia de aquellos que más sufren, haciendo que los seres humanos seamos conscientes de los sesgos culturales que nuestras ideas tienen. Denunciar que las ideas que se nos proponen, la historia que nos enseñan, y la economía en la que vivimos, todas ellas son hijas de la realidad en la que vivieron quienes nos enseñaron y nos gobernaron... todo eso, no es un insulto a la racionalidad, sino una mejor comprensión de dónde venimos, y como diría Marx, de hacia dónde vamos creando nuestra propia historia, con nuestras propias manos, porque nosotros somos los agentes de la historia.

CAPÍTULO 5: LA LARGA PAZ

Primero hay que desmitificar la mala fama del s.XX. Es cierto que hubo más muertes, pero también es cierto que había más población. En los siglos anteriores hubo muchas más guerras, pero la gente solo recuerda las últimas. Si rectificamos la proporción demográfica, antes de la I Guerra Mundial hubo cinco guerras y cinco atrocidades en las que murieron más personas. La siguiente lista enumera 21 atrocidades y las ordena relacionando el número de víctimas reales y las equivalentes a la población media del s. XX. Los datos son todo lo exhaustivos que pueden ser, teniendo en cuenta la falta de fuentes.


EL RITMO DE LAS GUERRAS Y SUS MAGNITUDES A LA LUZ DE LA ESTADÍSTICA

En todo caso es una luz un tanto confusa. Quizás sea mi falta de preparación en ciencia estadística, pero no termino de comprender algunas conclusiones. El autor dice que la estadística nos enseña que estamos equivocados cuando pensamos que sucesivos hechos al azar no obtendrán resultados similares. Por ejemplo, cuando apostamos por algún número, pongamos el 8, y acertamos, tendemos a cambiar de número en las sucesivas tiradas, porque pensamos que es difícil que vuelva a salir el 8 de nuevo. Sin embargo, según el  denominado "proceso de Poisson", "los hechos producidos al azar parecen venir en grupos". Es decir, que no hay nada raro en que el número 8 se repita más pronto que tarde, o por poner otro ejemplo: la probabilidad de encontrarnos con dos personas, de entre 23 que están en una misma habitación, y que cumplan años el mismo día, es superior al 50%. Nosotros tendemos a pensar que si el proceso es aleatorio, habrá una equidistancia y homogeneidad en los resultados, pero lo cierto es que el azar de este tipo de sucesos continuos establece ciertos patrones. Por ellos también se la conoce como la ley de los sucesos raros.

Pero si a mí ya me parece rara esta ley, el hecho de aplicársela al análisis de cuando empiezan o terminan las guerras, me parece todavía más raro. Lewis Fry Richardson, aplicando esta ley estadística, descubrió que el patrón de inicio y fin de las guerras, lejos de seguir tendencias, ciclos o agrupamientos ilusorios, se regía por el mero azar. Esto es, que un periodo de cruentas guerras no implica entrar en un ansiado periodo de paz, ni a la viceversa, un periodo de paz no incita a ir a la guerra. Bajo esta lógica la Primera Guerra Mundial "seguramente incrementó las posibilidades de que estallase en Europa una contienda como la Segunda Guerra Mundial", en una especie de efecto contagioso estadístico.

Entiendo que con la estadística en la mano se puedan reconocer patrones aleatorios de otros que no lo son, como hace la profesora Deborah Nolan con sus alumnos: a la mitad de sus alumnos les hacía tirar la tiza a la pizarra, y a la otra mitad les pedía que dibujasen como podía quedar la pizarra si tirasen la tiza. Ella, sin estar presente, siempre podía distinguir los resultados de ambos grupos, porque conocía el patrón del azar. Entiendo eso. Pero que de ahí se pueda inferir que cuando se obtienen resultados de patrón azaroso, se siga un pronóstico basado en el azar y se menosprecie otros factores políticos, económicos, estratégicos etc..., me parece un craso error de análisis. 

El autor minimiza el contexto histórico, y concluye que sin el nacionalista serbio que atentó contra el archiduque de Austria Francisco Fernando, la Primera Guerra mundial no se habría desatado. Igualmente sin Hitler, tampoco habría tenido lugar la Segunda Guerra Mundial. Ambos factores son factores aleatorios, que no formaban parte de una tendencia general que enfrentaba necesariamente a los países de Europa. Si ambas guerras se sucedieron demasiado próximas en el tiempo, fue por el azar, no por ninguna tendencia o explicación histórica. Personalmente esto me parece absurdo. Y al autor también debe parecérselo, porque se cura en salud:
Seguramente es una cuestión de perspectiva. Vistos de cerca, los hechos individuales tienen causas determinadas. [...] Sin embargo, si cambiamos a un plan general [...], veremos la suma de un enorme número de causas que unas veces se anulan mutuamente y otras se alinean en la misma dirección. [...], quizás alguien quiera iniciar una guerra; aguarda el momento oportuno, que puede presentarse o no; su enemigo decide entablar combate o retirarse; las balas vuelan; las bombas estallan; la gente muere. Todos los acontecimientos pueden estar determinados por las leyes de la neurociencia, la física y la fisiología. Pero en conjunto, las numerosas causas que entran en esta matriz a veces pueden barajarse y formar combinaciones extremas. Junto con todas las corrientes ideológicas, políticas y sociales que pusieron al mundo en peligro en la primera mitad del siglo XX, esas décadas también sufrieron una racha de muy mala suerte.
El anterior párrafo revela que el autor es consciente de que una explicación ahistórica puede resultar absurda, y por ello no desprecia la historia, pero eleva su análisis estadístico a un nivel superior que contiene a la historia como un mero factor más. Quizás la ciencia no puede establecer criterios objetivos en política e ideologías, pero cuantifica estos factores junto con otros muchos, y saca datos que nos llevan a observar ciertos resultados. La estadística de Richardson no necesita explicar cómo afecta la acumulación de armamento (que era su tesis inicial y que no pudo probar), la ideología o la cultura bélica en el inicio de una guerra; simplemente lo mete todo en una coctelera y nos dice que según los datos históricos, al final resulta que las frecuencias de las guerras siguen un patrón aleatorio.

Pero tal y como nos explica Brian Hayes, los estudios de Richardson no son ni tan útiles como predicción, ni tan rigurosos como parecen. Brian Hayes publicó un artículo en Investigación y Ciencia, en 2004, unos años antes de la publicación de "Los ángeles que llevamos dentro", en el que limitaba el potencial de los estudios de Richardson. En ese artículo escribía:
Trátese de un método burdo, de fuerza bruta, no exento de errores, pero nada tenemos que parezca más prometedor.[...] ¿Qué se puede decir sobre los factores sociales, económicos, culturales y otros agentes causales? Mientras compilaba su lista de guerras, Richardson fue anotando los diversos elementos que los historiadores mencionaban como posibles influencias irritantes o apaciguadoras; buscó después correlaciones entre estos factores y la beligerancia. Los resultados fueron casi uniformemente decepcionantes.[...] Los indicadores económicos tampoco aportaron nada: las estadísticas ni ratifican la idea de que la guerra es principalmente una lucha entre los ricos y los pobres, ni la opinión de que el comercio entre los pueblos crea vínculos que impiden la guerra. [...] El único factor social que sí tiene alguna relación detectable con la guerra es la religión. [...] Pero estos efectos no son de gran importancia.
En definitiva, que aunque Pinker y Hayes coinciden con el resto de la mayoría de científicos en que la aleatoriedad gobierna el ritmo de las guerras, lo cierto es que Pinker silencia la conclusión de que el libre comercio e intercambio no aporta ninguna protección contra la violencia, como viene sosteniendo desde hace varios capítulos con su doux commerce. Y por otra parte, que los factores históricos se anulen entre sí permitiendo resultados azarosos, no implica que debamos cruzarnos de brazos porque todo está determinado. Si hubiésemos dejado que la locura del nazismo fuera contrarrestada por alguna otra fuerza aleatoria, probablemente hubiésemos dejado morir a muchas más personas de las que murieron en la Segunda Guerra Mundial. O no. Todo es muy resbaladizo. Brian Hayes continúa:
[...] los datos de Richardson sugieren que las guerras se asemejan a los huracanes o los terremotos: no cabe saber por anticipado dónde o cuándo se va a producir un acontecimiento concreto, pero sí conocemos cuántos son de esperar a largo plazo. Podemos calcular el número de víctimas; no podemos, sencillamente, decir quiénes serán. Esta consideración de las guerras como catástrofes aleatorias nada tiene de reconfortante. Nos quita el control sobre nuestro destino; no deja lugar a la virtud o la maldad individuales. Si las guerras se producen sin más, ¿a quién se ha de culpar? Tal interpretación supondría una lectura errónea de los hallazgos de Richardson. Las “leyes” estadísticas no constituyen reglas que gobiernen el comportamiento ni de las naciones ni de los individuos; se limitan a describir el comportamiento en el conjunto. [...] Ni la conciencia ni la responsabilidad personal sufren merma alguna por la adopción de una metodología estadística.
Después de tantas cautelas para no caer en el determinismo, el caso es que no se puede esconder que estas estadísticas intentan "describir el comportamiento en el conjunto", y esa descripción implica lo quieran o no, cierto patrón, cierto determinismo (que ese patrón sea un patrón azaroso, no impide que sigamos llamándolo determinista, por paradójico que parezca). El galimatías a ojos de un profano es de hartazgo. Simplemente creo, en mi profana opinión, que la utilidad de aplicar la ciencia estadística a la guerra, no ha tenido demasiado éxito.

Pinker continúa explicando que además de la frecuencia, importa la magnitud de las guerras. ¿qué es peor, muchas guerras pequeñas o unas pocas mundiales? Para ello usa leyes de potencia que producen gráficas sorpresivamente lineales, que no cabría esperar en una gráfica de guerras, tan solo se suelen ver en ciencias como la física. Todo indica que:
[...] las clases más perjudiciales de violencia letal (al menos desde 1820 a 1952) fueron las muertes violentas y las guerras mundiales; en las otras clases de enfrentamientos murió mucha menos gente. [...] en el conjunto del mundo, los homicidios superan en número a las muertes relacionadas con la guerra, [...] las guerras son mucho menos mortales que las enfermedades [...]
El hecho de que las dos guerras mundiales mataran al 77% de las personas fallecidas en todas las guerras acontecidas en un periodo de ciento treinta años es un descubrimiento extraordinario. [...] casi el 80% de las muertes se debieron al 2% de las guerras. La asimétrica proporción nos revela que el esfuerzo global por evitar las muertes debidas a la guerra debería dar la máxima prioridad a evitar las contiendas a gran escala.
LAS IDEOLOGÍAS DE EUROPA: LA POPULARIDAD DE LA GUERRA CAE EN PICADO.

Parece que las guerras estaban volviéndose menos frecuentes pero más letales, al menos entre 1820 y 1950. La historia de los conflictos violentos en Europa parece confirmar que desde 1400, los países europeos se metían en conflictos a razón de más de 3 cada año. Ese ritmo es actualmente casi cero en Europa Occidental.

Las guerras entre dinastías, pero sobre todo las guerras por religión, batieron records de mortandad en sus tiempos. Nada más que los nombres de "La Guerra de los Treinta Años", o "La Guerra de los Ochenta Años", nos dan una idea de lo difícil que era ponerle fin a una guerra por motivos religiosos, donde negociar una paz era sinónimo de pactar con el diablo.

Recogiendo el análisis de Michael Howard, y abandonando su aproximación meramente estadística, Pinker considera que los dos últimos siglos pueden analizarse como bajo la influencia de 4 fuerzas: el humanismo ilustrado, el conservadurismo, el nacionalismo y las ideologías utópicas. La Revolución Francesa, tradicionalmente asociada a la Ilustración, estaría más bien bajo la influencia del nacionalismo e ideología utópica de tipo fascista. Se situaría así, junto a la Francia napoleónica, en una "desfiguración del ideal ilustrado de progreso humanitario", que demoniza a los enemigos, es "mesiánica, apocalíptica, expansionista y estaba segura de su rectitud", actuando más que con la razón con una militancia utópica propia del comunismo o del fascismo.

Puedo comprender que el Terror post-revolucionario, o el despotismo de Napoleón, no fuesen del agrado de cualquier humanista, y que una paz perpetua a punta de pistola no fuese del agrado de Kant. Pero no veo dónde Kant se alejó de la revolución en Francia para decantarse por la revolución en América. Puede que la diferencia en las dos revoluciones merezca ser subrayada, pero lo que digo es que no veo con claridad que Kant estableciese esas diferencias, o renegase de sus simpatías por la versión francesa.

Tampoco veo con nitidez su crítica al nacionalismo, disfrazado de autodeterminación de los pueblos. Pinker, entusiasta de los "herederos liberales de la Ilustración británica", no le gusta que estos flirtearan con el nacionalismo. Ajusta sus propias creencias, y dice que aquellos liberales cayeron en la trampa del nacionalismo y terminaron justificando la autodeterminación de los pueblos. ¿Y qué tiene de malo la autodeterminación de los pueblos? Pues según Pinker, que los representantes de la nación terminan identificándose con una etnia, y excluyen a otros ciudadanos, propiciando la limpieza étnica. Bueno, es el riesgo de dejar que cualquier nación se forme. El riesgo estuvo presente y seguirá estándolo en la creación de un país, pero eso no puede ser el motivo para impedir que un país nazca, o eventualmente, se independice. Personalmente, y sin entrar en matices, me parece una crítica muy simplista y harto insuficiente para anular un pilar del derecho internacional, como el derecho a la autodeterminación.
A mitad de este capítulo, justo cuando abandona el análisis estadístico para adentrarse en "la historia narrativa", es decir, el análisis histórico-político, podemos ver como Pinker se retrata ideológicamente. El autor defiende que desde 1917 el sistema de creencias que imperaba era el ideológico propio de la Contrailustración del siglo XIX. Un sistema de nacionalismo romántico y militarizado que era utópico y expansionista. De ahí surgieron la Italia fascista, el Japón imperial, la Alemania nazi y los programas expansionistas soviéticos y chinos. Pero... ¿donde sitúa a EEUU en todo ese mapa de imperialismo? Ahí es donde digo que Steven Pinker se retrata políticamente:

La Guerra Fría se debió a la determinación de Estados Unidos para contener este movimiento más o menos cerca de sus fronteras al final de la Segunda Guerra Mundial.

Considerar que el papel de EEUU en la Guerra Fría fue una mera contención del frente expansionista que iniciaron los soviéticos, y que no emplearon ni tácticas belicosas ni defendieron ideales imperialistas, es tener unas grandes tragaderas por las que se cuela la propaganda política estadounidense. Más adelante no tiene más remedio que mencionar las operaciones encubiertas de la CIA para derrocar gobiernos democráticos en Irán, Guatemala o Chile, pero las considera excepciones en el historial democrático de EEUU.

En "Cómo funciona el mundo", Noam Chomsky compara el expansionismo de la URSS y el de EEUU, y como todos sabemos, el de EEUU sale ganando con creces:

Por el lado soviético, los hechos de la Guerra Fría consistieron en varias intervenciones dentro de Europa del Este: tanques en Berlín Oriental, Budapest y Praga. Esas intervenciones se dieron a lo largo de la ruta que se había usado para atacar y casi destruir Rusia tres veces en este mismo siglo. La invasión de Afganistán es el único ejemplo de intervención soviética fuera de esta ruta, aunque también sucedió en la frontera con la URSS.
Por el lado estadounidense, las intervenciones tuvieron lugar en todo el mundo. Esto refleja la posición de EEUU como la primera potencia verdaderamente global de la historia.
Edward S. Herman y David Peterson escribieron una dura reseña contra Pinker, sobre todo por su posicionamiento del lado de EEUU en su política exterior (aunque también atacan los métodos y las fuentes). Una de las muchas críticas (más adelante mencionaré alguna más) consiste en denunciar que una de las fuentes que usa (UCDP-PRIO) considera a EEUU como un "actor secundario" en las guerras de Irak y Afganistán, como si fuese un estado que acude en ayuda de otro, cuando todos sabemos que EEUU invadió esos países.

En cambio sí estoy de acuerdo con la relevancia cultural, o al menos con el precedente moral, que le da al grupo de intelectuales antibelicistas del s. XIX y XX. Los debates y manifestaciones que propulsaron Lev Tolstói, Victor Hugo, Mark Twain y Bertrand Russell entre otros, dinamitaron la conceptualización de la guerra como algo honorable, heroico, romántico, moral o incluso útil. George Bernard Shaw también es mencionado por Pinker como uno más de este movimiento antibélico, aunque dudo que si lo analizase con más detenimiento, como yo mismo hice en mi reseña anterior, concluyese que se trata de un caso de rechazo genuino de la violencia. Como veremos más adelante al hablar del genocidio en el capítulo 6, Pinker conoce lo flirteos de Shaw con el fascismo y sus fantasías genocidas, pero aún así lo sigue mencionando como pacifista. Aunque Shaw se opuso a ambas guerras mundiales, su principios no eran realmente pacifistas al estilo cuáquero, y en cualquier caso al final terminó posicionándose con los aliados en ambos conflictos. Pinker no estaría muy de acuerdo con los gruesos análisis de Shaw sobre los medios y los fines. Aún así, puedo aceptar que Shaw caló en la mentalidad popular gracias a su mordacidad y capacidad de ridiculizar la grandeza de la guerra, entre otros dogmas de la época. Lo mismo podría decirse de Oscar Wilde, que dijo: "Mientras se considere mala, la guerra conservará su fascinación. Cuando sea tenida por vulgar, cesará su popularidad."

Aunque estos voceros antibélicos, junto con otros autores literarios (o cinematográficos, como Charles Chaplin o los Hermanos Marx) que plasmaron el sinsentido, la denigración y la infructuosidad de las guerras, tuviesen mucho éxito popular, lo cierto es que no eran tomados en serio en la realidad política del día a día. Digamos que se les concedían ciertas extravagancias por ser artistas, pero no se les dejaba que sus argumentos entrasen de lleno en los parlamentos. Esto limitaría su trascendencia política, pero no anularía su trascendencia cultural. Quizás esta panda de rebeldes no gobernaran, pero ejercieron un papel de "Pepito Grillo" que no podía obviarse sin más. Fueron determinantes en la creación del Tribunal de Arbitraje Internacional de la Haya y las convenciones de Ginebra, pero su influencia se proyectó más profundamente en la propia concepción de la guerra:

La Primera Guerra Mundial puso punto y final no solo al militarismo romántico del pensamiento dominante occidental sino también a la idea de que la guerra era de algún modo deseable o inevitable. "La primera Guerra mundial -observa Luard- transformó actitudes tradicionales hacia la guerra. Por primera vez hubo una sensación casi universal de que emprender una guerra a propósito ya no se podía justificar." No era solo que Europa estuviera aún recuperándose de la pérdida de vidas y recursos. Como señala Mueller, en la historia europea anterior había habido guerras de una destructividad similar, y en muchos casos los países se sacudían el polvo y, como si no  hubieran aprendido nada, enseguida se metían en otra guerra. Recordemos que las estadísticas de enfrentamientos mortales no denotaban cansancio de la guerra. Para Mueller, esta vez la diferencia crucial era que un movimiento antibelicista articulado había estado acechando en un segundo plano y ahora podía decir: "Ya os avisamos".

Esta caída de la popularidad de la guerra fue acompañada de una serie de estadísticas "cero" que resultan muy halagüeñas. Desde 1945, cero es el número de veces que se han usado armas nucleares o que se han enfrentado las dos superpotencias, así como el número de guerras entre estados europeos (desde 1400 iban a ritmo de 2 guerras al año) y en el resto del mundo también fueron cero las guerras entre países desarrollados. Cero también fueron las veces que un país intentó expandir su territorio, y desde 1975 ningún país ha conquistado partes de otro país. Todas estas estadísticas cero, son lo que el autor llama "Larga Paz".

En general estoy acuerdo con estos datos, pero en su interpretación hay una ausencia de crítica a EEUU. Cuando la URSS invadió Afganistán, EEUU no se limitó a retirar su equipo de los Juegos Olímpicos de Moscú, como dice Pinker, sino que continuó financiando y entrenando a muyahidines para que luchasen contra el gobierno comunista de Afganistán. A decir verdad, fue precisamente esa financiación y entrenamiento lo que impulsó la invasión soviética. EEUU no estaba dispuesto a dejar crecer un área de influencia soviética en Oriente Medio, y aprovechó para crearle a la URSS su propio Vietnam. A la larga, el tiro les salió por la culata, porque fueron los triunfantes muyahidines los que crearon el estado talibán y dieron protección a Bin Laden.

Otros muchos factores coadyuvaron a la Larga Paz: el abandono del servicio militar obligatorio, la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la congelación de las fronteras nacionales como algo que hay que respetar, la resistencia democrática a guerras como la de Vietnam, la tecnología inteligente que limita las bajas civiles aunque no las elimina, la estigmatización de las armas nucleares como anteriormente se estigmatizó el uso de gas tóxico, incluso el intento de seguir el ejemplo y conseguir su erradicación se está llevando a cabo por políticos tan lejanos de ser considerados pacifistas ilusos como Henrry Kissinger.

Además de los ya ofrecidos, apoyándose en las obras de Kant, el autor ofrece cuatro factores complementarios para explicar la Larga Paz: el democrático, el liberal, el de pertenencia a organizaciones intergubernamentales y el moral. Con respecto al democrático dice que ninguna democracia a entrado nunca en guerra contra otra democracia, y despacha a la ligera las intervenciones de la CIA en países democráticos como si fueran una excepción en el historial imperialista de EEUU. El factor liberal en el sentido amplio de la palabra, del liberalismo clásico, es el factor pacificador del libre comercio que parece ser incluso más potente que el factor democrático, aunque como señala el propio autor, antes de la I Guerra Mundial, hubo un auge del comercio que no impidió la contienda. El tercero es el requisito kantiano de formar una "federación de estados libres" que es lo que sucedió por ejemplo al crearse la Unión Europea (y sus antecesores, como la Comunidad Europea del Carbón y el Acero). El último tiene que ver con un factor moral que repudia la guerra y que ha sido estudiado en capítulos anteriores.


CAPÍTULO 6: LA NUEVA PAZ

"La nueva paz" es la expresión que he elegido Pinker para denominar al reciente descubrimiento de que el número de víctimas asociado a ciertos tipos de violencia ha disminuido. Los tres tipos de violencia, distintos de las guerras analizadas hasta ahora, son: las guerras civiles, los genocidios y el terrorismo. Y si la relacionamos con el resto de fases, la nueva paz no es tan duradera como la larga paz, ni ha supuesto ninguna revolución como la revolución humanitaria, ni tampoco ha cambiado una civilización como hiciera el proceso de civilización. Aún así, no hay motivos para el pesimismo, es posible que dure poco, pero también hay motivos para pensar que puede durar más de lo que muchos creen.

GUERRAS CIVILES

El que las cifras hayan bajado se atribuye a que en su momento se dispararon mucho. ¿Cuándo? Con la descolonización, cuando se dejaron a grandes poblaciones en una semianarquía que carecía del poder coactivo de Leviatán. Algo parecido sucedió con la caída del comunismo al finalizar la Guerra Fría:

En cifras absolutas, las muertes anuales en combate han disminuido en más de un 90%, desde alrededor de medio millón al año a finales de la década de 1940 a unas treinta mil anuales a principios de la década de 2000. [...] Hasta hace poco, la forma más letal de guerra era con mucho la guerra entre estados. [...] En la actualidad, las guerras tienen lugar ante todo en países pobres, [...] Ni las conexiones económicas ni las conexiones geográficas con la guerra son una constante en la historia. Recordemos que durante medio milenio los países ricos de Europa estuvieron siempre como el perro y el gato. En el mundo actual, la relación entre la pobreza y la guerra es fluida pero muy poco lineal.

El autor no se atreve a unir pobreza y guerra civil. Hay datos que nos invitan a pensar en una relación lineal, pero no existe realmente. A veces es una pescadilla que se come la cola. Y muchos países africanos tienen valiosos recursos naturales que no los salvan de la guerra; es lo que se llama "la maldición del recurso". Cuando una democracia débil encuentra recursos naturales como oro, petróleo o diamantes, y al frente del país hay un líder local codicioso, entonces la fluidez del comercio se ve mermada. La obsesión por los contrincantes y los señores de la guerra, hace que se descuide la estabilidad de instituciones comerciales y se idealice la revolución y las armas. En cualquier caso es conveniente diferenciar rico en materias primas a rico en productos finales; lo que los separa es el conocimiento para transformar una cosa en la otra. También hay que mirar con lupa la ayuda internacional (diferente de la ayuda médica y alimentaria de emergencia) que cae normalmente en saco roto, o que incluso es contraproducente, según indica Dambisa Moyo. Esta paradoja está dentro de otra mayor. Y es que una democracia previene contra la guerra civil, pero una dictadura también. En cambio, una anocracia, un país que está a mitad de camino entre democracia y dictadura, no pronostica un resultado intermedio; es muy probable que caiga en violencia interna. La relación entre democracias/dictaduras y guerras civiles no es lineal.

Los datos de los conflictos no estatales, aquellos en los que los dos bandos son tribus, facciones, etnias, señores de la guerra etc..., han sido ocultados incluso por la ONU, ya que a los reyezuelos de turnos no les gusta que los científicos sociales vayan a husmear lo que sucede dentro de su país. Antiguamente, cuando había grandes territorios sin gobierno efectivo, podemos pensar que había muchos más, pero a partir de 2002, se sabe que el número de estos conflictos intercomunitarios son aproximadamente los mismos que los estatales, y además, mueren muchas menos personas que en aquellos en los que sí hay implicado algún estado.

DESMITIFICANDO ALGUNOS DATOS

Pinker rastrea y desmitifica tres datos popularmente aceptados y que considerada cifras hinchadas de bajas. El primer dato nos dice que hace un siglo, el 10% de las muertes en las guerras correspondían a civiles, y el 90% a militares, mientras que actualmente la proporción se han invertido, siendo 90% de bajas civiles frente a 10% de bajas militares. Pero tras rastrear de donde vienen esos datos, Pinker afirma que esto es un mito y que las bajas civiles suelen ser la mitad, y aunque todo varía de una guerra a otra, la proporción no ha aumentado con el tiempo. Sin embargo, según Goldhagen, del que hablaré a continuación, y de cuyos datos hace uso Pinker profusamente, defiende esta ratio. Goldhagen comenta:
"Durante la I Guerra Mundial, la relación entre los muertos y heridos militares y civiles en guerra fue de diez víctimas militares por cada víctima civil. Incluso en la II Guerra Mundial, que llegó a ser infame por la matanza de civiles a manos de los alemanes, la relación fue de uno a uno. Desde 1945, en más de doscientas guerras civiles -la mayoría de las guerras se han producido dentro de los países- la relación entre víctimas civiles y militares casi se ha invertido. La cifra de muertos y heridos civiles supera a la de los militares a razón de más de nueve a uno."
En la nota 19 del último capítulo de "Peor que la guerra" menciona su fuente, el juez Richard Goldstone, en una conferencia de 2005. Pero Goldstone no cita fuentes, aunque insiste en ratios similares para múltiples guerras como la de Corea o Vietnam, por ejemplo.

El segundo caso es el estudio de The Lancet de 2006 sobre las bajas en la Guerra de Irak, que arrojaba la cifra de 655.000 bajas, mientras que una vez corregido una cifra más veraz sería 110.000 (paradójicamente esta cifra casi coincide con la que The Lancet publicó dos años antes, y que la derecha denunciaba como exagerada, como se pudo ver en el debate Hitchens/Galloway). Quizás la crítica más devastadora a Pinker, no solo en relación a esta estadística, sino en el sesgo político de su libro, la hicieron Edward S. Herman y David Peterson en su ensayo "Negando la realidad: la apología de la violencia occidental-imperialista de Steven Pinker". En relación al estudio de The Lancet, Herman y Peterson denuncian que Pinker usa un doble rasero al rechazar el método de estudio retrospectivo de la Universidad John Hopkins (publicado por The Lancet), mientras que da por válidos estudios igualmente retrospectivos en otras partes del libro.

El tercer ejemplo es la cifra de 5,4 millones de muertos en la guerra de la República Democrática del Congo, cuya metodología es dudosa, pero aún admitiéndola equivaldría al 1% de la población, es decir, cuatro veces menos que las bajas en la Guerra de Corea que supuso la muerte del 4,5% de la población:
"Las muertes por desnutrición y hambre han estado bajando continuamente con los años, [...] Durante las tres últimas décadas, sólo las vacunas (que en 1974 protegían sólo al 5% de los niños del mundo y actualmente protegen al 75%) han salvado veinte millones de vidas."
GENOCIDIO

La aproximación que usa Pinker para acercarse al fenómeno del genocidio me recuerda bastante a la que usaba Daniel Jonah Goldhagen. En su momento analicé el libro de Goldhagen, "Peor que la guerra". Pinker lo explica con la psicología de las categorías. Cuando a efectos estadísticos ponemos una etiqueta a un grupo de personas, solemos olvidar que solo es a efectos estadísticos, particularmente si estamos inmersos en algún conflicto de algún tipo. Entonces usamos esa categoría para establecer el comportamiento de un miembro, o de todos los miembros de una categoría. Incluso les otorgan atributos morales a todos los miembros de esa categoría. Así, los estadounidenses de la II Guerra Mundial creían que los rusos eran mejores que los alemanes, mientras que en la Guerra Fría, invirtieron su opinión. Al final se termina asignando cualidades biológicas e inalterables a grupos religiosos o étnicos. Pero en lo que más se parece al análisis de Goldhagen, al cual cita en varias ocasiones como fuente, es al apoyar la investigación de los motivos de los dirigentes, los cuales son indispensables para hacer realidad los sueños genocidas del pueblo. Esas motivaciones suelen venir de ideologías utópicas o demonizaciones que permiten hacer un cálculo moral utilitario ¿cuántas personas debemos quitarnos de en medio para alcanzar un estado de felicidad y justicia para todos? "El fin justifica los medios" está en el corazón de acero de esas ideologías.

Algunas de esas ideologías se expresan bajo la forma de un utopismo agrario, frente a la decadencia de lo urbano. Goldhagen lo explicaba con el caso de los Jemeres Rojos, como una aversión a la modernidad. Pinker lo explica como una incapacidad inicial que los humanos tenemos para comprender el funcionamiento de la modernidad. Nuestra intuición, o como él dice, nuestra economía intuitiva, nos empuja a pensar en términos de intercambios simples y equitativos. A priori, nuestro concepto de la equidad se esfuerza por encontrar la equivalencia entre el número de ovejas que tenemos dar a nuestro vecino para que él nos dé una vaca, o cualquier otro ejemplo de por el estilo:

Esto no encaja fácilmente en el engranaje matemático abstracto de una economía moderna, que incluye el dinero, el beneficio, el interés y la renta. En la economía intuitiva, los agricultores y los artesanos producen artículos de valor palpable. Los comerciantes y otros intermediarios, que se llevan un beneficio al trasladar bienes sin que del proceso surja nada nuevo, son considerados parásitos pese al valor que crean al permitir transacciones entre productores y consumidores que no se conocen o están separados por grandes distancias. Los prestamistas, que entregan una suma y luego exigen una suma adicional a cambio, aún son más odiados, pese a la labor que realizan al proporcionar a la gente dinero en momentos en que pueden darle un uso óptimo.

Los genocidios no son algo nuevo del s. XX, desde la antigüedad se han venido practicando a menudo sin ningún obstáculo ni reflexión moral. Su cuestionamiento empezó a finales del s. XIX, por las masacres del imperio británico y la de los americanos en su nueva tierra. Incluso tan recientemente como en la II Guerra Mundial, entre el 10 y el 15% de los americanos propuso el exterminio de los japoneses. Y no olvidemos que buena parte del mundo de las letras británicas "deshumanizaba ferozmente a las muchedumbres, a las que consideraba tan vulgares e impersonales que su vida no merecía la pena ser vivida"; Shaw sería un buen ejemplo de esto.

Pinker defiende que los gobiernos "como promedio, provocan tres veces menos muertes que las formas alternativas", pero sin embargo en la página 422 dice:
[...] en los conflictos no estatales mueren muchas menos personas que en los conflictos en los que hay algún gobierno implicado, quizás una cuarta parte. Tampoco resulta sorprendente, pues los gobiernos están en el negocio de la violencia casi por definición.
Una contradicción entre tanta maraña de estadísticas no es de extrañar. Lo que sí me parece más grave es el sesgo político que imprime a sus enfoques. Está claro que Pinker no tiene una opinión favorable al marxismo. Dispone de muchos datos que avalan las muertes que causaron dictaduras comunistas. Pero siendo eso cierto, tan solo es una cara de la moneda. Tal y como dice Terry Eagleton, "las naciones capitalistas modernas son el fruto de una historia de esclavitud, genocidio, violencia y explotación tan abominables como las de la China de Mao o la Unión Soviética de Stalin." No se trata del "y tú más", pero tampoco se puede pretender esconder la otra parte de la historia. Pero cuando Steven Pinker desbarra del todo es cuando pretende hacer responsable del nazismo... ¡al marxismo! El peregrino argumento es que Hitler leyó a Marx, y que de alguna manera Hitler se contaminó de tan letal veneno. Así, todos los asesinos anticomunistas que ha habido en la historia, lo fueron gracias a que el comunismo existía. El argumento anda entre la broma y la estupidez. Con el mismo criterio podríamos decir que Martin Luther King y sus ideas igualitarias motivaron a su asesino, y que las ideas de justicia social han sido las causantes de tantos linchamientos y muertes. Evidentemente Pinker, se cuida de no parecer tan tosco como yo lo cuento, pero solo queda en un intento:
La aparición de la ideología marxista [...] contribuyó al cometido por el régimen nazi de Alemania. Hitler leyó a Marx en 1913 y, aunque detestaba el socialismo marxista, su nacionalsocialismo sustituyó clases por razas en su ideología de una lucha dialéctica hacia la utopía, razón por la cual algunos historiadores consideran que las dos ideologías son "mellizas". El marxismo también desencadenó reacciones que condujeron a politicidios llevados a cabo por regímenes furiosamente anticomunistas en Indonesia y Latinoamérica [...]. La cuestión no es que haya que culpar moralmente al marxismo por estas consecuencias no deseadas, sino sólo que cualquier relato histórico debe admitir las amplísimas repercusiones de esta ideología.
Pues bien, como señalan Edward S. Herman y David Peterson [este enlace es una versión resumida del anterior], reconozcamos también las repercusiones históricas del capitalismo, como la Primera Guerra Mundial, el genocidio de los nativos americanos, el tráfico de esclavos africanos o las colonizaciones de los siglos XVII y XIX. Pinker silencia todo eso.

TERRORISMO

El terrorismo, como su propia palabra indica, genera más miedo que muertes. Sin duda los terroristas matan, pero no lo hacen en mayor proporción que las guerras o los genocidios. Ni siquiera en mayor proporción que las muertes por accidentes de tráfico, homicidios, complicaciones quirúrgicas o ataques de ciervos e incluso alergia a los cacahuetes. Pinker no pretende ridiculizar a las víctimas del terrorismo, tan solo ubicar donde se sitúan a nivel estadístico con respecto a otras causas de muerte, para a continuación denunciar la obsesión que se ha instalado en la mentalidad colectiva a partir del 11-S.

Pero el momento más brillante a la hora de analizar el terrorismo es cuando estudia su ineficacia. Obviamente, si su objetivo es causar terror, se puede decir que los terroristas lo han conseguido. Pero en realidad ese no es su objetivo, sino su medio para conseguir un fin político:
Israel sigue existiendo, Irlanda del Norte aún forma parte de Reino Unido y Cachemira pertenece a la India. No hay estados soberanos en Kurdistán, Palestina, Quebec, Puerto Rico, Chechenia, Córcega, Tamil Eelam o el País Vasco. Filipinas, Argelia, Egipto y Uzbekistán no son teocracias islamistas [...]
Dejando a un lado victorias meramente tácticas (como atención mediática, nuevos apoyos, presos liberados o cobro de rescates), observó que sólo tres de ellas (el 7%) habían alcanzado sus objetivos [...] El índice de éxito está muy por debajo de otras formas de presión política como las sanciones económicas, que surten efecto aproximadamente una tercera parte de las veces.
Si a eso le añadimos que el terrorismo (salvo en Irak y Afganistán) ha bajado desde hace unas décadas, y que en donde ha subido, que es en su forma musulmana fundamentalista, también está bajando recientemente, el panorama es esperanzador. Según Pinker, el terrorismo suicida está en declive porque las matanzas de civiles originan una deslegitimación cada vez mayor, incluso entre países que antes apoyaban a los yihadistas, como Indonesia o Arabia Saudí. Incluso los dirigentes de Cisjordania le han dado la espalda a la violencia terrorista.

Resulta curiosa la explicación pseudo-científica que Pinker propone para explicar el terrorismo suicida; no solo la religión, sino el hermanamiento que se produce en las guerras es lo que hace que muchos busquen sacrificarse por los suyos, como si fueran miembros de su propia familia. Y esto es así porque la evolución premia a los que se sacrifican por miembros portadores de genes familiares. Lo de pseudo-científica no solo lo digo por mis dudas con respecto a la psicología evolucionista, ciencia de la que se suele destacar su parte evolutiva, olvidando su alto contenido especulativo. Lo digo porque el siguiente párrafo me parece demasiado atrevido para mi gusto:
En Cisjordania y Gaza, a muchos hombres les cuesta encontrar esposa porque su familias no pueden pagar los costos de una novia, [...] el 99% de los terroristas suicidas palestinos son hombres, el 86 % no están casados y el 81% tiene al menos seis hermanos [...] cuando un terrorista suicida salta por los aires, la compensación económica puede pagar suficientes novias para sus hermanos, de modo que, desde el punto de vista reproductor, su sacrificio merece la pena.
En otro capítulo, Pinker hace referencia a mis objeciones a la psicología evolucionista, aunque obviamente, como buen psicólogo evolucionista, defiende que hay pruebas que soportan esa ciencia. Sin embargo, si el lector lee con cuidado, lo que está diciendo es que las hipótesis ingeniosas de la psicología evolucionista, son solo eso: hipótesis ingeniosas. Hasta que son confirmadas por otra vía diferente, no deberían pasar de esa fase. De hecho, no deberían presentarse como explicación de nada hasta no ser verificadas. Y lo que no se da cuenta Pinker, y tantos otros psicólogos evolucionista, es que no suelen aportar pruebas, por mucho que diga lo contrario. A continuación el párrafo en donde reconoce que, en alguna ocasión, esas pruebas han tumbado las hipótesis de la psicología evolucionista. Pero la pregunta subsiguiente que nadie se hace es: ¿por qué no presentamos algunas pruebas antes de seguir esgrimiendo hipótesis que después las pruebas pueden invalidar?:
¿Puede la psicología evolutiva explicar el sesgo de género? Según los críticos de este enfoque, esto es sólo un ejercicio de creatividad, pues siempre se puede plantear alguna explicación evolutiva ingeniosa para cualquier fenómeno. Sin embargo, se trata de una ilusión derivada del hecho de que muchas hipótesis ingeniosas han sido confirmadas por los datos. Un éxito así dista mucho de estar garantizado. Una hipótesis destacada que, pese a todo su ingenio, resultó ser falsa fue la aplicación de la teoría de Trivers-Willard de las proporciones de sexos al infanticidio femenino en los seres humanos.
En el penúltimo capítulo, Pinker hace una defensa de la selección natural que me parece acertada. Sin embargo, permítaseme jugar un poco con el lector y cambiar la expresión "selección natural" por "psicología evolucionista", y veremos cuán ridícula y poco fundamentada quedaría la defensa de esta psicología:

Aunque a veces se describe que las hipótesis sobre la selección natural son falacias ad hoc inverificables a menos que alguien invente una máquina del tiempo, de hecho la selección natural es un proceso mecanicista característico que deja señales de su obra tanto en el diseño de cuerpos de organismos como en la confección de sus genomas.
LAS CUATRO AMENAZAS MÁS SERIAS A LA NUEVA PAZ

1ª) El mundo musulmán es una excepción al declive de la violencia, y es que allí se aceptan ciertas formas de violencia que aquí han quedado en el pasado. Definitivamente con las estadísticas en la mano se puede decir que el mundo musulmán se perdió la revolución humanitaria (aunque como resalta Pinker, no fue así durante la Edad Media). El motivo puede que fuera la no separación de Iglesia y Estado, o la oposición a la imprenta (por el temor a imprimir el Corán en otra lengua que no fuera la árabe). Sin embargo Pinker se declara contrario al choque de civilizaciones de Samuel Huntington. Tras situar al mundo musulmán en un atraso humanitario e intelectual, comienza a dar datos de como ese atraso no va tanto más allá como nos suelen decir los medios de comunicación. Los musulmanes quieren que la Sharia sea una de las fuentes legislativas, pero la mayoría de los americanos quieren lo mismo de la Biblia. Esa opinión, no significa que ni unos ni otros quieran verter tanta sangre como sus textos sagrados narran:
Como el compromiso de los americanos con la Biblia, el de los musulmanes con la Sharia es más una afiliación simbólica a ciertas actitudes morales asociadas a lo mejor de su cultura que un deseo literal de que se apredree a las adulteras hasta la muerte.
El mensaje positivo del autor es que la mayoría de los musulmanes rechaza la violencia de Al Qaeda (sólo el 7% de los encuestados por Gallup apoyaba el 11-S cuando Al Qaeda estaba en su máximo punto de popularidad en 2007), y aunque ven humillaciones y afrentas religiosas por todos lados, lo cierto es que tienen motivos para desconfiar de EEUU y su versión de la democracia que ha ido sembrando dictadores por todo Oriente Medio. La primavera árabe, con auténticos valores democráticos, no violentos y anti-yihadistas, apunta a que el temido choque de civilizaciones no sucederá.

2ª) El terrorismo con armas de destrucción masiva no es tan peligroso como parece. Las armas que pueden causar muchas muertes necesitan de un mantenimiento y manipulación que los grupos terroristas no pueden soportar. Las bombas sucias, las armas químicas etc., apenas se han llegado a usar. Son muy caras, necesitan espacios cerrados, apenas producen radiación,... en treinta años solo se han usado en 3 ocasiones. ¿Y las nucleares? Estas sí son un peligro mayor, aunque presenta muchas complejidades e improbabilidades (una entre diez de que un grupo terrorista tenga éxito con armas nucleares). Pinker no dice que sea imposible, sino que no es tan inminente y probable como muchos dicen.

3ª) Una guerra nuclear con Irán está en la psique de todo occidental que haya visto la aversión de Irán hacía EEUU. Una aversión que existe en buena medida a causa de las perrerías que EEUU ha hecho en Irán (quitar a un presidente elegido democráticamente para poner a un dictador ciertamente puede ser una perrería). El inefable líder Mahmoud Ahmadinejad dijo querer borrar a Israel del mapa y negó el Holocausto, junto con otras muchas amenazas que soltó públicamente cuando era Presidente de Irán (al siguiente año de la publicación del libro que nos ocupa perdió las elecciones). Pinker no se deja llevar por el personaje, y declara que Kamenei [Jamenei], el jefe supremo en Irán con más poder que Ahmadinejad publicó una fatwa en la que decía que el islam prohibe las armas nucleares. También quita hierro al asunto de "borrar a Israel del mapa" como una mala traducción del discurso de Ahmadinejad. Pero quizás esté más de acuerdo con Goldhagen, ya que las múltiples amenazas violentas de Irán son de un tipo genocida muy parecido al de Hitler. Son tres los presidentes iraníes que han llamado a la aniquilación de Israel, y tantos exabruptos no pueden ser todos malinterpretaciones o deslices, se sitúan más bien dentro del contexto eliminacionista que Goldhagen analiza en su libro "Peor que la guerra". Ahmadinejad no solo negaba el holocausto judío (aunque lo hiciese como medio para denunciar la manipulación del mismo para humillar a los palestinos), sino que auspició una reunión de negadores del Holocausto. ¿Lo hizo solo para ofender a Israel y luchar por la causa palestina, o por el contrario, quiere negar el holocausto y reescribir la historia? En cualquier caso no le importaba pisotear la verdad y asociarse con todo tipo de negadores del holocausto. Como le dijo en una ocasión Larry King, se puede defender la causa palestina sin tener que ser un negador de la historia.

4ª) El calentamiento global puede producir una escasez de recursos y un duro golpe para muchas economías. Pero también hay muchos países con hambre y falta de recursos que no han llegado a ningún conflicto armado. Ni los huracanes ni los tsunamis dan lugar a guerras. Algunos factores sí hacen más probables las guerras, como la pobreza, la inestabilidad política y tener petróleo, pero no la sequía o los huracanes.

CAPÍTULO 7: LAS REVOLUCIONES POR LOS DERECHOS

Ha habido muchas revoluciones por los derechos de diferentes colectivos. Los derechos civiles que se enfrentaban a una sociedad que linchaba impunemente a los negros tuvieron un gran éxito. El mundo ha cambiado mucho en ese respecto. Incluso los disturbios raciales que todavía se pueden registrar en EEUU, o los que sucedieron en los años 60, eran disturbios en los que los negros eran los alborotadores, no las víctimas. Eso no significa que dejase de haber racismo, o que no sea conveniente seguir denunciándolo. Lo que Pinker está subrayando, es que el avance, aunque insatisfactorio, ha sido gigantesco; la opresión contra las mujeres que incluía leyes que permitían violarlas golpearlas y recluirlas a manos de sus maridos, ahora se predica de la paridad de cargos públicos universitarios. La diferencia es más que significativa. Y por seguir con EEUU, pero también siendo extensible al resto del mundo con estadísticas en la mano:
"Pese a toda la publicidad que reciben los crímenes de odio, actualmente en EEUU se han convertido en un fenómeno por fortuna poco común. [...] a finales de la década de 1950 sólo el 5% de los americanos blancos aprobaba el matrimonio interracial. A finales de la de 1990, lo aprobaban dos terceras partes, y en 2008 casi el 80%."
Con respecto a la discriminación contra la mujer, los malos tratos han disminuido así como las violaciones. Pinker acusa a algunas asociaciones de apoyo a la mujer, junto a otros activistas de otras causas, de que tienden a minimizar los éxitos para seguir luchando y avanzando en sus causas.  En concreto con respecto a las mujeres, dice que algunas asociaciones han exagerado y manipulado una famosa estadística que dice que 4 de cada 10 mujeres universitarias son violadas en EEUU. Este mensaje de algunos activistas en vez de celebrar los éxitos nos quieren dar a entender que ahora se está peor que nunca. Lo cierto es que el índice anual medio de violaciones ha bajado durante los últimas cuatro décadas un 80% y que los hombres de 1994, que son hijos culturales de los logros feministas, aprobaban la violencia doméstica menos que las mujeres de 1968.

En términos generales el tema de las mujeres me ha parecido correcto, en la línea del resto del libro. No obstante hay algunas ligeras digresiones sobre una explicación evolutiva de la violencia machista o el infanticidio femenino, o una sorprendente corriente académica que defiende que la violencia doméstica es bidireccional a partes iguales entre hombres y mujeres, que han llamado mi atención y que requerirían más tiempo de investigación para decidir su seriedad:
"los hombres no ejercen más violencia doméstica que las mujeres. El sociólogo Murray Straus ha llevado a cabo numerosos estudios confidenciales y anónimos en que preguntaba a las personas si habían utilizado alguna vez la violencia contra su pareja, y no observó diferencia entre los sexos."
Obviamente no estamos hablando de las estadísticas de mujeres asesinadas a manos de sus esposos o novios, sino de niveles de violencia de menor entidad (lanzamiento de platos o bofetadas). El nivel de violencia más grave ha caído empicado desde 1993. Y los niveles de asesinatos maritales se han reducido en una sexta parte desde los tiempos de la revolución feminista. En general estos datos son los que se pueden encontrar en Occidente y en países avanzados, aunque hay sus excepciones. Corea y Japón con altos grados de desarrollo tienen altos niveles de violencia doméstica, y en zonas del mundo menos desarrolladas como Egipto Jordania, Indonesia, Pakistán y Kenia, más del 60% de los encuestados son favorables de la igualdad de derechos.

Los derechos de los niños también han tenido su revolución exitosa. Las prácticas de infanticidio, ya sea selectivo del sexo o no, han disminuido. Lo mismo se puede decir del aborto sin que ello implique equipar un hecho con otro. Quienes sí querían equiparlos defendieron en su momento que legalizar el aborto, llevaría por un pendiente resbaladiza hasta legalizar el infanticidio (es curioso que muchos de estos fueran creyentes en el Antiguo Testamento, un texto que no duda en usar el aborto como castigo contra pecadoras y que trata a los fetos como a una cosa, e incluso a los niños menores de un mes que ni siquiera debían ser censados como personas según el criterio de Yahvé). Ningún país que ha legalizado el aborto ha caído por esa pendiente.

Hemos tenido que vencer la mentalidad que permitió una larga y triste historia de castigos violentos contra los niños. Antes se consideraba que la única forma de socializarlos era a la fuerza. Eran "pequeños diablos" en algo más que un sentido metafórico, ya que se consideraba que nacían con propensión al pecado. Los castigos corporales rigurosos fueron habituales durante siglos. Hasta la Ilustración. Primero fue Locke quien dijo que los niños eran moldeables, como una pizarra en blanco a los que había que tratar bien para que después se convirtieran en buenos hombres, comprendiéndolos y empatizando con ellos, dejándolos con sus tonterías en lugar de esperar la seriedad propia de un adulto. Después algunos sucesores de Locke profundizaron en la idea de que el modo de tratar a los niños determina el tipo de adultos en que se convertirán, como John Milton que dijo: "La infancia muestra al hombre como la mañana muestra el día". Luego Rousseau defendió que la inocencia original de los niños exigía que debían experimentar y aprender por sí mismos más que ser sometidos a una disciplina adulta incomprensible.

Actualmente los expertos recomiendan no pegar jamás a un niño. Cabe apuntillar que el experto del que habla Pinker es Murray Straus, el mismo que con anterioridad dijo que los dos sexos cometen aproximadamente el mismo nivel de violencia doméstica frente al otro. Y esto lo digo como cautela, y no como burla:
Los expertos sugieren no pegar por tres razones. Una es que las zurras tienen efectos secundarios perniciosos en el futuro, entre ellos, agresividad, delincuencia, déficit de empatía y depresión. La teoría causa-efecto, según la cual las palizas enseñan a los niños que la violencia es un medio para resolver problemas, es discutible. [...] La segunda razón es que pegar no es especialmente eficaz para acabar con el mal comportamiento: es mejor explicarle al niño la infracción y utilizar medidas no violentas como las regañinas o los tiempos de espera. El dolor y la humillación distraen a los niños y les impiden reflexionar sobre lo que han hecho mal, y si el único motivo que tienen para portarse bien es evitar esos castigos, en cuanto papá y mamá se den la vuelta, volverán a ser igual de traviesos. De todos modos, quizás la razón más convincente para no pegar es simbólica. He aquí el tercer argumento de Straus en virtud del cual nunca jamás hay que pegar a un niño: "Los azotes contradicen el ideal de no violencia en la familia y la sociedad."
Pero no solo Murray Straus. La ONU y la Unión Europea son contrarias a los castigos corporales. Muchos países los han prohibido, aunque sigue siendo un recurso que algunos padres usan, lo cierto es que ha disminuido bastante (mucho más en los países ricos que en los países pobres). 

El experimento del muñeco bobo de Albert Bandura, nos avisa de que los niños además de víctimas de la agresión, también pueden convertirse en agresores por imitación. El archiconocido experimento es la piedra angular de los que sostienen que las películas y videojuegos violentos hacen peligrar la educación de nuestros hijos. Personalmente dudo que el experimento se pueda universalizar tanto. Pienso que aquí se demuestra más la capacidad de imitación de los niños, en abstracto, que el hecho de que la violencia sea más imitable que otras conductas. Más que el uso de la violencia como herramienta para solucionar conflictos, el experimento me sugiere que se le estaba dando a los niños pistas de cómo usar un juguete novedoso. Además, el muñeco bobo era el juguete más llamativo y entretenido, con rápidos movimientos con los que los niños podían interactuar, frente a los otros juguetes más pasivos. ¿Habrían ido hacia el muñeco directamente de haber tenido un lanzador automático de pelotas de tenis o un poni? No obstante, el experimento nos muestra algo difícil de rebatir, y es que los niños copian conductas, "son como pequeños monos", solemos oír de sus cuidadores. Pero lo imitan todo, no solo la violencia. Lo que queda por explicar es por qué algunos niños que juegan a juegos violentos no terminan siendo violentos, y otros sí.

No obstante, merece la pena resaltar algunos aspectos que muchas veces pasan desapercibidos cuando se habla de este experimento. El primero es que el objetivo de Bandura era negar que los niños son violentos por naturaleza, más bien lo serían por aprendizaje. El segundo es que los niños imitan los roles adultos de su propio género. Un tercer aspecto a subrayar sería que los adultos que fueron censurados por su conducta violenta, generaron menos imitación que los que fueron recompensados por esa misma conducta. Así, la novedad que Bandura logró introducir en la psicología social, era que no solo se aprende por experiencia propia, también por experiencias ajenas que podemos observar. De ahí el nombre de este tipo de aprendizaje: "observacional" (los otros dos son el "clásico" y el "operacional").

Otras formas de violencia contra los niños también han descendido, como los abusos sexuales, crímenes violentos, la violencia de otros niños abusones e incluso los secuestros por desconocidos, que constituyen un caso clásico de psicología del miedo. Los padres estadounidenses viven con miedo esta posibilidad de secuestro y no dejan de tener contacto visual con sus niños en todo momento. Los mayoría de los niños antes iban a la escuela andando o en bicicleta y jugaban en la calle, ahora solo lo hace el 10% y el 30% respectivamente. Sin embargo los datos minimizan el riesgo:

El número anual de raptos por desconocidos ha pasado de doscientos y trescientos en la década de 1990 a unos cien en la actualidad [...] Esto equivale a una vigésima parte del riesgo de morir ahogado y a una cuadragésima parte del riesgo de sufrir un accidente de coche mortal. El escritor Warwick Cairns calculó que si alguien quería que su hijo fuera secuestrado y retenido toda la noche por un desconocido, debería dejarlo en la calle solo y desatendido durante setecientos cincuenta mil años.
Supongo que esa probabilidad variaría en función del lugar en que dejase al niño: no es lo mismo hacerlo en una localidad pequeña de Suecia, que en una metrópoli de Tailandia.

Pinker advierte que nuestros poderes como educadores son limitados. Aunque con nuestras lecciones podemos evitar daños a los niños, no debemos concluir que también podemos hacer de ellos todo lo que nos gustaría que fueran. Los padres poco pueden hacer para que sus hijos sean más inteligentes... según el autor:

A finales del siglo XX, la idea de que los padres podían hacer daño a sus hijos al abusar de ellos o desatenderlos (lo cual es cierto) se transformó en la idea de que los padres podían moldear su inteligencia, la personalidad, las destrezas sociales y los trastornos mentales de sus hijos (lo cual no es cierto). ¿Por qué no? Consideremos, por ejemplo, el hecho de que los hijos de los inmigrantes acaban teniendo el acento, los valores y las normas de sus compañeros, no de sus padres, lo cual significa que los niños se socializan en su grupo de colegas y no tanto en sus familias; para educar a un niño hace falta toda la comunidad. Además, en ciertos estudios con niños adoptados se ha observado que éstos acaban teniendo personalidades y puntuaciones de CI que guardan correlación con las de sus hermanos biológicos y no con las de sus hermanos adoptados. Esto nos revela que la personalidad adulta y la inteligencia están determinadas por los genes, y por el azar (pues las correlaciones distan de ser perfectas, incluso entre gemelos idénticos), pero no por los padres, al menos no por nada que hagan ellos con todos sus hijos.
Más tarde, en el capítulo 9, cuando se analiza la inteligencia, y en una suerte de contradicción, veremos como Pinker puntualiza que la influencia del entorno puede modificar la inteligencia.

Tras el oportuno resumen de la situación de los homosexuales a lo largo de la historia, y alguna sesuda reflexión sobre el misterio evolutivo tanto de la homosexualidad como de la homofobia, el autor concluye que las cosas están mucho mejor que antes. Desde 1966 hay solo 3 homicidios antigay al año, frente a 17.000 cometidos por otras razones (según FBI).

Los derechos de los animales también han experimentado una revolución impensable hace menos de un siglo. A lo largo de la historia, el maltrato animal ha sido la regla y no la excepción. San Agustín, santo Tomás de Aquino, Descartes y otros no concebían la idea de que los animales pudieran ser sujetos de dolor y mucho menos de derechos. Fue Jeremy Bentham quien hizo avanzar el asunto con su utilitarismo moral, al igual que también lo hizo con el tema de la homosexualidad. Algunos movimientos como el vegetarianismo o antiviviseccionismo no han bebido de las fuentes morales que empatizan con los animales, sino que han tenido muchas diferentes lógicas ajenas a los derechos de los animales (sensación de pureza, crueldad del humano como matador o espectador, salud, gusto, religión...). El caso del vegetarianismo de Hitler y la defensa jurídica de los animales en el Tercer Reich, derriba el mito de que ser vegetariano implique una mayor sensibilidad también para con los humanos. Comer carne no hace a las personas más agresivas, ni abstenerse de ella tampoco las hace más pacíficas. Aún así, es una tendencia creciente, aunque no sabemos si habrá tocado techo o no.

Pinker menciona el libro revolucionario de Peter Singer, "Liberación animal", que tengo en mi estantería pendiente de leer desde hace varios años, como un punto de inflexión en los derechos por los animales. Aunque no parece que Pinker esté de acuerdo en todos los extremos del libro, si lo está en lo básico: se puede tener en cuenta el interés del animal en no sufrir un dolor evitable, sin tener que por ello otorgarle derechos como tales:
Es por la conciencia, no por la inteligencia o la pertenencia a la especie, por lo que se es digno de consideración moral. [...] el difícil problema de la conciencia, a saber, como la sensibilidad, la capacidad de sentir, surge del procesamiento de información neuronal. Descartes se equivocaba con los mamíferos, sin duda, y estoy totalmente seguro de que también con los peces. Pero ¿se equivocaba con respecto a las ostras? ¿Y las babosas? ¿Y las termitas? ¿Y las lombrices?
Todas estas revoluciones pueden tener algo en común. ¿Es posible hallar algún factor común que las pueda explicar, aunque sea parcialmente? Razones políticas, demográficas, tecnológicas y otras tantas más que Pinker ha usado con anterioridad son esgrimidas con la boca pequeña, porque es muy difícil estar seguro de su relación causa-efecto. Lo máximo que se atreve a decir es que aumentar las relaciones y la comunicación entre personas hace que el mundo progrese, no solo tecnológicamente, también moralmente. Matt Ridley, al que ya he mencionado anteriormente, desarrolló esta idea de progreso a base de colaboraciones bajo el nombre de "cerebro colectivo" o "apareamiento de ideas". Pinker desarrolla la misma idea en el terreno de la moralidad:
[...] un flujo de información puede fecundar el crecimiento moral. Diversos expertos que han reflexionado acerca del progreso material [...] Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero, han llegado a la conclusión de que la clave del progreso material se sitúa en una amplia zona de captación de innovaciones. [...] Hay una explicación de que el significado literal de "cosmopolita" sea "ciudadano del mundo" y el significado literal de "cerrado de miras" (insular, en inglés) sea "de una isla". Las sociedades ubicadas en islas o en tierras altas intransitables suelen estar atrasadas desde el punto de vista tecnológico; pero también desde el punto de vista moral.
CAPÍTULO 8: DEMONIOS INTERIORES

Por lo que sabemos hasta ahora podemos afirmar que la violencia no es algo inmutable en nuestra naturaleza, es algo que hemos conseguido reducir sustancialmente. Tampoco podemos asegurar que seamos buenos (ni malos) por naturaleza, tal y como algunos proclaman defendiendo la idea de que solo unas cuantas manzanas podridas proyectan la violencia sobre las manzanas sanas y pacíficas. Hay un lado oscuro en todos nosotros que se refleja, por ejemplo, en nuestro gusto por las obras de Shakespeare, el cine negro, los comics de superhéroes o las películas de Tarantino: desde Tom y Jerry hasta las sagas homéricas, la violencia forma parte de nuestra fantasía e iconografía popular. Sin embargo muchos soldados se quedan paralizados antes de disparar su arma en combate, y en la mayoría de las  rencillas callejeras se resuelven con empujones y escaramuzas que no llegan a mucho más. Esto no significa que tengamos una disposición natural a la moderación y el pacifismo, tan solo que evaluamos las consecuencias negativas de entrar en el campo de la violencia, donde tanto se da como se toma.

En un libro anterior, "La tabla rasa", Pinker sostenía que "el mito del buen salvaje" fue una reacción a un mundo testosterónico de exaltación militarista. Pero esa negación del mal persiste muchas veces incluso fuera de contextos culturales hiperviolentos. Citando a Roy Baumeister y su libro "Evil", nos asegura que los agentes violentos tienden a justificar sus actos, ya sean acciones genocidas o rencillas domésticas. Esto está en la misma onda que el efecto "Lago Wobegon", largamente estudiado por la psicología social en el siglo XX, aunque todos sabemos sin necesidad de estudio ninguno que tendemos a "presentar el yo bajo una luz positiva", y que la mayoría de las personas se califican a sí mismas por encima de la media en todo lo que sea positivo.

Trivers, otro autor de referencia para Pinker, sugiere que el autoengaño ha podido ser un primer paso para llegar a manifestar sesgos en beneficio propio. El mentiroso debe tener buena memoria, y si consigue mentirse a sí mismo, hará más creíble su mentira a los demás. Tras algún experimento, que en mi opinión no prueba demasiado, Pinker concluye que aunque nos cueste, somos capaces de desenmarañar el autoengaño y "poseemos los medios para reconocer que no siempre tenemos razón". Pero reconoce que la tendencia general, incluso en los conflictos estatales, es que cada bando cree sinceramente su versión del relato, esto es, que cada uno "es una víctima inocente y sufrida y que el otro es un sádico traicionero y sádico". Esta disonancia cognitiva, a la que Chomsky siempre ha hecho referencia cuando critica a EEUU, pero con otras palabras como "double standard" o simplemente "hipocresía", Pinker la denomina "brecha de moralización".

Esta brecha de moralización tiene que estudiarse para comprender científicamente de donde viene el mal y cómo se interioriza o se expulsa de nuestra conciencia. Aquí hay dos formas de aproximarse, la del científico y la del moralista. La del científico necesita estudiar al agresor, pero entonces corre el peligro de solaparse con sus perspectivas y terminar justificando o minimizando su acción. O al menos, esto es lo que frecuentemente se le echará en cara. En su afán por explicar el fenómeno violento, no debe dejarse llevar por su humanidad y empatía, como hace el moralista. La segunda aproximación moralista, entenderá que el científico no tiene sensibilidad con la víctima y que termina incluso culpándola. Pero encontrar la ofensa que, aunque sea dentro de la mente del perpetrador, cometió la víctima, no es justificar ni aprobar la conducta violenta, sino tratar de explicarla. Para el moralista, no hay demasiado que explicar porque todo responde al "mito del mal puro", según el cual el agresor es malvado más allá de cualquier racionalización; es enemigo del bien, le gusta hacer daño a los buenos y es su forma de vivir y realizarse. Este mito lleno de maniqueísmos dificulta la labor del estudioso e ignora que los perpetradores son generalmente personas "corrientes y que reaccionan ante sus circunstancias".

Algunas incursiones en la neurobiología son algo áridas para mí, pero sí me gustaría resaltar algunos experimentos de dilemas morales. Pinker los usa para ilustrar como algunas personas están más inclinadas a una moral que a otra, en función de la parte del cerebro que tengan más desarrollada. El ejemplo, ya comentado anteriormente con motivo de mi análisis del libro de Richard Dawkins, "El espejismo de dios", sería el siguiente:
Un vagón a la deriva que va a atropellar a cinco personas, a menos que nosotros, que no podemos detener el vagón, cambiemos las vías hacia una vía muerta donde desgraciadamente hay un solo hombre. Casi todo el mundo aprobaría esa acción que salvaría cinco vidas y sacrificaría solo una. Sin embargo cuando el ejemplo varía ligeramente, y nos ofrece la posibilidad de detener el vagón empujando a las vías a un hombre que pasa por un puente, la mayoría de las personas se abstendrían de salvar esas mismas cinco vidas.

Otro ejemplo que pone Pinker es el de una familia que se esconde de los nazis en un sótano que va a ser inspeccionado por agentes de la Gestapo, y cuyo bebé comienza a llorar, haciendo peligrar la vida de todos los demás miembros de la familia; ¿deben asfixiar el bebé para que no llore y delate su escondite, lo que ocasionaría la muerte de todos los miembros de la familia, bebé incluido?

Tanto en este como en el otro ejemplo, Pinker propone como explicación algún tipo de rechazo a hacer daño a un inocente con las propias manos, mientras que Dawkins y muchos otros, afinan más al explicarlo como la negativa a involucrar a una persona "inocente" y ajena al problema. La explicación biológica la vincula a ciertas partes del cerebro:
[...] la reacción visceral  contra la acción de asfixiar al bebé o arrojar al hombre a la vía del tren proviene de la amígdala y la corteza orbital, mientras que el pensamiento utilitarista que habría salvado al mayor número de vidas se elabora en una parte del lóbulo temporal denominada "corteza prefrontal dorsolateral" [...]. 
 Los diferentes tipos de violencia, según Pinker y Baumeister, son:

1. Violencia instrumental.
El autoengaño del que hablábamos antes es el que frecuentemente propicia esta violencia. La confianza que la gente tiene en sí misma, que emana de sus sesgos positivos, de sus autoengaños, es lo que produce las guerras. Son los bravucones y no los cobardes, ni los que se infravaloran ni los acomplejados los que inician las guerras. Mucho se ha escrito de los complejos y traumas de Hitler. Pero no fue un Hitler  acomplejado, sino un Hitler seguro de sí mismo el que posibilitó la II Guerra Mundial. "La violencia es un problema no de poca autoestima sino de demasiada, sobre todo cuando es inmerecida." Al sobrestimar sus posibilidades de victoria, estos supuestos salvadores y héroes militares convencidos de sus virtudes habrían actuado de manera diferente si hubiesen sopesado más racionalmente sus posibilidades. Sin embargo, en el penúltimo capítulo (p.781), Pinker se contradice: "Los individuos con baja autoestima, ¿es más probable que perpetren actos violentos? Ciertas pruebas circunstanciales indican que así es."



En la película "La americanización de Emily", donde se critica la guerra y todos los supuestos motivos honestos y virtuosos por los que nos convencen para ir a matar a otros, se hacía una irónica defensa de la cobardía como única solución para salvarnos a todos. Aquí dejo un vídeo del discurso que da el oficial de la marina Charles Madison.





 
2. Violencia por dominación.

Sucede cuando se persigue dominar al adversario, algo típico de los machos y su testosterona, aunque no se limita a ellos. Los hombres somos con diferencia el sexo más violento, y nos gusta competir para establecer unas jerarquías. A menudo no se llega a las manos, pero es necesaria cierta tensión para dejar claro quién manda o quién "mea más lejos", y por eso mismo, porque se trata de algo que tiene que ver más con la fama que con un objetivo, la violencia aumenta o se estanca dependiendo del honor que queda en juego; muchas veces la tensión aumenta si hay espectadores porque la imagen del individuo está en juego, o disminuye sin necesidad de eliminar al adversario si se ha dejado claro quién domina.

Este tipo de violencia trasciende a los individuos y llega a los grupos. Parece que la fidelidad al grupo o la tribu es bastante innata:
Los psicólogos del desarrollo han revelado que los niños de preescolar manifiestan actitudes racistas que horrorizarían a sus padres liberales, y que incluso los bebés prefieren interaccionar con personas con las que comparten raza y acento. [...] uno de los delineadores de prejuicios más vívidos es el habla: la gente desconfía de quienes hablan con acento "raro".
Cuando el grupo se constituye en nación y aparece el nacionalismo, (que es "el sarampión de la especie humana" según Einstein, pero solo un resfriado según Pinker ya que algunos nacionalismos pueden ser bastante inocuos), y éste se mezcla con cierto narcisismo, entonces puede  surgir el fenómeno del resentimiento que es lo que conlleva la violencia nacionalista.

Pero si los machos son los violentos, y los soldados del mundo son abrumadoramente hombres, y los gobiernos son mayoritariamente masculinos, y el patriarcado es la organización social dominante... la pregunta surge por sí sola: ¿Sería el mundo menos violento si lo gobernaran las mujeres? El autor pone cierto matices, porque las mujeres suelen ser más pacíficas que los hombres solo dentro "de la misma época y sociedad", pero finalmente responde de manera afirmativa.

3. Violencia por venganza.

La venganza es tan impulsiva que se llega a hablar en el libro de "la neurobiología de la venganza", y es tan ubicua que casi todos los rivales encuentran un motivo vengativo a la hora de tirar la primera piedra:
La venganza por honor recibe un respaldo explícito en el 95% de las culturas del mundo, y es uno de los motivos principales de cualquier guerra tribal. La venganza es la causa de entre el 10 y el 20% de los homicidios en todo el planeta [...]. Cuando va dirigida a grupos y no a individuos, es una motivo serio de disturbios urbanos, ataques terroristas, represalias contra ataques terroristas y guerras.
A continuación Pinker compara las similitud de las reacciones tras Pearl Harbor y el 11-S, e incluso la "Carta a América" de Osama Bin Laden en la que justificaba su ataque como un acto de venganza.

Afortunadamente contamos con los reguladores de la venganza: las normas cívicas, la capacidad del perdón y las disculpas. Las disculpas política son un signo de nuestro tiempo: Alemania, EEUU, URSS, Gran Bretaña, el Vaticano, etc., han pedido perdón por muchos de sus más archiconocidos excesos. Tras estudiar un poco la psicología del perdón el autor extrae algunas conclusiones, como que por ejemplo, todo funciona mejor cuando agresor y agredido están unidos por algún tipo de relación. O todavía más llamativo, que siguiendo a Sudáfrica, paradigma de reconciliación tras un conflicto civil, un rasgo importante del proceso conciliador es que la justicia no sea completa:

En vez de resolver todas las cuentas pendientes, una sociedad debe subrayar las infracciones pasadas y conceder una amnistía general al tiempo que persigue solo a los cabecillas más notorios y algunos de los soldados rasos más depravados.

Estas palabras me hacen pensar que en la transición española, otro supuesto paradigma de reconciliación, ni siquiera estos mínimos de justicia se dieron.

4. Violencia sádica.

Tras analizar las más conocidas torturas y concluir que contienen algún sesgo utilitarista, y tras analizar a los asesinos en serie que son un fenómeno tan minoritario que piensa que hay más estudiosos dándole vueltas al tema que asesinos asesinando, el autor nos ofrece los motivos y los frenos al fenómeno sádico. Los motivos son la mera curiosidad sádica, la dominación de los que odiamos o envidiamos, la venganza justiciera y la motivación sexual.

Aunque Pinker hace mención a Goldhagen a la hora de examinar las motivaciones genocidas, no dice nada de él en esta parte dedicada a la crueldad innecesaria. Incluso lo contradice como veremos en el siguiente párrafo. Quien sí lo menciona es Jon Sistiaga en "Cómo organizar un genocidio", un reportaje de Canal Plus estremecedor que debería ser galardonado por la erudición y acierto a la hora de analizar y entrevistar a la población de Ruanda, donde hutus mataron a tutsis con obscena fruición. En este youtube que he subido se puede ver una de esas entrevistas a las que me refiero, en donde víctima y verdugo conviven como buenos vecinos. Casi sorprende más la superación de la violencia que la violencia en sí misma.


Entre los frenos del sadismo estarían la empatía (o mejor dicho la compasión, porque la empatía puede incluso a ayudar a saber cómo infligir más daño), las prohibiciones culturales y la aversión a causar daño a los demás. Para ilustrar este último freno menciona el experimento de Milgram, que ya comenté en otro post, y las entrevistas de Christopher Browning a soldados nazis que tuvieron que ejecutar a prisioneros de cerca. Los soldados manifestaron una repugnancia a la hora de la ejecución. Este último ejemplo me parece incorrecto, ya que según Goldhagen, al que Pinker ha leído como hemos visto, esa repugnancia no es moral, sino un asco del tipo que sentimos cuando vemos los restos de una cucaracha tras ser pisoteada.

El sadismo suele ser aprendido, como el gusto por los deportes de riesgo, que la primera experiencia puede ser aterradora pero se repite buscando el subidón de adrenalina hasta crearse una adicción. Así sucede con los asesinos en serie, por ejemplo.

5. Violencia ideológica.

Quizás la más interesante desde el punto de vista psicológico. Las ideologías proponen fines idealistas para todos, por eso sus disidentes son demonizados y se les guarda castigos infinitos. Sin embargo el verdadero enigma es como se "contagia" la gente de ideologías que llevan el absurdo y la barbaridad en su simiente. La psicología social ha estudiado el tema desde hace décadas, y aunque no pueda explicarlo todo, lo cierto es que puede ayudar bastante. La psicología social invoca ciertos experimentos que tratan de explicar este misterio en el comportamiento de las masas, que en teoría es contrario a lo que piensan los individuos que las forman: el experimento Milgram demuestra la obediencia a la autoridad, el experimento de Zimbardo demuestra la tendencia al abuso de autoridad, y los experimentos de Darley tratan sobre la apatía del transeunte. Ya comenté los dos primeros en mi análisis de "Peor que la guerra". Aquí Pinker tan solo nos dice que el nivel de obediencia crece cuando la autoridad está cerca físicamente, y que después de cuatro décadas las conclusiones han variado muy levemente: la mayoría de la gente (aunque menos que en los resultados originales) todavía le haría daño a un desconocido siguiendo órdenes. El tercer experimento de Darley, apunta en la misma dirección: ayudaríamos a un desconocido si estuviéramos solos, pero no lo hacemos si hay más gente delante que no hace nada, porque en un grupo, "todo el mundo da por supuesto que si nadie hace nada, la situación no será tan desesperada". Las conclusiones son claras: dentro de un grupo, dotados de poder o siguiendo órdenes somos capaces de hacer verdaderas perrerías que nunca haríamos por nosotros mismos.

¿Por qué somos tan borregos? ¿Lo somos hasta el punto de seguir una ideología criminal? El borreguismo (o conformidad o espiral de silencio, como lo llaman los científicos) ha sido estudiado en algunas situaciones sencillas. Por ejemplo cuando los estudiantes universitarios beben alcohol hasta vomitar: en privado confiesan que lo hacen porque piensan que es divertido para el grupo, aunque a ellos no les guste nada. Esa intención de complacer al grupo, sin ni siquiera preguntarle al grupo si le complace o no, está en el origen de actitudes que tomamos cotidianamente. Por ejemplo, cuando una familia hace un viaje que ninguno le apetece, pensando que al resto sí, o cuando una canción gana fama de manera exponencial gracias a una buena campaña de marketing aunque no guste realmente al público, o cuando decimos que el mejor vino entre A, B y C es el que están indicando la mayoría, aunque las tres copas sean el mismo vino.

El experimento del ascensor, basado en otros parecidos de Salomon Asch de los años ´50, demuestra con bastante gracia hasta donde modificamos nuestra conducta por la presión gregaria.

Pero para que este gregarismo se traduzca en algo más serio que violente nuestra moral, para convencernos de que el rey desnudo va vestido, se necesita algo más. Además de asumir e incorporar la opinión de los demás, se asume (y se incorpora también) el castigo a los disidentes. Pero hay otros trucos para reducir la disonancia cognitiva, es decir, la incomodidad de hacer algo contrario a lo que pensamos, o de tener dos creencias contradictorias. Lo deseable sería que analizásemos esas dos ideas en conflicto hasta encontrar lo erróneo de cada una de ellas. Sin embargo a menudo lo que sucede es que tratamos de justificar nuestros actos o hábitos con trucos como los eufemismos, gradualismos que paso a paso diluyan las responsabilidad (los sujetos de Milgram no habría aplicado la carga máxima la primera vez), desplazamientos de responsabilidad ("obedezco ordenes"), distanciamientos físicos de la víctima (que permitan no sentir de cerca el sufrimiento de inocentes o ponerles cara), la demonización de la víctima, infravaloración y relativización del daño ("no fue tan doloroso", "todo el mundo sufre" "otros hacen cosas peores").

CAPÍTULO 9: LOS ÁNGELES QUE LLEVAMOS DENTRO

Pinker ironiza por la moda que se ha impuesto para explicar la reducción de la violencia por la expansión de la empatía. Reconoce su fuerza pacificadora, pero compara su fama con la del amor en los años 60: los rusos y los americanos no dejaron la guerra fría por una cuestión de amor, así que no es cierto que "todo lo que necesitas es empatía":

La disminución de la violencia acaso se deba en parte a una expansión de la empatía, pero también debe mucho a facultades de cocción más lenta, como la prudencia, la razón, la ecuanimidad, el autocontrol, las normas, los tabúes y las concepciones sobre los derechos humanos.

EMPATÍA O SOLIDARIDAD

En su sentido original, empatía es la capacidad de ponerse en la situación de otro, pero ello no implica necesariamente un reconocimiento o compromiso por el bienestar de ese otro. Poder imaginarse cómo sería estar bajo la lluvia, no implica que le dejes un paraguas a un transeunte. La teoría de la mente es un concepto más preciso, más en consonancia con lo que popularmente entendemos por empatía, es decir, la solidaridad. La teoría de la mente es la capacidad de saber lo que piensa o siente una persona a partir de sus expresiones, conducta o circunstancias. El descubrimiento de las neuronas espejo, que permite a los humanos y otras especies sobrecogerse por imitación, se ha sobredimensionado. Es cierto que cuando vemos a alguien darse un golpe con un martillo en un dedo, saltamos o gritamos imitando a la par la reacción del infortunado, pero eso no significa que sintamos una genuina solidaridad con él. También abrimos la boca cuando le damos de comer a un bebé, pero todo eso son contagios emocionales como las lágrimas en las bodas o las risas en una comedia. Son respuestas indirectas que no implican solidaridad, ni una toma de posición ante el bienestar de los demás, ni mucho menos sobre la justicia con la que debemos tratar al prójimo. Estos actos reflejos pueden incluso a ser una molestia de la que ansiamos librarnos, mirando hacia otro sitio, cambiando de canal o huyendo del lugar. Incluso si sentimos desprecio o envidia por una persona, seguramente nuestra empatía no le salvará de que sintamos compasión. En experimentos en los que a ricos y afortunados les suceden desgracias, los sujetos reproducen actitudes contraempáticas:

La empatía, en el sentido moralmente pertinente de preocupación solidaria, no es un reflejo automático de nuestras neuronas espejo. Se puede encender y apagar  e incluso convertir en contraempatía, a saber, sentirse uno bien cuando otro se siente mal y viceversa. La venganza puede provocar contraempatía [...]
Según el modo en que el observador conciba una relación, su reacción ante el dolor de otro será empática, neutra o incluso contraempática.

Algunos factores provocan la empatía más que otros, por ejemplo, la apariencia de bebé y su simetría facial, los animales peludos y mimosos, las relaciones de proximidad con nuestros semejantes, las situaciones de necesidad... pero lo interesante viene cuando se trata de estudiar la ampliación de este círculo de solidaridad a desconocidos.

Algunas personas dicen que el verdadero altruismo no existe, que cuando actuamos empáticamente, solidariamente, lo hacemos para satisfacernos a nosotros mismos, a nuestro sentido del deber, a nuestra fama, a nuestro confort interior. Siempre me ha parecido una equivocación que por el hecho de no poder descartar una explicación, por nimia que sea, se la pueda convertir en la explicación única de un fenómeno. La solidaridad existe. Podemos intentar encontrar motivaciones egoístas en cada acto solidario que hacemos, pero eso no puede convertir al acto solidario en egoísmo taimado, no mientras existan otros egoísmos. Meterlos a todo en el mismo saco es caer en un absurdo razonamiento circular.

Daniel Batson ideó una serie de experimentos para intentar descartar las objeciones a un altruismo verdadero, a saber, el hedonismo psicológico por el que nuestras acciones en realidad solo buscan el placer propio, y el egoísmo psicológico por el que nuestras acciones solo persiguen algún beneficio:

Junto con otros estudios, el experimento da a entender que, por defecto, las personas ayudan a los demás por egoísmo, para mitigar la propia angustia al verlos sufrir. Sin embargo, cuando se solidarizaban con una víctima, sucumben al motivo de reducirle el sufrimiento tanto si les alivia la aflicción como si no.

Estos experimentos juegan con sujetos concretos. Lo mismo sucede con la literatura y otras ficciones como las películas. En ambos casos se despierta la compasión, pero... ¿es duradera y se extiende a los miembros del mismo grupo del personaje (ficticio o real) por el que se siente empatía? ¿Se empatiza solo con Anne Frank o con todas las víctimas del Holocausto? La respuesta de Pinker es afirmativa, pero lo hace con precaución, en parte porque le recuerdan que no hay demasiados estudios científicos que demuestren que leer ficción haga a la gente más empática, ni que la gente empática lea más ficción. Pero si hay indicativos de que la ficción puede potenciar la solidaridad, a veces incluso más que los relatos verídicos. Por ejemplo, un libro bien narrado o una película bien contada, puede generar más empatía hacia las víctimas que un frío ensayo o una entrevista real.

Como vemos, la empatía también puede tener su lado oscuro, y es que una dramatización bien orquestada puede influirnos para beneficiar a unos y perjudicar a otros que estaban en peor situación, pero de los que desconocemos sus caras y sus voces. Los sujetos que empatizaron con Sheri, una niña de 10 años necesitada de tratamiento médico, fue puesta por delante de otros niños que estaban antes que ella y en peor situación.

Pinker tampoco propugna que los círculos de empatía se amplíen hasta abarcar a toda la humanidad. Tratar a los desconocidos como hermanos, es una utopía, además de violentar nuestra naturaleza. Lo que si es más deseable, y es lo que ha sucedido en realidad, es que se están ampliando los círculos de derechos:
La empatía ha sido sin duda importante para desencadenar súbitas manifestaciones de preocupación por miembros de grupos hasta entonces ignorados. Pero las manifestaciones súbitas no bastan. Para que la empatía tenga importancia ha de impulsar cambios en políticas y normas que determinen el trato a los miembros de esos grupos.

AUTOCONTROL

Pinker presenta "la ciencia del autocontrol" desde dos perspectivas que no me agradan. La primera desde la neurobiología que me aturde por su complejidad, y la segunda desde el freudianismo que me exaspera más por sus términos como fase anal y superyo, que siempre me han parecido poco científicos. Fobias al margen, todo indica que hay cierta relación entre autocontrol y violencia. Muchas guerras se han iniciado por alterarse demasiado ante una afrenta, muchas peleas se han iniciado por un insulto con consecuencias trágicas. A mayor autocontrol, mayor calidad de vida en múltiples aspectos. Los niños que se sometieron a estudios de demora de gratificación, y que demostraron ser pacientes y previsores, antes que dejarse llevar por el placer momentáneo, resultaron ser adolescentes mejor adaptados y adultos con mejores relaciones, entre otras muchas virtudes.

También está claro que muchos delitos violentos son producto de la impaciencia y la impulsividad. Los niños más impulsivos suelen ser también los más agresivos. El autocontrol guarda relación con la inteligencia, y ésta con el crimen: "las personas más lerdas cometen más crímenes violentos y tienen más probabilidades de ser víctimas de un crimen violento". Con todo, esto no prueba una causalidad, tan solo una correlación. Puede haber otros factores, como el entorno social u otras carencias ocultas. Pero a Pinker le gusta la idea, y la desarrolla en más profundidad cuanto analiza el factor razón.

Aunque algunas personas puedan nacer con mayor capacidad que otras para el autocontrol (por ejemplo, en el autocontrol de tipo sexual los hombres somos menos habilidosos) eso no quiere decir que no podamos fortalecer el músculo de la fuerza de voluntad:
Es precisamente lo que pasó con la estatura: los genes hacen que unos seamos más altos que otros, pero a lo largo de los siglos todos hemos acabado siendo más altos.
Y se puede decir que funciona como un músculo porque mejora con la práctica, su cansancio inhabilita para tareas que requieren de la misma facultad y mejora con la alimentación.

EVOLUCIÓN BIOLÓGICA RECIENTE


Estamos acostumbrados a pensar que los cambios genéticos suceden por selección natural a lo largo de muchísimos años. Sin embargo hay una posibilidad, y solo es una posibilidad y por eso aparece en el subtitulo con interrogaciones, de que debido a la acción del ser humano, nos hayamos quitado de en medio a los más violentos, ejecutándolos y así impidiendo que sus genes se diseminen tanto como otros genes más pacíficos. De esta forma ayudaríamos a la selección natural de manera artificial a ir más rápido. El cambio genético por este tipo de intervenciones humanas se puede haber dado en un intervalo de milenios o incluso siglos: "Aproximadamente el 8% del genoma se ha visto influido por la selección positiva."

MORALIDAD Y TABÚ

Dependiendo de qué moral tenemos, podemos usarla para bien o para mal. Según Pinker, históricamente la moral ha servido para hacer más mal que bien. Por usar sus propias palabras, "la moralidad puede ser la enfermedad, pero también el remedio".

A través de una árida taxonomía de valores universales (equivalencia entre iguales, autoridad, determinación de precios del mercado) Pinker nos cuenta cómo influyen algunos valores sagrados. No basta con defenderlo, además, uno se debe indignar cuando se plantea un tabú, porque de lo contrario parecería que se lo está pensando. El mero hecho de analizar un tabú, lo convierte a uno en un miembro indeseable de la comunidad. No sucede así, cuando el interlocutor es un miembro de otra cultura, entonces se le suele perdonar su racionalidad.

Pero la moralidad, con el tiempo, se ha ido alejando de tabúes intocables y se ha ido acercando a concepciones utilitaristas, como la del máximo bien para el mayor número de personas, o el que usó Cesare Beccaria para explicar los castigos penales como una medida de disuasión y no como una mera venganza. También ha cuajado el razonamiento utilitarista de Jeremy Bentham cuando luchó contra el castigo a los homosexuales y el maltrato animal, o el de John Stuart Mill y su primigenio feminismo. Estas morales se olvidan de absolutos inamovibles y nos hacen mirar los beneficios de todos. Se asemejan a una negociación, donde se tiene en cuenta lo que cede el otro, y en función de ello, somos capaces de ceder nosotros otras cosas que antes no éramos capaces de ceder.

En un experimento con palestinos e israelíes, las posiciones eran inamovibles hasta que las negociaciones se plantearon cediendo en algunos puntos supuestamente innegociables (por ejemplo el derecho a regresar, ya fuera porque Israel lo reconociese aunque solo fuera simbólicamente, o porque los palestinos renunciaran a él):
A diferencia de los sobornos de dinero o paz, la concesión simbólica  de un valor sagrado por el enemigo, especialmente cuando reconoce un valor sagrado en su propio lado, hacia bajar la ira, la indignación y la disposición de los absolutistas a recurrir a la violencia.
RAZÓN

El autor no pierde demasiado tiempo en contestar a todos aquellos contrailustrados que dicen que debido a las tropelías que se han hecho gracias a la razón y a la ciencia, estaríamos mejor en un mundo mejor sin ellas. En cambio dedica demasiado tiempo a demostrar la tesis contraria, a saber, que un mundo con líderes inteligentes es mejor que uno con líderes tontos, o que la inteligencia está relacionada con cierto tipo de liberalismo clásico (en contraposición al liberalismo de izquierdas) y con la comprensión del mundo en términos económicos. No creo que la ciencia está en tal punto de madurez que permita hacer afirmaciones de este tipo.

Mantener que el mero uso de la razón, eliminando otras variables, nos debe llevar inexorablemente a un mundo mejor, tiene algo de mágico, algo de fe, algo que me recuerda a Matt Ridley en su "optimista racional". Pinker contempla la influencia de otros factores solo de manera retórica porque al final está encantado con la teoría de una escalera mecánica de la razón, que una vez llegado a cierto punto, solo puede ir a mejor.

Para reforzar esta teoría, afirma que una explicación puede ser que ahora seamos más listos que antes.  Los resultados de aplicar test de inteligencia así lo confirman en el denominado "Efecto Flynn". Todo el argumento me parece demasiado forzado. En primer lugar que los hombres de 1910 tuvieran un CI de 50 (el mismo que ahora tendría un retrasado) es una conclusión tan disparatada que el propio Pinker la menciona, aunque no la rebate. Y en segundo lugar, apenas dice un párrafo de los que ponen en cuestión el concepto de "cociente de inteligencia". En su momento leí "La falsa medida del hombre" de Stephen Jay Gould, y quedé fascinado por una obra tan tenaz en su denuncia del uso político de los test de inteligencia, así que ahora me decepciona que ni lo mencione en este apartado. Por lo visto ambos sostuvieron fuertes polémicas en el pasado:
Diversos escritores de la izquierda igualitaria y de la derecha autosuficiente y voluntarista llevan tiempo intentando debilitar la misma idea de inteligencia y los instrumentos que supuestamente la miden. No obstante los científicos que estudian las diferencias individuales humanas son prácticamente unánimes al decir que la inteligencia se puede medir, que es bastante estable en el tiempo de vida de un individuo, y que predice el éxito profesional y académico en todos los niveles de la escala.
Otras afirmaciones de Pinker relacionadas con la inteligencia son menos sesgadas, pero igualmente llamativas: su heredabilidad, su modificabilidad por el entorno, su no compartimentación y su reflejo directo en la moral. El típico matemático brillante que es incapaz de puntuar alto en otras áreas, no se corresponde con la realidad:
Unas personas son, de hecho, relativamente mejores que otras en matemáticas, y otras lo son en lenguaje, pero en comparación con la población en su conjunto, las dos facultades -y cualquier otra relacionada con el concepto de inteligencia- tienden a ir juntas. [...] la inteligencia general es muy heredable y en su mayor parte no se ve afectada por el entorno familiar (aunque sí quizá por el entorno cultural). [...] El bombazo consiste en que el efecto Flynn es casi seguro un efecto ambiental. La selección natural tiene un límite de velocidad medido a lo largo de generaciones, pero el efecto Flynn es mensurable en una escala de décadas y años. [...] Así pues, lo que impulsa el efecto Flynn es susceptible de estar en los entornos cognitivos de la gente, no en sus genes, dietas, vacunas o reservas de novios.
Como lo que ha aumentado en los resultados de un par de generaciones es la inteligencia abstracta, y esto es precisamente lo que habilita para hacer juicios de valor moral, Pinker sostiene que hay un efecto Flynn moral. Es decir, somos más morales, o mejor dicho, tenemos una moral más racional, más justa y mejor que nuestros antepasados. Esto lo sabíamos antes de empezar a leer el libro, lo novedoso de Pinker es que trata de explicarlo gracias a un aumento de la inteligencia, de nuestra capacidad para el pensamiento abstracto:
Por si acaso pensamos que esta opinión es una calumnia a nuestros antepasados, veamos algunas de las convicciones comunes antes de que empezaran a acumularse los efectos de la creciente inteligencia abstracta. Hace un siglo, docenas de grandes escritores y artistas ensalzaban la belleza y la nobleza de la guerra y deseaban con ansia la Primera Guerra Mundial. Un presidente "progresista", Theodore Roosevelt, escribió que el exterminio de los indios americanos fue necesario para impedir que el continente se convirtiera en un "coto de caza de salvajes miserables", y que en nueve de cada diez casos "los únicos indios buenos son los indios muertos". Otro, Woodrow Wilson, era un defensor de la supremacía blanca que impidió a los estudiantes negros el acceso a Princeton mientras él era rector de la universidad, fue elogiado por el Ku Klux Klan, despidió de la administración federal a los empleados negros y, al hablar de los inmigrantes étnicos, se refería a ellos diciendo que cualquier  hombre que lleva un guión en su gentilicio lleva también un puñal que va a clavar en las tripas de esta república en cuanto esté listo". Un tercero, Franklin Roosevelt, encerró a cien mil americanos en campos de concentración porque eran de la misma raza que el enemigo japonés.

En el otro lado del Atlántico, el joven Winston Churchill explicó que había tomado parte en "un montón de estupendas pequeñas guerras contra pueblos bárbaros del Imperio británico. En una de esas guerras estupendas, escribió: "Avanzábamos de manera sistemática, pueblo por pueblo, y destruíamos las casas, cegábamos los pozos, derribábamos las torres, cortábamos los árboles umbrosos, quemábamos las cosechas y demolíamos la presas produciendo  una devastación punitiva". Churchill defendía esas atrocidades porque "la estirpe aria está destinada a la victoria", y dijo estar "totalmente a favor de utilizar gas venenoso contra tribus de salvajes". Culpaba a la gente de la India de la hambruna provocada por la mala administración británica porque "se reproducen como conejos", y añadió: "Detesto a los indios. Son un pueblo asqueroso con una religión asquerosa."
Pinker continúa citando y argumentado que no solo los líderes, también los intelectuales y los ciudadanos de a pie hacían alarde de ser "retrasados morales". Pero en donde no estoy de acuerdo, es en que hemos podido salir de ese retraso únicamente gracias a la razón, y no gracias también a otros elementos que él mismo ha analizado en su libro (empatía, autocontrol, y ¿por qué no? el legado político y activista de movimientos solidarios) . ¿Dónde queda la cultura que hemos desarrollado a costa de muchos valientes? ¿Era Luther King un tío muy listo, o era un valiente? ¿Era valiente porque era inteligente? ¿Fue su CI el que le empujó a actuar de manera ejemplar y heroica o fueron sus convicciones políticas (o religiosas) y los previos ejemplos de Gandhi o Thoreau? Si la psicología de la empatía y el autocontrol ayudó en su momento, ¿qué impide que siga haciéndolo? ¿Qué hace que ahora la razón vaya en solitario? ¿Acaso la búsqueda de un titular que cuadre con un admirador de la Ilustración?

Pinker parece necesitar subrayar la importancia de la razón frente a otros factores, y solo bajo ese prisma, me parece que minimiza el legado político, la moral o la conciencia. Volveremos sobre ello en el capítulo 10, pero por ahora, baste destacar la evidente contradicción, ya que precisamente él mismo señalaba la conciencia, no la inteligencia, como la responsable de la mejora en el trato animal. Por volver a usar sus mismas palabras del capítulo 7: "Es por la conciencia, no por la inteligencia o la pertenencia a la especie, por lo que se es digno de consideración moral."

Lamentablemente, o no se ha dado cuenta de su contradicción, o ya ha elegido su camino, y está en un punto de no retorno que le obliga a adentrarse en terreno fanganoso:
También es importante señalar que la hipótesis de la escalera mecánica tiene que ver con la influencia de la "racionalidad" -el nivel de razonamiento abstracto de una sociedad- y no con la influencia de los intelectuales en la sociedad. [...] Los excitan [a los intelectuales] las opiniones atrevidas, las teorías ingeniosas, las ideologías radicales y las visiones utópicas como las que tantos problemas causaron en el siglo XX. La clase de razón que expande las sensibilidades morales no procede de grandes "sistemas" intelectuales sino del ejercicio de la lógica, la claridad, la objetividad y la proporcionalidad.

A continuación, se esfuerza en lanzar algunas relaciones (no pruebas como el mismo advierte) para conquistarnos, y hacer que aceptemos su tesis. Insiste en que la inteligencia está asociada a menos crímenes violentos y a una mayor cooperación. Nos cuenta que la inteligencia está vinculada a discursos llenos de matices y no a los que usan términos más absolutos. Hay toda una serie de estudios peregrinos y tesis científicas llamativas, de esas que oímos hoy en el telediario y que mañana nos presentan otra que defiende lo contrario. Pero aún más grave, también se atreve a decir que hay una vinculación entre liberalismo (clásico, no de izquierdas) e inteligencia. Para ello no duda en usar estudios de autores polémicos que no suscitan el apoyo de sus colegas:
Cabe esperar que la inteligencia está correlacionada con el liberalismo clásico porque éste en en sí mismo una consecuencia de la intercambiabilidad de perspectivas inherente a la propia razón. La inteligencia no necesita guardar correlación con otras ideologías que se agrupan en coaliciones contemporáneas de centro izquierda, como el populismo, el socialismo, la corrección política, la política identitaria y el movimiento "verde". De hecho, a veces el liberalismo clásico congenia con las facciones libertarias y contrarias a la corrección política de las coaliciones actuales de centro derecha. Pero en general, según los estudios de Haidt, son las personas que identifican su política con la palabra liberal las más susceptibles de subrayar la ecuanimidad y la autonomía, virtudes esenciales del liberalismo clásico, por encima de la comunidad, la autoridad y la pureza.
Quizás mi CI no me llegue para más, pero pienso que dentro de los verdes, y dentro de los socialistas, y dentro de un amplio espectro de las izquierdas, hay planteamientos de autoridad y cerrazón ideológica, como en cualquier otro adversario político. Y tanto en unos como en otros, a veces la razón cae de un lado como de otro. Y en otras ocasiones, la razón no está de ningún lado, tanto solo el sentido de la justicia y los valores de cada bando, que no siempre son medibles en términos de inteligencia.

Pinker lo presenta como algo que disgustará a los conservadores, y a continuación presenta otra correlación que disgustará a la izquierda (aunque la anterior también lo hacía). La inteligencia y la comprensión del mundo en términos económicos, es decir, los que son más comprensivos con la libertad de mercado y el libre comercio, y menos con la intervención económica del gobierno, son más inteligentes, o viceversa:
Pensar como un economista significa [estar] en contra de las mentalidades populistas, nacionalistas y comunistas que consideran la riqueza del mundo como algo de suma cero y deducen que el enriquecimiento de un grupo se produce a costa de otro. El resultado histórico del analfabetismo económico ha solido ser violencia étnica y de clase, cuando la gente llega a la conclusión de que los pobres pueden mejorar su suerte confiscando por la fuerza la riqueza de los ricos y castigándolos por su avaricia.
Cuando uno lee estas cosas, lo primero que se le viene a la cabeza, no es que Pinker sea un desperdicio como escritor... eso sería pensar irracionalmente, olvidando todo su esfuerzo y todos los datos que nos ha enseñado. Pero sí pienso, ¿cómo un gran pensador como Steven Pinker puede llegar a atreverse a lanzar conclusiones tan peregrinas? ¿Y cómo sortea los obstáculos que su propia mente le pone, para sabiendo que no hay pruebas concluyentes de estos disparates, atreverse a lanzarlos como resultados deseables para reforzar sus tesis, y justo al final de su libro, a modo de conclusión? Me recuerda a los mismos tropezones que tenía Daniel Goldhagen al final de su libro "Peor que la guerra", que tienen el mismo efecto de desprestigiar una labor de análisis encomiable, por culpa de un burdo sesgo político.

Si comparamos las apenas 35 páginas que dedica a la inteligencia, con respecto a toda la historia y la ciencia que ha desarrollado en el resto del libro, resulta que apenas ha dedicado a un 3,8% de su libro a su ángel campeón preferido. No debe haber muchas pruebas de que la inteligencia sea el ángel más determinante en la mejora colectiva del mundo. Decir esto no implica una desconfianza en la razón, al estilo de la Contrailustración. Lo que pretendo subrayar es que la inteligencia, cuando se enfrenta a la estupidez, a la larga suele ganar, pero no siempre actúa en solitario. En su ayuda, y "a hombros de gigantes" vienen las enseñanzas de generaciones pasadas y presentes, con sus experiencias y sus creencias. No se trata de que un tipo listo termine siempre haciendo ver la justicia, la paz o la eficacia a los demás, a veces necesita de la ayuda de otros, ya sea en forma de ideología, civilización, política, moral, conciencia, inventos, libros, cultura, empatía, autocontrol, etc.

Si a esto es a lo que se refiere Pinker cuando habla de inteligencia, podría estar de acuerdo con él. Pero creo que en su afán de buscar un titular final que corrobore su categoría de pensador ilustrado, se hace un lío de términos y fuerza que la razón sea la campeona. Y sería difícil no estar de acuerdo con él (recuerde el lector que yo también soy ilustrado, chiro, pero ilustrado), salvo por el detalle de que conceptualiza la razón como algo ahistórico, como algo diferente al compromiso o a la conciencia... cuando todo eso ha surgido, de una manera u otra, de la razón.

A continuación su explicación, y justificación, para aislar a la razón de todo lo que acabo de escribir:
Quise que la razón fuera el último de los ángeles que llevamos dentro por una razón. En cuanto una sociedad ha alcanzado cierto grado de civilización, es la razón lo que ofrece la mayor esperanza para reducir más la violencia. Los otros ángeles han estado con nosotros desde que somos humanos, pero durante la mayor parte de nuestra larga existencia han sido incapaces de evitar la guerra, la esclavitud, el despotismo, el sadismo institucionalizado y la opresión de las mujeres. Por importantes que sean, la empatía, el autocontrol y el sentido moral tienen demasiado pocos grados de libertad, y tienen demasiado limitado el ámbito de aplicación, para explicar por sí solos los avances de los últimos siglos y décadas. [...] La razón está preparada para estas demandas porque es un sistema combinatorio sin límites definidos, un instrumento para generar un número ilimitado de ideas nuevas.
Pinker finaliza el capítulo más importante de su libro (comparte título), con una cita de Adam Smith. Pero no se da cuenta de que esa cita no sirve para apoyar su conclusión sobre el peso específico y casi exclusivo que Pinker le da a la razón. Adam Smith pone de manifiesto que razón y conciencia, por ejemplo, van en el mismo saco, a diferencia de lo que defiende Pinker. El subrayado de la cita es mío:
No es el apagado poder del humanitarismo, no es el tenue destello de la benevolencia que la naturaleza ha encendido en el corazón humano lo que es capaz de contrarrestar los impulsos más poderosos del amor propio. Lo que se ejercita en tales ocasiones es un poder más fuerte, una motivación más enérgica. Es la razón, el principio, la conciencia, el habitante del pecho, el hombre interior, el ilustre juez y árbitro de nuestra conducta.
CAPÍTULO 10: SOBRE LAS ALAS DE LOS ÁNGELES

En el capítulo final, Pinker nos aclara muy oportunamente las anteriores disquisiciones conceptuales en las que yo me he centrado:
No siempre es fácil separar la empatía y la razón, el corazón y la cabeza. De todos modos, el limitado alcance de la empatía, y su afinidad con personas como nosotros y personas cercanas a nosotros, da e entender que la empatía necesita el impulso universalizador de la razón para originar cambios en políticas y normas que reduzcan realmente la violencia en el mundo.
De esta manera, Pinker se adelanta a las objeciones que lectores como yo podamos hacer. ¿Qué fue primero el huevo o la gallina? ¿La empatía o la razón? ¿El corazón o la cabeza? Pinker es consciente de esta fina línea, pero prefiere mantener una férrea separación para cuadrar su discurso en la tradición de la Ilustración.

Bajo el título de "importantes pero desiguales", el autor presenta cuatro fuerzas, determinantes en la teoría, pero que no lo son en la práctica. Cuatro fuerzas que podían haber reducido la violencia, pero que con los datos en la mano, no lo consiguieron. Alguna incluso consiguió aumentarla bastante.

1) Las armas y los desarmes. Las armas, como cualquier tecnología, han ido mejorando con los tiempos, sin embargo los índices de violencia no han aumentado. El genocidio no necesita una gran tecnología, basta con machetes como vimos en Ruanda. Y cuando ha habido paz, no ha sido por ningún desarme. La Guerra Fría es un ejemplo de esta secuencia.

2) Lucha por recursos y poder. Es cierto que la lucha por los recursos ha suscitado muchos enfrentamientos, pero los datos no nos hacen correlacionar nada que nos indique una tendencia. La violencia del pasado medio milenio fue por culpa de ideologías o religiones, no por recursos. Pinker diferencia entre poseer recursos y riqueza. Tener recursos a menudo ha supuesto más una maldición que una bendición.

Según los economistas, la riqueza no proviene de la tierra provista de cosas sino de la movilización del ingenio, el esfuerzo y la cooperación para convertir esas cosas en productos utilizables. Cuando las personas dividen el trabajo e intercambian sus frutos, la riqueza puede aumentar y todo el mundo sale ganando:
En cuanto a los desequilibrios de poder, la Guerra Fría de nuevo demuestra que al caer la URSS, EEUU no empezó ninguna revancha ni conquista mundial.
3) Prosperidad. Las correlaciones con la riqueza/pobreza son difíciles de encontrar. Podemos afirmar solo un par de cosas. Parece que la pobreza extrema está ligada a guerras civiles, pero no a genocidios. Los homicidios son en su mayoría por causas moralistas, y no por comida o dinero. Y los ricos imperios de la antigüedad fueron los más violentos, con sacrificios y esclavitud. Pero a menudo es un razonamiento circular difícil de desenmarañar; ¿la pobreza causa la guerra o es la viceversa? Y en cualquier caso los efectos no se detectan con facilidad porque se manifiestan con el tiempo:
Las ideas subyacentes a la democracia y otras reformas humanitarias florecieron en el siglo XVIII, pero los aumentos del bienestar material llegaron bastante después (capítulo 4). En Occidente, la riqueza comenzó a incrementarse sólo con la revolución industrial del siglo XIX, y la salud y la longevidad despegaron con la revolución en la sanidad pública a finales del siglo XIX.
4) Religión. La religión ha apilado tantos cadáveres a sus espaldas que casi parece un broma que algunos la defiendan como una fuerza pacificadora en la sociedad. Sin embargo, en algunos momentos, ha logrado actuar así. El ejemplo de los cuáqueros, las iglesias afroamericanas, o los líderes religiosos en la Sudáfrica del Apartheid han dado buenos resultados. Estas excepciones justifican que acuse a Hitchens de exagerado cuando titulaba su libro "Cómo la religión lo emponzoña todo". Asigna a la religión un papel secundario que depende de otras corrientes, al fin y al cabo, al ser una creación humana, sigue los designios que los humanos le damos. Cuando lo peor del ser humano rige en una sociedad, la religión lo secunda, "cuando las corrientes se mueven en direcciones ilustradas, las religiones suelen adaptarse a ellas, como se evidencia sobre todo en la discreta desatención a los pasajes más sangrientos del Antiguo Testamento".

Las cinco fuerzas que sí han conseguido reducir la violencia son las siguientes.

1) El Leviatán. Como hemos visto en capítulos anteriores, un estado que monopoliza la fuerza ha sido "el reductor más sistemático" que hemos conocido. No genera venganza porque es un tercero imparcial, y tiene fuerza para imponer su voluntad.

2) El doux commerce. Quizás su apuesta más política y ciertamente atractiva. La misma prácticamente que Matt Ridley en "El optimista racional". La "magia" del comercio hace innecesaria la guerra ya que se puede obtener los mismos beneficios sin sangre, y además se establecen vínculos que hermanan en cierto sentido a los negociadores:
La idea de que un intercambio de beneficios puede transformar la guerra de suma cero en provecho mutuo de suma positiva fue una de las ideas clave de la Ilustración [...] elimina el incentivo del adversario para atacar [...] los países que comercian entre sí son menos susceptibles de pelearse [...] muchas culturas preservan redes activas de intercambio, incluso cuando los bienes intercambiados son regalos inútiles, pues saben que ayuda a mantener la paz.
En una entrevista en "El País", usaba la expresión de una "paz capitalista".
Pero tiene algunos puntos débiles. Primero, como el mismo reconoce, de todas las fuerzas ganadoras, esta no ha podido ser probada en ningún laboratorio. En segundo lugar, intercambio y comercio sí, pero ¿tiene que ser necesariamente capitalista? Y si la respuesta fuera sí, ¿de qué tipo de capitalismo? ¿Por qué el planteamiento marxista es de suma cero? Estos autores suelen presentar la lucha de clases como la antítesis de la colaboración. Unas clases deben vencer a las otras. Lo que ganan las unas, lo pierden las otras. Bajo esta lupa efectivamente el marxismo es un juego de suma cero. Pero si explicamos el marxismo como una puesta en común, la colaboración de todos los ciudadanos, bajo la planificación del estado para conseguir un bien común mayor, ¿qué nos impide concluir que el resultado del esfuerzo común puede multiplicarse por encima de la suma de los esfuerzos individuales? ¿O qué nos impide concluir que a la vista de la desigualdad entre países, de las condiciones con las que los países  ricos abusan comercialmente de los países pobres, no estamos realmente ante una economía de suma cero? ¿Realmente la historia del progreso humano ha probado que mejoramos sin aprovecharnos del prójimo? ¿Una economía planificada y controlada por el estado no puede dar mejores resultados que una de libre comercio, por culpa del principio cuasi-mágico de "la mano invisible" (principio mal interpretado por cierto, como ya denunció Chomsky)? Bueno, hasta ahora, podríamos decir que la historia no le ha dado ninguna victoria económica al marxismo y ciertamente ha pisoteado los derechos individuales. Pero, dejando a un lado discusiones académicas sobre si ha existido realmente algún país marxista, socialista o comunista, podemos lanzar una idea al aire nada novedosa: la influencia del marxismo/socialismo/comunismo en las sociedades capitalistas ha dejado algunas instituciones como los impuestos progresivos, la sanidad universal, la educación pública o las socialdemocracias escandinavas que, incluso los partidarios del capitalismo, están de acuerdo en que son grandes logros.

3) La feminización de la sociedad. Hay demasiados datos que confirman que los actos violentos de todo tipo los cometen en su mayoría hombres. Por tanto, no parece ningún disparate que un mundo gobernado por mujeres sería más pacífico. Pero, en realidad, aunque pueda ser deseable, no es estrictamente necesario que haya más mujeres gobernando, sino que la política se feminice. Quizás antes, cuando temíamos invasiones y ultrajes constantes de nuestros vecinos, la testosterona y la agresividad fueran necesarias. Pero llegados a un punto de civilización, lo contraproducente sería mantener esas perspectivas masculinas en nuestra forma de gobernar.

4) El círculo expansivo de la empatía. Vivir en sociedad cada vez más cosmopolitas nos acercan a las perspectivas de los demás. Lo mismo sucede con la tecnología que nos acerca, ya sea la imprenta que nos mete en los mundos de personajes ficticios con los que empatizamos, o la televisión que nos acerca las historias de otros pueblos. Hay múltiples estudios de laboratorio que apoyan estas tesis u otras parecidas: nos importan los demás cada vez más, a veces, a nuestro pesar.

5) La escalera mecánica de la razón. Parece ser que, para Pinker, la razón solo tiene un camino, moral y político. Si dejamos a una sociedad libre, que debata y se desarrolle, tenderá inexorablemente hacia un humanismo liberal. Este optimismo nos lleva también hacia un horizonte político: el liberalismo clásico:
Como los seres humanos han perfeccionado las instituciones del conocimiento y la razón y eliminado supersticiones e incoherencias de sus sistemas de creencias, tarde o temprano se sacan algunas conclusiones, igual que, cuando uno domina las leyes de la aritmética, al final seguro que salen sumas y productos [...] las pruebas indican que los sistemas de valores evolucionan en la dirección del humanismo liberal.
Este determinismo político es, en mi humilde opinión, un disparate. Sería tanto como decir que, de volver a nacer un planeta como la Tierra, los seres humanos volverían a aparecer tarde o temprano. El camino del progreso está ciertamente más que probado, pero está lejos de probarse que el futuro siga la senda política de pensamiento único que pinta Pinker. Podemos decir que, al menos formalmente, se curó en salud al advertir en el prefacio que la disminución de la violencia no está garantizada en el futuro.

No obstante, pretendo quedarme con lo mejor del libro y no con sus especulaciones o sesgos políticos. La idea central del libro de que ha habido una reducción de la violencia a nivel mundial y que la historia empuja hacia una mejora general, y que solo debemos aceptar la nostalgia de tiempos pasados como eso, como una nostalgia, pero no como un plan serio de volver hacia atrás u olvidar lo que nos ha hecho llegar hasta aquí, es una idea que me parece suficientemente probada.



E N L A C E S  R E L A C I O N A D O S:

Una actualización del libro que el propio autor tiene en su página web, con un listado de preguntas frecuentes.

Reseña favorable de Peter Singer, pionero de la filosofía que defiende a los animales, e inspirador de alguna parte de este libro según reconoce Pinker.

Extensa y crítica reseña de Edward S. Herman, especialmente demoledora en lo que respecta a la indulgencia política con que trata a EEUU en comparación con otros países.

En defensa de la psicología evolucionista.

NUEVOS ENLACES ACTUALIZADOS

La falacia de Pinker es una crítica de Nassim Taleb, rescatada por Eduardo Zugasti en su blog "Libros de Holanda", un provocador e interesante rincón de Internet que bucea como un pez en el tema de las ciencias sociales y la filosofía, aunque muy a menudo se ahoga en abismos insondables de cuestiones políticas. Aún así, su blog hace un notable esfuerzo por indagar y cuestionar áreas polémicas de la ciencia y la política.

3 comentarios:

  1. Acabo de tropezarme con este resumen del libro. Es tan pormenorizado que seguro que me será de utilidad (y espero que a más gente). Pinker es muy representativo del pensamiento progresista de primeros del siglo XXI, debidamente informado por la ciencia. Enhorabuena por haberlo escrito.

    http://unpocodesabiduria21.blogspot.com.es/2013/10/los-angeles-que-llevamos-dentro-2011.html

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  2. Muchas gracias idea21, fue un libro muy interesante, aunque le encuentro algunos sesgos graves. Tu blog tiene muchas más reseñas, algún día conseguiré explayarme menos y diversificar más, pero llevo años intentándolo sin éxito.

    Tus reseñas de Helen Fisher o Daniel Dennet me han gustado mucho, y me recuerdan que tengo muchos libros pendientes en mi estantería. Te leeré.

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  3. Interesante análisis, ya existen personas que tienen a Pinker como su profeta.

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