domingo, 7 de junio de 2015

"NOAM CHOMSKY, UNA VIDA DE DISCREPANCIA" (1997) de Robert F. Barsky

Este libro hace verdadera justicia a su título, y sin embargo aburre un poco porque es demasiado exhaustivo en la faceta, a mi juicio, menos interesante de Noam Chomsky: la lingüística.

Y es que para relatar una vida de discrepancia como la que tiene Noam Chomsky, es necesario adentrarse en las fuentes de las que bebió de niño, sus influencias políticas, y su contexto social y académico. El autor, Robert F. Barsky, lo hace con un meritorio esfuerzo que cuenta con la ventaja de tener acceso a textos no publicados, y a contactos con personas que estuvieron alrededor de Chomsky hace muchos años.

También dispone de una extensa correspondencia con la estrella de la lingüística, que se ha prestado a indagar en una biografía que él mismo nunca escribirá, como reza la portada del libro. Sin embargo, el grueso del ensayo está dedicado a su faceta de lingüista, y ese es, en mi particular opinión, su punto débil. Tiras y aflojas, dimes y diretes con lingüistas partidarios de un conductismo aplicado al lenguaje, frente a una opción de habilidad innata humana que es la que defiende Chomsky... son tan solo algunas de las batallas lingüísticas en las que este libro se extiende, pero que yo pasaré por alto. 

Baste con aclarar que la oposición chomskiana al conductismo de Skinner, se basaba en que el lenguaje humano demuestra una creatividad que no se ajusta al mecanicismo conductista. El ser humano no funciona como una máquina, y aunque algunas conductas humanas se puedan abordar con un enfoque conductista, el lenguaje no está entre ellas. La innata capacidad humana para el lenguaje contrasta con todos los experimentos que se hacen con animales a los que se entrena para que usen un lenguaje de signos para comunicarse con nosotros. Todos los animales se comunican, pero lo que defiende Chomsky con su gramática generativa es que los humanos aprendemos a usar unas complejas reglas gramaticales "mediante exposición, no aprendizaje".


Los propuestas chomskianas sobre el lenguaje han propiciado un espaldarazo a numerosas ciencias, como la psicología y demás ciencias cognitivas. El autor reconoce que hacer una biografía sobre Noam Chomsky es una tarea que da vértigo, pues será para futuras generaciones como alguien de la talla de "Galileo, Descartes, Newton, Mozart o Picasso."

Desde niño vivió en un entorno educacional que le dejó experimentar y explorar libremente, haciendo uso de su creatividad y dejando de lado "rígidos principios pedagógicos". La educación debe dejar sitio para mejorarse uno mismo, estableciendo el listón en sí mismo y no en lo que consigan los demás. De este modo, incluso una "sana competitividad" es vista con suspicacia, pues encasilla a los niños como del grupo de los listos o de los tontos de la clase. El entorno familiar y social del que se benefició Noam Chomsky, un colectivo de inmigrantes que no paraban de debatir sobre política en el contexto de la Gran Depresión, con un fuerte componente de izquierdismo, tanto del comunismo como del anti-comunismo.

Sin embargo, no parece que le entusiasmara el leninismo, pues ya desde los diez años elegiría a la república española como ideal de política inspirada en el libertarismo y el anarquismo. Todavía a sus 86 años, insiste en que los republicanos de la guerra civil demostraron que el anarquismo desde abajo era posible. Chomsky tiene la suerte o el acierto de haber elegido bien sus referentes desde que era niño, y mantener así una duradera coherencia. A diferencia de muchos izquierdistas no ha tenido que arrepentirse por apuntarse a un dogma o un movimiento que ha traicionado a sus bases. Sus tonteos con el marxismo los dejó atrás a los doce o trece años, lo cual nos puede dar una pista tanto del entorno en el que se crió como de la genialidad de un niño prodigio.

Leí algo de los intelectuales de la órbita de la tradición marxista (Lukács, la Escuela de Frankfurt, etc.), pero, sinceramente, no me interesaron demasiado. Si he de ser franco, no encuentro que su obra sea muy esclarecedora. Las ideas que parecen útiles también parecen bastante sencillas, y no entiendo a qué viene tanta palabrería. [Carta al autor 8 de agosto de1994]

Chomsky se pone de lado de aquellos anarquistas que fueron criticados tanto por la URSS como por EEUU. Esa posición de lado de los perdedores no es un principio irracional, sino un convencimiento de que se puede conseguir una buena sociedad desde abajo, sin exclusiones y con participación igualitaria, sin necesidad de líderes que impongan nada a los demás por el bien común.

Esa apuesta por el activismo de base, lejos de la revolución desde el sillón, fue lo que tanto le atrajo de la figura de Bertrand Russell. No fue su filosofía matemática la que le llevó a la cárcel durante la I Guerra Mundial ni la que le excluyó de la docencia en numerosas ocasiones. De hecho si es famoso, lo es precisamente "por su obra de principios de siglo, cuando aún era un dócil caballero",

Comparemos a Russell y a Einstein, dos figuras prominentes, que pertenecen más o menos a la misma generación. Estaban de acuerdo en los graves peligros que acechaban a la humanidad, pero eligieron maneras diferentes de reaccionar ante ellos. Einstein lo hizo llevando una vida muy cómoda en Princeton y dedi­cándose a lo que más le gustaba, la investigación, y tomándose el tiempo de vez en cuando de pronunciar alguna declaración con carácter de oráculo. La reacción de Russell consistió en liderar manifestaciones y conseguir que la policía se lo llevara a rastras más de una vez, escribir en extenso sobre los problemas del mo­mento, organizar juicios contra criminales de guerra, etc. ¿Y cuál fue el resulta­do? Russell fue y es vilipendiado y condenado, mientras que a Einstein se lo admi­ra como a un santo. ¿Debería eso acaso sorprendernos? En absoluto. [Carta del autor de 31 de marzo de 1995]


Paul Mattick y Karl Korsch, denunciaron la deriva bolchevique de una revolución que terminó en un estado, la URSS, que no se puede considerar que fuera socialista o comunista según Barsky, sino un estado bolchevique. Aunque pensara que Mttick era demasiado marxista, lo cierto es que gracias a él accedió a conocer la obra de Anton Pannekoek. A Chomky le seducía el movimiento de consejos de obreros que tanto gustaba a Pannekoek y a Antonio Gramsci. Era el control obrero, no el control estatal, lo que admiraba Chomsky y todos los que finalmente terminaron rompiendo con la Tercera Internacional. Según el autor, Pannekoek y Russell fueron las dos figuras más influyentes en Chomsky, ambos conocidos por sus obras antes de declararse disidentes en sus respectivos contextos (Pannekoek fue denunciado por Lenin cuando los consejos obreros se convirtieron en una posibilidad creíble de poder). Exactamente lo mismo que pasó con George Orwell, frecuentemente citado por Chomsky, y al que critica obras menores como "1984" o "Rebelión en la granja" que fueron popularizadas porque criticaba al enemigo (el comunismo), mientras que otros títulos más serios como "Homenaje a Cataluña" fueron minimizados.

RAÍCES JUDÍAS

En el segundo capítulo del libro se analiza la influencia que el contexto político-judío ejerció en el joven Chomsky. El sionismo de su juventud, ahora ya olvidado, se conocía por ser contrario a la idea de un estado judío en Palestina. Un sionismo de sesgo socialista que rechaza que un estado tenga un criterio organizativo de tipo religioso. Este modo de entender el sionismo pasaba por tener en cuenta la vida de los árabes, y trabajar con ellos como si se tratara de una cooperativa. No es de extrañar que pospusiera sus estudios para experimentar la vida en un kibbutz, e incluso estuvo a punto de trasladarse a Israel con su mujer para vivir allí, aunque nunca terminara de encontrarse a gusto en un "escenario racista institucional". La emigración a Palestina era una causa de izquierdistas judíos, que creyeron encontrar una solución laica al problema del antisemitismo.

Zellig Sabbetai Harris fue una figura de la lingüística de principios de s. XX que tuvo una gran relación con Chomsky. También las instituciones Avukah y Hashomer Hatzair, alimentaron las inquietudes de un Chomsky que con una edad comprendida entre los 12 y los 21 años, creyó demasiadas bondades del proyecto de Israel. Una de ellas es que los judíos que llegaban a Palestina no lo hacían para desplazar a los palestinos, sino para liberarlos del feudalismo con la razón socialista y comunal de trabajo que Avukah proponía. Este excesivo optimismo es reconocido por el propio Chomsky: "me asombra cuanta de esa mitología fui capaz de creerme allá por 1940". Avukah terminó escindiéndose, y sería el ala más conservadora la que se quedaría con el nombre, según Chomsky.

Los principios a los que Chomsky se somete son clásicos y permanentes en toda su obra: el racionalismo del s. XVII en cuestiones de lingüística y la Ilustración en cuestiones de política. La reivindicación de los pensadores ilustrados desde la izquierda, es una de esas originalidades con las que descoloca a los intelectuales acomodados de la casta. Revisando textos originales, Chomsky nos enseñó que la famosa mano invisible de Adam Smith, se había malinterpretado, y que tanto el padre del capitalismo, como Thomas Jefferson o Wilhelm von Humboldt entre otros serían hoy en día anti-capitalistas.

No he convencido a nadie, pero pienso que hay un "hilo" (para emplear su propio término) importante y detectable que va desde el racionalismo cartesiano, atraviesa el periodo romántico (el Rousseau más libertario, por ejemplo), parte de la Ilustración (algunas obras de Kant, etc.), el liberalismo clásico precapitalista (especialmente Humboldt, pero también Smith), y llega hasta la tradición parcialmente espontánea de revuelta popular en contra del capitalismo industrial y de las formas que adoptó en los movimientos libertarios, incluidas las partes antibolcheviques de la tradición marxista. También estoy en desacuerdo con muchas de esas cosas, y por poner todo ese material en el mismo saco genera muchas incoherencias internas (incluso en la obra de una única persona, como por ejemplo Humboldt o, como bien se sabe, Rousseau, que son muy poco sistemáticos).

EL INTELECTUAL, LA UNIVERSIDAD Y EL ESTADO

Chomsky siempre ha rechazado la vinculación entre su faceta de investigador del lenguaje y su activismo político, lo cual no quiere decir que otros no hayan intentado estudiar dicha vinculación. Pero como profesor siempre se ha cuidado de no hablar de política cuando está centrado en cuestiones lingüísticas. Pero una vez fuera, es partidario de implicarse en política y promover una sociedad más justa y menos hipócrita, especialmente si está en una posición de poder. La universidad es un escenario ideal para predicar este mensaje, pero una vez más, el Chomsky desmitificador nos recuerda que los cambios no suceden en las aulas. Sus "primeras charlas sobre la guerra se celebraron en iglesias [...] o en el salón de alguien, donde se reunía un puñado de vecinos". Las charlas en la universidades necesitaban versar sobre muchos temas a la vez para lograr una afluencia ridícula. El activismo no nació en la universidad según Chomsky, no al menos el de aquellos años. De hecho, pensaba que las rebeliones estudiantiles estaban bastante equivocadas, y sorprendía cuando un "aliado natural" como Chomsky les advertía compartía sus principios o su espíritu de lucha pero que se mostraba bastante crítico. Veía con escepticismo el mayo del 68, y no sufre ninguna nostalgia cuando habla de él, a diferencia de toda la clase izquierdista mundial.

La función del intelectual comprometido pasa por ir a parar unas cuentas noches a la cárcel, y mojarse cada vez más. Chomsky sabía que podía ser apartado de la docencia por cuestiones políticas, y su mujer se preparó para ganar un salario cuando la cuestión se ponía muy fea. Su pertinaz insistencia en rechazar cualquier medalla personal en luchas políticas estaba en armonía con sus principios anarquistas que pasaban por animar a la gente a pensar por sí misma, y desconfiar de líderes de toda índole.

El hecho de que Chomsky estuviera principalmente inmerso en un entorno científico tuvo un profundo impacto sobre su percepción del papel del intelectual, la manera en que funcionan las instituciones en esta sociedad y el valor que tiene la ciencia para esta. Sus sensibilidades políticas de inspiración libertaria, extremadamente bien desarrolladas, y su conocimiento de individuo y grupos mucho más radicales que los de finales de la década de 1960 eran la fuente de su agudo escepticismo con respecto a la capacidad de muchos destacados activistas del momento de realizar alguna contribución valiosa y perdurable. Por lo tanto Chomsky se involucró en luchas populares con comunidades de activistas, en lugar de en los esfuerzos de conocidos mascarones de proa de la izquierda. "Conocía a Marcuse [que era el gurú de la nueva izquierda y sin lugar a dudas el miembro más políticamente activo de la Escuela de Frankfurt en Estados Unidos] y lo apreciaba", escribe Chomsky, "pero su obra no me interesaba apenas. Me gustaban las posturas de Fromm, pero su obra me parecía muy superficial. A Abbie Hoffman lo conocía un poco (de hecho le presté algo de dinero, pensando que lo emplearía para pagarse la fianza, y eso fue lo que hizo). King era una figura importante, gracias sobre todo a las plataformas  que habían creado para él los obreros y otros activistas miembros del SNCC [Student Nonviolent Coordinating Committee]. Guevara no me interesaba; a mi juicio eso no era más que romanticismo sin sentido." [...] Chomky el activista, que denigra las actividades de quienes especulan desde una perspectiva no científica sobre las revoluciones, la psicología social de las masas y los pilares del comportamiento violento.
Muchos son los nombres con los que Chomsky ha contactado, por lo general de manera breve, y en todo caso con una influencia selectiva. Es como si tuviera una capacidad innata para separar el grano de la paja, y coger de cada cual solo lo mejor. Al negarse a actuar de oráculo de nadie, tampoco busca los suyos, y se limita a tomar unas ideas de unos y otras de otros. Son muchos los nombres que Barsky baraja: Russell sería de los más ilustres y admirados por Chomsky. Pero también tenía simpatía por activistas como Peggy Duff y David Dellinger. Los Panteras Negras y Fred Hampton (de quien asegura que cuando fue al funeral, él fue la única cara blanca que se vio por el lugar) representan ese tipo de activismo que hace historia, y que son la verdadera base de todo lo que después tiene éxito. Si alguien quiere encontrar los cimientos del activismo tiene que ir se a editoriales marginales que rescatan del olvido estas historias, como en su momento lo hiciera su entrañable amigo Howard Zinn, con su mítico libro "La otra historia de EEUU" (recomiendo el documental que subtitulé en youtube).


South End Press ha publicado más libros de Chomsky que ninguna otra editorial, y Z Magazine más artículos que todas las demás revistas juntas. Ello indica la determinación de Chomsky de participar en colectivos [...]
"Casi nunca asisto a lo que llamamos conferencias, esto es, reuniones de intelectuales. [...] Casi todas mis charlas están dirigidas a grupos activistas y populares, aunque normalmente se combinan con charlas en universidades, a veces seminarios, pero más a menudo para audiencias masivas con intereses generales. (31 de marzo de 1995)

Cualquiera que eche un vistazo a sus charlas en youtube se dará cuenta de que es cierto. Abundan tantas entrevistas con medios marginales y charlas en pequeñas aulas, como conferencias en grandes salones universitarios.

EL MIT Y SU VINCULACIÓN EL EJÉRCITO DE EEUU

Algunos han criticado a Chomsky por trabajar para una institución académica financiada por el complejo de investigación científico-militar más grande de EEUU, el MIT. La contestación de Chomsky deja bastante que desear, y es de los pocos puntos débiles que he podido encontrar en su ideario durante años. Mientras que acepta la vinculación de su lugar de trabajo con la industria de la guerra, al mismo tiempo resalta que hay otra faceta dentro del MIT que merece la pena como contrapeso a su pulsión bélica, y es que según Chomsky, dentro del MIT también hubo una gran resistencia a la guerra de Vietnam entre sus académicos. Y ello nunca influyó negativamente en sus trabajos, porque las instituciones estatales saben que la libertad de enseñanza es la mejor aliada de la ciencia y la que produce mejores resultados. De manera que nunca le han presionado, a pesar de que fuera de su despacho fuera a manifestaciones y fue detenido. Es una de esas afirmaciones chomskianas que inquietan en la izquierda, como aquella de que EEUU es el país con mayor grado de libertad del mundo. Pero su defensa del MIT puede llegar hasta límites incomprensibles cuando saltó la polémica entre algunos docentes, que se opusieron a la financiación militar (de izquierdas) y otros que estaban a favor (de derechas). Tan solo unos pocos, entre ellos Chomsky, estaban a favor de que el Pentágono siguiera financiando el MIT para poder denunciarlo y controlar lo que hacían. Mientras que la izquierda prefería que prohibiesen la financiación, lo que habría producido que se llevasen sus investigaciones a otros sitios ocultos, y lejos de los progresistas, Chomsky prefería tener al enemigo en casa donde se le podían sacar los colores. Desde su perspectiva, la posición de los liberales de izquierdas era una hipocresía, porque lo único que pretendían es evitar trabajar en el mismo sitio que las ideas bélicas, pero no iban a ir a perseguirlas allá donde se escondieran.  Chomsky es contrario a estos falsos purismos que solo esconden medidas estéticas. Cuando estos izquierdistas se opusieron a que se contratara a un político pro-guerra (Walter Rostow) como profesor de historia, Chomsky protestó porque ninguna institución debe tener el derecho a decir lo que se puede o no se puede investigar.

Ante los reproches por aceptar un sueldo de una institución tan íntimamente vinculada al negocio de la muerte y la destrucción, Chomsky observó que recibir financiación de una institución solo limita la capacidad personal de expresarse si dicha institución es de naturaleza totalitaria. Curiosamente, la mayor parte de las críticas venían de la izquierda, lo que impulsaba a Chomsky a preguntar: "Habéis oído a alguien sugerir alguna vez que Marx no debería haber trabajado para el Museo Británico, el símbolo por excelencia del imperialismo británico"? (31 de marzo de 1995)

La pregunta retórica me parece brillante, pero no se puede esconder la contradicción de un Chomsky que ha tratado tan específica y seriamente el tema de la responsabilidad de los intelectuales, y que ahora sortea el problema con argumentos tan banales como los beneficios colaterales que la investigación puede aportar a la humanidad. Quizás sea injusto adosar a Chomsky una justificación de un comentario desafortunado, incluso de mal gusto, del autor del libro:

El avance en la ciencia  progresa de manera incremental, y mientras que un fin determinado pueda ser reprensible para algunos, los descubrimientos accidentales a los que se llega en el proceso de lograr ese fin pueden ser enormemente beneficiosos para muchos. Por ejemplo, aunque un Gobierno pueda decidir otorgar una financiación masiva para un investigador que trabaja en un suero de la verdad para que los agentes secretos puedan extraer información de los espías capturados, ese investigador se verá obligado, al trabajar sobre ese suero, a analizar de qué maneras ciertas drogas afectan al proceso de pensamiento, lo cual puede resultar muy útil para la población en general en distintos momentos cruciales.

Mucho más profundamente se posiciona Chomsky en una ya lejana correspondencia pública con George Steiner en 1967, en donde duda de sí mismo y de su eficacia como resistente desde dentro de la institución.

PERIODISMO A FUERZA DE EJEMPLOS



De una mente lúcida capaz de innovar en campos tan abstractos como la lingüística y de proponer una teoría gramatical que lo pone todo patas arriba, cabría esperar que produjese un corpus político excesivamente teórico. Sin embargo, si por algo se conoce a Noam Chomsky, es por ser capaz de poner nombres y apellidos a sus causas. En cualquier entrevista puede recordar con pelos y señales hasta los detalles más precisos de una intervención militar, hasta la última coma de un artículo de periódico, hasta la frase más desapercibida de un presidente de gobierno. Chomsky no es un teórico anti-guerra que rellena páginas y páginas hablando de los derechos humanos y las crueldades del ser humano en abstracto. Chomsky golpea a su enemigo a menudo con sus mismas fuentes, exponiendo la hipocresía y el doble rasero que ocultan declaraciones oficiales de "neolenguaje". Y lo hace a golpe de ejemplos, uno tras otro, con datos precisos y contundentes que no dejan escapatoria a su adversario para escabullirse con argumentos peregrinos o contraponer una teoría alternativa por demostrar. Al menos esta es su táctica cuando se adentra en los intestinos de la política exterior estadounidense, aunque no así cuando desarrolla otros temas (el intelectual en la sociedad, ideología de izquierdas etc..). Algunos han llamado a esta forma de hacer de activismo "periodismo sensacionalista", entendido como una forma de "extender el fango en un intento de hacerlo más evidente."

Pero la fuerza del ejemplo no solo sirve para extender el fango, también para hacer posible una íntima convicción chomskiana que lo diferencia de muchos intelectuales: su insistencia en que no hay cosas lo suficientemente complicadas e importantes al mismo tiempo, que no puedan ser explicadas con ejemplos y palabras sencillas. Chomsky rehúye del posmodernismo que se refugia en sutilezas y complejidades como forma de alejarse del común de los mortales. El posmodernismo es un ejemplo de esa torre de babel que necesitan algunos intelectuales para sentirse diferente, para pavonearse ante sus pares y construir un muro que les aísle de la chusma. El único que Chomsky llegó a apreciar algo fue Michel Foucault, con quien llegó a aparecer en la televisión holandesa en un debate desempolvado hace no mucho gracias a youtube. Y hace bastante menos, protagonizó un rifi-rafe con Slavoj Žižek, heredero actual del posmodernismo al que personalmente tampoco tengo mucho aprecio. Chomsky piensa que casi cualquiera que dejara de atontarse la mente con programas basura, entretenimientos de masas o de jugar en bolsa, podría comprender las funciones básicas de cómo funciona el mundo y realizar una crítica política apropiada. Hacer política con los ejemplos adecuados, no solo permite a las clases populares acercarse a cambiar sus destinos, sino que también es la única opción en un mundo en donde no hay teorías definitivas o aproximadas al verdadero funcionamiento del "totalitarismo, los filtros internos y demás."

EEUU GANÓ LA GUERRA DE VIETNAM

Otra de esas afirmaciones que descolocan de Chomsky es la que asigna la victoria de la guerra de Vietnam a EEUU. Siempre nos han dicho que EEUU tuvo que abandonar la invasión de Vietnam del Sur porque las víctimas y el coste en vidas humanas (americanas) era demasiado alto para la opinión pública (americana). Y así fue. Tras al retirada de EEUU, Vietnam del Sur se rindió, y Vietnam del Norte y su comunismo se impuso en todo el país. EEUU salió con el rabo entre las piernas y se cantaron en todos los medios de izquierdas la derrota del imperialismo. Fin de la historia. Pero para Chomsky esto es una conclusión demasiado complaciente. La intención de invadir Vietnam del Sur era instaurar gobiernos títeres y mantener un gobierno americano en la sombra afín a los intereses de la Casablanca. Como este objetivo no se pudo conseguir (a diferencia de otras intervenciones en Latinoamérica), EEUU se tuvo que conformar con un objetivo menor: conseguir devastar un país para decirle al tercer mundo que oponerse a EEUU tiene su precio. No se puede decir que eso sea una derrota, aunque no se hayan cumplido todas las expectativas.

La mayoría de los historiadores considera que si la pretensión americana era detener la expansión del comunismo en Vietnam, hay que reconocer que EEUU perdió esa guerra, aunque no la perdiera en el sentido más estrictamente militar del término ni en cuanto a número de bajas. Tampoco la perdió, y a eso creo que se refiere Chomsky, en el sentido de que consiguieron destrozar lo que se podía haber convertido en un modelo a seguir, una Cuba en Indochina que se atreviese a subsistir con una economía diferente. Al interrumpir el contagio del "virus de la democracia" en los países de la zona (Indonesia, Singapur, Tailandia, Malasia y Filipinas no cayeron en el comunismo tras la guerra) se puede considerar que ganó la guerra contra la expansión del comunismo, que fue uno de los motivos oficiales para ir a la guerra (teoría del dominó).

Cuando se trata de hablar de ganadores y perdedores de una guerra, como la II Guerra Mundial, a veces Chomsky ha empleado un análisis de lucha de clases. Así, los perdedores son a menudo los ciudadanos que independientemente del bando militar al que perteneces, están cuasi-esclavizados en empresas (a menudo alemanas) que han viven mejor ahora que antes de la guerra.

LA MANIPULACIÓN EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

A partir de 1970 Chomsky estableció una fructífera colaboración con Edward S. Herman de la que surgió su teoría sobre la fabricación del consenso. Su análisis del control que los medios de comunicación ejercen sobre la población es ya un clásico que se estudia y revisa periódicamente en las universidades de todo el mundo. En sociedades democráticas el control de la población se hace incorporando al sistema una discrepancia limitada. De esta manera todo lo que se sale del espectro es prácticamente inimaginable. Esto se consigue con el control de los medios de comunicación y la propaganda ideológica que pretende mantener a las personas aisladas. La televisión es un ejemplo de ese aislamiento. La mejor manera de adentrarse en esta faceta chomskiana es ver el impagable documental canadiense "Noam Chomsky y los medios de comunicación".

El consenso a menudo no se construye conscientemente, sino que deja actuar libremente a una serie de sujetos que consiguen llegar a sus posiciones de poder gracias a unos filtros. Ellos creen estar actuando sin censura, y técnicamente lo están, pero lo que ignoran es que nunca estarían donde están de haber pensado de otra manera. Sin embargo, a veces sí que hay un diseño consciente para marginar, y eso lo sabe muy bien Chomsky cuando la misma empresa que le publicaba un libro se lo retiró, en contra de sus intereses económicos y por motivaciones ideológicas. Sin embargo en general el aislamiento y marginación que sufre Chomsky en los principales medios de su país, contrasta con la admiración que levanta en el resto de medios a nivel internacional. Pero Chomsky afronta esa dinámica excluyente sin asombro ninguno, porque para el todo encaja en un sistema que trata de mantener el estatus quo que lo mantiene en pie. Durante la guerra de Vietnam solo le publicaban algunas revistas marginales, y el New York Review of Books (y solo hasta 1972, porque después se pasaron al bando de las élites) le publicaban artículos. "¿Cuándo no se me ha marginado?", se pregunta. Pero creo que los medios se han democratizado más, y sería injusto dejar de reconocer que aunque el ciudadano medio no tiene ni idea de quien Noam Chomsky, lo cierto es que cada vez es más fácil acceder a sus charlas. Incluso en los últimos tiempos ha salido en la BBC en varias ocasiones, y en Público.es llegó a tener una columna mensual. Esto, por supuesto, no significa que se le pueda seguir con tanta facilidad como los comentaristas políticos asiduos en TV, pero tampoco se puede decir que sea un desconocido, ni que solo le queden actualmente las opciones de la derecha:
"A finales de la década de 1970, por ejemplo, después del cierre de Ramparts y Liberation, casi la única revista en la que podía publicar regularmente era Inquiry, la revista del ultraderechista Cato Institute."

EL INTELECTUAL COMO COMISARIO

En el último capítulo se repasan algunas famosas controversias que han trascendido al gran público, y que tienen como elemento común algún tipo de enfrentamiento de Chomsky con intelectuales que están al servicio del poder. La figura de este tipo de intelectual es la antítesis de la que representaba Bakunin, que defendía que en una buena sociedad los obreros deberían pasar a realizar las funciones directivas de organización, planificación y control. De esta manera el prestigio asociado a los ejecutivos "se evaporaría como lo había hecho en la escuela deweyana en la que Chomsky había estudiado hasta los doces años." Por estos mismos motivos Chomsky también rechaza el socialismo autoritario y el dirigismo ilustrado. Uno de sus clásicos enfrentamientos con comisarios del poder sería el del conocido escritor Alan Dershowitz, no tanto por el nivel de la disputa, sino porque Chomsky consiguió desenmascararle hasta tal punto que el Boston Globe se negó a seguir publicando las mentiras de Dershowitz, y desde entonces este ha llevado una "desquiciada yihad" para destruir la reputación de Chomsky.

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y EL CASO FAURISSON

El compromiso de Chomsky con la libertad de expresión no tiene que ver con pragmatismos del tipo "podríamos eliminar algo interesante que se pudiera decir", sino con el genuino derecho de base libertaria de que todo el mundo debe poder expresar sus ideas sin injerencias exteriores. Esta radical posición le ha acarreado algunas heridas de las que sus enemigos han sabido sacar provecho. El caso Faurisson puso de manifiesto que Chomsky es de las pocas figuras públicas que se toma en serio la libertad de expresión, aun con personas con las que no comparte nada.

Robert Faurisson fue un profesor que defendía que las cámaras de gas nunca existieron. En Francia lo expulsaron de sus funciones docentes e incluso lo agredieron y le prohibieron tener acceso a archivos etc... Pero para Chomsky, al que le pidieron que firmara una petición en defensa de la libertad de expresión pero sin adentrarse en el contenido de las falsificaciones negacionistas, lo más importante no es lo que un profesor tenga que decir sobre un hecho que todo el mundo sabe que existió. Lo importante es defender que todo el mundo tiene derecho a decir lo que quiera y a investigar lo que desee. Chomsky firmó una petición, junto con 500 intelectuales extranjeros, que le presentaron en defensa de la libertad de investigación, y entonces llegó el revuelo mediático. Chomsky redactó un artículo para explicar la diferencia entre defender el derecho a expresar una opinión y defender esa opinión. Chomsky dejó libertad para que se usará dicho artículo como se quisiera, y los editores de Faurisson le tomaron la palabra para incluirlo como un prefacio a un libro que Faurisson estaba a punto de sacar exponiendo sus ideas negacionistas. Para cuando Chomsky se enteró que su artículo iba a ir incluido en un libro negacionista (del cual no tenía conocimiento), solicitó que se lo devolvieran, pero ya era tarde y el libro salió publicado.

[Chomsky] Defiende que sabía muy poco de los escritos de Faurisson y que no le interesaban. Después de todo, no había "sentido la necesidad de leer Versos satánicos antes de firmar innumerables peticiones a favor de Rushdie". [...] Lo que Chomsky sí sabía de Faurisson era [...] que había publicado por su cuenta panfletos que negaban la existencia de las cámaras de gas."

Este caso pone de manifiesto alguna que otra carencia chomskiana en cuanto al don de la oportunidad, y su inflexible posición cuando se trata de lidiar con los que le atacan. Por ejemplo, cuando se le pregunta si se arrepiente, y parece que se arrepintió al solicitar que no se incluye su artículo como prefacio en aquel libro, Chomsky responde que de lo que se arrepiente es de no haberse posicionado más firmemente a favor del derecho a la libertad de expresión de Faurisson. No cabe duda de que Chomsky tiene razón cuando afirma que "si no creemos en la libertad de expresión para la gente que despreciamos, no creemos en ella para nada". Y la máxima de Voltaire de "no estoy de acuerdo contigo, pero moriría por tu defender tu derecho a expresarlo" es un pilar sin el que no se puede entender la libertad de expresión. Pero cuando llega el momento de la verdad, ¿cuántos de nosotros estamos dispuestos a manifestarnos o a buscarnos un marrón por defender los derechos de gente miserable? Solo los abogados que cobran por ello defienden los derechos de los criminales, y aún así son criticados por ello. A Chomsky no le pagaba nadie, y se metió él solito en la boca del lobo. La sombra del caso Faurisson le persigue a pesar de los años, y siempre hay algún periodista que le vuelve a preguntar por el caso. Pero la integridad de Chomsky siempre va pareja con una incansable capacidad de explicar mil veces lo mismo. Sea como sea, si el periodista quiere encontrar la verdad, sabrá que Chomsky escribió antes y después del caso Faurisson sobre el Holocausto, dejando clara su posición de que discutiendo con los negacionistas perdemos nuestra dignidad, al aceptar una presunción de que "el ataque de locura colectiva más terrible de la humanidad" nunca existió.

El caso Faurisson tuvo lugar en Francia, y Chomsky se queja de que en ese país es el único que le ha negado su derecho a defenderse de calumnias y difamaciones. La izquierda de ese país "tiene un amplio segmento profundamente autoritario". Su desencuentro contrasta, por otro lado, con que no se le caigan los anillos al decir que EEUU es el país con mayor nivel de libertad de expresión, o que la prensa israelí es "mucho más honrada" que la del resto de Occidente (cuando estuvo en Israel, los únicos problemas que tuvo fue con un grupo de palestinos que no aceptaban sus críticas de la OLP... aunque esto no explica la afirmación sobre la prensa israelí).

EL CASO POL POT Y EL DOBLE RASERO

A finales de los años 70 Chomsky se metió en otra polémica relacionada con otro genocidio, el camboyano. Él junto con Hermann, publicaron un artículo titulado "Distorsiones de cuarta mano" en la que ponían en duda el alcance (no la existencia) de las matanzas que los Jemeres Rojos estaban llevando a cabo cuando tomaron el poder en Camboya. Aunque el genocidio camboyano está más que probado, lo cierto es que en 1975, tan solo unos meses después de que los Jemeres Rojos empezaran a asesinar, los medios norteamericanos ya calificaban de genocidio lo que estaba sucediendo en Camboya. Era demasiado pronto para tener datos fiables, y Chomsky con el paso de los años ha insistido en que con aquella información no se podía alcanzar esa conclusión, aunque después se haya podido comprobar por otros medios.

Una explicación más profusa se puede sacar leyendo los artículos originales, que no están en castellano, y echando un vistazo a la primera parte del documental que antes he mencionado.

En cualquier caso, la batalla de Chomsky no estaba en minimizar unas matanzas, sino en comparar el tratamiento mediático que la prensa estadounidense daba a unas matanzas u a otras, dependiendo de que si había responsabilidad americana de por medio. En Timor Oriental, justo por aquellas fechas, se estaba  cometiendo otro genocidio que en términos relativos (es decir, teniendo en cuenta el porcentaje de población), era incluso peor que el de Camboya. Sin embargo, la responsabilidad de EEUU en Timor era mayor, pues había fomentado y tolerado toda la masacre, y por esa razón los medios de comunicación apenas reportaban los hechos. Cuando los crímenes son de otros son intolerables, y cuando son nuestros, debemos tolerarlos. Además, Chomsky subrayó el hecho de que antes de que los Jemeres Rojos llegaran al poder, EEUU había bombardeado intensamente Camboya, y que tales bombardeos sin duda ayudaron a que unos comunistas anti-americanos como los Jemeres Rojos obtuviesen apoya popular. Este tipo de comparación se utilizó para hacer parecer a Chomsky como un defensor de los Jemeres Rojos y que exculpaba a sus verdugos de todos los asesinatos. 

Resulta paradójico que Christopher Hitchens defendiera la oportunidad de comparar ambos crímenes para denunciar la implicación de EEUU en alguno de ellos, y que décadas después escribiese contra Chomsky precisamente por hacer lo mismo. Hitchens (al que Chomsky terminaría acusando de comisario soviético) siempre se defendió de sus cambios diciendo que eran otros los que habían cambiado, pero cualquiera que conozca un poco la obra de Chomsky sabrá que uno de sus pilares es denunciar la hipocresía de EEUU, y de Occidente en general, al juzgar con diferente rasero sus propios crímenes y los de los demás. En su libro "On power and ideology" (pág. 51), explicaba por qué había elegido ser el azote de su propio país (la traducción es mía):



Mi preocupación es principalmente el terror y violencia que lleva a cabo mi propio país, por dos razones. En primer lugar, porque resulta que es el responsable de la mayor parte de la violencia internacional. Pero también hay una razón de mucho más peso que esa; y esta es que puedo hacer algo al respecto. Así que aunque EEUU fuera responsable del 2% de violencia en el mundo, en lugar de la mayoría de la violencia, sería de ese 2% del que yo sería responsable fundamentalmente. Y esto es un juicio ético bastante sencillo. Porque el valor ético de las acciones propias depende de lo anticipadas y predecibles que sean las consecuencias. Es muy fácil denunciar las atrocidades de los demás. Eso tiene tanto valor ético como denunciar las atrocidades que tuvieron lugar en el siglo XVIII.

Lo que importa es que las acciones que son útiles y políticamente significativas son las que tienen consecuencias para los seres humanos. Y estas son en su gran mayoría aquellas sobre las que tienes alguna forma de influencia o control, lo que para mí significa, acciones americanas. Pero también estoy comprometido en protestar contra el imperialismo soviético, y explicar igualmente sus raíces en la sociedad soviética.


2 comentarios:

  1. Hola, si me lo permite le sugiero la lectura de los libros de Félix Rodrigo Mora, incluido el coescrito junto a María del Prado Esteban Diezma.
    www.felixrodrigomora.org/
    esfuerzoyservicio.blogspot.com
    http://prdlibre.blogspot.com.es/

    Un saludo.

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  2. Saludos.

    http://biografiasyotroscuentos.blogspot.com.es/2016/04/el-museo-de-la-inocencia-orham-pamuk.html

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