domingo, 28 de febrero de 2016

"ROBESPIERRE" de Javier García Sánchez (2012)

EDITORIAL www.galaxiagutenberg.com
Después de una década enganchado a libros de ensayos, serios y sobrios, me había autoimpuesto la obligación de recuperar la novela, para embriagarme y volver a la literatura en serio. La elección fue este libro, y hasta casi la mitad, he estado dudando si fue acertada.  A medida que avanzaba me sentía domesticado por el arte del escritor, férreo en sus insistencias, barroco en su vocabulario y desordenado en su cronología. Es un libro difícil de leer. El creador de la obra lo sabe y no le importa condenar al lector a recurrir al diccionario hasta la exasperación. Al principio pensé que mi atrofiado paladar ensayístico era el responsable, y creí haber perdido la capacidad para saborear un buen párrafo de pura literatura. Pero al poco tiempo intuí que aún tratándose de un hueso duro de roer... tras el mismo tenía que haber un tuétano que merecía le pena. Y así ha sido, sin duda, pero no sin grandes dosis de esfuerzo y fe que me asistieron al inicio.

El libro cuenta con escasísimos diálogos, es pura narración dividida en capítulos con los nombres de los meses revolucionarios. En aquella época los nombres de enero, febrero, marzo... se sustituyeron por Vendimiario, Brumario, Frimario...etc. Renombrar los meses del año; un gesto que refleja hasta qué punto se quería romper con el Antiguo Régimen. Pero ya se advierte desde al principio del segundo capítulo, que los meses no implicarán ningún rigor cronológico, no supondrá "un ineludible lastre argumental", y que la narración dará constantes saltos en el tiempo, recurriendo a constantes prolepsis y analepsis para presentar una y otra vez al verdadero protagonista, según se nos confiesa al final del libro: el miedo, el Terror. Huyendo de él y confrontándolo en una forma literaria de estilo fugada, como ha bautizado él mismo, mezclando la disciplina musical con la literaria. Algo parecido recuerdo haber saboreado con Javier Marías, quizás mi autor español favorito de ficción (precisamente por ese recurso a la fuga con "farragosos excursos psicológicos"), aunque sin el hercúleo esfuerzo de documentación que éste otro Javier muestra en esta novela, orientado con denuedo a desmitificar a un Robespierre que "parecía escupir lápidas en vez de palabras".

Pero el ratón de biblioteca no tiene que ser aburrido o desapasionado; el rigor y la honestidad no están reñidos con el nervio, en realidad deberían ir de la mano. El formato novela, a diferencia del ensayo, le permite al autor acometer tamaña empresa lejos de anodinas asepsias. Muy al contrario, y para fortuna del lector, el autor toma posición y vive a través de Sebastien el profundo desprecio por la deleznable montaña de mentiras que se han dicho sobre Robespierre.

Quede esto claro: nunca pretendí escribir una obra neutral u objetiva, pues sobre dicho periodo es literalmente imposible hacerlo, sino más bien «fanática», ya que de eso y no de otra cosa se trató siempre, no nos engañemos, de una guerra sin cuartel entre modos por completo opuestos de ver el mundo. Y ellos, los que mintiendo sobre el Terror deslegitimaron el alcance de la Revolución, tendrían más de dos siglos para hacerlo a sus anchas.



MI INTRODUCCIÓN

Quien espere aproximarse a una entretenida lección de historia que le permita iniciarse en conceptos como Comuna de París, Asamblea Constituyente, Asamblea Legislativa, Convención Nacional, Directorio, o diferenciar el Gran Miedo del Terror, y éste del Terror Blanco, o los Girondinos de los Jacobinos, la Montaña de los conservadores, la Llanura del Pantano... se dará un golpe de narices. Todo esto se da por sabido y por ello el apéndice final, con cronología y personajes, es tan necesario como insuficiente, lo cual trataré de complementar con una introducción a lo que yo debería haber sabido, como mínimo, antes de abordar este libro.

Para suplir el poco didacticismo del libro, he visto dos películas, dos documentales y he leído una guía básica de la Revolución Francesa. Y lo que inicialmente pudiera considerar una carencia, ha terminado siendo una virtud, ¿o ocaso no es una misión de la lectura despertar la curiosidad y enriquecerte haciéndote buscar otros libros?

El deleite narrativo del autor se extiende en determinadas escenas de los grandes personajes de la Revolución. Algunas son abordadas con consciente alusión al recuerdo, a cómo las registró la Historia, en cuánto hay de verdad o de mito en algunas de ellas. También abundan las descripciones de paisajes anónimos que ornamentan la atmósfera de la revolución. Como cuando detalla las obras teatrales, e incluso los versos de las canciones que se cantaban en las mismas plazas, al mismo tiempo que se guillotinaban cabezas.

El asalto a la Bastilla es lo más conocido, pero tras dicho asalto no llegó la revolución propiamente dicha, sino un periodo (Asamblea Constituyente) en el que los girondinos consiguieron contener la ansias rupturistas del pueblo llano y de sus representantes parlamentarios los jacobinos. La Fayette lideró este periodo, pero tardó poco en caer al descubrirse sus intrigas palaciegas para reponer el Antiguo Régimen. La nueva Asamblea Legislativa tenía de fondo una crisis económica y una guerra exterior que se cebaba con las clases populares, y los miedos de sectores temerosos de perder su parcela de poder. La escena de un rey huyendo con su familia, reconocido por el pueblo en su carruaje, no ayudó en absoluto a las ideas que querían preservar el viejo orden. La ruptura está servida. La familia real volvería al palacio de las Tullerías, pero las multitudes no lo olvidarían y aproximadamente un año después protagonizarían el asalto de ese palacio, archiconocido por sus escenas de violencia incontrolada, sus cabezas pinchadas en picas y sus frustradas intenciones de linchar a María Antonieta.

Sans culottes
Las películas te dan un sentido mucho más estructurado y ordenado de cómo sucedieron las cosas. Todo parece indicar que el inicio fue por problemas económicos derivados del endeudamiento y la guerra que Francia había acometido. El Rey XVI decidió que la forma de solventar los problemas económicos era convocar los denominados "Estados Generales", que no eran sino una asamblea que se solía usar cuando había problemas excepcionales relacionados sobre todo con los impuestos. En estas reuniones de carácter excepcional se podían tomar decisiones tributarias peliagudas con el consentimiento de todos los implicados. Por supuesto esto no se asemejaba a ningún concepto de democracia moderna que ahora podamos entender, pero al menos, el Rey se aseguraba ciertos consensos en cuestiones de dinero, cuestiones que solían generar mucha controversia. Desde el punto de vista estratégico parecía una sabia decisión por parte del Rey, pero el tiro le salió por la culata. ¿Por qué? Porque la forma de votación era que se le daba un voto a cada estamento, y había tres estamentos: la nobleza, el clero y "el Tercer Estado", esto es, el pueblo llano (representado por algunas pocas ciudades que tenían un consistorio). Pero lo ánimos estaban tan crispados, que no se pudieron reprimir las denuncias del Tercer Estado, que pretendía una representación más real apostando por el voto por cabeza, criterio que le aseguraba la victoria en cualquier votación. El clero y la nobleza, a pesar de tener miembros de muy dispares ingresos, tradicionalmente votaban juntos, dejando al Tercer Estado (más numeroso en la asamblea así como en la sociedad) siempre fuera de cualquier acuerdo.

Es cierto que el asalto a la Bastilla no significó un cambio de régimen inmediato, pero obligó a hacer una concesión real que nos ha sido legada a las generaciones posteriores de ciudadanos del mundo, y me refiero a la  Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero el rey, receloso, se trae a más militares del extranjero para protegerse y se les recibe con una comilona que no hace sino encender más la ira del pueblo. Luís XVI no quería atacar duramente al pueblo, no se sabe si por miedo o por humanidad, pero como quiera que fuese sus promesas siempre eran sobre asuntos simbólicos y nunca pretendieron cambiar nada. El pueblo se da cuenta de eso, y las mujeres hartas de ver pasar hambre a sus hijos marchan hacia el Palacio de Versalles (residencia suntuosa lejos del mundanal ruido del centro de París) para pedir pan y reclamar que la familia real deje ese infame palacio, símbolo de la opulencia y los privilegios reales, para trasladarse al Palacio de las Tullerías, mucho más cerca del centro de París. Pero la gente no tardó en asaltar también ese palacio, sobre todo, tras enterarse de la huída que protagonizó el Rey y de la vuelta al Antiguo Régimen, que se planeaba con la ayuda de las naciones amigas de la monarquía, con las que ya se hallaba Francia en guerra.

La película "Danton" (1983) muestra como hubo un momento a partir del cual, tanto Danton como Robespierre se vieron inmersos dentro de una criatura que ellos habían ayudado a crear, y de la que ya no tenían control. Tras las masacres en las prisiones en septiembre de 1792 el Terror cobró vida propia y ya nunca pararía hasta borrar todo vestigio de la tierra prometida con la que soñaba todo revolucionario.

Danton es avisado por Robespierre de que llegará el momento en el que se tendrá que elegir entre la revolución y el rey, y también que los negocios de Danton pueden suponer un obstáculo ante los ojos de un pueblo embravecido que va buscando justicia entre los poderosos y adinerados. Efectivamente el momento le llega al rey cuando lo someten a juicio. Quizás una de las frases más celebres atribuidas a Robespierre es la que dijo al emitir su voto a favor de la ejecución de Luís XVI: "porque siento compasión por los oprimidos, no puedo sentirla por los opresores". Una frase que no solo revela la capacidad oratoria del personaje histórico, sino también los laberintos morales entre los que se tenía que mover quien, como sugiere el autor, quiere hacer una tortilla sin romper los huevos (o solo unos cuantos).

Gerard Depardieu saluda a Robespierre en "Danton"
La película opta por un Robespierre más dispuesto a romper esos huevos. Robespierre le dice a Danton que los que antes querían la revolución, ahora quieren políticas conciliadoras, y que ahora necesitan un nuevo tribunal revolucionario que sea capaz de una justicia sumaria. Dicho de otra manera, una forma de eliminar al contrincante, disfrazada de artificio legal de emergencia. Danton lo consiente... y se lo consigue. La película muestra a Danton como uno de los precursores de la revolución, pero también desde el principio lo describe como un interesado negociante que accede a todo lo que dice Robespierre, bien porque cree que Robespierre siempre tiene razón, bien porque los planes de su amigo el Incorruptible no obstaculizan sus negocios. Como quiera que sea, Danton consigue constituir ese tribunal conspirando y prometiendo a los girondinos que la primera víctima sería el sanguinario Marat, pero al final, éste se libró. Los girondinos se sintieron traicionados y acusaron a Danton de múltiples corruptelas, de las que el propio Robespierre era consciente, y según se deja entrever, cómplice de ocultamiento, o al menos, de permitir que el corrupto de su amigo se escapase de las manos de la justicia.

Cuando Herbert le acusa públicamente de corrupción, y de incluso ser enemigo de la revolución, Robespierre sale enérgicamente en su defensa. Pero lo hace desde cierta distancia solo apreciable por ellos dos. Es como si ambos supieran que se deben fidelidad mutuamente, pese a las diferencias que empiezan a separarlos. Como quien defiende a un hermano pese a saber que es culpable. En realidad todo parece que fue algo más prosaico; Robespierre quería quitarse de en medio a Hérbert (heredero intelectual de Marat), y para ello necesitaba a Danton. La película no entra tanto en las buenas intenciones de Robespierre, ni lo describe como un virtuoso de corazón que quiere pero no puede hacer nada para defender a sus amigos. Más bien al contrario, el Robespierre cinematográfico es  idealista pero también fanático. Cree que el Terror tiene que seguir su curso para defender la nueva república, y si para ello tiene que eliminar a sus amigos Danton o Camille, lo hará. Pero, eso sí, lo hará escudándose en votaciones y comités, tirando la piedra y escondiendo la mano, avergonzado probablemente en algún rincón de su alma, pero seguro de que es lo que debe hacer.

Cuando por la calle le gritan a Robespierre "muerte al tirano", éste no atisba todavía que la justicia sumaria y el Terror que desató ya es incontrolable, tan solo piensa en ejecutar rápidamente a sus dos amigos. Pensaba que el pueblo solo necesitaba nuevas víctimas y así se aplacaría su sed de sangre y se verían colmadas sus grandilocuencias de justicias. Pero el Terror era omnívoro, y no solo se alimentaba de enemigos de la revolución, también de sus partidarios.
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CAPÍTULO 1: VENDIMIARIO

Quizás haya sido demasiado duro al juzgar prematuramente este libro. Lo pienso cuando caen párrafos en mis manos tan seductores, tan auténticamente literarios como el que sirve para abrir el apetito al lector en la primera página. No es el único por supuesto, pero fue el que me enganchó a mí cuando ojeé el libro por primera vez en la Fnac de Barcelona, y desde entonces, no se me olvidó que tenía que comprarme ese libro. El párrafo en concreto nos presenta la escena de un joven provinciano que llega a París y contempla por primera vez la guillotina:
Una ligera brisa en el cuello.

Eso fue exactamente lo que a guisa de heraldo sintió Sebastien al cruzar  con su carruaje junto al Artefacto, sobre cuya hoja suspendida en lo alto, y  en medio de un estrepitoso zureo de palomas, golpeaban en escorzo los incipientes rayos del sol matutino. Allí permanecía la célebre y temida balanza justiciera de la Revolución. Muda, orgullosa, surgida como obscena protuberancia del adoquinado que,  a modo de eco, devolvía el nervioso piafar de los caballos. Un grupo de mugrientos y barbilampiños rapaces, valiéndose de un largo palo con el extremo ganchudo, intentaban quitar la tela que tenía como misión cubrir la hoja de acero de las miradas de la gente. Vocingleros e inocentes se divertían. La certidumbre de aquel triángulo plateado e irregular, inmóvil en su terrible locuacidad, captó de inmediato la atención de Sebastien, que accedía a la plaza en un traqueteante carruaje. Por un instante dudaría de la forma geométrica exacta de ese pedazo de metal, pues al hallarse parcialmente tapado fue incapaz de discernirlo. Sólo lo pensó.
Cabe señalar que esa "brisa en el cuello" es la expresión que usará en siete ocasiones más para describir lo que siente el guillotinado. Muchas son las páginas con las que el escritor se deleita al describir en profusión de detalles todo tipo de atmósferas, olores, colores, ruidos, comentarios de fondo, negocios aledaños, transeúntes, animales de paso, "escribiendo olores, oliendo palabras. Incapaz de contener aquella avalancha sensorial".

Su mayor defecto es su mayor virtud, si es que esto puede tener algún sentido. A veces uno se pregunta si merece la pena un pincel tan preciosista, pero entonces precisamente en mitad de esa reflexión llega un bellísimo párrafo, una descripción acariciada por certeras palabras, y entonces  se justifica lo que se está cuestionando uno. No siempre he logrado mantener la atención para saber apreciar esos momentos, pero sería muy injusto no reconocer que han sido muchos. Muchísimos. Quizás he estado un tanto desorientado tratando de buscar datos, una cronología, una presentación formal, sucinta y práctica para ubicarme dentro del contexto, y solo encontraba descripciones y brillantes momentos de narración. Es como quien va buscando las piezas de un puzzle esparcidas por un largo camino y se topa con pequeñas perlas. ¿A quién no le agrada un dulce? Solo un desagradecido se enojaría por encontrar múltiples oasis a través de un desierto muy largo; y ciertamente el desierto lo elegí yo. Yo elegí meterme en el periodo revolucionario no a través de una guía para dummies, sino a través de una novela histórica de más de 1.200 páginas, o más de 2.000 si se tiene en cuenta el tamaño de la letra.

Sebastien es el personaje que García Sánchez escoge para presentarnos una ciudad y unos personajes, desde cierta candidez, aunque también nos sugiere alguna suerte de alter ego que solo descubriremos al final. Si asistiéramos al estreno de una obra teatral, Sebastien empezaría por el corrimiento de las cortinas del escenario. Sebastien nos hablaría de los encajes y el tipo de hilo que el fabricante tuvo que importar para darles a las cortinas el exacto tono que hace juego con la decoración del teatro. Con Javier García Sánchez la narración está al servicio del detalle, y no al revés. Cuando se aproxima una de tantas escenas conocidas de la historia revolucionaria, avisa con capítulos de antelación, y cuando ha pasado, la rememora, como si tuviese timidez a la hora de presentar un dato abrupto y prefiriese envolverlo en el tiempo, en sensaciones, palabras, repercusiones, o conexiones con otros hechos, pero nunca presentarlo como si de un ensayo se tratase. Y sin embargo, un lector como yo no puede evitar ver cierta pretensión documental entre ese océano de frases aterciopeladas, como si se tratase de un ensayo biográfico, más que de una novela biográfica. Precisamente es Sebastien, el que se empeña en recordarnos que su misión es contar la verdad, desmitificar, rescatar del olvido y asegurar que los hechos no mueren tergiversados en tantos y tantos libros de historia, "tanto en líbelos apócrifos como en prestigiosos, eruditos volúmenes encuadernados en fina y selecta piel que se difundieron desde entonces". Los vencedores se ocuparon de grabar en piedra en la historia oficial, pero cuanto más se tergiversaba lo que Sebastien vio con su propios ojos, "con más ahínco él proseguía su labor" desmitificadora. ¿Quién no podría ver en tales declaraciones al propio autor buceando en libros y consultando documentos originales, con paciencia infinita agrupando frases y detalles de indumentaria, y soñando mientras lo hace que le promete al alma de Robespierre (y Saint-Just) devolverle la dignidad? Sebastien no es solo un hilo conductor, una herramienta literaria para que el lector se identifique con el contexto, es la ensoñación de García Sánchez de formar parte de una historia que merece ser rescatada del escarnio; si fallase el autor en dicha misión, al menos triunfaría en la ficción al dar cumplida fe de que así sucedió a través de su alter ego.
En tal empeño le iba a Sebastien la resolución de hacer verdadera justicia. Debería desafiar el tiempo, habría de reescribir lo anteriormente escrito o dictado, corregirlo una y otra vez, luchando e intentando vencer así contra lo que siempre consideró una imperdonable asunción colectiva de la calumnia.
Por contra, no se va por peteneras a la hora desmitificar lo que mucha gente cree que fue la revolución. No fue desde luego una votación democrática en la que se afanasen para separar el grano de la paja, para cortar las cabezas de los opresores y dejar que el pueblo ilustrado tomase las riendas del poder. No, sabemos que no fue así, pero por si acaso algún ingenuo se aproximase a las páginas de este libro el autor prefiere abofetearlo con duras palabras.

[...] demasiados analfabetos mandaban [...] Todo el mundo, harto del Ayer y ávido del Mañana, quería mandar. Y todo el mundo mandaba. Era la revolución. [...] Diríase que sus habitantes estaban dispuestos a comerse la historia. [...] Pues  más que la Revolución les importaba ahora la Venganza, eso se decía por  todas partes. Pero la masa, nesciente y abrumada por sus propias cuitas [...] Ellos y ellas, fariseos y  burgueses, obreros y trapisondas, honrados campesinos o belitres y ruines que jamás debieron de ser honrados, todos llamándose a sí mismos ciudadanos, ellos eran la Revolución en marcha. Y lo eran con sus pasados y creencias que no podían modificar de la noche a la mañana. [...] A aquellas gentes, en  el fondo, poco les importaba, en lo moral o ideológico, la profunda virazón  que sacudía el final del siglo que les tocó vivir. Eso quedaba para los poetas,  para los gobernantes y quienes del rumbo de la Historia dan fe retratándola  a diario. A las gentes de París les importaba únicamente la vida.

Dentro de esos protagonistas, hay unos que a menudo se olvidan, aquellos que "por naturaleza" no les correspondía sumarse a la revolución, pero que sí lo hicieron. Me encuentro un poco retratado en la crítica que hace Saint-Just, identificado con esos nobles que aún perteneciendo a un estamento acomodado, sienten algo dentro de sí que los motiva a apuntarse a algún tipo de cambio con algún coste que mi progresía no ha calculado bien. Muchas de las causas que personalmente apoyo, desde mi teclado o mi cuenta bancaria a veces se me antojan un tanto caprichosas o lejanas a los problemas más urgentes del ciudadano de a pie. Y efectivamente, como espetaría el tertuliano Marhuenda de nuestro siglo XXI a muchos progres, nuestros sueños de cambio nos terminarán despertando cuando nos toquen el bolsillo o nos saquen de nuestro sofá. Es posible, y sin embargo esta intelectualidad de salón, sincera o no, coherente o no, útil o no, es un mandato moral que algunos no podemos eludir. El recelo de quien ve a un millonario apoyando la causa obrera es comprensible y saludable (Bernard Shaw nos lo explicaría en su "Socialismo para millonarios"). Puedo entender y respetar el descreimiento de quien ve antinatural que el león se una a las gacelas. Es posible que no exista el depredador con buen corazón, y que cuando se une a sus víctimas desconoce la ligazón que inexorablemente lo une a los suyos, ignorante de cómo funciona el mundo, quizás porque se lo han dado todo hecho y no es consciente de sus deudas "de clase". Es posible. Pero entiendo y respeto al rico que se cuestiona primero la naturaleza de sus privilegios, lo accesorio de su suerte, el infortunio de los demás, y que aún sabiendo que puede perjudicarle, no puede evitar colaborar, aunque sea tímidamente y con cierta fobia clasista a lo que se apunta como un nuevo orden de cosas más justo. Cuando esas pequeñas abdicaciones de poder se hacen con conocimiento de causa, como las que hacían esos nobles de los que desconfiaba Saint-Just, no son un gesto snob, son una apuesta quizás algo arriesgada o pueril, pero la única forma de mirarse al espejo sin escupirse. En cualquier caso, grietas que hay que aplaudir.

Cierto que también había algunos nobles en tales medios, aunque pocos  y de una secular rareza en sus más arraigadas costumbres. Obviamente, no  eran personas cerradas a los nuevos tiempos. Al contrario, so pretexto de  sentirse los más radicales, aceptaban los cambios profundos que se avecinaban. Incluso competían entre ellos: a ver quién aceptaba más. No hacían gala  de diletantismo alguno, ni de sutileza en lo que para otros concurrentes eran  dislates y puros desvaríos. Esos nobles, insatisfechos, no apelaban nunca a  hipóstasis o supuestos ante la llegada de épocas bonancibles o propicias, no.  Anhelaban cambios ya, diríase que para mitigar en lo posible su conciencia  de culpa por ser lo que eran y haber nacido en el seno de la clase más privilegiada. En ellos, y pasado el momento de la inicial duda, crecía día a día el entusiasmo por la incipiente Revolución. [...]
Saint-Just los miraba sereno y parco. Pero, a diferencia de Sebastien, no  les creía. De hecho tampoco creía a una buena parte de patriotas que allí se  desgañitaban. «Lo que se es, se es siempre» [...] Daba por supuesto que tales nobles obraban honestamente y con probidad. Lo hacían con  buena fe, a tenor de sus creencias. Pero  eran  nobles. Eso, como a las reses y  a las gentes pobres, les marcaba de por vida. A ellos, a sus actos y a sus más  recónditos pensamientos. Tarde o temprano volverían a actuar en tanto lo que eran: nobles.
El contrapunto a la desconfianza de Saint-Just quizás esté en la reflexión de Alexis de Tocqueville, publicada en "Mis instintos, mis opiniones":
"Tengo una inclinación racional por las instituciones democráticas, pero soy aristócrata por instinto, es decir, temo y menosprecio a la multitud. Amo apsionadamente la libertad, la legalidad, el respeto a los derechos, pero no la democracia. Este es el fondo de mi alma."

CAPÍTULO 2: BRUMARIO


Saint-Just
Antes de terminar el anterior capítulo comienza la tarea de este: presentarnos al gran dúo revolucionario de Robespierre y Saint-Just. Y el autor lo hace de manera simultánea, como si no fuera posible una figura sin la otra. Mientras que Robespierre estaba enamorado de la virtud, San-Just lo estaba de la acción. Robespierre vivía en plena austeridad y les bastaban los libros y sus discursos. Saint-Just en cambio estaba casi siempre fuera, cerca de las fronteras, en el frente, "tenía alma de guerrero". A Robespierre siempre le repugnó intelectualmente cualquier atisbo de brutalidad o de violencia", era un "antibelicista convencido" y por eso rechazó un invento armamentístico que podía disparar varios proyectiles por minuto. No en cambio la Guillotina, que en comparación con otros métodos de ejecución que diferenciaban por clases, era menos agónica y más igualitaria. Eran "dos sumos sacerdotes de la República". Robespierre se centraba en la Igualdad social, Saint-Just en la Libertad.

Pero ambos compartían aficiones y carácter. A los dos les gustaba dar grandes paseos en solitario, al primero sólo cuando se lo permitían ya que el asesinato de Marat le hizo tomar precauciones, y al segundo montado a caballo. El primero era más serio y abstraído, menos dotado socialmente, con una voz afeminada y un ridículo gesto de ponerse de puntillas sobre sus tacones cuando disertaba. Al segundo le gustaba la música y era más social, incluso contaba chistes cuando estaba en confianza aunque por lo general era parco en palabras. Ambos tenían varias afecciones que no les dejaban parecer completamente sanos. El primero se enfrentaba a los cambios con las leyes y la burocracia en la mano, el segundo se dejaba llevar por sus ideales hacia un horizonte de "desconcertante candidez", y un "espíritu pastoril". Al primero se le conocía como Robespierre el Incorruptible, y al segundo como Saint-Just el Ángel de la Muerte. "Robespierre siempre deseó ser filósofo, y Saint-Just, músico o poeta."

Saint-Just fue, en cierto modo, el arma arrojadiza que utilizó Robespierre [...] Él estuvo en todo momento a la izquierda del propio Robespierre, pero aceptó siempre -al menos lo hizo hasta el final de su vida- dar la cara por Maximilien.
Aunque para muchos Saint-Just no era más que el loro de repetición de Robespierre, el vehículo a través del cual Maximilien daba rienda a sus ideas más tajantes, en realidad se trataba de lo opuesto: fue Saint-Just quien arrancó concesiones a Robespierre para ir sacando adelante ciertas medidas.
Y ya tan temprano, porque todavía la narración no ha llegado a la instauración del Terror, el autor nos adelanta lo que será la tesis principal de su obra: la deconstrucción del mito de Robespierre. Una tesis que repetirá a lo largo de varios capítulos, con profusa documentación, evitando hacerla obvia, pero asegurándose de que no pasa inadvertida. No queriendo hacer una rúbrica que condense todo lo que tiene que decir, sino muy al contrario, espolvoreando  por todo el libro lo que debe ser un acto de justicia que exonere a Robespierre y Saint-Just de la perenne ignominia que los consagró como artífices de las matanzas.

[...] una legión de historiadores y memorialistas [...] Robespierre fue, aunque tal vez sin desearlo él mismo, el alma del Terror, pero no su mano. ¿Lo eximía eso de culpa por los imperdonables excesos que se produjeron, sobre todo en la época de la así llamada Grande Terreur, es decir, en los meses de Pradial y Mesidor, o los primeros días de Termidor del Año II? Sin duda no, porque él estuvo allí donde precisamente se tomaron determinadas decisiones referentes a la represión de los enemigos. [...] ¿Estuvo Robespierre realmente allí?
La respuesta era: no [...] la responsabilidad moral, única y precisamente moral de Robespierre quedó constreñida a aquello que le designaba como ideólogo de determinadas ideas inherentes a la propia teoría del Terror, cuyo mandamiento fundamental se había convertido en: «Hay que exterminar a todos los enemigos de la revolución». Robespierre fue culpable porque, pese al baño de sangre, aún pretendía exterminar a unos pocos. No más de diez, con nombres y apellidos. Por los inocentes asesinados, aunque fuese solo por eso. El Terror, sin embargo, contra el que Maximilien luchó más que nadie a su manera, pese a haber contribuido a crearlo, o justamente por ello, ese Terror ciego y omnipotente seguía queriendo exterminar a «todos» los enemigos ya no de la Revolución sino de la República, lo cual era algo sustancialmente distinto. En cualquier caso, ese «todos» eran muchos. Demasiados.
Robespierre fue responsable por haber sido el alma de la teoría del Terror, no por nada más.[...]
Robespierre no fue en absoluto el alma del Terror. Si acaso junto a Saint-Just, fue su principal víctima, pese a que ellos, al principio, se sumasen a ciertas medidas punitivas que tuvieron que ver con aquél.

Así, García Sánchez apuesta por cierta exculpación al menos teórica de Robespierre, como se podría exculpar a Nietzsche por el nazismo, o a Marx por la URSS, como si todo hubiese sido una burda e interesada tergiversación a la que Robespierre no pudo frenar, pese a ser coetáneo del Terror, a diferencia de los otros personajes históricos mencionados que no vivieron sus tergiversaciones.

Pero ¿qué dijo exactamente Robespierre del Terror para que en lo sucesivo se le acusara sin más de ser el gran inductor del mismo? Éstas fueron sus intervenciones al respecto en el único ágora posible, la Convención:
«El terror no es otra cosa que la justicia pronta, severa e inflexible» [...] «Apoyad sin límite la fuerza del Gobierno republicano. No pretendo justificar aquí ningún exceso. Es fácil abusar de los principios más sagrados. El Gobierno debe saber consultar las circunstancias, escoger los momentos,» [...] «Desgracia también para quien ose dirigir al pueblo el Terror, que solo debe acercarse a sus enemigos.» [...]
Saint-Just, por su parte dijo: «El Terror es un arma de dos filos mediante la cual unos han vengado al pueblo y otros a la tiranía. El Terror ha llenado cárceles, pero no ha castigado a los culpables». Imposible ser más claro.
Volveremos más adelante con este tema.

CAPÍTULO 3: FRIMARIO

Ejecución de Luís XVI
Frimario viene de escarcha, en francés, y empieza el capítulo quizás consciente y simbólicamente analizando la historia del frío metal de la Guillotina, que terminará derramando la sangre que se cuajará bajo la Máquina, como se la solía conocer. Desde sus inventores hasta sus víctimas, y pasando sobre todo por su público, el acto de guillotinar es el epítome del Terror.
La gente, en las calles, estuvo cantando bastante tiempo al paso de la Máquina: «Llena tu saco divino con cabezas de tiranos / Santa Guillotina, protectora de los patriotas. / Ruega por nosotros / Santa Guillotina, terror de los aristócratas. / Protégenos...». Pero cabezas de tiranos propiamente dichas, como aludía la mencionada canción popular, solo cayeron dos, las del rey y la reina. El resto, entonces, ¿eran tiranos?
Por que en aproximadamente un mes y medio, del 10 de junio al 20 de julio de 1794, sólo en París la Guillotina segó 1.351 cabezas. Doscientas por semana. Treinta diarias. Eso fue el Gran Terror. El otro, el propio de los conflictos de guerra, se llevó por delante en torno a quince mil personas. De todo ello se culparía a Robespierre y Saint-Just, pese a que eso, precisamente eso, fue lo que ambos intentaron evitar a toda costa. Por ocurrir todo en un plazo extremadamente breve de tiempo, no pudieron o no supieron reaccionar cuando y como hubieran debido. Por suerte quedaron pruebas suficientes de que quisieron hacerlo.
La carnicería, desde un principio, fue concebida por Marat y sus gentes. Serían ellos quienes crearon el Terror dándole forma sustantiva y carácter de ley. [...] Marat y sus hombres, con los mecanismos del poder en la mano, pedían cientos de cabezas de girondinos, y gracias a Maximilien solo cayeron dos decenas."
Una de las acusaciones clásicas contra Robespierre es que traicionó sus principios cuando finalmente apostó por la pena de muerte. Siempre había sido un foribundo opositor de la pena capital, y así quedó demostrado en su famoso discurso ante la Asamblea Nacional en 1791. Su cambio de opinión sobre el tema siempre le ha perseguido como símbolo de camaleonismo político, pero García Sánchez nos los presenta más bien como el renuente diputado, el penúltimo en convencerse de la idoneidad del castigo capital. Un Robespierre que se resiste al cambio inexorable de los tiempos, que lucha por sus principios y solo a regañadientes vota por la ejecución de Luís XVI, sin ningún entusiasmo ni convencimiento. Como si los derroteros de la Revolución fuese un río de irrefrenable corriente ante el que no vale la pena resistirse si no se quiere terminar ahogado. No será la primera ni la última vez que el autor nos describa esa fuerza irresistible como explicación que minimiza la responsabilidad personal.

Hasta que se hizo con el liderazgo de los jacobinos y fue temido y respetado por todos los demás, e incluso después de ello, a Robespierre no se le perdonaron algunos ejercicios de moderación. Su posición contraria a la pena de muerte solo fue una de ellas. "No le perdonaron que repudiase tajantemente las matanzas de las prisiones del noventa y dos", ni que optase limitar el tiempo de los mandatarios a dos años, ni que quisiera imponer asambleas "con la presencia del pueblo llano" hasta alcanzar los doce mil espectadores. La izquierda radical en concreto, no le perdonó que salvase a los setenta y tres girondinos. Todas esas cosas tuvieron un peso decisivo que se volvería contra el Incorruptible.

Es posible, reconoce el escritor, que Luís XVI interviniese en alguna fase de la invención de la Guillotina (en la película "Historia de una Revolución" (1989) el Rey, aficionado a ingenierías y cálculos varios, es el que sugiere que la hoja homicida tuviese su característica forma triangular), pero en general no era un bruto, sino un pusilánime. Pero a pesar de no tener esa vena de verdugo, no hizo nada por impedir la herencia torturadora que sus predecesores le habían dejado. Quizás fue otro, podría pensarse, de los que se dejaron llevar por las circunstancias. Pero las torturas y los castigos que se aplicaban al que robaba una gallina, así como toda clase de instrumentos bélicos nunca fueron demonizados con el apelativo de "El Terror"...

En cambio la Guillotina, excepción hecha de una primera época en la que despertaba la ironía de bastantes, fue concebida en principio para aliviar en lo posible el sufrimiento de los condenados. En principio. Pero nació ya maldita y con la horrible fama que por siempre la perseguiría. ¿Por qué ocurrió así? ¿Por esas quince mil víctimas que perecieron bajo el filo de su hoja? Quince mil era una cifra mareante, sí, pero a la vez era menos de la mitad de los patriotas que Saint-Just vio perecer en algunas batallas, y muchos de aquellos hombres, en su mayoría jóvenes, morirían luego de atroces y inacabables sufrimientos.
Esta elección por la decapitación, independientemente del número de víctimas, le trajo a la Revolución una fama de salvajismo mucho peor de la que le habría traído la horca que es mucho más dolorosa. Una paradoja más que sumar al hecho de que "uno de los políticos más odiados a lo largo de toda la historia de la Humanidad fuera conocido precisamente como el Incorruptible". La procedencia del apelativo es confusa: al principio del libro se dice que fue debido al título de un retrato que un pintor le hizo años antes de su muerte, aunque se da cierto pábulo a la creencia común de que fue Marat el que empezó a llamarle así, y con todo, al final del libro se dice que "fue de las filas de la Gironda de donde salió el apodo".

En este capítulo se trata el tema del proceso a Luís XVI y su ejecución. Prácticamente hubo consenso en la votación contra el rey, no hubo ni un solo voto que lo encontrase inocente, aunque sí unas pocas abstenciones. Sin embargo, las opiniones sobre el castigo a recibir estaban muy divididas. La pena de muerte ganó por un solo voto de diferencia (361 frente a 360), aunque de esos 360, 288 fueron realmente en contra y 72 fueron abstenciones. Pero al ser por mayoría simple, se condenó al Regente por tan solo un voto. Y eso sucedió en un segundo intento, pues en el primero todavía hubo más votos a favor que en contra (53). Por eso la Gironda consiguió que se repitiese la votación, esperando con ello que no se le ejecutase. Sin embargo, según el libro que nos ocupa, en la segunda votación se ganó solo por siete votos de diferencia, no por uno, ni por cinco. He intentado buscar la fuente que usa García Sánchez, pero no la he encontrado. Es posible, aunque teniendo en cuenta su erudición bastante improbable, que se haya confundido con la votación para la declaración de guerra de 20 de abril de 1792, donde solo hubo siete votos en contra (incluido el de Robespierre, siempre contrario a abrir frentes en las fronteras, a diferencia de su amigo Saint-Just).

Dicen que Robespierre se la tenía jurada al Rey desde su adolescencia, cuando el Rey pasó por el colegio en el que estudiaba Maximilien. La escena, ampliamente comentada y representada en documentales y películas, fue que mientras el estudiante de 17 años y futuro revolucionario recitaba el discurso que se le había encargado para homenajear la visita real, el joven rey desde su carruaje ni se dignó a mirar por la ventana, mientras el estudiante impasible ante la lluvia continuaba su recitación. Un gesto de la recién casada María Antonieta por terminar el aburrido discurso en latín, no hizo sino sembrar la semilla del desprecio en el joven y aventajado estudiante. "Llegará lejos, porque cree todo lo que dice" dijo de él una vez Mirabeau, y aunque sea discutible si ese fue la causa, lo cierto es que llegó lejos. Aunque tuvo que dejar el latín, y empezar a conquistar mayorías con un francés mucho más seductor.

CAPÍTULO 4: NIVOSO

Saint-Just era un soñador, aunque no sin aguijón, pues era también un buen orador. A veces, incluso más temido que Robespierre, porque sus anhelos retozaban en utopías educativas y horizontes de ensueño impropios de su época, donde la sociedad pudiera educar a los niños prohibiendo que se les pegase, aunque tampoco que se les mimase demasiado. El hombre que afirmara "complaciéndose, que no tenía amigos o que no creía en la amistad, sería desterrado", los jóvenes varones se casarían con mujeres más pobres que él, los trabajos más pesados se compensarían con los más livianos, se aboliría el oro y la plata y no existiría otro impuesto que entregar "anualmente a un funcionario público la décima parte de la renta y la quinqueava parte del producto de su trabajo".

No sé exactamente si lo anterior forma parte de la ficción o de la realidad, pues el formato novela no permite anotaciones a pie de página que justifique la literalidad. Pero de ser cierto, el ideario del Ángel de la Muerte era "un cuento de hadas", tal y como dice el autor, al menos comparado con el de Robespierre. Dice el autor de nuestra novela, que Saint-Just era un enamorado de los clásicos, pero yo me atrevería a decir que sus utopías miraban hacia el fututo más que hacia el pasado. Sus proclamas de igualdad, junto con sus decretos de ventoso (como veremos más adelante) me recuerdan al socialismo utópico más que a la democracia griega. Aunque lo cierto es que estaba estancado en un pasado platónico, cuando pensaba que los castigos severos o la pena de muerte no serían necesarios en una sociedad donde "los criminales de vocación, eso creía él, desaparecerían por sí solos."

Quizás ese contraste, entre un aspecto físico aniñado o femenino, pero que al mismo tiempo era capaz de discursos incendiarios, le hacía merecedor de su apelativo de Ángel de la Muerte.

Tras presentar a Saint-Just, el autor va con una sucinta biografía y descripción de Robespierre. Los ideales más cándidos de Maximilien Robespierre podían llegar como mucho a Rousseau, a quien llegó a visitar y de quien tenía un ejemplar subrayado  de "El contrato social" sobre la mesa de trabajo.  Pero su frialdad de cálculo y su capacidad para anteponerse a los golpes que le dirigían, no le dejaban tiempo para demasiadas ensoñaciones. Cuando reflexionaba, solía quitarse las gafas y tocarse la nariz, "como si inhalase pensamientos". Como orador era el mejor. Su físico apocado y su falta de porte general, no fueron obstáculo para ser temido, más bien al contrario. Que un tipo de formas refinadas, con un timbre de  voz agudo y afeminado, que a veces andaba a saltitos o que necesitaba ponerse de puntillas cuando peroraba se hiciese de respetar en todas las tribunas a las que accedía, tenía algo de tenebroso. Generaba el mismo desconcierto y pavor que una serpiente... ¿Cómo podría un animal sin patas ser temido por todo bicho viviente?


La oratoria de Danton era de una "hercúlea fogosidad", "lanzaba literalmente zarpazos al aire mientras iba hablando con su voz de trueno". Con las mismos vicios y virtudes que el pueblo, justiciero y corrupto al mismo tiempo, hablaba el lenguaje de la calle, claro y fuerte, directo al corazón. Lleno de energía, era esa clase de líder que podía dirigir desde una reunión a un ejército. La de Marat en cambio era de una "electricidad biliosa y sobrehumana", aunque un tanto zafia e histriónica, llegando incluso a amenazarse pistola en mano con pegarse un tiro si no se votaba lo que él quería. Frente a ellos dos, y de alguna manera con el reconocimiento de ellos dos, Robespierre, quien "fue siempre el más brillante e incisivo de los oradores de la Asamblea", y "sus discursos a menudo eran más morales o filosófícos que políticos". A pesar de su tono de voz chillón, aprendió a graduar la voz hasta convertirla "en un cuchillo que dejaba sin respiración a la concurrencia".

"La marcha de cientos de encolerizadas mujeres sobre Versalles" fue un aviso de que tanta tensión dentro de la cámara podía reflejarse fuera de ella, pero sin control de ningún tipo. Porque efectivamente era un peligro que la rabia del pueblo pudiera llegar a ser incontrolable. El hecho de ser mujeres no las salvó de la Guillotina, pero tampoco de sus propias brutalidades o heroicidades como veremos más adelante. Como dijo Olimpia de Gouges: "Si la mujer puede subir al cadalso, también se le debería reconocer el derecho de poder subir a la Tribuna." Conatos de violencia que como una avalancha que se retroalimenta. Muchos de esos se dieron, a veces premeditados y a veces espontáneos, incluso a veces alentados inconscientemente por quienes tenían interés en mantener la monarquía. El Manifiesto del duque de Brunswick sería un buen ejemplo de ello.

Porque a partir de 1790 se vio con claridad que tenía que ser Revolución o Monarquía. Igual que  partir de 1792 fue o Revolución o Muerte, y a partir de 1793 Revolución y Muerte, y a partir de 1794 Muerte y Muerte.
[...]
Pero 1792 fue sin duda el año de la ruptura, como el noventa y tres lo fue de la tragedia y el noventa y cuatro del Terror.
[...]
Para mucha gente la Revolución se inició en la toma de la Bastilla tres años antes, pero lo cierto es que empezó, con todas sus concuencias, tras el asalto popular a la Tullerías. [...] Para añadir más leña al fuego, entonces fue conocida la derrota de Longwy y el Manifiesto del duque de Brunswick. Iba a ser aquel terrible documento el que en realidad sentenciara al rey y los suyos. Uno de los párrafos decía textualmente: «La ciudad de París y todos sus habitantes sin distinción están obligados a someterse al rey en el acto y sin dilación, y a poner a ese príncipe en plena y entera libertad, y asegurarle a él y a todas las personas reales la inviolabilidad y el respeto a que obligan el derecho natural y de gentes a los sujetos respecto a los soberanos. Sus Majestades hacen personalmente responsables de todos los eventos con sus cabezas, para ser castigados militarmente, sin esperanza de perdón, a todos los miembros de la Asamblea Nacional, de los distritos, de la municipalidad y de la Guardia Nacional de París, a los jueces de paz y a todos los que corresponda. Declaran además las dichas Majestades, bajo su palabra, que si el palacio de las Tullerías es forzado o vejado, que si se hace la menor violencia, el menor ultraje a sus Majestades, el rey, la reina y la familia real, que si no se procede inmediatamente a su seguridad, harán una venganza ejemplar y memorable para siempre, entregando la ciudad de París a una ejecución militar y a una destrucción total, y a los rebeldes culpables de atentados, a los suplicios que hayan merecido».

Pero si el incendio se había descontrolado, si las masas "ya no hacían distinción entre los enemigos de la patria", quizás también se debió a que muchos pusieron madera seca cerca del fuego. Danton inspiró, "con su retórica tremendista y apocalíptica", y Marat pagaba a sus matones, esa era la beatitud de algunos revolucionarios-mercenarios que solo eran bestias enardecidas, incapaces de entender de la misa a la mitad de lo que pensaban o decían los líderes, pero quizás demasiado inteligentes como para ignorar que las bestias son requeridas y necesitadas para hacer el trabajo sucio.

PORNOGRAFÍA DE LA SANGRE
Cualquier espectáculo o ejecución donde brote sangre es susceptible de ser banalizado hasta el punto de que las masas expectantes, y espectadoras, pidan más cuanto más carmesí coloree la fiesta. Pero con el Terror, y particularmente con la Guillotina se llegó a límites desconocidos antes. Toda la banalidad de las masacres, la sangre, el Terror, la Guillotina, la contabilidad victimaria, el alborozo y la inmunización que en torno a todo eso existió, es un tema recurrente, omnipresente podría decirse, en todo el texto del libro. Se vuelve una y mil veces a ello. Recopilo a continuación los episodios más truculentos... o aún peor, los más cotidianos.  


[...] grupos de niños de aquella zona de la Barrière du Trône se agolpaban divertidos entre gritos en torno a un agujero a modo de desagüe por el que caía en chorros la sangre de los ajusticiados. Porque lo vio. Las madres de aquellos niños les hablaban riñéndoles por alguna u otra razón, «¡no os manchéis!», pero acostumbradas, también ellas, a la cercanía de la sangre.  
[...] el cuello, con sus arterias, venas, músculos, huesos y vértebras, quedaba como una sandía tronchada o una bolsa de higos que revienta la certera pedrada. [...]

Era frecuente que la sangre de los ejecutados quedase esparcida durante días junto al patíbulo, por lo que niños y ancianos venían a verla y a tocarla. También los perros y los gatos, atraídos por tan suculento reclamo, merodeaban con frecuencia por aquellos túmulos de la muerte, ávidos de lamerla. O las voraces ratas. Sí, una verdadera ola de mal gusto crecía a pasos agigantados. Se prodigaban los motes coloquiales referentes a la Máquina, y muchos se sintieron creativos: la afeitadora nacional, la pequeña Luisita, la plancha de billetes, la cortadora patriota o la segadora oficial. En cuanto a los condenados, en ese turbio argot popular se decía de ellos que iban a pedir hora en la ventanilla, que iban a jugar a las canicas, a poner la cabeza en la ventanita, la pila bautismal, e incluso, en el colmo de la indecencia, a estornudar en la bolsa, aludiendo con ello al cesto en el que caían las cabezas decapitadas, cosa que por desgracia no sucedía siempre al primer golpe. Aquella subliminal y contagiosa atmósfera de aniquilación, así como la ironía a su costa, se extendió también a objetos de uso diario. Podían verse, pues, guillotinas dibujadas como adornos en los platos, en las tazas, en las tabaqueras, en los sellos que cerraban las cartas. Incluso llegaron a venderse modelos reducidos para niños.
 Pero lógicamente las escenas más obscenas sucedieron cuando rodó la cabeza del Rey:

[...] nada más caer la testa del Capeto provocando un estruendoso grito de alegría que pudo oírse en partes alejadas de la ciudad, intentaron abalanzarse sobre el cesto que contenía su cabeza para arrojar allí las picas, las manos, los pañuelos, lo que fuese. Querían sangre del rey. En el fondo, sólo querían eso. ¿Podía entenderse como un último acto de respeto? No, aquello fue la epifanía del Terror, el bautismo de una nueva raza. Otros, y a causa del tumulto que se produjo en torno al cesto, se dirigieron hacia el cuerpo, es decir el tronco, con la insana pero obvia intención de hacerse con trozos de su traje. Minutos más tarde, en distintas calles de París ya había personas vendiendo supuestos fragmentos del regio atuendo o incluso retazos de su cabello. Evidentemente falsos. Pero lo cierto es que por lo menos se supo de dos ciudadanos que conseguirían subir hasta la tarima que sostenía la Guillotina y, ante la general connivencia, mojaron de sangre real sus manos. Uno la lamió con gestos burlones. El segundo se dedicó a bautizar simbólicamente con sangre a los reunidos en torno al patíbulo mientras lucubraba, tal vez acuciado por el vino, en torno a destructoras y nuevas venganzas. Otra mujer, que también alcanzó a lamer un poco de sangre real que quedaba sobre los tablones del cadalso, gritó a la gente: «¡Está condenadamente salada!». Lo que fue muy aplaudido. Y es que el Terror, incluso el más imponente, también necesitaba sus momentos de distensión.

CAPÍTULO 5: PLUVIOSO

Y empezó a diluviar, pese a que apenas nadie conociera refugio seguro donde guarecerse de una lluvia que incluso en la sequía y bajo la canícula parecía crepitar en sus sienes, en sus actos, en sus palabras.
HÉBERT Y MARAT, DOS SANGUINARIOS

Robespierre no podía entender "el clamor y la alegría de la gente, que agitaba sombreros y pañuelos al aire mientras caía la cabeza de Hébert, cuando anteayer lo leían y lo jaleaban.". Pero tampoco podía entender la violencia furibunda de éste, que se ensañaba en su periódico con la "archiputa de Europa", o la "puerca loba austriaca", y amenazando al Rey Capeto literalmente con arrancarle el corazón y poner su cabeza en una pica. Así que Robespierre no solo se tenía que enfrentar a individuos como Hébert (discípulo de Marat), también a las masas que fieles a esas invectivas las aplicaban, a menudo con sumo rigor, como se nos detalla en el capítulo anterior.

El caso citado de la princesa Lamballe fue un claro exponente de la brutalidad generada esos días, y rápidamente se hizo de ella una mártir, cuando más bien fue una insensata. Había huido a Inglaterra pero regresó a París para estar junto a la reina María Antonieta, de quien era muy amiga. Su fidelidad la perdió. Después fue secuestrada y llevada a la Torre del Temple. Allí sería linchada y finalmente matada con una pica. Le arrancaron el corazón y éste, aún palpitante -eso se dijo-, fue comido por dos de sus asesinos para jolgorio de todos. Le cortaron la cabeza, los brazos y las piernas con serruchos y los ataron a la boca de un cañón de donde fueron volados, sin más. Para su cabeza guardaban otro destino: fue clavada en una pica, y de tal modo se la mostraron a María Antonieta, quien se hallaba al borde del desfallecimiento.

Pero lo que precipitó el Terror, cuando ya Robespierre supo que no había punto de retorno, fue el asesinato de Marat. Jean-Paul Marat representa en la historia oficial de la Revolución Francesa "la violencia y la falta de piedad extrema". Un revolucionario que encarna, tanto por sus aspecto físico como por su pulsión guillotinadora, la monstruosidad mucho más allá de la que se le suele asignar a Robespierre. Padecía una afección cutánea que adquirió en las catacumbas de París, donde se tuvo que esconder por sus constantes acusaciones incendiarias contra miembros relevantes de la sociedad parisina, incluso revolucionarios. Su tentáculos de espías omnipresentes, cobraron vida incluso tras su muerte, cual fantasmas con vida propia que siempre están escuchando, agazapados buscando el momento exacto para la dilación. Ese miedo al "¿quién estará escuchando?" fue el verdadero miedo que se vivía en cada esquina de París. "Como un murciélago de las conciencias, la noches era su elemento, y la oscuridad su religión. Por eso vivía bajo el suelo de París."

Estuvo exiliado durante un tiempo, pero volvió cuando era seguro que no le matarían, para volver a hacer lo que mejor sabía hacer. Pedir cabezas a diestro y siniestro. No obstante, me resulta extraño que un cabestro de semejante condición tuviese un pasado de ilustre doctor, y se codease con el entorno científico de la época y publicase ensayos varios, para después terminar como un verdulero con los ojos inyectados en sangre. Quizás una décima parte del trabajo que García Sánchez ha hecho con la figura de Robespierre, podía también haberla hecho con Marat, sobre todo, porque la desmitificación es si cabe más interesante, aunque puede que no tan acertada o justa.

EL ASESINATO DE MARAT Y EL PROTAGONISMO DE LAS MUJERES

La escena del asesinato de Marat es archiconocida, incluso ha sido pintada por Jacques Louis David, pintor de la época próximo a Robespierre, y que como veremos más adelante era tan veloz para quedar bien con el poder como para abandonar el barco cuando se hunde. Prueba de ello es que no tardó en convertirse en el pintor oficial de la nueva época imperial con Napoleón.

A Marat lo mató una chica, con un cuchillo, mientras este tomaba un baño. La chica, se nos cuenta, no estaba metida activamente en política, aunque simpatizaba con los girondinos, y se llamaba Charlotte Corday, después más conocida simplemente como la Corday. 

Es curioso como ésta, y tantas otras mujeres de ese periodo, son dibujadas con cierto ninguneo. En general se puede decir que la exclusión de la mujer dentro de la Revolución, negándoles expresamente su derecho al voto y a la representación política, ya denota un fracaso de los líderes revolucionarios de la época que no supieron superar sus horizontes culturales (solamente Condorcet confluyó con el movimiento feminista embrionario). Tampoco debería ser ninguna sorpresa: los griegos pasaron a la historia por inventar la democracia pese a segregar a los esclavos dentro de ella. Los horizontes culturales existen en todas las épocas y no podemos negar la heroicidad de Martin Luther King solo porque pensara que la homosexualidad era algo que debía ser corregido. De igual manera, los revolucionarios, los hombres revolucionarios, lo fueron independientemente de su ninguneo a las mujeres. La batalla revolucionaria era otra, y las mujeres pusieron su granito de arena, eso está claro. Pero cuánto habría cambiado el mundo, la mitad del mundo, de haberse aceptado y reconocido el peso de las demandas feministas es algo que nunca sabremos. ¿Cuántas mujeres habrían sido brillantes oradoras, a la par que Robespierre, si las hubiesen dejado subir al estrado? ¿Cuántas habrían demostrado su valentía y su sagacidad como lo hicieron muchos aun sin estudios? Estas preguntas no se las podemos echar a la cara a los revolucionarios, como tampoco podemos acusarles de no contemplar la alternativa no violenta de Gandhi para lograr sus fines. Pero a los historiadores es diferente. Con la perspectiva del tiempo debemos mirar como fue la historia, la historia real, la historia olvidada, la otra historia por usar la expresión de Howard Zinn.

¿Acaso la Corday no sería un famoso revolucionario (o por lo menos republicano, como tantos otros ilustres girondinos) de haber sido un hombre? ¿Por qué ella solo es una simpatizante y no una activista? De haber nacido varón podría haber sido un miembro de pleno derecho de la Gironda. Entonces no pudo ser, pero ahora sí. No se trata de reescribir la historia para confortar nuestras conciencias explicando lo que no puedo ser, pero sí situarla más allá de ser una mera exaltada "tan fanática como el propio Marat". La Historia la apartó como si fuera una histérica con furor uterino que solo supo expresar sus ideas con un cuchillo en la mano. García Sánchez llega a reconocerle en su ficción "un carácter y fortaleza admirables". Pero yo voy más allá. Si hubiese sido un hombre, el relato de cómo alcanzó a clavárselo a Marat sería objeto de una hazaña conspiradora que habría urdido con inteligencia sibilina. Por lo visto frecuentó muchas reuniones políticas, memorizó párrafos de Voltaire sobre el apuñalamiento de Bruto a César, y se veía a sí misma como una heroína que deseaba salvar al país. Sus últimas palabras bajo la guillotina fueron: "maté a un hombre para salvar a 100.000". En realidad consiguió justo lo contrario, porque convirtió a Marat en mártir, y su legado sanguinario no hizo sino resucitar con mayor brío, consolidando el Terror "en toda su bestial intensidad". El infame Tribunal Revolucionario movilizó su encallado engranaje y por fin comenzó a funcionar con fluidez, para vengar a su mayor artífice. Pero esto, al igual que con tantos héroes revolucionarios, solo confirmaría que fue una más que cayó en el error de creerse capaz de imponer cierta cordura o racionalidad en el cambio de régimen, pagándolo con su cabeza.

"For Love of a Dangerous Girl" es un libro de reciente aparición en el que se examinan todas las fuentes disponibles para conocer en detalle el itinerario político de esta mujer, que se podría decir que fue un personaje de la Revolución con mayor entidad de la que se le suele reconocer, o al menos a la par que otras mujeres. Mujeres como Olimpia de Gouges, Claire Lacombe, Théroigne de Méricourt, todas ellas mencionadas debidamente por García Sánchez en un esfuerzo por acopiar también los estudios sobre el protagonismo de las mujeres en la Revolución Francesa. Y lo hace sin que chirree, traído de manera natural en un texto plagado de exordios y detalles que crecen como hongos, pero también con cierto rechifle provocador.

París era acaso uno de los pocos enclaves del mundo donde las mujeres, unas ágrafas y otras ilustradas aunque todas juntas y revueltas en un omnímodo torbellino, [...] también se pegaban. [...] Al parecer, y con la fuerza que les confería su justa reivindicación, las mujeres querían tener más voz y protagonismo en aquella Revolución hecha por brutotes e ilustrados, con un montón de simples mirones de por medio. Las mujeres pidieron, después exigieron.[...] Olympe de Gouges, feminista y escritora que le propuso a Robespierre suicidarse juntos en el Sena para que París y Francia entera pudiesen librarse de la lacra de su existencia, la de él, no la de ella, acabó golpeada, se dijo, por unas lavanderas que ya habían perdido la paciencia con tanta fatua cháchara. [...] la inquieta feminista Elta Palm, quien llegaría a fundar su grupo de acción, la Sociedad Patriótica de la Decencia y de las Amigas de la Verdad. También ellas quedaron no con la cabeza cortada sino con la cara cruzada, ya que la otra mitad de mujeres, más cercanas al Pueblo, no estaban ni para monsergas ni para palabras vanas. [...] Las más intrépidas y convencidas de entre las feministas, un numeroso grupo por cierto, habían acudido al mercado de Les Halles para arengar a las mujeres que allí trabajaban. Iban con sus escarapelas y, cómo no, con sus panfletos y banderitas. Las mujeres de Les Halles estaban trabajando y tenían hambre, [...] aquellas vendedoras hartas de demagogia y tan impetuosas como deslenguadas, quienes propinaron una fenomenal paliza a la susodicha ralea de mademoiselles, [...] nunca más, volverían por allí con sus panfletos coquetamente impresos, [...] motivo de rechiflas durante toda una semana, no sólo en la capital, sino sobre todo en la Comuna, la Municipalidad y la Convención Nacional. Tal vez fueran las primeras feministas a las que cruzaron la cara.
[...]
En cuanto a las mujeres, acusadas de excesos revolucionarios, no sólo no se quedaban atrás sino que solían mostrar más insolencia en sus declaraciones. Casos de cierta repercusión fueron los de una tal Baudray, de la Sección de Le Peletier. O la Chalandon, de la Sección del Homme-Armé, o las ciudadanas Barbot, Guillet y Saunier. [...] La posteridad las conoció como las «furias de la Guillotina», mito exagerado pero de sustrato real. Todas esas personas mostraron siempre un excesivo y fanático regocijo ante la presencia de la Guillotina, así como ante la asiduidad de su uso. Algunas de esas personas, es decir los hombres anteriormente citados –que a fin de cuentas esta Revolución pareció ser cosa de varones–, perdieron su vida en la propia y venerada Máquina durante las sucesivas oleadas de represión de los años 1795, 1796 y 1797.

TRIBUNAL REVOLUCIONARIO

El Tribunal Revolucionario nació como una reacción al miedo de la izquierda a que la Gironda, la derecha, se hiciese cada vez más contrarrevolucionaria, y se plegase a las voces que reclamaban una reinstauración de la monarquía. Se suele decir que Robespierre fue el artífice de dicho tribunal, pero la actas de la Convención lo desmienten. Uno tras otro, Carrier, Birotteau, Bourdon, Lanjuinais, Le Carpentier, Dufriche-Valazé, Albitte, Dardigotte, Julien, Panis, Lavasseur, Masibon-Montaut...todos debatieron y dejaron plasmado en actas sus apoyos para crear un tribunal revolucionario. Mientras tanto Robespierre permanecía en silencio. Se debatía el nombre y las funciones, y detalles varios que solo escondían el miedo a proponer abiertamente una pantomima de justicia al servicio de la revolución.

Fue ése el momento en que Danton, furioso, tal vez impaciente [...] subió a la tribuna exigiendo [...] que el Tribunal Revolucionario supliera «la función ejercida por la venganza popular.» [...]

De modo que fue Danton, quien unos meses antes había solicitado la detención inmediata de todos los sospechosos, pues según él ya se acabó el tiempo de deliberar, el que sentenció aquel asunto con su conocida máxima: «Seamos terribles para evitar que el pueblo lo sea. Organicemos este Tribunal Revolucionario a fin de que el pueblo sepa que la espada de la libertad pende sobre las cabezas de todos sus enemigos». Fue precisamente Danton y no otro quien lo dijo tan claro. Él, futuro patriarca de la Indulgencia, recipiente casi exclusivo de la imagen buena y querida de la Revolución frente a la frialdad reservada y egoísta de Robespierre.

Robespierre mientras tanto callaba. Pero sin estar en el núcleo que empujaba por la creación de dicho tribunal "no dejaba de encontrarse en el centro geométrico de la constelación de los hechos". Sabía, como buen jurista, en lo que ello podía desembocar, y aún así prefirió ser "sujeto pasivo y expectante". Lo cual nos lleva al tema de la responsabilidad que abordaré en el siguiente capítulo.


CAPÍTULO 6: VENTOSO

Los jacobinos trataron de avisar en numerosas ocasiones a aquellos que se oponían al gobierno, aquellos que pedían más sangre, en concreto a los enragés (los furiosos) encabezados por Hébert. Lo dijo en varias ocasiones y hasta el mismo día de la acusación se intentó negociar en vano.

«Los tiranos han intentado siempre hacernos volver a la servidumbre por el camino del moderantismo, pero algunas veces también han querido lanzarnos al abismo por el extremo opuesto. Los dos extremos concluyen en un mismo punto.»

El intento de configurar a Robespierre, contrariamente a lo comúnmente aceptado, como un pensador moderado (revolucionario, pero más reflexivo que el resto, llegando a representar una "política de evidente moderación"), se consigue solo a medias. Porque ciertamente había mucho desalmado que le había cogido gusto a cortar cabezas, y Robespierre, al que nunca se le vio en ejecución ninguna y que sentía asco al ver la barbarie, intentó moderar muchas de las sentencias, tanto en número como en gravedad.

Fue él precisamente quien intentó en vano que no se ejecutase a la hermana de la reina. Más éxito tuvo al salvar del cadalso a "Pache, Hanriot, Boulanger y varios otros". Sin embargo ni sus advertencias ni su amistad fueron suficientes para condenar a dos grandes amigos, Danton y Camille. Entonces cabe preguntarse si alguien que deja a sus amigos morir, sin luchar por ello cuando podía hacerlo, es un moderado o un radical. La duda se hace más oportuna si añadimos el contexto de una época de fanatismos, de guerras, de venganzas, de Revolución, donde hasta el más virtuoso y pío dirigente no podría esquivar algún tipo de iniquidad o traición... ¿o sí?

CONTRA SUS AMIGOS MODERADOS, DANTON Y DESMOULLINS

La traición por antonomasia se suele encarnar en el proceso que, con las resistencia de Robespierre, pero también con su decisiva colaboración final, terminó con la cabeza de sus dos amigos rodando por el suelo. Robespierre se interesó por Danton cuando estaba en el extranjero, y contactó con él para que volviese. Pero cuando Danton vuelve, como un héroe de la Revolución, vuelve creyendo los principios revolucionarios más libertarios, creyéndose la democracia que tanto se anhelaba, y ese fue su error. Danton creyó que se había conseguido y que la Revolución había terminado. Por eso le insistía a Robespierre que no tenía que estar de acuerdo con él y sus jacobinos, y que no era necesaria más represión. Así, los dantonistas se convirtieron en los moderados, mientras que Robespierre todavía seguía luchando contra varios frentes contrarrevolucionarios que seguían poniendo palos en las ruedas. Y Danton no era de esos que disiente en privado y en voz baja, sino que lo hacía a voces y en público, haciendo grandes alharacas, y con un exceso de prepotencia y creyéndose que nunca se atreverían a hacerle nada a él.

El libro ha elegido su héroe, y éste es Robespierre, no Danton, pero hay muchos motivos para poner un filtro de grises en esta historia. Supongo, que en todas las historias de las luchas por el poder pasa igual. Algunos entienden que los numerosos intentos de hacer cambiar de opinión a Danton son una prueba de la humanidad de Robespierre, pero otros, muy al contrario, que solo prueban la radicalidad apisonadora y mesiánica de Robespierre. Cuando Robespierre lucha entre los suyos para convencerlos de que ir a por Danton es un error de bulto, y que podría volvérseles en contra atacar a figura tan reconocida y querida por el pueblo, no se sabe muy bien si es pura estrategia o amistad lo que hace que defienda a Danton.

El poder de Robespierre no era tan grande, se nos cuenta, por muy buen orador y muchas influencias que pudiera ejercer con sus discursos, el Terror se había dotado de unas instituciones que funcionaban al margen de las filias y las fobias de Robespierre.

Maximilien fue listo, al menos, como para una vez optó por acatar lo que sin duda era una decisión del Comité, sobrevivir él mismo a una maniobra en la que perfectamente podría haber perecido. Hubo incluso un momento en que la vida le fue de bien poco por defender a Danton, y sobre todo a Camille. Cosa que, respecto a este último, hizo con enconadas argumentaciones, varias de ellas delatoras de la fidelidad y el cariño que aún latían en él. [...] Fue cobarde porque se plantó, pero no del todo. Demasiado solo. Fue valiente hasta el extremo de –pese a su amistad con algunos de los implicados en la trama de la Indulgencia e incluso por mor de la admiración y afecto que antaño sintió hacia varios de ellos– permanecer incólume en su idea de que lo prioritario era la conservación de la República. Pero quizá no fue lo suficientemente arriesgado como para defender hasta el final, con sus últimas consecuencias, a Danton y a Desmoulins. De hecho, lo hizo justo hasta bordear el difuso límite en el que peligraba su propia existencia. A partir de ahí, abatido, exhausto, pero sobre todo hastiado y decepcionado, los dejó entre los hilos del Terror para que se defendiesen solos.

Robespierre declina suculentos manjares de Danton. ("Danton" 1983)
La Historia explicaría con que "morboso y criminal deleite" planificaría Robespierre la destrucción de Danton, pero era aquel el que se quedaba solo en la Montaña. Donde antes había tres objetivos (Marat, Danton y Robespierre) ya solo quedaría uno. Y muchas de las acusaciones de corrupción que había contra Danton, eran ciertas. Danton era un vividor, un vividor con conciencia republicana, pero había sido él mismo el que había querido un Tribunal Revolucionario que más tarde se volvería en su contra. Mujeriego y negociante, nadie duda, ni siquiera lo hacían los jacobinos, de lo importante que había sido para la Revolución, pero todo el mundo sabía que no era un hombre amante de la virtud tanto como de las mujeres o del vino, incluso durante la agonía de su esposa. En eso contrastaba con Robespierre, a quien en más de una ocasión le afeaba su gusto por las pelucas, sus maneras refinadas de ilustre abogado, incluso su condición de "pigmeo sexual" que escondía una velada acusación de homosexualidad, o incluso de algo peor, de asexualidad. Porque Danton desconfiaba de los excesos virtuosos, y no comprendía que alguien pudiera renunciar al placer de la carne, al del paladar, o al del bolsillo. Por eso justamente se burlaba de Robespierre, por tenerle miedo al dinero. Así era Danton. "Un hombre grande aunque voluble en extremo, un corrupto señalado y un intrigante a medias".

Mientras tanto Robespierre luchaba tanto en público como en privado por salvar a Danton, y el autor, vía Sebastien, se pregunta por qué los historiadores han olvidado palabras como estas:

«¿Quieren juzgar a Danton? Tienen razón, pero entonces que se me juzgue también a mí. Que se presenten esos hombres que son más patriotas que nosotros». Ésas y no otras fueron sus palabras cuando concluía el invierno que empezase en 1793. Hablaban por sí solas. Serían dichas cuando en las calderas de la nave del Terror ya estaba tomada la decisión de no permitirle llegar al próximo puerto, el verano. Por supuesto que en ese momento Robespierre fue consciente del riesgo que corría al decirlas. Pero las dijo. No sólo eso. Serían impresas y enviadas a los departamentos. Entonces, se preguntó Sebastien durante largos años, ¿por qué los historiadores las habían olvidado? ¿Por qué? Sólo al final llegó a comprenderlo: franceses como eran todos, necesitaron hallar un culpable para justificar aquello que habían hecho los franceses. Así era más fácil de soportar el remordimiento, siquiera el histórico. Uno nunca quiere sentir que formó parte de los asesinos.
Pero con todas sus dudas e incertidumbres al final Robespierre firmó lo que significaría una sentencia de muerte, mandar a Danton al Tribunal Revolucionario. Otras muchas que se le imputaron no las firmó, pero esta sí. Sin embargo, hasta en la firma "situada casi en un extremo de aquel terrible documento" se podía notar la presión y el titubeo que significaba condenar a un amigo, un amigo traidor en el mejor de los casos para Robespierre, pero un amigo.

En el fondo nadie dudaba de que la fortuna de Danton hubiera registrado un enorme e injustificado crecimiento de un año a esta parte. [...] Nadie dudaba que Danton, a diferencia de Marat, de Robespierre, e incluso de Hébert, Ronsin, Chaumette, Roux o Vincent, fuera un hombre de dos caras. Y quién sabía si de más de dos. Era el hombre que, al mismo tiempo que prometía a Lameth hacer todo lo posible por salvar la vida del monarca, conversaba secretamente con los girondinos para delimitar los términos del futuro Gobierno y, apenas unos días después, bramaba como un loco furioso en la Convención: «¡Basta de palabrerías! ¡No queremos condenar al rey, queremos matarlo!». Danton fue el hombre que, [...] como había ocurrido en casi todas las fechas importantes, desapareció misteriosamente de la vida pública, y por lo tanto del panorama político, cuando más se le necesitaba. [...] Una frase de Saint-Just refiriéndose a Danton, sin embargo, resumía toda la filosofía de su discurso de acusación. En ella más o menos le preguntó, en ausencia, si no se sentía un criminal por no haber sido capaz de odiar a los enemigos de la patria.
El "campechano y fogoso Danton", "el de la facundia verbal" incontenible, el testarudo vividor  que no quiso dar su brazo a torcer ni siquiera para salvar su vida, y no fue por cuestiones de principios de los que parecía carecer, sino más bien por la energía bravucona llena de egolatría, cinismo y humor (a veces bueno, a veces malo) que le impulsaba a ser el centro de atención. La misma energía que le asistió en sus últimos momentos cuando antes de tumbarse en la guillotina le dijo al verdugo: «Sobre todo no olvides mostrar mi cabeza al pueblo. Es digna de admirar».

También se le atribuye otra cita en sus horas finales que no he podido encontrar en el libro, no se si debido a un descuido o que el autor considere que carece de fuentes: «De lo único que me arrepiento es de irme antes que esa rata de Robespierre»

CAMILLE DESMOULINS, EL PIADOSO Y ESPIRITUAL CAMILLE

Pero la traición alcanza cotas mayores con Camille Desmoulins, con quien no solo había colaborado en tiempos revolucionarios, sino que había sido compañero de colegio, e incluso asistía a su boda como padrino. Los intentos para reconducirlo por el buen camino fueron todavía más dramáticos y persistentes. Como más dramáticos y persistentes fueron los remordimientos que Robespierre se llevaría hasta el fin de sus días, unos cuantos meses, no más en realidad. Porque terminaría como sus ex-amigos al poco tiempo de que estos muriesen guillotinados. Es difícil ponerse en el pellejo de Robespierre. Si era realmente un teórico virtuoso dotado de gran capacidad para el pragmatismo, debió ser difícil dejar caer a su amigo aún sabiendo que "ahora Camille, así lo creía sinceramente Robespierre, estaba colaborando con las filas del enemigo." Pero según Camille, y según Danton, que había regresado del exterior, era hora de disfrutar la libertad que tantos muertos había costado. La revolución había terminado, y era hora de discrepar abiertamente con el gobierno. Ese era el derecho por el que habían luchado todos juntos. Para Camille había llegado la hora de disfrutar de la libertad de expresión, para Robespierre estaba en juego su nacimiento. De manera que cuando Robespierre lee lo que publicaba Camille...:
la proclamación de una paz prematura y sin condiciones, la abolición inmediata de numerosas medidas revolucionarias, la liberación de todos los sospechosos y, en un alarde de atrevimiento, solicitaba incluso el establecimiento de conversaciones con los monárquicos en el exilio. En efecto, parecía haberse vuelto absolutamente loco.
Aún así,  Robespierre sigue defendiendo la persona de Camille, pero no así su obra. Proclama que se sea indulgente con él, como si fuera un niño caprichoso con un periódico como juguete, pero al que se le debe tratar con el prestigio que se ha ganado en la batalla. Sí a la persona, pero no a su obra, que debe ser quemada. Entonces Camille le dio una respuesta cargada de bilis: "quemar no es responder"

Había utilizado las mismas palabras dichas por Rousseau cuando su Émile fue condenado al fuego por los jueces del Antiguo Régimen. En el rostro de Robespierre se acentuó aún más la palidez. Jamás nadie se atrevió a tanto para atacarle, ni siquiera tildándole de dictador, lo cual era una evidente y probada falsedad. No, Camille acababa de identificarse hábilmente con Rousseau, colocando a Maximilien en el puesto de quienes optarían por quemar libros para salvar ideas. Quizá tuviese parte de razón, pero desde luego su atrevida lengua había ido más allá, probablemente, de lo que él mismo pensaba. Robespierre amaba los libros y él lo sabía. [...]
Robespierre, con la voz grave y casi temblorosa, añadió:
–Ahora has de saber esto. Si no fueses Camille sería inconcebible la infinita indulgencia que hemos mostrado hacia ti. Tu actitud me demuestra que tus intenciones no son honradas… –Y luego, dirigiéndose hacia la presidencia del Club, añadió–: Retiro, por lo tanto, mi anterior moción. Si Camille lo quiere así, cúbrase de ignominia. Un hombre que tan obstinadamente defiende unos escritos de tal perfidia es más peligroso, quizá, que un simple descarriado.

Por supuesto que la inteligencia y el estilo de García Sánchez no le permite darle la vuelta al calcetín totalmente, y se pregunta en voz alta, de nuevo gracias a su alter ego, Sebastien, por la parte de responsabilidad que tuvo Robespierre en todo este asunto. Una exoneración total no es creíble ni presentable.

Al recapacitar sobre todo ello Sebastien no pretendía eximir a Robespierre de su parte de responsabilidad en la caída de Danton, que en cierto modo también la tuvo, primero por una relativa inacción y luego justo por lo contrario, determinación, sino situar los hechos en su preciso contexto, porque así y no de otro modo era como debía escribirse la Historia. En lo de la «relativa» inacción estuvo la clave. Robespierre no propició en absoluto la caída de Danton, Camille y sus amigos. Ni siquiera se mantuvo al margen. Luchó cuanto pudo contra las circunstancias para que esa caída no se produjese. Pero hubo un momento, apenas cuarenta y ocho horas antes de que Danton y los suyos fueran detenidos, en el que se dio cuenta de que aquel horrible asunto, de una manera u otra, ya estaba listo para sentencia. Entonces optó por entrar en escena. Si no se hacía aquello desde la unidad, sobrevendrían gravísimos problemas. Una vez más, y pese al abatimiento que le embargaba, olvidó la amistad porque incluso ésta iba por detrás de los intereses de la República. No se equivocaba: de prolongarse el proceso a los dantonistas un día o unas jornadas más, lo que hubiese pasado era imprevisible. Pudo haber corrido mucha sangre porque la situación era en extremo tensa.

Este examen de responsabilidad con el asunto de Danton y de Camille nos lleva a otro paralelo y que es necesario extender al Terror.

EXCULPACIÓN DE ROBESPIERRE EN EL TERROR

Robespierre estuvo en contra del Terror, al menos lo estuvo cuando se dio cuenta de que era una matanza descontrolada. Saint-Just igual. Ambos estuvieron en contra de los excesos del Terror. Nunca entendieron que la gente agitara sus pañuelos y diera gritos nerviosos, entre la risa y el asco, cuando las cabezas salían despedidas a sus pies. Hérbert, uno de esos de la extrema izquierda que celebró el día de la ejecución de María Antonieta como el más feliz de su día, y publicaba escritos incendiarios en los que soñaba con enseñar muchas cabezas cortadas y clavadas en picas, fue gillotinado sin misericordia, y su ejecución fue aplaudida con el mismo fervor que semanas antes se jaleaban sus discursos. Sin embargo, los historiadores se encargarían de consagrar a Robespierre como el responsable del Terror, olvidando, o mintiendo deliberadamente, sobre el hecho de que hubo otros muchos que fueron más crueles, menos reflexivos y mucho más partidarios de la violencia que Robespierre o Saint-Just.

García Sánchez defiende que la participación de Robespierre y Saint-Just en el Terror fue solo a nivel teórico, y nunca pretendieron ni sospecharon que pudiera llegar a convertirse en la carnicería indiscriminada que se convirtió. "El Terror no lo concibieron ellos [...] no lo fomentaron siquiera, al menos no en un sentido indiscriminado". La propia Revolución empezó siendo un sueño y "acabó convirtiéndose en una pesadilla".

Pero lo cierto es que fueron tantas las personas implicadas en la tela de araña del Terror, tantas y con tan diversos grados de participación, que frecuentemente se hacía difícil delimitar sus respectivas parcelas de responsabilidad en el mismo. [...]

En cuanto a la responsabilidad concreta de Robespierre, ésta se cimentaría sobre la evidencia de que si bien no contribuyó a generarlo como tal práctica, sí lo admitió políticamente, con toda certeza asustado e indeciso ante los acontecimientos. Porque el Terror también se fundó en las omisiones, palabras u obras de algunos hombres que podrían haber hecho más para frenarlo. Pero lo cierto es que fue aquél un contexto de diabólicas ambigüedades, [...] Cuando se gestó la caída de Gironda, Maximilien estaba enfermo y durante un tiempo no acudió a la Convención [...] Al regresar se encontró con la situación ya creada, moldeada y decidida. Lo mismo iba a suceder con la trama que derribó a Danton y los suyos. Semanas antes de que fuesen acusados y juzgados los dantonistas, Robespierre volvió a enfermar y otra vez tuvo que guardar cama. Al reincorporarse al Comité de Salud Pública pudo comprobar que el destino de Danton, Camille y los otros estaba ya prácticamente consumado. ¿Le eximía ello en su parte de responsabilidad? Tuvo tiempo para ver venir el problema y encararlo con astucia y valor. ¿Lo tuvo realmente?

Mal de muchos consuelo de tontos se podría decir. Y en cuanto a la imprevisibilidad, ese insigne abogado, que se anticipaba con fríos cálculos legales y burocráticos (en contraste con su amigo Saint-Just que solo era un visionario más abstracto), ¿no supo darse cuenta de que la Ley de Pradial albergaba inmoralidades, que "podía suponer caer en arbitrariedades o en inquinas personales."? Ese avispado pensador y estatista que siempre iba a más pasos por delante que los demás, ¿no se percató de que "al dar por buena la ley, ya se articulaba la trampa"?. Poco convincente en mi opinión.

También recurre al testimonio del antitético Napoleón Bonaparte, como un argumento a fortiori, que solo puede ser anecdótico:
En su exilio de la isla de Santa Elena, el propio Bonaparte confirmó haber leído varias cartas enviadas por Robespierre a su hermano Augustin en las que el Incorruptible denunciaba, hastiado, los constantes excesos del Terror. [Bonaparte] llegó a estar detenido durante varios días, acusado de robespierrista, [...] hasta el mismo momento de su muerte en la isla de Santa Elena, Napoleón justificó a Robespierre, a quien consideraba el «verdadero chivo expiatorio de la Revolución».

Pero la exoneración tejida por García Sánchez es mucho más refinada que algunos palos de ciego como los anteriores. Como si fuera el mismísimo Robespierre, todo un letrado enfrascado en el examen pormenorizado de las pruebas, rescata el número de sentencias, y las asistencias de El Incorruptible a los comités donde se le supone que disfrutaba mandando a la gente a la guillotina. Y, aquí sí, el trabajo jurídico convence.

Una sencilla muestra de la inmensa mentira que siempre se daría por cierta acerca del Terror y de la responsabilidad de Robespierre en el mismo era comprobar lo que de hecho ocurrió: Maximilien abandonó el Comité de Salud Pública cuarenta y cinco días antes de su propia caída, enemistado con la mayoría de sus miembros y acusándoles abierta y públicamente de asesinos sedientos de sangre, cosa que hizo en los Jacobinos por tres veces, lo cual quedó registrado en acta. La única realidad fue ésta: durante los cuarenta y cinco días anteriores a su marcha del Comité, [...] se firmaron exactamente 577 sentencias de muerte. [...] peleó por restar nombres a esas listas que cada día se engrosaban más. [...] Durante los cuarenta y cinco días siguientes, es decir los posteriores, en los que Robespierre no asistió a ninguna sesión del Comité de Salud Pública, a ni una sola, época conocida como el Gran Terror, de ese Comité salieron 1.286 sentencias de muerte. Ésas y no otras eran las cifras.
[...]
Maximilien sólo firmó una orden de arresto. Una sola, y sin ninguna relevancia. El resto, y había que citar exactamente las más de quinientas ejecuciones de Pradial, las casi ochocientas de Mesidor y las casi trescientas cincuenta de la primera decena de Termidor, se produjeron sin su consentimiento. Es decir, sin su firma. No sólo eso, sino con su total desaprobación.
 [...]
Aquí estaban las cifras, entre las que quizá no menos importante era la evidencia de que en un año el Tribunal Revolucionario de París dictase 1.251 penas de muerte, y en apenas un mes y medio, de finales de Pradial al 9 de Termidor, dictara 1.375. Eso sencillamente demostraba que Robespierre no fue el responsable de aquella sangría humana, ya que se apartó por completo de toda actividad gubernamental.

También se insiste varias veces en que Robespierre no estuvo físicamente allí durante la mayor parte del tiempo que se le supone que estaba firmando sentencias de muerte. Según nos recuerda el autor en una entrevista, Robespierre no firmó ni una sola sentencia de muerte. Todo lo que se ha dicho sobre su íntima y activa colaboración con el Comité de Salud Pública y con la policía parece un mito. En el primero su firma solo apareció en 542 decretos, cifra muy baja si se compara con otros miembros. Y en cuanto al Bureau de Police trabajó allí sólo 4 días, dos de ellos, con su presencia física (los otros dos supuestamente en su casa). Si tan poderoso era Robespierre, ¿por qué no se persiguió y condenó a Fouché, a quien fustigó con virulencia por el tema de la religión, llegándole a decir que era un "villano despreciable" por haberle anunciado al pueblo que Dios no existía? Al igual que con los comisarios Foussedoire d'Alsace y André Dumont... Todos ellos vivieron una larga vida llena de prestigio a pesar de tener sus manos manchadas de sangre, y presumir de ello, mucho más que Robespierre. Y es que la defensa del "y tú más" no siempre es demagógica, pues sirve para desmantelar tratos discriminatorios y selectivos que ciertamente pueden suponer, a menudo intencionadamente, pervertir la ley y desviar miradas incómodas sobre el poder.

[...] en realidad Robespierre pudo haber cometido errores, pero que su política iba por buen camino, así como –lo que asustó aún más a sus verdugos– que él no era el único culpable del Terror. Sí culpable, por supuesto, pero ni mucho menos el «único».

Corresponde al lector hacer de fiscal, si se desea compensar el ímpetu defensor de García Sánchez, o si por el contrario se deja llevar embriagado por el relato. Si aplicásemos la doctrina Goldhagen sobre la responsabilidad en los asesinatos de masas, estoy seguro de que Robespierre, y su magnífico y enamorado abogado, tendrían problemas para obtener un veredicto de no culpabilidad. Se debería pensar en lo que pudo hacer y no hizo, se debería pensar en la responsabilidad del intelectual, no solo en la del jurista o el miembro del Comité de Salud Pública. Del relato que se nos presenta pareciera que el Terror era una criatura con vida propia. La personificación del Terror plaga las páginas de la novela, y es un recurso literario que embellece la lectura: "tenía vida propia", "el Terror se hizo hombre", "nació como una criatura prematura", "el Terror alcanzó su mayoría de edad en apenas medio año", "El Terror incubó a Marat, como hembra fértil con su vástago"... etc. Así mismo, la Guillotina es casi un personaje de la novela, "una especie de entrañable y protectora mascota o amuleto público" más que un frío objeto inanimado. El efecto embellecedor y suavizante de la personificación del Terror y de la Guillotina (ambos con mayúsculas) existe, pero termina siendo algo áspero cuando se conjuga con tanta insistencia exculpatoria. Algo dentro de mí se resiste a dar por cierto lo que tanto se repite.

Al leer tanta personificación de terribles sucesos, da la sensación de que se está pasando la mano por la suave piel de una bestia salvaje. Y es una grata sensación literaria que consigue ubicarte en aquella atmósfera. Pero también tengo la sensación de que se me intenta seducir como si fuera un tramposo ensayo, y no una novela penetrante como lo que es, para ir aceptando el contexto que justifica el plan último del escritor: absolver a Robespierre. ¿Qué podía hacer Robespierre ante un entorno con vida propia que ya tenía marcado su objetivo?, parece sugerir la narración en cada una de las personificaciones. Otras veces no lo sugiere, lo dice: "ante ello sólo es posible el encogimiento de hombros y una sumisa perplejidad".

En la película Danton (1982) se expresa más sencillamente y con más gracia. Gérard Depardieu interpreta al Titán, que hablando con El Incorruptible, le dice que si sigue con su ola de Terror el pueblo se pondrá en su contra, y la revolución fracasará. "¿Y quién será el culpable?" pregunta Robespierre. Y Danton responde sarcásticamente: "Oh, yo no por supuesto. Y estoy seguro de que tú tampoco. Pero si nosotros no somos los culpables, lo serán las circunstancias." Pues bien, a esas circunstancias es a las que a veces se agarra con demasiada facilidad el autor.

Goldhagen nos enseña a desconfiar de las explicaciones que pretenden explicar todo a partir de grandes teorías (la obediencia debida, la burocracia, la banalidad del mal, la presión social etc...) que al final no explican nada, y no lo hacen porque se alejan del carácter moral del agente, en nuestro caso el protagonista Maximilien Robespierre.



En algunas ocasiones, el autor decide pasar un algodón menos suave, y asegura que quizás Robespierre habría intuido que el animal se podía desbocar, pero aún así, sus intenciones y sus esperanzas no eran esas. Asegura que cuando  Robespierre apostó por la Ley de Pradial fue precisamente para terminar pronto con el Terror. Una sobredosis rápida de Terror podría saciar la sed de sangre y hacerle creer al pueblo que era el colofón de las masacres. Pero si lo pensamos bien, esto sería como concluir que la condena más severa que se le puede dedicar a tan astuto político es que fue un ingenuo, alguien que no supo cómo jugar con fuego, sin quemarse ni quemar a los demás. Es curioso que de entre todas las defensas posibles, no se haya expuesto la principal, tan dura como inevitable: por muy malvado y rastrero que fuese Robespierre, sin él no hubiese triunfado la Revolución ni hubiésemos saboreado el legado que nos dejó a la posteridad. Un argumento, quizás, demasiado maquiavélico, técnicamente hablando, como para presentarlo en una novela (aunque, por otra parte, no faltan alusiones a Savonarola, Hobbes, Bacon y al propio Maquiavelo).



Son probablemente reflejos incontenibles de honestidad que el autor se ve obligado a escribir, para soslayarlos rápidamente y pasar a otra cosa. De lo contrario, si se dejara llevar por esa línea argumental, se chafaría a sí mismo la coherencia interna de su magna obra para salvar a Robespierre. Lo mismo se podría decir de la inclusión de discursos como éste:

«Ya ha corrido la sangre de trescientos mil franceses. Quizá haya de correr la sangre de otros trescientos mil tratando de lograr que el simple labrador pueda sentarse en la Asamblea al lado del rico mercader de granos, que el artesano pueda votar en esa Asamblea al lado del ilustre negociante o el presuntuoso abogado. Que el pobre, inteligente y virtuoso pueda mantener la actitud de un hombre en presencia de otro hombre imbécil y corrompido». Lo decía él, acusado con frecuencia de ser un abogado presuntuoso, y lo decía con un ligero tizne de esa dicción del Artois que a algunos parisinos sonaba tan fatua como irritante. Allí todo fue posible. Incluso que sólo hubiese un obrero de verdad en aquella Asamblea «revolucionaria».
O incluso más claro aún:

Nunca hasta el proceso de los indulgentes, Robespierre había claudicado de modo tan evidente a los reclamos furibundos del Terror, más bien al contrario, intentó domeñarlo y manipularlo. Estos reclamos a veces pudieron parecerle excesivos, pero también necesarios.
[...] por una vez en su vida sí se dejó corromper por algo, el Terror. Aquellos dos o tres discursos, aquellas metáforas. Él le puso tildes y vírgulas, sintaxis y rima. Él intentó suavizarlo poniéndole poesía. De hecho, esto sólo era motivo suficiente para condenarlo.

No cabe duda de que pudo haber actuado de otra manera y no lo hizo. Fueron sus ideas, las que le hacían tomar unas decisiones mortales, por muy dramáticas que el autor nos describa ahora las circunstancias, fue su compromiso con la Revolución el que se impuso a sus recelos piadosos. Fueron sus fines (la Revolución) los que justificaron sus medios (su retórica, su terror ejecutado por otros). Fue su voluntad la que decidió pasar por encima de algunos cadáveres, pocos o muchos.

Y algunos argumentos del autor, más que lograr la absolución de Robespierre, arrojan más dudas, quizás sin darse cuenta. Porque de hecho, no tener un documento firmado por Robespierre con su apoyo explícito al Terror, no puede convertirse en el mayor baluarte de su inocencia. El autor piensa que del hecho de no mencionar la palabra guillotina, o de apenas mencionar cuatro veces el Terror en sus discursos (únicamente para condenarlo), se puede extraer alguna circunstancia atenuante. Pero algún fiscal avispado podría ver en eso ocultación o cautelas para cubrirse las espaldas. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces hablaron los nazis de aniquilar a toda una raza? ¿Y cuántos documentos tenemos firmados por Hitler de la Solución Final? ¿Debemos creer a los corruptos que juran y perjuran haber actuado rectamente? Son muchas las pruebas circunstanciales e indirectas que admite el juicio de la Historia, a diferencia de los tribunales ordinarios, que se hayan encorsetados por procedimientos penales precisos, garantistas e inequívocos en cuanto a la culpabilidad del acusado. Al menos en teoría.

E igualmente, bien mirado, el juicio de la Historia sobre Robespierre podría haber sido mucho más severo de haberse adoptado realmente la visión de García Sánchez. Si realmente tres días después de su muerte, circulaban postales en las que "podía vérsele estrujando corazones y bebiendo sangre a morro", y si durante su aciago paseo hacia la Guillotina tanta gente le insultaba, entonces se podría decir que la repulsa era realmente popular, y no tanto producto de la Reacción Termidoriana que se empeñaba en demonizarlo.

El hecho de que entre toda la muchedumbre, solo algunas personas "permanecían calladas o con expresión grave", genera alguna que otra duda sobre la tesis de que la leyenda negra de Robespierre se construyera una vez ejecutado. Si realmente era tan admirado por la mayoría del pueblo, ¿por qué la mayoría jaleaba su último paseo con tanta vehemencia? El autor salva la cara por los pelos, justo al final, en "Fructidor":
Nadie se lamentó entre las filas de la burguesía. Pero el Pueblo, el verdadero pulmón de París, el que numéricamente era inmensa mayoría, el que trabajaba para que la otra minoría, la que abucheó a Robespierre y a Saint-Just en sus carretas, pudiera vivir cómodamente, ese Pueblo calló [...]

Una perspectiva de un Robespierre que se atormenta por las consecuencias de sus actos, que reflexiona sobre la moralidad o inmoralidad de sus decisiones, es un Robespierre si cabe más culpable por cuanto más consciente. Por contra, un sanguinario tirano de encefalograma plano, sería igualmente responsable jurídico de sus actos, pero moralmente apenas se podría debatir con él. Cuando tus manos están manchadas de sangre y te enfrentas a un juicio es preciso preguntarse si es mejor ser estúpido y malvado, o listo y bondadoso. Por supuesto, la cosa se complica cuando todos te conocen y saben que no entras en ninguna de las dos categorías, sino una mezcla indescifrable como todos lo somos, como lo fue el pueblo francés, porque los verdaderos monstruos son los que más se pueden parecer a las personas normales y corrientes. El pueblo con sus miedos, sus iras, sus juguetes de moda, son el verdadero monstruo que renace siempre de sus cenizas para ofrecernos su más bella cara, la que promete un mundo mejor con sus sueños, pero que a la hora de la verdad solo sabe empedrar el camino del infierno con buenas intenciones.

Y si el escritor consigue embriagarme hasta escribir estas divagaciones, ya le puede importar un bledo no haberme convencido de la exculpación de Robespierre, o por lo menos no hasta el punto que su texto desea. Porque puede dar por cumplida su misión en cuanto a escritor de novelas, pues creo que, hacer que el lector se contagie de la atmósfera y sueñe paralelamente a la narración es sin duda una aspiración que no todos los escritores cumplen. Aunque obviamente mis divagaciones no pueden competir con las suyas:

Pero simultáneamente seguiría intentando dar con una respuesta válida a la pregunta de qué era el pueblo francés, de quién y por qué tenía el legítimo derecho a hablar en su nombre, de hasta qué punto él o nadie, en aquellas circunstancias, podían erigirse moralmente en representantes de ése o de cualquier otro pueblo. Y acaso recordara entonces una máxima de Epicteto, autor que leyese con gusto en su juventud, que decía: «Engrandecerás a tu pueblo no elevando los tejados de sus viviendas, sino las almas de sus habitantes». Él lo intentó, fallando. El pueblo quería ver cómo se elevaban sus tejados y no sus almas.


CAPÍTULO 7: GERMINAL

El asunto de Danton y Desmoulins supuso el principio del fin de Robespierre. A partir de entonces sería mucho más fácil decir que Robespierre padecía una fiebre justiciera que no respetaba ni a los suyos. En cambio lo que sentenció a Saint-Just fue su apoyo a los Decretos de Ventoso, que eran en realidad unas medidas para repartir los bienes de los aristócratas entre los más pobres. Algo que como señala el autor fue extraño que no se hubiese intentado mucho antes. Algo que incluso el propio Robespierre no compartía, pues él "nunca estuvo en contra de la propiedad privada, o no de manera abierta". Algo que confirmaba que los sueños revolucionarios de Saint-Just iban mucho más allá del realismo de Robespierre. Algo verdaderamente revolucionario pero que nunca se llevó a cabo, o quizás precisamente por eso, nunca vio la luz.

En cambio, según Sylvia Neelly (A Concise History of the French Revolution, [2008], no había ningún tinte socialista en dichos decretos, pues no se pretendía mejorar a los de clase inferior, sino simplemente castigar a los de clase superior.

Pero no fueron esos decretos, sino la Ley de Pradial la que marcó Germinal como el mes en el que se pavimentó el camino para el Terror, para que consiguiese crecer hasta convertirse en el Gran Terror. Las herramientas jurídicas dejaban un aroma respetable, sus matices legales eran la negrura más terrible que te podía asesinar con un prurito de exquisita legalidad, por haber saludado a un cura o un aristócrata. Ya no solo eran los imputados (con razón o sin ella) sino sus familias o sus amigos los que veían peligrar sus cabezas. "Todos tenían el corazón devorado por la sospecha. Ése era ya el estilo de Pradial."

Robespierre, por lo visto, enfermó más. A sus dolencias había que sumarle el estado anímico en el que había quedado después de haber intentado con todas sus fuerzas salvar a sus dos amigos, para después haber fallado y haber dejado de intentarlo y anteponer sus convicciones a sus lealtades personales. Estaba en un estado de abatimiento que lo neutralizó físicamente colocándolo, en un sentido total, a merced de la intriga. Y sin solución de continuidad se seguían dando episodios ante los cuales no podía cerrar los ojos. Se enteró de aquella chica, Nicolette Brouchard (Nicole Bouchard según otras fuentes), de dieciséis años (o dieciocho), cuyo crimen era haberle servido el almuerzo a un aristócrata. Pura inocencia, cuya ejecución pasó a la posteridad por haber indignado incluso al verdugo, que quedó impactado al saber que tenía que ejecutar a una niña que le preguntaba: "¿Estoy bien así, señor Verdugo?". Según nos novela el autor, Robespierre lloró ese día. Quizás en días como ese es cuando se atrevió a hablar claramente de "la náusea de la Guillotina."

Llorase o no, lo cierto es que Robespierre solo tenía dos opciones, "dos maneras de frenar el Terror" a estas alturas. Una era desaparecer del escenario político, pero Danton hizo algo similar y no sirvió de mucho. Finalmente optó por "intentar detener el Terror desde dentro", "eliminando uno a uno a sus máximos responsables". No lo consigió porque le faltaron energías, pero también inteligencia, pues hay que reconocer que sus enemigos fueron más astutos y menos confiados. Al final pecó de exceso de fe en sí mismo, como Danton: "No se atreverán".

Pero se atrevieron, y con las mismas herramientas y procedimientos que él mismo había ayudado a establecer. Porque pese a sus intentos de que Pradial fuese únicamente dirigida a los cabecillas de las facciones que él entendía como más peligrosas, lo cierto es que no tuvo ni la habilidad de ni el poder para detener la aplicación sesgada de esa ley. La Ley de Pradial los convirtió a todos en enemigos potenciales, ya no se hacían distinciones.
Hasta Germinal no debía confundirse enragés con hebertistas, jacobinos con montagnards, sans-culottes con asalariados, cordeliers con dantonistas, patriotas con republicanos, porque eso eran los «matices». La ola negra de Pradial arrasó con todo, incluso con los matices.
ROBESPIERRE Y LA RELIGIÓN

Si de matices habláramos, necesito hacer otro alto en el camino para tratar el tema de la religión en el pensamiento de Robespierre. Hoy en día nos parecería absurdo que los ateos se peleen con los agnósticos (salvo en discusiones académicas, eso no suele suceder). Pero en el contexto de la Revolución Francesa, se enfrentaron dos ideas que compartían el anticlericalismo en Francia: el ateísmo y el deísmo, o mejor dicho, el ateísmo y Robespierre. Intentaré explicarme.

El clero siempre estuvo con la monarquía, y por aquellos entonces ser revolucionario era sinónimo de ser anticlerical. ¿Significaba eso ser ateo? No. Ni entonces ni ahora. Algunos protagonistas de la revolución lo fueron, y muchos hijos de la Ilustración también. Pero la mayoría del pueblo no podía pasar de creer todos los pasajes de la Biblia a creer que no existía absolutamente nada, sobre todo sin ayuda de la teoría de la evolución o del Big Bang. Así pues, los más furibundos ateos de la Revolución propusieron el culto a la Diosa de la Razón. En vez de proponer una emancipación religiosa propusieron sustituir un culto con otro, un absurdo con otro más absurdo. Los hébertistas y demás ateos de la izquierda radical, necesitaban una deidad para engatusar al pueblo, usando lo que históricamente ha dado tanto éxito: el sincretismo religioso, y la asimilación de una creencia por otra. Pero esta vez lo hacían forzando una ficción divina, valga la redundancia, que todo el mundo sabía que era mentira. Consistía en quitarle un chupete al pueblo para ponerle otro. Todo era bastante absurdo y pintoresco, como si el culto al pato de goma de Leo Bassi se tomase en serio.

García Sánchez no explica el antagonismo entre el culto a la Diosa Razón y el Culto al Ser Supremo, pero sí deja claro que no soportaba a los ateos de la extrema izquierda que deseaban instituir el ateísmo disfrazado de nuevo culto. En realidad no se sabe que le molestaba más, si la opción atea per se, o que todo eso fuese una excusa para vejar, torturar y asesinar a "clérigos, monjas o simples creyentes de toda la vida". Según George Labica en "Robespierre, una política de la filosofía" (2005), Robespierre no era ateo, sino deista, "un mal católico desde el colegio" según se definió así mismo. Y no es que escatimase en condenas al clero y a la Iglesia, pero tampoco escatimaba "apelaciones reiteradas a la Providencia". Pero ¿qué Providencia?

Cabe pensar que la respuesta robespierrista habría sido prohibir esa pantomima de pseudo-religión atea, la Diosa de la Razón, y proponer un estado laico que ilustrase al pueblo en las virtudes revolucionarias. Robespierre no quería que el cristianismo ni la Iglesia conservaran su poder, pero tampoco quería un ateísmo que entendía estaba carente de valores cívicos y que solo buscaba la descristianización vía linchamiento y aniquilación. Sorprendentemente, aceptó la estrategia de sus enemigos, y creyó necesario crear su propia divinidad pírrica: el culto al Ser Supremo, un "culto contra los cultos" según George Labica. No quiso eliminar la religión de un plumazo, pero tampoco quería dejar que la Iglesia recuperase su esfera de poder. La opción de Robespierre fue presentar un sucedáneo de religión, una religión civil... que no era una religión: el deísmo no lo es propiamente dicho. Y el de Robespierre menos todavía, porque como se puede leer en su discurso de presentación del Ser Supremo, suponía que ese Ser conocía las necesidades de los seres humanos y los conducía "bajo su protección, hacia la festividad divina", lo cual es conceptualmente incompatible con el deísmo que exige una divinidad alejada y desinteresada de los humanos.

Cualesquiera que fuesen las disquisiciones internas de Robespierre, lo cierto es que la dimensión política de la religión no se le pasó por alto. Según Sylvia Neelly (A Concise History of the French Revolution, [2008], pag. 212), el Ser Supremo "representaba la esperanza de Robespierre de que la religión pudiera ser más una fuerza unificadora que divisoria de la sociedad, una religión civil que pudiera ser un sustituto aceptable del cristianismo y que aportase las bases morales a la misma."

Una estrategia para manipular los sentimientos religiosos del pueblo tan arriesgada necesitaba ser ejecutada sin errores. Y Robespierre cometió uno garrafal que le costaría la vida a corto plazo. Y es que en la presentación de la festividad del Ser Supremo, una vez desbancada la Diosa Razón, no se le ocurrió otra cosa que salir él mismo, vestido ostentosamente para la ocasión, bajando de una montaña y prendiéndole fuego a un muñeco que representaba al ateísmo. Las críticas no se hicieron esperar y muchos dijeron que no le bastaba con ser Presidente de la Convención (nombrado pocos días antes), ahora también se creía Dios. Ínfula o error, no pasó desapercibido, y los que se la tenían jurada, le acusaron de tirano, el peor insulto, porque implicaría volver al viejo orden.

Todo esto fue una apuesta personal, ni siquiera Saint-Just estaba muy convencido, pues creía que el Ser Supremo era "una relativa e inofensiva pérdida de tiempo." Algunos (Michael L. Kennedy, The Jacobin Clubs in the French Revolution, 1793-1795, [2000] pag. 158) han interpretado esto como una prueba del poder dictatorial que ejercía Robespierre. Pero Robespierre fue el primero en querer poner un límite anual al ejercicio del cargo público, y Javier García Sánchez nos recuerda de nuevo algunos datos olvidados por la historia oficial, datos que demostrarían que nunca actuó al margen de mayorías (el autor maneja dos contabilidades de votos diferentes en dos partes del libro,... y sólo una puede ser cierta):

El 16 de Pradial sería elegido Presidente de la Convención por 216 votos de los 220 posibles. Todo dicho. Así se constituyó la «dictadura de la opinión». Si los diputados de la izquierda, del centro y hasta de la derecha le habían otorgado su confianza, eso significaba algo, a saber: que la clase política en pleno no creía de verdad en los constantes rumores, o no aún, que lo presentaban como aspirante a tirano y nunca saciado bebedor de sangre,
En otra parte del libro vuelve a insistir en el apoyo masivo que recibió el Incorruptible, pero con contabilidad diferente de votos, lo cual debe ser un error. Seguramente alguna de ellas se referirá a una ocasión anterior, en 1793, cuando también fue Presidente de la Convención del 22 de agosto al 5 de septiembre.
[...] Robespierre, en las fechas precisas en las que tenía lugar la Fiesta del Ser Supremo –y el asunto no era baladí, pues se votaba la Ley de Pradial–, fue elegido presidente de la Convención por 481 votos entre 485 votantes. El único caso de la historia de la Asamblea en el que se registró casi unanimidad total.

El autor nos dice que "Maximilien creía en dios" y que "Saint-Just nunca fue un hombre creyente, a diferencia de Robespierre". Al menos "rezaba", sin lugar a dudas, en sus últimas horas. Pero eso no indica ningún tipo de reflexión seria en torno a la otra vida. Es posible que nunca sepamos lo que íntimamente pensaba Robespierre de dios o del ateísmo. Tenemos que conformarnos con sus discursos. El problema es que en sus discursos no se trata la creencia o la descreencia en dios, como tal, sino como arma política. Las diatribas de Robespierre con los ateos o con los cristianos, no fueron teológicas en absoluto, sino meramente tácticas.

«Te ríes de la religión. No sabes todavía cuánto descanso y cuánta esperanza se ocultan en el fondo de una constante confianza en Dios». [...] «Pero si la existencia de Dios y la inmortalidad del alma no fueran más que sueños, aun así serían las más bellas de todas las concepciones del espíritu humano».

Había que rematar a la Iglesia para que no se levantase contra la Revolución, y su opción no era hacerlo negando la existencia de cualquier dios concreto, sino proclamando su creencia en un ser creador abstracto, no perteneciente a ninguna religión concreta. Su opción era lo que se conoce como deísmo, la creencia en un dios que no se preocupa por los seres humanos ni interviene en sus destinos. Normalmente el deísmo, a diferencia del teísmo, no genera proselitismo ni culto alguno. Sin embargo, Robespierre sí lo vio necesario. En mi opinión no porque estuviera convencido de su concepto del Ser Supremo, sino por otros dos motivos. En primer lugar porque la opción deísta dejaba abiertas las puertas a un sincretismo al que cada cual podía adaptarse sin necesidad de renegar de su religión. Y en segundo lugar porque sentía repulsión por los radicales de izquierdas que estaban minando la revolución al extender el Terror a cada vez más personas, en este caso los curas y todas las personas sospechosas de creer en Dios.

Robespierre no estaba en realidad en contra del ateísmo, sino en contra del ateísmo estatal. No estaba en contra del cristianismo, sino del cristianismo estatal. "El crimen del ateísmo no es de opinión, no es filosófico, es un crimen político" según Labica. Quería la libertad de culto, pero también deseaba asegurarse de que ninguna religión volviese a tener tanto poder. Y creyó hallar una solución intermedia con el culto al Ser Supremo, una religión inofensiva en su abstracción y conciliadora en su institucionalización, a diferencia de todas las demás.

Según Robert Roswell Palmer ("Twelve Who Ruled: The Year of the Terror in the French Revolution", 1941, pág. 123) Robespierre veía el violento y creciente ateísmo como una "extravagancia irreligiosa que arruinaría la República", como algo de aristócratas que se podía tolerar si se mantuviese en privado, pero que de ninguna forma se debía convertir en doctrina popular, y mucho menos en la posición oficial de la República. En cambio, el deísmo si podía formar parte de la idiosincrasia de la República, se había convertido en una necesidad por los dos motivos indicados anteriormente.

Cuando Hébert y los suyos la emprendieron con las iglesias, los curas y todo lo que quedaba del estamento religioso claramente monárquico, la violencia amedrentaba a todo el que llevase un crucifijo, todo aquel que no mostrase una repulsión inmediata por el catolicismo. Robespierre, saliendo al encuentro de rumores que decían que la Convención quería prohibir la religión, precisamente por la descristianización y el odio a todo lo que representaba el clero pro-monárquico, advertía que había que tener cuidado con los fanáticos ateos. La religión pertenecía al pueblo, era un sentimiento ampliamente popular que no había que permitir que lo barriesen de un plumazo personajes a los que nunca se les había visto en la Revolución, o incluso peor, enemigos que deseaban crear un gran caos y dar así motivos a las fuerzas extranjeras para volverse contra el proceso revolucionario.

Entonces ¿era Robespierre un ateo pragmático que sabía que el pueblo necesitaba algo en lo que creer o simplemente despreciaba las matanzas contra los creyentes? ¿Creía realmente en algún tipo de deidad o solo fue una manipulación para asegurarse una religión a favor de la Revolución? ¿Quería que el pueblo se emancipase de religiones  subyugadoras a través de una nueva en la que él fuese el sumo sacerdote (Condorcet  pensaba que "Robespierre no es más que un cura, y no será otra cosa")? ¿Temía al sentimiento religioso del pueblo, o por contra pensaba que ese sentimiento debía ser reconducido, para crear virtud y esperanza frente a un ateísmo aristocrático y nihilista? ¿Creía en el deísmo o solo lo apoyaba por su potencial virtuoso?

Dejemos hablar a El Incorruptible, en su discurso del 1 de Frimario del año II (21 de noviembre de 1793), y que cada cual saque sus propias conclusiones. En él se refería a la ofrendas a la diosa de la Razón, que se habían hecho ocupando iglesias, y a los ateos que las habían promovido:

¿Qué derecho tienen los hombres, desconocidos hasta el momento en la carrera de la Revolución, a buscar de entre todos los sucesos las maneras de usurpar una falsa popularidad, de meterle prisa a los mismísimos patriotas para que tomen falsas medidas, y meternos en problemas y discordias? ¿Qué derecho tienen ellos a violar la libertad de culto en nombre de la libertad, y atacar al fanatismo con un nuevo fanatismo? ¿Qué derecho tienen a pervertir los solemnes homenajes a la verdad pura para convertirlos en tediosas y ridículas farsas?
Se ha dado por supuesto, que la Convención, al aceptar algunas ofrendas de carácter civil, ha prohibido la religión católica. No, la Convención no ha dado ese paso tan temerario, y nunca lo dará. Su intención es mantener la libertad de religión que se ha proclamado, y reprimir al mismo tiempo a aquellos que abusaran de esa libertad en contra del orden público. No se permitirá que se persiga a pacíficos ministros religiosos, aunque se les castigará severamente dondequiera que osen usar sus funciones para engañar a los ciudadanos o armarlos con prejuicios y monarquismo en contra de la República. Los curas han sido denunciados por dar misa; y seguirán dando muchas más si se les intenta impedir. El que impide la misa es más fanático que el que la predica.
Algunos irían más lejos. Bajo el pretexto de destruir la superstición harían del ateísmo mismo una religión. Cualquier filósofo, cualquier individuo puede tener sobre dicha materia la opinión que más le plazca. Cualquiera que haga del ateísmo un delito es un loco,  pero el hombre público, el legislador, estaría mil veces más loco si adoptase dicha doctrina. La Convención Nacional detesta eso. La Convención no es un escritor de libros,  ni un autor de sistemas metafísicos. Es una institución política y popular,  encargada de defender no sólo los derechos sino el carácter del pueblo francés. Por algo se proclamó la declaración de los derechos del hombre ante el Ser Supremo. Se dirá quizás que soy estrecho de miras, un hombre con prejuicios, ¿qué se yo?, incluso un fanático. Ya he dicho que no hablo como un individuo ni como un filósofo de sistemas, sino como representante del pueblo. El ateísmo es aristocrático; la idea de un gran Ser que observa la inocencia oprimida y castiga el crimen triunfante es totalmente popular. [Aplausos]

El pueblo, los miserables me aplauden. Si me salieran censores se encontrarían entre los ricos y los culpables. Cuando estaba en el colegio fui un mal católico, pero nunca he sido un amigo indiferente ni un defensor desleal de la humanidad. Mis afinidades morales y políticas son las que les acabo de exponer: "si Dios no existiera, habría que inventarlo."

En esta cita final que pertenece a Voltaire, como nunca antes, Robespierre nos revela sus fuentes deístas de la Ilustración. Aunque según Georges Labica, (en "Robespierre: una política de la filosofía" (2005), pag. 95) su verdadera inspiración fue Rousseau. De igual manera opina Donald Clark Hodges (en "Deep Republicanism: Prelude to Professionalism" (2003), pag. 91).

Hay muchos refritos del discurso en Internet, a menudo basados en varias entradas de Wikipedia, pero las fuentes están actualmente disponibles, gracias a Google y su proyecto para rescatar libros antiguos con derechos de autor ya prescritos. Cuando Palmer dice que algunas palabras de Robespierre no quedaron registradas, parece referirse a las traducciones de algunos materiales en inglés, pero no parece haber revisado los originales en francés que Google ya ofrece para descargar íntegra y gratuitamente, en formato PDF. Existen incluso traducciones al español de M.A. Thiers desde 1845, aunque como veremos el final del libro no es una fuente muy apreciada por el autor.

CAPÍTULO 8: FLOREAL

Como una crónica de una muerte anunciada, se van presentando ubicuamente, página tras página, el efecto que los discursos de Robespierre y Saint-Just provocan a sus oyentes. En particular el efecto de ese último discurso del 8 de Termidor, un día antes de la detención de Robespierre, ante la Asamblea. La dinámica a las que estaban acostumbrados los parlamentarios revolucionarios era que tras un encendido discurso suelen venir las detenciones. Miedo sería la palabra que lo resume todo. Algunos pocos empiezan a aplaudir a Robespierre, y se le van sumando todos los miembros de la Convención hasta lograr un ensordecedor aplauso. Mientras, los conspiradores temen que al cesar el aplauso, suba a la tribuna el Ángel de la Muerte y pida sus cabezas públicamente. Pero  esto no sucede, y curiosamente, eso enciende más los ánimos de los que temen ser descubiertos. O los que temen ser acusados, aún siendo inocentes. Y entre unos y otros piden a gritos "las listas". No cesan de repetir que quieren esas listas con nombres, algunos para poder respirar si no aparecen allí, otros para huir en la noche. Pero Robespierre se negó a dar esa lista, quizás no la tuviese ni siquiera en mente, quizás no considerase que los cinco o seis que merecían ser señalados estuvieran por encima de la grandeza de su discurso que exigía ver el bosque sin distraerse con los árboles. Y el bosque era la Revolución, su legado, el que quería preservar aún después de su muerte. Agotado física y mentalmente, incluso después de haber soltado oscuros presagios para sí mismo, y haberse dado por vencido con lúgubres metáforas, no consiguió otra cosa que intranquilizar a cuatrocientos.


Cuando terminó el discurso en la Convención, lo repitió en el Club de los Jacobinos, y si ya en aquel lugar dio sobradas pistas de que se esperaba su final, en éste dejó su epitafio: "Esto que habéis oído es mi testamento y mi voluntad". Y su testamento era que se había hecho necesario denunciar a los que dirigían los comités, los que habían hecho del poder un mero subir y bajar de la hoja de acero, que el poder del pueblo se puede manipular hasta ser una mascarada de revolución al servicio de unos pocos, que él había nacido "para combatir el crimen, no para dirigirlo".

«Si hace falta que calle estas ideas, que me traigan la cicuta. Mi razón, no mi corazón, comienza a dudar de esta República virtuosa cuyo plan me había trazado.»  «Entregaré mi vida sin pesar, pues ¿qué amigo de la patria puede querer sobrevivir en el momento que ya no es posible servirla y defender la inocencia oprimida?»

Tras el último y más pesimista discurso de Robespierre, Saint-Just tenía que dar otro al día siguiente. Quizás para rematar lo que Robespierre no se había atrevido a decir, o quizás para suavizarlo. Su discurso, el de Saint-Just, no se llegó a leer nunca, y el autor juega con la posibilidad de que a Robespierre le hubiese dado tiempo a leerlo. Sea como fuere, Saint-Just afiló su lengua para desquitarse con unos cuantos, pero no sucumbió a su arrebato vengador y terminaba su discurso minimizando el tono a modo de perdonavidas, con un "guiño final, su prueba de que deseaba la paz y no la guerra entre las filas de la Montaña."

Pero ninguno de los dos, ni Robespierre ni Saint-Just, podían suponer que los perdonados no dormirían esa noche y se irían a conspirar y provocar la detención de ambos. Personalmente lo dudo, pues no sería de extrañar que su pesimismo estuviese íntima y sólidamente fundado, viéndose ya acabado, sino por unos por otros. Caerían como cayeron tantos otros antes, revolucionarios que apostaron por un sueño que los devoró.

Robespierre admitía que sin dichas personas la Revolución no hubiera sido posible, y que sólo debido a unas circunstancias desgraciadas fueron las primeras víctimas de ese Terror [...] ¿Acaso no luchó codo con codo junto a esos hombres que durante tanto tiempo habían permanecido con él en la trinchera de la libertad, incluidos los girondinos y bastantes de entre los radicales o los indulgentes? Entonces ¿qué pasó para acabar así?
Su maquiavélico proceder, no obstante, no dejaba lugar al arrepentimiento:

«En el caso de que la nación francesa condene nuestros esfuerzos por asegurar la libertad, deberemos expiar el crimen de haber pensado que los franceses eran dignos de ser libres, y por lo que a mí respecta, me resigno a mi destino.»
 [...]
A fin de cuentas, él era el hombre que, con apenas veinticinco años, osó acabar con la realeza de Francia que duraba ya un milenio, y lo hizo mediante un discurso que cristalizó, embalsamándolas a modo de catarsis, todas las posturas al respecto. El mundo civilizado, a partir de entonces, ya nunca más sería una cuestión a dirimir entre reyes y súbditos, sino entre ricos y pobres, entre partidarios de la igualdad o acaparadores de riqueza, entre izquierda y derecha, aunque, como quedaba probado, tanto en una como en otra se daban felonías y perversiones. [...] Sabía que los poderosos nunca, en ninguna parte, en ninguna, iban a ceder siquiera una parcela de su poder si previamente no se les obligaba a ello mediante el uso de la fuerza y la presión popular. Así había sucedido desde que el mundo era mundo y los hombres dejaron de aparentar simios, cuando sólo eran un poco más brutales.

El final del capítulo transcurre con reflexiones sobre lo profundamente injustas que fueron, y son, las acusaciones de tirano que han recaído sobre Robespierre, Saint-Just y Couthon, la hidra de tres cabezas para muchos. Ninguno de los tres impuso nunca su opinión a los demás.


CAPÍTULO 9: PRADIAL

En "Pradial" se presentan a dos de los conspiradores que consiguieron hacer caer a Robespierre. Se trata de Billaud y Collot. El primero en Lyon y el segundo durante las matanzas de las prisiones, ellos dos fueron los verdaderos impulsores del Terror. Y por esa razón estaban enfrentados con Saint-Just y Robespierre, además por supuesto del tema de Danton con el que Billaud parecía disfrutar y del tema de la descristianización y el Ser Supremo. El tema de la religión era una patata caliente que se podía volver en contra al más mínimo desliz de tono o desdén. Por eso la mayoría optó por ignorar el inmenso problema social de "qué hacer con la fe del pueblo llano". Robespierre no, y eso "no se lo perdonaron a Maximilien".

Pero también Amar, Vadier, Carnot y Cambon aparecen a menudo en este capítulo con diferentes niveles de responsabilidad en la conspiración que se cernía contra Robespierre y Saint-Just. Sobre todo en el seno de los comités, esos órganos de poder que como tentáculos escurridizos se infiltraban mortalmente entre las grietas de la burocracia hasta llegar a la más recóndita calle de París.

Porque fue el Comité de Seguridad General el inductor de toda política que se pretendiera «enérgica». Las masacres de septiembre de 1792 no fueron una coincidencia, y tampoco que ese Comité naciera justo un mes más tarde. Ya desde el principio fue concebido como un organismo político, pero también policial, encargado del espionaje, de la captura de sospechosos, de preparar las cuestiones que acabarían condenándolos así como de la ejecución de las leyes revolucionarias sobre éstos aplicadas. Los denominados Comités de Vigilancia, o Comités Revolucionarios, divididos entre las distintas Secciones de la Comuna, siempre estuvieron sometidos al Comité de Seguridad General, única y exclusivamente a este Comité, ni siquiera al Tribunal Revolucionario, [...]

Saint-Just era consciente de que la mayoría de los ejecutados eran inocentes, y que los más pudientes que solían ser los más culpables ejercían sus influencias en los comités para salvar el cuello. Encontrarse en algunos de los grupos que estuvieron sucesivamente en el punto de mira del gobierno significaba una sentencia de muerte: la Gironda, la extrema izquierda, los indulgentes, y ahora por fin los mismísimos jacobinos.

Pero una cosa no podían exterminar, y es el pensamiento arraigado durante generaciones en la mente del pueblo. Porque por muchas victorias militares, la Revolución consiguió la República "por la fuerza de la Espada, no de la Razón. Porque se había vencido pero no convencido en la mayor parte de las provincias. Allí muchas personas seguían pensando que el rey era el representante de Dios en la Tierra."

Por todo eso Saint-Just sentía un gran desasosiego, porque cuando iba  a las provincias se encontraba con otros enemigos que no cargaban bayonetas sino resentimiento. Resentimiento contra su persona, por sus incisivas intervenciones, por su insultante hieratismo de pueril rostro, por ser "el regicida por excelencia" aunque fuese realmente el duque de Brunswick el responsable de la muerte del Capeto. Desasosiego y recelos por los diputados del centro también, porque se habían adaptado a la República como un paso hacía ninguna parte, o peor, hacía una vuelta a la monarquía que no se atrevían a proclamar. Toda esa timidez se les quitó cuando llegó la hora final de Robespierre. "Fueron ruines y cobardes hasta el final. Sólo cuando se desató el linchamiento verbal a Maximilien alzarían la voz convirtiéndose, algunos de ellos, en depredadores implacables."

Robespierre podía ser el teórico puro, sí, pero el orador de ideas tan fijas como avanzadas al que ni las más adversas circunstancias lograron disminuir su ardor en la lucha, ése fue Saint-Just. El hombre de las ideas. El que, simplificándolas, las hacía grandes. Él era el hombre fuerte en la sombra. [...] Si para Robespierre el final del camino revolucionario se hallaba en Rousseau, para Saint-Just se nutría de la antigua Grecia o la Roma republicana.

Mientras Robespierre tenía la paciencia y la astucia para negociar y empezar desde cero mil veces hasta encontrar una solución tras un sesudo análisis, Saint-Just era más sumario, con más sangre fría. Quizás por eso Saint-Just fue más azote para la Gironda, y quizás por eso la Gironda odiaba a ese grupo de fanáticos y miserables que querían la abolición de las clases sociales, porque peligraba la casta. Una casta respetable que demandaba un trato especial a la hora de caer, y cuantas negociaciones fueran necesarias. Sin embargo fueron los girondinos los que también pedían Roca Tarpeya como eufemismo de palabras malsonantes como guillotina o cadalso, pero en el fondo significaban lo mismo.

Cuando los girondinos mordieron el polvo, sus supervivientes se refugiaron en la Vendée, las guerras internas y contrarrevolucionarias que tanto desgastaron a la Revolución, en donde el campesinado cuanto peor tratado por los monárquicos "más se obstinaban en defender a aquellos que los habían sojuzgado durante siglos". Saint-Just nunca estuvo seguro de que descabezando a la Gironda se terminase con todos esos enemigos de la revolución, pero confiaba en la visión de Robespierre. Pero al igual que en otros asuntos, Saint-Just tenía su propia opinión, no era en absoluto el secretario de Robespierre o su títere. A menudo despachaba en privado con él, pues ambos comentaban borradores de sus discursos, pero "se enfrentaba abiertamente a ciertas ideas de Robespierre".

Él era partidario de ejecutar a María Antonieta, mientras que Robespierre la quería preservar como moneda de cambio para el futuro. Muchos opinaban así, hasta que llegó Hébert, con quien Robespierre perdía las formas que tanto le caracterizaban. Y es que en realidad fue culpa de Robespierre olvidar que tras la muerte de Marat, fue Hébert quien cogió el testigo, y que después de Hébert vendrían Collot y Amar, y así el fantasma de Marat seguiría dominando y transmutando en todos los corazones ávidos de sangre. Fue Hébert quien dio pábulo al rumor de que el hijo de la reina había sido obligado a tener relaciones sexuales con su madre y con su tía. Tan fuertes fueron los rumores que la propia reina se tuvo que enfrentar a ellos cuando se le dio audiencia. Pero tal fue la indignación de la madre reina que dicen que se hizo el silencio durante su vista, ni siquiera las mujeres del populacho que tanto la odiaban fueron capaces de levantar la voz cuando preguntó si alguna madre osaría hacer algo así con su hijo.

Sobre la tía, Madame Ellizabeth rondaría la misma sospecha, o acaso utilizada como excusa para ejecutarla...
Elizabeth, quien en el momento de subir al cadalso, y sólo entonces, segundos antes de morir, se enteró de que María Antonieta había sido guillotinada tiempo atrás. El último regalo que le quisieron hacer. «Para que te vayas contenta.» A veces el Terror, experto en matices, era incluso detallista.
Y es que los rumores, los discursos, las conspiraciones, las delaciones, las audiencias, los informes... las palabras en definitiva, como se dice al principio del capítulo, "en Pradial asesinaron las palabras". Un capítulo que además nos deja la paradójica descripción de un campo urbano fétido y sucio, que nada tiene que ver con la pradera silvestre que se le supone a un nombre tan primaveral y aromático como Pradial:

Como lo tuvo para el propio Sebastien, quien pensaba que París la bella era asimismo París la hedionda, pues jamás imaginó que un lugar público pudiese albergar tantos malos olores. Al llegar a la capital ya fue advertido de que llevara cuidado al transitar por algunas calles, sobre todo de barrios alejados y pobres, ya que podía caerle de cualquier ventana el peor regalo imaginable, a saber, restos de heces y orín. Aunque estaba penalizada, era ésa una práctica que las autoridades nunca consiguieron impedir del todo en ciertas zonas. En cualquier caso el tema de las deyecciones y los restos excrementicios que éstas provocaban, multiplicado por el gran número de habitantes y la propia orografía casi rectilínea de la ciudad, constituían un problema de primer orden. Las fosas y pozos negros que debían poseer todas las viviendas estaban muy lejos de ser los adecuados, y París mismo, incluso el lujoso Versalles poco antes de la caída de la Monarquía, bien podría recordar a un estercolero humano que era posible ver en cuanto uno se apartaba de los barrios adinerados y los edificios oficiales. El Palais-Royal en verano era el mingitorio de numerosos ciudadanos, y por allí se expandía un insoportable hedor a orina corrompida. Otro tanto sucedía en los muelles del Sena, de donde provenían una buena parte de los efluvios de París, ese irrepetible muladar aristocrático con refinados hábitos de hidalguía. Escasísimas cloacas, amasijos de inmundicias, escombros, botellas y cristales rotos, animales muertos y hasta desmembrados por otros congéneres durante la noche, pavimento desigual en las calles, generalmente cubierto de un lodo que propiciaba los resbalones, tablones para pasar sobre ellos sorteando albañales, pues todo eran zanjas o remiendos urbanos, pero principalmente desperdicios, tan multicolores como malolientes. Y por si eso no fuese suficiente, numerosas personas de todas las edades, sexo o condición aliviando sus más perentorias necesidades en cualquier rincón.

CAPÍTULO 10: MESIDOR


Sebastien nos conduce por múltiples reflexiones previas a la famosa sesión parlamentaria del 9 de Termidor (uno de los tres acontecimientos más importante de la Revolución Francesa, junto con la toma de la Bastilla y las Tullerías). Es quizás el más dinámico de los capítulos, pues casi todo sucede en una sala, en un debate donde el lector puede seguir sin perderse todos los argumentos que van y vienen como flechas, y controlarlo todo sin perderse en el espacio-tiempo de la Revolución Francesa. No en vano es el día de la acción, el del golpe de estado que termina con Robespierre, con la Revolución.

Los momentos previos al 9 de Termidor transcurrieron en una merecida calma tras la tempestad que supuso el discurso de Robespierre el día 8. Robespierre se había despertado y se había acicalado con parsimonia, incluso había jugado con su perro nada más desperezarse. Incluso pudo releer algunas páginas de su ejemplar del Contrato Social, su libro de cabecera, antes de sentir la ligereza de pensamiento que le permitió evadirse con su futurible casamiento. El canto de los pájaros en el alféizar de la ventana sugería uno de esos días con los que se sueña tras la tormenta, un día que significa un nuevo comienzo, esplendoroso y soleado como indicando que todo es posible. Y efectivamente todo fue posible, incluso lo peor.

Pero lo peor no sucedió de manera espontánea, ni mucho menos. Porque en las horas previas, mientras Robespierre y Saint-Just dormían, los urdidores trabajaron hasta altas horas de la madrugada. Bastó solamente una ocasión en la que Robespierre bajó la guardia y se confió, para que la sombra del rencor y la ignominia se cerniese sobre él. La emboscada con nocturnidad y alevosía fue pergeñada por Fouché, Carnot, Collot, Billaud y otros enemigos de Robespierre, entre los que estaban con seguridad los "cinco o seis" que Robespierre no quiso mencionar el día anterior. Y probablemente unos cuantos más.

Saint-Just tampoco detectó nada camino de la Convención, sumido en sus divagaciones.

Saint-Just, viendo a aquellas personas departir amigablemente en una mañana tan espléndida, tuvo por primera vez en mucho tiempo el sentimiento de que el país estaba en paz. Pero en paz consigo mismo. Era como si las secuelas de la victoria de Fleurus, celebrada semanas antes por todo lo alto con gran repercusión popular, se hubiesen contagiado por fin a la población. Eso quiso pensar. Sí, vista con un cierto optimismo aquélla parecía una nación en paz, contenta y ajena a los problemas internos dirimidos entre sus dirigentes, asuntos que en una buena parte eran de índole casera, por no decir culinaria. En cualquier caso privados, por no decir estúpidos. Los propios de una gran familia, como casi todas no siempre bien avenida. Y para resolver tales problemas estaban ellos allí, e incluso cobrando un sueldo por hacerlo, lo cual suponía un privilegio que a menudo Antoine siempre vivió con culpa, porque en su fuero interno una voz le decía que cuando un Estado te paga, te compra. Así reflexionaba, desconocedor de que aquél era un paseo muy especial, [...]

Aunque ya dentro, algo raro intuyó al ver que nadie se les acercaba ni les hacían comentarios. Más sospechoso fue que David, el pintor, evitase al Incorruptible. David, el mismo que cuando Robespierre sugirió que bebería cicuta en su discurso de la noche anterior, gritó "¡Yo la beberé contigo!". Y Vadier murmuró al verse acercar a Robespierre: "Fijaos, ya llega el Hijo de Dios, el Nuevo Mesias". Sin embargo, no se percató de las extrañas idas y venidas de hombres del Bureau de Police y del Comité de Seguridad General, que andaban por los pasillos.

Pero aquella que sesión iba a suponer un giro copernicano a la Revolución, pues supuso:
[...] la victoria aplastante del centro-derecha y la burguesía realista sobre la izquierda, la desaparición física de la Comuna y el fin del Terror institucional sí, pero también el inicio del llamado Terror Blanco, ávido de venganza y tan despiadado como el otro, aunque por hallarse ya en su periodo de menor virulencia la guerra civil que desangraba a la nación, sus cupos de víctimas fueran de menor cuantía.
Habida cuenta de que los números de ambos terrores podían competir entre sí, como veremos en "Fructidor", cabe preguntarse por las diferencias reales entre uno y otro, al menos en cuanto al grueso de sus víctimas y en términos absolutos, pues "la gente normal" fue quien más sangre pagó en el Terror:
[...] sólo el 8,5% de los ejecutados perteneció a la nobleza, y el 6,5% al clero. El 85% restante lo compusieron desde delincuentes habituales a pequeños comerciantes, trabajadores diversos, campesinos y sans-culottes.

El nudo gordiano de la emboscada consistía en no dejar a Robespierre que tomase la palabra, pues entonces la usaría como sólo él sabía, y se salvaría. El vilipendio e indefensión al que fue sometido Robespierre durante esas casi cinco horas, no fue aceptado por éste con estoicismo ni depresión, como cabría suponer del estado físico en el que quedó la noche anterior tras su discurso de mal augurio. Intentó hablar y pidió la palabra hasta en 14 ocasiones que quedaron registradas en el Acta. Probablemente fueron muchas más. Pero siempre hubo interrupciones, chillidos, insultos a coro, incluso tumultos que sistemáticamente le impidieron aproximarse a la tribuna de oradores. Fue la más dantesca escenificación de cómo ahogar un procedimiento democrático, el derecho a ser escuchado.

Así, Billaud, al que Collot le dio arbitrariamente el uso de la palabra, acusó al Presidente del Tribunal Revolucionario, a Dumas, y por extensión a Robespierre, de querer liquidar a todos los miembros de la Convención, unos quinientos o seiscientos miembros. No era cierto, por supuesto. Pero sí fue cierto que Dumas amenazó a Collot y Billaud diciéndoles: "Os espero mañana en el Tribunal". Y ya se sabe, una amenaza, sea creíble o no, sea cierta o no, puede tomarse en serio y provocar una reacción.

Lo que desde luego no fue creíble, aunque sí ridículo, y por eso provocó la hilaridad de los presentes, fue cuando Tallien denunció a Robespierre por ser un nuevo Cromwell. Enseñó un puñal y amenazó con clavárselo él mismo si no le detenían, intentando emular al legendario Marat cuando amenazó con pegarse un tiro también ante los tribunos. Pero las risas y "el lenguaje prosopopéyico, mentiroso y tremendista" dejaría paso a acusaciones más serias, como la de ejercer su cargo con tiranía. Algo que Sebastien, es decir, seamos honestos, el autor, no entiende teniendo en cuenta que todos los presentes sabían perfectamente que Robespierre estaba recluido en su casa. "Robespierre llevaba dos meses sin asistir a ninguna sesión del Gobierno". A pesar de dicha evidencia se le acusó de estar preparando un nuevo golpe, y algunos dijeron que lo hacía desde su casa. No fue la única "lacerante incongruencia" que se dijo en aquellas horas. En un momento en que Robespierre consiguió hacerse escuchar algún que otro vocablo, le dijeron al Presidente que si iba a permitir que Robespierre se hiciese jefe de la Convención: "¿Desde cuándo a un «jefe» no se le permitía expresarse?" Igualmente bochornoso fue cuando se le acusó de "haber luchado furiosamente por salvar a Danton" para poco después acusarle de ser el único culpable de la muerte del Titán. La Razón ya había muerto en esa sala, y Robespierre hacía gala de su característica contención, lo que en realidad era su mejor defensa como se demostraría después. Cuando realmente explotó fue con el asunto del Terror ejercido durante los días anteriores a aquel. Pero incluso esa explosión había sido buscada, porque se buscaba que Robespierre dijera cualquier inconveniencia que le dejara desnudo ante la marabunta. Y nada mejor que sacarlo de sus casillas con una acusación así.

La vocecilla titubeante de Tallien logró añadir entre hipidos: «¡ A él se deben todos los actos de opresión que últimamente han sido cometidos!». El lado oscuro y el lado luminoso del Incorruptible, que lo tenía igual que todas personas de madre nacidas, se unificaron súbitamente en su interior, haciéndole morder el anzuelo: ya que no podían con las palabras le rompieron lo único que aún le sostenía, su paciencia. Llegaba la tempestad.

Porque de inmediato se consumaría lo que se consideró el momento más crítico de la sesión. Robespierre, como un animal herido, decidió que ya bastaba, que le era imposible resistir tanta ofensa. Se arriesgó, por una vez no racionalmente, y pasó al ataque, que sería como destapar la caja de los truenos.

La respuesta de Robespierre, furioso como nunca antes, que gritó incautamente fue: "¡Ya sabré yo la manera de ordenar de nuevo el debate…!"

Pero, ¡ay!, con esa respuesta le estaba dando en bandeja de plata lo que ellos estaban esperando. Una muestra de su tiranía. Ya, todas las acusaciones anteriores, por estrafalarias que fuesen, eran munición de pequeño calibre. Como aquella basada en el testimonio de una vieja vidente chiflada que decía que Robespierre era la reencarnación del Nuevo Mesías, y que por supuesto fue usada para presentar la megalomanía de Robespierre. Ya nada de eso tenía sentido. Una vez mordido el anzuelo, seguirían tirando de ese hilo, olvidando todos los demás. "¡Tirano, tirano!" era lo que intermitentemente conseguía oírse, sumiendo al Incorruptible en la desesperanza.

En cambio, a ratos, de nuevo pugnaba desesperadamente por hacerse oír. Era inútil. A un paréntesis de relativo silencio en el que todos estaban con las uñas afiladas, sobrevenía una nueva oleada de gritos. En una de las tribunas pareció registrarse una pequeña discusión entre varios diputados. Se vieron zarandeos y puños. Maximilien lo volvió a intentar. Sus repetidos «Pido la palabra» o «Pido que se me escuche» fueron sucesivamente sepultados por un total alboroto.

Cuando, no se sabe muy bien, si hundido o alentado por un pretendido golpe de efecto, gritó a todos: "¡Pido la muerte!", el silencio se hizo por fin. Pero solo por unos segundos. Los mismos que aprovechó Saint-Just, abatido desde que le quitaran el uso de la palabra para empezar toda esta farsa, para preguntarse qué sentido tenía poner encima de la mesa el fantasma de la Guillotina cuando nadie lo había pedido todavía. Quizás fue audaz solicitar la muerte para sí mismo, con la misma fórmula que se empleara con todos los demás, si quiera para ridiculizar o denunciar lo que se estaba pretendiendo. Pero como quiera que volvía el tumulto a perturbar la posibilidad de Robespierre de hacerse escuchar, continuó equivocándose a voces: "¡Por última vez, presidente de asesinos! ¿Vas a darme la palabra?"

Lo había dicho. Por fin lo hizo, debieron intuir en aquel preciso instante los hombres de Termidor. ¿O acaso ese «Por última vez…» no era una amenaza? Y en ese momento, en ése y no en otro, empezó el último acto, aunque de hecho iba a ser el primero, de la Pasión de Maximilien Robespierre. 
Una nueva oleada de abucheos consiguió que retumbase aquella parte de las Tullerías. Y fue Thuriot, el amigo de Danton, quien le respondió con otra frase que iba a pasar con letras de oro a la cronología de la Revolución y que debiera quedar inscrita por méritos propios en los anales de cualquier estudio o crónica que intente reflejar lo que en esencia no es la democracia: «Tendrás la palabra cuando te corresponda». Y luego hizo sonar la campanilla durante un buen rato con ademán castrense. Parecía que en aquel momento Robespierre se daba por vencido. Bajó el rostro demudado y sus hombros se hundieron en una espalda que se mostraba vacilante al caminar, buscando un lugar donde sentarse. Los dardos seguían cayéndole, cada vez más precisos y envenenados. Y la puntilla, el tiro de gracia emocional, vendría a dárselo el desconocido Garnier de l’Aube, paisano de Thuriot que también había nacido en el Marne, quien se levantó increpando a Robespierre: «¡La sangre de Danton te ahoga!». 
Aquello fue demasiado. 
El político ya no existía, el hombre era incapaz de cualquier gesto, pero la fiera no se daba por vencida. Maximilien, con el rostro congestionado, se giró hacia el grupo de diputados entre los que se hallaba Garnier y les increpó: 
¡Ah, sí, me echáis en cara a Danton…! ¡Es a él a quién queréis vengar! Malditos, ¿por qué no le defendisteis? –se le oyó en un desgarro.
Robespierre no se extrañó de que alguno se sumasen rápidamente a su deseo, y pidiera el arresto. Lo que no esperaba es que en solidaridad con él también se autoinculparse su hermano, e incluso su amigo Philippe Le Bas, personaje normalmente tranquilo y risueño que no había destacado especialmente en la Convención, pero que se consideraba un fiel seguidor del jacobinismo. También arrestaron por supuesto a Couthon, que intentó también hacerse oír sin éxito, y a Sain-Just que se limitó a presionar sus discurso contra su pecho. Ese discurso que de haber sido leído, quizás hubiera tranquilizado a los conspiradores la noche anterior. Un discurso que milagrosamente no fue destruido, incluso se llegó a imprimir, aunque se perdió durante años.

Aunque esos fueron los detenidos, no hay que olvidar que en realidad la obsesión de la Convención era la Comuna, y no tanto Robespierre. Pues el peligro estaba en que eran vigilados por otra clase, y no estaban tranquilos hasta quitarse de encima ese yugo de la permanente sospecha. Y así la izquierda cayó en la trampa del centro y de la derecha al sumarse a la infamia de Termidor, pues eliminando la Comuna,  "los izquierdistas sellaban su propio destino".

Pero el destino de verdad, el de la Revolución, se quedaría sellado por siempre y para siempre. Pues se había conseguido darle "la vuelta a la tortilla", por fin el pueblo mandaba. Y el pueblo, curioso por naturaleza quiso probar los límites de su nuevo juguete: el Terror.

Nunca antes en la Historia ocurrió algo similar, y siendo los humanos por definición seres curiosos que quieren probarlo y conocerlo todo, como la pequeña Claire Prayllard, de alguna manera el Terror también fue su juguete, el instrumento ideal de exploración de sí mismos a la hora de ver hasta dónde querían, podían y sabían llegar tras largos siglos de privaciones, [...]

CAPÍTULO 11: TERMIDOR

En este capítulo se abordan las detenciones y ejecuciones de Robespierre y compañía, todo en apenas dos días, el 9 y el 10 de Termidor, lo que nos puede dar una pista de lo irregular del procedimiento. Había tanta prisa por quitar de en medio a Robespierre que ni siquiera se le llevó ante el Tribunal Revolucionario, donde habría tenido oportunidad de hacerse oír. La estrategia de no dejarle hablar, como ya se ha adelantado en el capítulo anterior, persistió hasta el último momento de su muerte. Uno de los golpes de estado más eficaces de la Historia, ya que según se nos cuenta se quitaron de en medio a un tirano y se terminó con el Terror. Lo que no se suele contar es que los conspiradores eran los principales responsables de ese Terror, y se fueron de rositas, a menudo yendo y viniendo de un gobierno a otro, y muriendo plácidamente de viejos incluso bajo el mandato de Napoleón. Necesitaban a alguien que cargarse con toda la culpa, para desviar las miradas que se dirigían hacia los verdaderos responsables, los hombres de Termidor.

"Hombres del centro, antiguos girondinos y dantonistas, incluso montañeses de siempre", todos esos aportaron su granito de arena para terminar con Robespierre, aunque en realidad se perseguía terminar con la Comuna. Las gentes del viejo orden aguardaban agazapadas, latentes en espera de la ocasión propicia para resucitar. Así, la burguesía brotó vital como nunca, y muchos se apuntaron a terminar con la amenaza que prometía un mundo más igualitario y un castigo para los sanguinarios. Ya no era Revolución Francesa, sino Revolución Burguesa.

Tras las detenciones en la Convención, los detenidos fueron conducidos a diferentes prisiones sin embargo había órdenes de no dejarles entrar como detenidos, por entonces pasarían a ser escuchados por el Tribunal Revolucionario, mientras que al no estar bajo custodia pasarían a estar fugados y fuera de la ley (hors la loi), y por tanto, susceptibles de ser ejecutados en 24 horas sin juicio previo. Robespierre, no obstante, no consiguió ser aceptado en su destino original, y fue a otro más próximo para cumplir la orden de detención, por empeño del propio Robespierre. Quizás no solo porque se podía oler la kafkiana estrategia de dejarlo fuera de la ley, sino también porque era un iluso que creía en la estricta legalidad como modo de imponerse la verdad, cuando ya estaba claro que el aparato de la Convención se estaba retorciendo torticeramente para no dejarle posible derecho a defensa.

Alcanzaría la Mairie, zona jacobina, y en concreto el puesto de guardia más próximo, Quai des Orfèvres a las ocho de la tarde, después de una larga peregrinación por las calles de París, en un carruaje con apenas vigilancia. Ello formaría parte de la provocación que se pretendía, pues no solo fue con Robespierre sino con el resto: las medidas de seguridad para tan grandes e ilustres delincuentes fue ridícula, quizás con la velada intención de incitar a la huida y precipitar la declaración de fuera de la ley.

Quizás ese fue uno de los errores, uno más, que le impedirían a Robespierre haber salvado el pellejo. Habiendo tenido tanto apoyo popular y habiendo tenido tantas oportunidades durante esa noche, durante el viaje en carruaje hacia su primer encierro, hasta sus horas de divagaciones dentro del mismo Hôtel-de-Ville, al que accedería finalmente a ir tras muchas idas y venidas de delegaciones que le mantenían al tanto de la revuelta que ese estaba gestando prácticamente en su nombre, pero sin él. Cuando finalmente, una vez convencido de que ya había sido declarado hors la loi, se une a la sede de la revuelta popular, lo hace todavía convencido de que hay un procedimiento legal, alguna argucia jurídica que puede hacer que la revuelta además de triunfar sea absolutamente legal. Pero mientras suceden todas esas divagaciones, la ventaja que tenía del apoyo popular se disolviendo poco a poco. Quizás por el cansancio de la masa, quizás por la lluvia, quizás, más probablemente por los pregoneros que la Convención se había encargado de poner en esquinas bien elegidas para comunicar al pueblo que los detenidos y todos los que les apoyaran estaban fuera de ley.

Así, Robespierre perdía toda su ventaja por puro amor a la legalidad. Si cuando las multitudes le aclamaban, Robespierre hubiese llamado a la confrontación quizás hubiese ganado la partida. La confrontación de la Comuna, encerrada en ese hotel, junto con los detenidos, se enfrentaba a las fuerzas de la Convención que iban creciendo a medida que pasaba el tiempo, pues había sido mucho más previsora y calculadora que los detenidos. Porque esa noche una nueva guerra civil se escurría por las calles de Paris. Las secciones de la Comuna estaban desconcertadas, y muchas acudieron en apoyo de los detenidos a la plaza del hotel que estaba llena de persona que clamaban por Robespierre, pero éste e mantenía en sus trece: no quería enfrentarse a la Convención, porque sabía que eso era ir contra la legalidad, y no podía denostar la institución de la que tan orgullosamente había formado parte. Era el símbolo de la soberanía popular, y un teórico convencido como el Incorruptuble, no iba a levantar la voz contra dicha representación popular, a lo sumo denunciaría, como hizo el 8 de Termidor, cómo algunos de sus miembros conspiraban y engañaban al resto.

Pero mientras Robespierre se estrujaba los sesos encerrado en el Hôtel-de-Ville, la Convención ya había ejercido su influencias, y aprobado sus órdenes, quitándose de en medio a la cúpula militar que pidiera estar a favor de Robespierre, y convenciendo o atemorizando a las secciones que aún siendo próximas a Robespierre, se encontraban con un titubeante "espera un poco más" que se les daba para respetar la legalidad del proceso. Igualmente cuando los dos más fogosos de la resistencia, Hanriot y Coffinhal, fieles a Robespierre se envalentonan a ir a la Convención y derribaron las puertas que protegían a los tribunos para decirles que eran quince, no más, los que eran acusados por Robespierre de conspirar, se encuentran con poca resistencia. Incluso desde la defensa militar, no se pegó un solo tiro ni nadie se resistió. Es como si a ninguno de los bandos no les hubiese dado tiempo a digerir lo que estaba pasando. O como si la Convención estuviese paralizada por el miedo ante lo que se había dicho torticeramente en los días previos, que Saint-Just y Robespierre querían liquidar a los quinientos o seiscientos que allí pudieran estar. Sea como fuere, los dos fogosos se enfriaron a ver las caras desencajadas de la soberanía popular, o quizás por carecer ellos mismos de instrucciones precisas de qué hacer si los tribunos no se resistían. Por supuesto, en cuanto salieron sin hacer nada fueron declarados fuera de la ley con carácter inmediato.

Y de esa guisa llegó el temido momento en el que las fuerzas de la convención asaltaron el Hôtel-de-Ville, para capturar y reducir a los rebeldes, o a la resistencia según se mire. Fue el momento en el que Robespierre se enfrenta a las balas, un momento de acción bélica, para el que nunca estuvo preparado, pues su acción era de otro tipo. Porque la Comuna representaba al pueblo y su acción directa, y la Convención a los políticos y sus argucias meditadas. Quizás por eso, piensa el autor en lo que es una versión intermedia de los hechos, Robespierre no hizo nada, o hizo poco mal y tarde, porque estaba en un terreno que no era el suyo. Porque Robespierre estaba con el pueblo, pero no era del pueblo llano. Él no era un obrero, y cuando andaba entre ellos no dejaba de chocar que ese hombre elegante, de atusada peluca y maquillaje, hubiese empleado su vida y su obra en defender a una clase diferente de la suya. Pero si no era obrero, ¿era entonces burgués?

El autor afirma que Robespierre nunca perteneció a la burguesía, "pese a que muchos divulgadores se obstinasen en que así fue". Y aunque tanto éste como  Saint-Just "Saint-Just hicieron mucho, pero en ningún caso lo suficiente, por impulsar el poder del movimiento obrero", tampoco fue un firme defensor de la burguesía como algunos analistas históricos se han empeñado.

[...] en el momento de mayor crisis social del periodo en el que estuvo en el Gobierno Revolucionario, durante las jornadas del 31 y de mayo al 2 de junio de 1793, esto es lo que anotaba Maximilien en su pequeño carnet de notas: «Los peligros interiores provienen de los burgueses. Para vencer a la burguesía es preciso atraer al pueblo». ¿Hacía falta expresarlo de otro modo más directo? Tal fue su pensamiento, otra cosa muy distinta sería cómo obrase ante asuntos puntuales. Porque después se enfrentó con problemas como la guerra, las refriegas provocadas por la lucha contra las facciones, el tema religioso, y en bastantes de ellos la política en teoría social de Robespierre no estuvo precisamente en apacible comunión con lo que pensaban los sans-culottes al respecto.

Pero no solo se trata de una diferencia de clases, sino de pensamiento o de estrategias a la hora a enfrentar un problema. Robespierre era reflexivo y le gustaba encajar las piezas del puzle, mientras que la situación de la Comuna exigía hacer saltar en mil pedazos las piezas de un puzzle que se enrevesavaba a cada minuto. Robespierre no sabía mandar a un ejército vociferante de manifestantes, no hablaba su lenguaje. Danton... hubiese sido muy útil en esas circunstancias.

Todo lo que de coherente y necesario no hizo la Comuna, fue hecho a su vez por la Convención. No en vano ésta se veía conformada por políticos y legisladores. La Comuna no dejaba de ser el pueblo llano. Y si a la Comuna nunca se le había pasado por el pensamiento aniquilar a la Convención, el deseo más vivo y apremiante de ésta era acabar de una vez por todas con la Comuna en pleno, que tantos problemas llevaba causando en los últimos años. Y ahora Robespierre era la excusa. A fin de cuentas él era sólo un hombre. Eliminándolo se resolvería gran parte del problema, aunque quedasen parte de sus ideas. También habría tiempo para eso. La Comuna significaba una idea otrora utópica, pero hoy hecha ya amenazante realidad: el pueblo soberano, el pueblo en armas, el pueblo partidario de la acción directa cuando las ocasiones lo requerían. Jamás, para las asustadas mentes de políticos y legisladores, se había visto a lo largo de la Historia un hecho semejante. Y todo, en buena parte por culpa de ese nefando Robespierre.

Un momento inmortalizado por esa imagen de Robespierre pegándose un tiro con la pistola que le entregó Le Bas. Corrió una versión que decía que había sido un gendarme el que en el asalto consiguió pegarle un tiro y así detener la firma de Robespierre en la carta de la Sección des Piques, el último documento que firmó el Incorruptible en el que llamaba por fin a las armas. Resulta que ese documento es el único que Robespierre firmó únicamente con sus iniciales "Ro". Y claro, hay quien especula que si así lo hizo fue por no estar muy seguro, o si acaso algo avergonzado, por romper con la legalidad que tanto veneraba. Igualmente, la versión del gendarme interrumpiendo de un balazo en la cara tan épico momento, y manchando con sangre la famosa carta (mancha que e autor duda que existiera ante el silencio de la Comisión de Courtois) parece más una elucubración de aprovechados que quisieron sacar tajada, bien por fama bien por interés político. Todo parece indicar que Robespierre se quiso quitar la vida, con tan mal atino que no solo no lo consiguió, sino que se descerrajó la mandíbula, perdiendo su tan temida arma que no era sino su oratoria. Fuera el gendarme o él mismo, lo cierto es que se consiguió que Robespierre no hablara para defenderse.

El autor se ufana en el análisis del documento, y de cómo incluía una llamada al ejército y no una llamada a las armas, ("aux armées" y no "aux armes"), o del asunto de si se redactó tiempo antes del asalto, de lo cual se deriva un Robespierre valiente (frente a uno cobarde y pasivo, según nos cuenta la versión oficial) que opta por la insurrección antes de oír las armas, etc...

A continuación describe toda la retahíla de humillaciones y torturas que sufre un Robespierre sangrante, al que se le intenta taponar la herida con la sola intención de mantenerlo con vida para la Guillotina, pero del que se mofan negándole el agua o clavando objetos en su herida. En esas horas mientras estuvo tumbado sobre una mesa, deseó la muerte tras cada uno de los dolores y las denigraciones, pero todas ellas no fueron nada en comparación con las que le dedicó buena parte del pueblo llano que hacía corrillo para verle en su último paseo, junto al resto que habían quedado vivos (el hermano se tiró por la ventana y Le Bas se pegó un tiro), camino de la máquina cortacabezas. El traqueteo de la carreta fue un suplicio añadido a su dolor. Las paradas que hacían para que les arrojaran verduras y todo tipos de cosas, además de chanzas e improperios soeces, aumentarían el espectáculo, pero no la degradación personal, pues ya había llegado a tal punto que entre las heridas y el shock, probablemente no se daba cuenta de lo que acontecía a su alrededor.


Fue dantesco la piruetas que tuvieron que hacer para poner el cuerpo magullado y tullido de Couthon en posición para poder ser guillotinado. Y los ojos azules bien abiertos de la cabeza inerte de Saint-Just también le dieron un aire macabro a la fiesta. Pero el alarido que soltó Robespierre, con toda la sangre negruzca a medio coagular que le brotó de la mandíbula cuando ésta se descolgó tras quitarle el trapo, fue lo realmente escalofriante.

CAPÍTULO 12: FRUCTIDOR

En este capítulo final el autor se esmera en todos los flecos sueltos que le hayan podido quedar. Y no solo, como veremos más adelante, en relación al destino de muchos personajes que se habrían quedado en el tintero, o sobre cómo trató la historia inmediata de Termidor al Incorruptible, sino incluso en su relación con el lector.


García Sánchez establece una diferenciación entre hombres de Termidor y termidorianos. Los primeros llevaron el timón de la conjura y fueron los procónsules, los miembros del Comité de Seguridad Nacional  y los del Gran Comité. Los segundos solo fueron "los diputados anónimos del centro y de la derecha que hicieron posible el éxito de la operación." La nueva élite quería un gobierno de tipo inglés, es decir, liderado por "gente culta y educada": la burguesía. Aparecieron de repente señoritas bien arregladas y decorosas, de buenas maneras que demandaban gestos de servidumbre ("¿quiere un coche mi amo?"). Era como un florecimiento de las libertades burguesas, reprimidas sin duda, pero que llevó consigo un marchitamiento del sueño de igualdad. Apenas sin darse cuenta nadie, una cosa llevó a la otra, y la república fue debilitándose y muriendo a manos del Directorio, de Napoleón y de la Restauración. El autor no ahorra improperios contra todos los que posibilitaron esto.

Lo cierto es que los termidorianos se comportaron como lo que en verdad eran: astutos y pacientes políticos dispuestos a defender con uñas y dientes los intereses de su clase. De su clase social tanto o más que su clase política, que éstas no siempre iban emparejadas en la Revolución Francesa. Los hombres de Termidor, sin duda más cortos de miras tanto políticas como sociales, recordaban a las moscas que, tras rebozarse en basura y excrementos, se limpian una y otra vez patas y alas como si quisieran causar una imagen de pulcritud en quien las mira. Llegó a parecer anormal tanto afán de limpieza, si al fin lo que les esperaba a aquellas patas, a aquellos ocelos, a aquella pequeña trompa succionadora, a aquellas alas, eran más desechos y excrementos.
Y puesto que se esmeraron en identificar a Robespierre con el Terror, tras su muerte la consecuencia tenía que ser que se abriesen las prisiones. Así se hizo. Y con tanto convencimiento que la gente besaba las manos de quienes realmente habían sido los verdugos entusiastas, o al menos cómplices pasivos, como el centro y la derecha, y personas influyentes, que "permanecieron inactivas durante el Terror, lo que no dejaba de ser una forma de colaborar con él."

[...] tantos ricos en libertad, tanta gente decorosa, tantos, tantísimos sospechosos. Y cuál no debió ser la sorpresa de los Fouché, los Tallien, los Bourdon, los Barras, los Fréron, los Rovère y demás peones adscritos a la conjura cuando, a la salida de la Asamblea, en el Jardin du Luxembourg, una multitud de personas, casi todas bien vestidas y exultantes de gozo, se acercasen a ellos para besarles las manos, los faldones de sus trajes, los pies. Debieron sentirse avergonzados primero, aturdidos después y complacidos finalmente.

La Reacción Termidoriana necesitaba rematar a Robespierre, pero sobre todo con lo que él significaba, la Comuna y su legado de cambio. Para ello no era suficiente con matar a más robespierristas en 10 días "que el grueso de girondinos, enragés, dantonistas o miembros de la alta aristocracia juntos." Tenían que propagar la leyenda negra de Robespierre hasta límites irrisorios. Era necesario asegurarse de que el eco de su memoria desde la tumba no pudiera despertar a la vida a todos los zombis que ahora trabajaban para una república falseada. Para ello se le adjudicaron todo tipo de abyectos crímenes, satánicos caprichos y bajezas de diversa índole. Desde un plan secreto para casarse con María Antonieta para coronarse rey, hasta una curtiduría para hacerse prendas con la piel de los guillotinados, pasando por antiguos profesores que ahora decían haber visto el monstruo que se escondía tras una caligrafía "tarada y eunucoide" y una "pulsión demoniaca".

Demasiados infundios descabellados fueron digeridos en silencio por los sans culottes, que sabían perfectamente que sólo ahora, que la boca del Incorruptible estaba sellada, podían germinar tal sarta de mentiras. Porque con todos sus defectos, Robespierre siempre desmontó las calumnias que contra él se vertían, y nunca se le pudo probar ni una milésima parte de todo lo que ahora se ladraba. Solamente ahora, el Terror se podía disfrazar de blanco, y fingir ser "limpio y justiciero" hasta el punto de permitirse el lujo de prohibir la Marsellesa, cuya letra correspondía a un  monárquico confeso. Todo un símbolo del protagonismo que la mentira tuvo en la Revolución Francesa.

Las aguas de ese río ignominioso siguieron sonando, ciertamente no en todo su soez estruendo inicial, pero su eco nos llegó a nuestros tiempos. Un eco quizás exagerado por el autor, pues aún siendo cierto que su postura sea minoritaria, no está aislada en la academia. Pero en realidad las fábulas del Robespierre depravado, terrorista, espía, bebedor de sangre y con aspiraciones de emperador no duraron mucho tiempo, porque la gente empezó a preguntarse si tanta maldad podía haberla hecho él solo. Y eso llevaba a peligrosas preguntas que podían acabar no solo con buena parte de los termidorianos sino con también con la ultra-izquierda y el resto de la Montaña que nunca estuvo a la altura de Robespierre.

Porque la izquierda se volvió cainita y caníbal, mientras que la derecha se trataba con camaradería, y ese proceder se heredó para la posteridad, incluyendo "la definitiva autoinmolación de la izquierda". Esto no solo consistió en purgas llenas de frenesí desmemoriado por alejarse de Robespierre, sino también en creerse las bondades de una burguesía que finalmente sustituiría a la antigua aristocracia real. Las armas contra el pueblo pasaron a ser la inflación y la prevalencia del oro sobre el papel moneda, apareciendo de debajo de las piedras poseedores de escudos de oro que habían estado aguantando tiempos mejores para sus intereses. Y si eclosionaba alguna promesa izquierdista, como por ejemplo el sucesor simbólico de Robespierre, Babeuf, lo decapitaron antes de que llegase a más. Prohibieron las sociedades populares y todos los clubes donde pudiera germinar una demanda genuinamente popular. El sufragio universal se sustituyó por el censitario. La educación obligatoria y gratuita se volvía voluntaria para los que la pudieran costear. Robert Lindet apoyó la libertad de comercio, y Cambon, "cantó también las excelencias del liberalismo económico. Quedaba claro, pues, que esos hombres fueron republicanos, pero no revolucionarios."

[...] el concepto de República frente al de Revolución. Para ellos la Revolución no había hecho sino empezar. Para una buena parte de la izquierda montañesa, por contra, la Revolución casi había terminado con la extinción de la Gironda. El tiempo iba a demostrar que ni mucho menos eliminando a los líderes girondinos se eliminaba aquello que la Gironda representaba: las gentes de orden, los propietarios ricos y a los que aspiraron a serlo a costa de lo que fuese. Esa nueva clase social ya estaba ahí. La burguesía que en Termidor perdió su virginidad y en Fructidor se quitó el disfraz, esa burguesía a la que con los años, y como naturalmente creció y engordó, llamaron capitalismo, esa burguesía se vio entonces preparada y dispuesta a lanzarse sobre el cuello de aquellos oprimidos de los que hablara Robespierre en su último discurso.

También se lanzaron a por las cabezas de los niños, y no me refiero para guillotinarlos, sino para adoctrinarlos. Y es que el adoctrinamiento es el principal arma a largo plazo de todo revolucionario, antes y ahora. También del contrarrevolucionario. Saint-Just no le daba tantas vueltas a las cosas y sabía que la acción revolucionaria era necesaria incluso, o sobre todo, en la educación de los niños. Cuando recibió una carta de una maestra preocupada por sus escolares, educados en el respeto y el temor a las clases superiores, al clero y a dios, y que ahora confundidos y temerosos no sabían qué respuesta dar a la pregunta de qué es ser republicano, Saint-Just fue lacónico y radical: "Hay que fanatizar el corazón de los niños". El Ángel de la Muerte no se andaba con chiquitas. Sabía que existía otro adoctrinamiento inverso que "con la excusa del cariño" padres y abuelos inculcaban a sus tiernos retoños con toda la naturalidad y el tiempo del mundo. Era necesario por tanto, "desnivelar la balanza", y evitar quedarse enfangado en "reservas morales".

Pero la Historia, impulsada por toda una jauría vengativa de memorialistas y académicos o aspirantes a ello, juzgó a Saint-Just de bárbaro e inmoral asceta, sin entrañas por frases como ésa, dando por sentado, de paso, que había un fanatismo positivo e incluso pedagógico anclado en las seculares tradiciones, la injusticia social y los prejuicios de clase, mientras que el otro era dañino y criminal, producto de una efímera pesadilla, que para ellos fue eso, sí, pero de apenas un lustro.
Robespierre dijo lo mismo, pero a su modo:

«¿Hasta cuándo se llamará justicia el furor de los déspotas, y barbarie o rebelión a la justicia del pueblo? ¡Qué tierno se es con los opresores y qué inexorable con los oprimidos!»

Fueron muchos los culpables, por acción o por omisión, que se fueron de rositas sin dar cuentas por sus implicaciones en el periodo jacobino, incluso en el Terror. García Sánchez no termina una página sin poner todos los puntos sobre las íes de todos ellos.

Fouché, el Gran Traidor considerado como tal incluso por Napoleón, cerebro gris de Termidor,  asesino de Lyon, Carrier y su falta absoluta de conciencia, el burócrata Fouquier que solo cumplía órdenes. Herón el Jefe de Policía que delató incluso a su familia. La pérfida Cabarrus y su amante de turno Barras, rey del Directorio, o aquel otro Tallien al que abandonase nada más enterarse de que no formaría parte del Directorio. Carnot, David, los dos Bourdons, Thirion, Lecointre, Courtois, etc.
Entonces ¿por qué tampoco llegó a castigarse a los otros, a quienes actuarían acaso más libres de influencias pero de manera igualmente salvaje? Eran los Courbis, Maignet, Lequinio, Drouet, Bernard des Saintes, Albitte, Foussedoire, Hentz, Francastel, Poultier, y así una lista que alcanzaba las dos decenas por lo menos.
Quizás fue porque se decretó un silencio que para suavizar el Terror Blanco y el hambre (no la escasez, como dijo Michelet) que vinó después.

Se especuló amplia y macabramente, luego de la gran oleada del Terror Blanco durante aquel año 1795, sobre si toda esa serie de vergonzosos crímenes eran o no equiparables, por ejemplo, a las matanzas de septiembre en las prisiones, la verdadera Opera Omnia de Marat. La diferencia estribaría en los nombres, no en el número de las víctimas. Aquéllas tenían apellidos. Éstas no. Éstas fueron anónimas, eliminadas en familias o villorrios enteros. Y nunca sería ya posible recuperar su memoria. Fueron unos miles. Tan sólo eso. Pero esta parte del banquete al Terror también le encantaba. El Terror Blanco de 1795, que volvería a rebrotar en 1799 aunque no con tanta virulencia, ese Terror, a diferencia de las matanzas de 1792 que tuvieron lugar a lo largo de unos pocos días y sobre todo en una única ciudad, París, se repitió cuanto quiso y de modo igualmente arbitrario y brutal a lo largo de numerosas localidades de la geografía francesa. [...] Curiosa la filosofía de ese Terror inmaculado, obra de los aristócratas y los curas anticonstitucionales, pues ahí se surtían las bandas de asesinos, comparándolas con el otro Terror popular de septiembre, acaso igual de detestable en esencia pero que permitió al menos que de sus víctimas la posteridad hiciese cómputo, sí, de sus mártires, héroes, o simples, desgraciados difuntos. [...] ¿Por qué entonces la Historia oficial apenas mencionaba ese otro Terror Blanco?

Hubo un intento por parte de la izquierda de volver a hacer una revolución, que terminó con un episodio curioso para la historia militar. El 1 de mayo de 1795  una muchedumbre de sans culottes, en demanda de pan y humillados por ver como aumentaba la mortalidad, los suicidios y el desempleo, asaltaron la Convención y cortaron la cabeza de un diputado (equivocándose de víctima por similitud fonética de su nombre, con el que realmente querían decapitar) e intentaron emular la toma del poder. Una vez más el pueblo se creyó sus propias fábulas, y soñaron y lloraron de alegría por creerse que habían triunfado y recuperado todo lo que habían perdido con una revuelta espontánea. De nuevo los tenían donde querían, al margen de la ley. Los diputados de la Montaña fueron detenidos en menos de 24 horas, mientras las tropas rodeaban a los insurrectos encerrados en la Convención. Cuando a ritmo de tambor se penetró al rescate, la Guardia Nacional fue repelida por un número mucho más numeroso de sans culottes de lo que se esperaban. La columna militar de Kilmaine fue igualmente acorralada por el vulgo armado, y sin embargo... no hubo un solo herido. Tanto un bando como el otro se resistía a pegar un solo tiro. Los militares con los cañones apuntando a las Tullerías se negaban a atacar por primera vez en la historia tan importante edificio lleno de gente. Y los golpistas fueron abriendo paso a esos tambores y soldados, ahora ya callados y cabizbajos, incapaces de abrir fuego contra esos soldados que se habían metido en la boca del lobo. Tuvo que ser el paroxismo de la tensión, aguantar esas horas y negociaciones, con los dedos en los gatillos, y sin explotar en ningún momento. Puede que fuera un miedo contenido de unos contra otros, pero el escritor apuesta a que esto demuestra que ese pueblo del que se decía que era violento y antropófago, fue noble y sabio en esas horas.

Aunque en algunas ocasiones el propio autor lo ha retratado como caprichoso y violento, el pueblo obrero y los sans culottes, el "populacho-cortacabezas" no estaba compuesto por malhechores. Excepto en septiembre de 1792, durante las más famosas revueltas de la Revolución Francesa, incluida la Toma de la Bastilla, los asaltantes no eran delincuentes y bandidos como se nos ha descrito en tantas ocasiones.

Convenía recordar también que tras los disturbios por el caso de Reveillón, la primera agitación social grave y convulsiva en el París prerrevolucionario, de las sesenta y ocho víctimas que hubo en aquel suceso únicamente tres individuos eran insolventes, y sólo uno de ellos, cierto trabajador del muelle, había sido detenido en otra ocasión. Llevaba la marca «V», de voleur: ladrón. Todos los demás, y eso que los desórdenes fueron de suma gravedad, eran gente trabajadora y respetable. En la toma de la Bastilla, donde hubo cabezas clavadas en las picas y escenas sangrientas, ocurriría otro tanto. En seguida cundió el rumor, pronto aceptado como cierto, de que los delincuentes y bandidos formaban una buena parte de los asaltantes. Todos y cada uno de estos asaltantes a la fortaleza de la Bastilla, que fueron jubilosamente censados en los primeros instantes de euforia tras el triunfo para que quedase constancia de tan histórico momento, tenían un trabajo regular y domicilio fijo. Las profesiones de éstos eran de lo más variado, perteneciendo incluso muchas de ellas a las tradicionalmente consideradas «respetables». Tampoco entre los detenidos por los disturbios provocados por el saqueo de tiendas de ultramarinos, en enero de 1792 y en febrero de 1793, tenían antecedentes penales, [...] ni uno entre los treinta y ocho individuos juzgados en el Año IV por las matanzas de septiembre de 1792 en las prisiones, ni uno solo tenía antecedentes penales, [...]

Al final, asediados y sin agua, se rindieron y aproximadamente 10.000 sans culottes ingresaron en prisión ("el doble de los presos que salieron libres tras el 9 de Termidor" se encarga de recordarnos García Sánchez).


Los ultramonárquicos también se apuntaron a su propia revolución, pero fueron frenados por Bonaparte el 13 de Vendimiario del año IV, aunque según el autor no está muy clara que su participación fuese tan importante como se dice. Los realistas fueron derrotados, pero luego no se les persiguió como antes se hiciera con otros golpistas, pues solo se ejecutaron a dos responsables. París estaba bajo tutela militar, y se aprobaron algunas amnistías de las que no se beneficiarían los sans culottes. Fue entonces cuando oficialmente se constituyó el Directorio, que duraría cuatro años antes de que Napoleón volviese para quedarse y cambiar el régimen para convertirlo en el Imperio Napoleónico.

Napoleón Bonaparte fue un militar con más suerte que dotes estratégicas. Un megalómano que admiraba a Robespierre y a Danton, aunque trató de esconderlo cuánto pudo tras las muertes de estos. Y no es que admirase sus causas o sus logros, sino su liderazgo. Era un adicto al poder, y como tal, le daba igual las ideas que gobernaran en tanto que sirvieran para ser jefe de masas. "Entonces ¿cabía hablar de Napoleón robespierrista? En absoluto."

Fueron tantas las mentiras dichas y repetidas acerca de su persona, [...] un hombre de limitados recursos intelectuales y de criterios morales más bien dudosos [...] falsedades repetidas [...] Napoleón-revolucionario y apaciguador. [...] Durante décadas se ofreció la imagen aureolada de un Bonaparte exportando los «principios» de la Revolución por Europa y medio mundo, un Napoleón liberador de países oprimidos por tiranías dinásticas antiquísimas, [...] Napoleón acabó por asentar ciertas ideas republicanas en otros países europeos cuyos regímenes podían considerarse casi anárquicos o libertinos, pero la planificación técnica del Estado, la estructura de la Administración, la burocracia toda, era algo que heredó, metamorfoseado y convenientemente recortado, de la propia Revolución. Fue ésta y no Bonaparte la que convulsionó el mundo anterior a ella para crear un nuevo orden de valores. [...] estructuras sociales heredadas del periodo revolucionario, éstas serían incluso respetadas por la propia Restauración monárquica [...] Prefecturas [...] igualdad jurídica ante la ley, la Municipalidad, la Enseñanza, todo eso y más fueron realizaciones encomiables, sí, pero no tanto decididas o ideadas por Napoleón como aceptadas por su utilidad y asimismo porque cambiarlas habría supuesto el despedazamiento administrativo social y político de Francia.

Pero la verdad es que lo primero que abordó fue la propiedad, no la igualdad. Fue la burguesía la que se benefició de Napoleón. Fue Napoleón el que usaría demagógicamente la herencia de la república para fines propios. Fue Napoleón el que conjugaba los adjetivos conservador y liberal indistintamente. Para él liberal significaba antijacobino o antisubversivo. La burguesía terminó autodenominándose "burguesía liberal". Pero un líder liberal o republicano nunca habría restaurado la esclavitud, ni prohibido la palabra revolución, ni se habría nombrado emperador, ni hubiese nombrado a su hijo Rey de Roma, ni a su hermano Rey de España.

Cuando cayó Napoleón, la Restauración ya tenía el camino abierto para aprobar que los que más impuestos pagaban tenía derecho a votar dos veces, o darles indemnizaciones a los exiliados de la Revolución por un valor veinte veces superior al que tenían en 1789. También se abrió el camino a otros generales al servicio del poder. Los crímenes que se cometieron contra el pueblo por parte del gobierno, nunca recibieron tan mala prensa como el Terror, pese a que algunos fueron superiores. Como los 10.000 obreros que murieron a manos del general Cavaignac, o los 17.000 a manos del general MacMahon.


El anhelo omnipresente de Sebastien es descubrir la verdad, ser fiel a los hechos, pelar todas las capas de cebolla que otros añadieron para desvirtuar lo acontecido. Esa pasión le exige ajustar cuentas con los historiadores, y para ello juega con el lector a cambiar muy sutilmente de novela a ensayo encubierto de ficción, sin apenas darse cuenta uno. Y lo hace porque es incapaz de cerrar el libro sin arremeter contra las mentiras y fabricaciones que muchos historiadores han consumado en torno a la figura de Robespierre y de la Revolución Francesa en general. Al fin y al cabo "a los historiadores se les concedió un poder que incluso a los dioses se les había denegado: alterar los hechos." No es la primera vez que arremete contra la ortodoxia historiográfica, pero esta vez les pone nombre y apellidos: Monseiur Jules, Michelet y Mortimer-Terneaux e incluso para mi sorpresa, Thiers, al que yo mismo había consultado para esta reseña en el apartado de la religión. A todos ellos les dedica su más afilada pluma y su más execrable desprecio por el flaco favor que le hicieron a la verdad: "nunca se tergiversó la verdad tan impunemente", irresponsabilidad, perfidia, mala fe, deleznable mentira, "la Historia se avergonzaría tanto de sí misma", "iluminarias de la Historia", "actitud de irresponsabilidad acaso rayana en lo tendenciosamente despreciable", "edificio de la mentira" y un largo etcétera. Pero quizás con quien más se ceba es con Thiers:
Thiers, hombre de letras que también escribió una monumental y muy leída Historia de la Revolución Francesa, en la que destilaría como un esputo todo su odio hacia los hombres de 1793. Porque fue Thiers quien se atrevió a escribir de los sucesos de 1871: «¡La República será conservadora o no será!», sin que bajo sus pies la tierra se abriese de vergüenza, [...]

Y es un juego que, como veremos a continuación, no se limita a cambiar el género (el literario, porque el sexual ya lo ha hecho en una ocasión al hablar de las mujeres ["entre nosotras"]), sino que osa cambiar incluso el rol escritor-lector, sacando a un personaje de la ficción para traerlo a la realidad, y casi jaleando al lector a una suerte de conexión mística con la obra. Como se atreviera en un libro anterior a decir: "lanza al texto el poder de tu telepatía" ("Dios se ha ido", 2003). Esta aproximación directa y taimada al mismo tiempo que se le hace al lector, en su ejecución final, hace a esta novela sublime. Porque todo lector atento ha debido intuir que ese desprecio que Sebastien siente por toda la farsa que se ha maquinado por los vencedores, es también el desprecio de García Sánchez. El personaje de la ficción se va desperezando lentamente hasta aparecer en una segunda capa de ficción más próxima a la realidad, y despertarse como narrador.  Sin embargo, casi al final, hay un punto a partir del cual el autor  desvela que su maestría en el manejo de la narración. Me refiero a esa alocución al lector de que la obra del artista pasa a manos del público ("sí, tú y tú, lector o lectora, que ahora tienes el libro entre las manos"). ¿Se refiere al libro que ha escrito Sebastien, o al libro de García Sánchez? ¿Cómo puede alguien interpelarme a mí, a través de un hipotético lector dentro de la novela? ¿Qué magia puede conectarme con la ficción a través de una cuidadosa llamada a la realidad, que sin embargo sigue siendo técnicamente ficción? Sí, claro, es la Literatura, pero sobre todo una determinada literatura. La de Sebastien. La de Javier García Sánchez. Ambos nacidos un 7 de abril, por si a alguien le quedaba algún tipo de duda.

Ese secreto a voces tejido renglón a renglón, de que el narrador es Sebastien, se desvela por fin: "qué duro y extraño se le hizo por momentos hablar de sí mismo en tercera persona". "De sí mismo", no "de mí mismo", con lo cual todavía jugando entre neblinas. Esa fusión de roles, llevada hasta el último segundo de su muerte (la de Sebastien), le hace al lector (a mí), mezclar realidad y ficción hasta embriagarme de lo que el autor (el narrador), denomina su hemorragia. Una hemorragia metafórica y cómplice: metafórica con el personaje principal, la sangre del Terror, y cómplice con el lector, para que entienda el desgaste de escribir su obra magna para la que ha necesitado treinta años, pues aunque haya sido a trompicones, lleva acumulando datos e ideas desde 1980.

Sí, directamente insuflada del alma de Sebastien en la ficción o en la tuya en la realidad, curioso lector, cada vez más curioso ante cómo evoluciona lo que llevamos entre manos, y también, quizá, lo atrapado que ya estás en esta nuestra grata connivencia, nuestro secreto memorable. Lo es. Y si farfullas mentalmente, negándolo, el fantasma de Sebastien te responderá: «Entonces, ¿por qué has llegado hasta aquí?». Tú y él sabéis por qué. Así son a veces los vínculos de las palabras. Ojalá un día su obra pudiese ser juzgada desde esa parte del prisma que contemplaba lo que fue no tanto una escritura más o menos mecanizada como una hemorragia textual que le sería imposible detener.

Es tanta la intimidad que logra el autor, que me niego a escribir aquí los últimos pensamientos de Sebastien, que desnudándose ante la eternidad y reflexionando sobre su posteridad, me hizo cerrar los ojos para ver por los suyos.

CAPÍTULO 13: POST SCRIPTUM


La verdadera novela terminó, pero la verdadera hemorragia (la  de la literatura, la de la trascendencia, la de la falsificación de la historia) nunca terminará de cicatrizar. Por eso el autor añade un último capítulo en el que tiene mayor libertad para comentar todo lo que la excusa de la ficción no le dejó sitio para incluir en su obra. Desde su modus operandi a la hora de escribir (música y estilográfica) hasta un exhaustivo repaso a diferentes disciplinas que abordaron la figura de Robespierre (política, filosofía, cine, historia, literatura, teatro y música), pasando por su indignación al comprobar que mientras Bonaparte es reconocido como la principal figura de la Revolución, Robespierre no tiene ni una sola calle de París con su nombre. La encuesta de opinión a los académicos franceses tampoco podía incluirse en la novela, y merece la pena leer sus conclusiones.

Nada más que este último capítulo merecería algún premio de investigación, o quizás un premio a una vida de investigación. De hecho pienso que la novela Robespierre habría tenido mucho más éxito y reconocimiento entre los académicos, probablemente también fuera de España, si se hubiese redactado y publicado como ensayo. Cuando al principio de esta larga reseña, quizás la más larga hasta la fecha, me lamentaba por haber escogido una novela tan difícil de leer para reengancharme al género, no podía suponer que en realidad no había dejado del todo el ensayo con mi elección. El cambio no ha sido traumático, sino una lenta y sibilina transformación, de la que me vanaglorio haber disfrutado más que otros lectores, precisamente por mi costumbre de reseñar ensayos. Nunca pensé que podría usar el mismo enfoque en una novela.

Tampoco sospeché que me encontraría en el último capítulo con Daniel Jonah Goldhagen, un ensayista al que sigo desde décadas, y que ya había incluido en mi reseña. ¡Qué sorpresa y qué alegría saber que el autor había recurrido en su autoanálisis a las mismas fuentes que yo mismo suelo usar!


Durante la lectura he grabado fragmentos de la novela y se los he enviado a mis familiares porque encontraba que se ajustaban al formato de relato radiofónico (aunque no tanto a mi fallido timbre), o porque sencillamente me divertía hacerlo. Y ahora leo como el autor confiesa pertenece a esa tradición oral, y que escribió la novela leyéndola en voz alta una y otra vez.


Al ser, tanto el autor como yo mismo, partidarios de algún tipo de ateísmo recalcitrante, no reconozco ninguna fuerza del otro mundo en estas casualidades. Pero tampoco ignoro, como he escrito antes, los aciertos que la magia de la buena literatura nos puede regalar: no solo el misterio de gozar con lo que a otro ya le plugo, sino conocer los matices que de otra forma se perderían en el olvido, solamente  gracias a "una reflexión profunda, sincera y sobre todo documentada acerca de lo que fue el Terror".

Sí, siempre los matices, como en el Terror, ese cúmulo de circunstancias que aparentemente la Historia no llega a aprehender, y que tal vez resulten captables desde el ámbito de cierto tipo de ficción.
Y al igual que el autor, que escoge algunas frases memorables que no pudo incluir en el texto pero que siempre le rondaron por la cabeza, yo incluyo aquí, a modo de colofón, uno de esos párrafos, solamente uno, de los que me hicieron volver una y otra vez a releerlos, como si de un eco con vida propia se tratase, llamando mi atención por encima de la trama como un susurro existencial.

Y junto a los hombres, ahí mismo, podía admirarse un milagro que a Sebastien le llamó siempre la atención: de la piedra, a través de una fisura prácticamente imperceptible, surgía el diminuto tallo verde, a veces incluso una flor, como para probar que eran posibles la esperanza y la vida en cualquier situación, que lo latente que es y fluye acababa surgiendo doquiera nuestros ojos miren, pese a la muerte y desolación. Somos niños de pecho ante la descomunal evidencia de que la vida, en todo su esplendor, nos sorprende siempre una y otra vez con creces, pues nuestro significado se reduce al infinitesimal ornamento que la hace ser como es: anodina, brutal y excelente. La mirada lanzada sobre ella, la vida, la percepción que emana de nosotros hacia cuanto nos rodea, es lo que convierte en milagro algo que sin duda acaba siendo normal: esa vida misma.



ENLACES RELACIONADOS

Bibliografía 

Reseña de Jotdown

Reseña en tendencias21

Entrevista en El País

La revolución Francesa en el cine

Libro sobre Corday 

Libro de aparición posterior a "Robespierre" y solo en francés: "Robespierre.  La fabrication d’un mythe"

Entevista en Onda Cero "Robespierre no impulsó el Terror"


Entrevista con Carlos Herrera, también en Onda Cero.

El audio está cortado, se puede escuchar completo aquí


FRAGMENTOS ORALES DEL LIBRO (mi voz, música y efectos de youtube).












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