jueves, 22 de diciembre de 2016

"LIBERACIÓN ANIMAL" de Peter Singer (1975)

Cuando se habla de los derechos de los animales se tiende a pensar en la compasión, más que en la razón. Este libro es la biblia del movimiento animalista, pero en vez de con fe o apelaciones amorosas, lo hace con  robustas razones difíciles de desmontar. Toda la base filosófica y política, además de los datos de investigación que nos ofrece, han servido para refundar el movimiento animalista de la era moderna.

Este libro ilustra perfectamente la expresión "un aldabonazo en la conciencia". A pesar de haber leído algo sobre el tema de los derechos de los animales, nunca había sido capaz de estructurarlo de manera seria y coherente. Soy una persona sensible al sufrimiento animal, como también al humano. Pero siempre pensé que los asuntos animales se vinculaban a la compasión y los humanos a la moral. No cabía nada realmente serio y profundo que decir sobre el sufrimiento animal, no al menos mientras existiese su contraparte en la especie humana. Siempre han existido prioridades, y nunca me vi compelido a revisar ningún tipo de incoherencia interna. Pero me equivocaba.



En ese feliz impasse estaba yo sumergido, hasta que me enfrenté a una de las más elegantes, razonadas y razonables argumentaciones que haya leído nunca. Me esperaba algo emotivo, una argumentación que apelase al corazón, pero Peter Singer me seduce con la razón. Y por eso precisamente, me enfrenta con mi conciencia, porque me enseña que mis hábitos y cultura están en contra de mis propias convicciones. Aunque hay quien defiende que la sensibilidad está infravalorada (e incluso hiperfeminizada) como argumento moral, yo sigo prefiriendo el uso del cerebro frente al corazón. Así pues, el reto intelectual me impacta de manera inexorable, y solo depende de mí ser coherente y provocar un cambio o continuar como hasta ahora.

Sea como fuere, "el clásico definitivo del movimiento animalista" no solo es recomendable para lectores intelectualmente curiosos, también lo es especialmente para algunos vegetarianos y veganos, que en ocasiones adoptan postureos sin saber que hay todo un armazón filosófico y científico de su lado.

CAPÍTULO 1: TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES


Debo confesar que lo que primero me viene a la mente cuando me aproximo a este tema, es la imagen de un activista decepcionado con sus congéneres, y que pone ingenuamente su esperanza en otros seres vivos.

Relegar los asuntos humanos o políticos a un segundo orden, solo porque su complejidad nos frusta, o porque la aterciopelada piel de un gatito o de un oso (como el que se comió a Grizzly Man) nos seduce con una ilusión de bondad genuina, me parece a la vez pueril e irresponsable. Pero este libro, con sus firmes tesis, me ha hecho pensar que el pueril e irresponsable soy yo.

LEJOS DEL TÓPICO

No me esperaba a un filósofo de primera fila, reconocido mundialmente, con una brillante, sosegada, racional y razonable argumentación. Recomiendo la magnífica entrevista que le hizo Lawrence Krauss, director de un encomiable proyecto de divulgación científica de la Universidad de Arizona, en la que se repasa su carrera académica y activista.

El ejercicio de ponderación, y la flexibilidad para tomar en cuenta la opinión contraria sin demonizarla, así como construir una agenda posibilista en mundo donde tus ideas son francamente minoritarias, ha sido uno de los estímulos más grandes para engancharme hasta sus últimas páginas. Pero solo he podido descubrirlo porque he bajado de mi atalaya desde donde miraba con desdén lo que me parecían cuestiones secundarias, y algo burguesas, aunque quizás solo fueran simplemente especistas.

Tengo que advertir a todos aquellos/as que piensen que los derechos de los animales son esnobismos de perro-flautas inconformistas, que se llevarían una sorpresa si se atreviesen a tomarse en serio una paciente investigación, en absoluto estrambótica, ni tampoco incompatible con preocuparse por los seres humanos. Y no es que haga falta ser filósofo para comprometerse éticamente, pero ciertamente un académico quizás lo sepa argumentar mejor. Lejos de la caricatura con la que habitualmente se presenta a los defensores de los derechos de los animales, e independientemente de que algunos puedan ser fielmente representados por dicha caricatura, lo cierto es que el trabajo intelectual de Peter Singer es todo un reto: serio, honesto, alejado de histrionismos... y mucho más razonable y pragmático de lo que cabría esperar a primera vista. Solamente ha podido ser ignorado (cada vez menos como demuestra el prólogo de cada nueva edición) por la pereza mental de enfrentarse a un cambio radical. Un cambio que se enfrenta a una cultura y una industria mayoritarias que actúa como muro de contención, y que hace que la tesis animalista todavía esté inmadura en el horizonte moral de la mayoría de la sociedad.

Peter Singer nos cuenta la anécdota de cuando una amiga de su mujer los invitó a ambos a tomar el té. La amiga, interesada por el libro que estaba escribiendo les confesó que a ella le encantaban los animales y que tenía varios perros y gatos. Entonces les preguntaron, a él y a su mujer, cuántos animales domésticos tenían. La respuesta habla por sí misma.

Le respondimos que no teníamos ninguno. Nos  miró sorprendida  y  dio  un  mordisco  a  su  sandwich.  Nuestra  anfitriona,  que  ya  había  terminado de servir el té, se unió a nosotros e intervino en la conversación:  «Pero  a  ustedes  si que  les  interesan  los  animales,  ¿no  es  así,  señor  Singer?».

Intentamos  explicarle  que  estábamos  interesados  en  evitar  el  sufrimiento y la miseria; que nos oponíamos a la discriminación arbitraria,  que considerábamos que está  mal causar  sufrimiento innecesario a otro  ser,  incluso  si  ese  ser  no  pertenece  a  nuestra  propia  especie,  y  que  sí  creíamos  que  los  humanos  explotan  despiadada  y  cruelmente  a  los  animales y queríamos que esto dejara de ser así. Aparte de esto, dijimos,  no  nos  «interesaban»  especialmente  los  animales.  Ninguno  de  los  dos  habíamos estado excesivamente apegados a perros, gatos o caballos como  lo  está  mucha  gente.  A  nosotros  no  nos  «encantaban»  los  animales.  Simplemente  queríamos  que  se  les  tratara  como  seres  independientes  y  sensibles que son, y no como medios para fines humanos, como se había  tratado  al  cerdo  cuya  carne  estaba  ahora  en  los  sandwiches  de  nuestra  anfitriona.

Este  libro  no  trata  sobre  mascotas.  Es  probable  que  su  lectura  no  resulte  agradable  a  quienes  piensan  que  el  amor  por  los  animales  no  requiere más que acariciar a un gato o echar de comer a los pájaros en el  jardín. Más bien, se dirige a la gente que desea poner fin a la opresión y la  explotación  dondequiera  que  ocurran  y  que  considera  que  el  principio  moral básico de tener la misma consideración hacia los intereses de todos  no se restringe arbitrariamente a los miembros de nuestra propia especie.  Suponer que para interesarse por este tipo de cuestiones hay que ser un  «amante de los animales» es un síntoma de que no se tiene la más ligera  sospecha de que los estándares morales que los humanos nos aplicamos a  nosotros  mismos  se  podrían  aplicar  a  otros  animales.  Nadie,  salvo  un  racista  que  calificase  a  sus  oponentes  de  «amantes  de  los  negratas»,  sugeriría  que  para  interesarse  por  la  igualdad  de  las  minorías  raciales  oprimidas hay que amar a esas minorías, o considerarlas una monada  y  una lindeza. Entonces, ¿por qué presuponer esto cuando se trata de gente que trabaja para mejorar las condiciones de los animales?
Al escritor de origen australiano no parece que le gusten demasiado esas querencias caprichosas para con los animales. Supongo que habrá tenido que distanciarse muchas veces de una sensiblería que le resta credibilidad mediática a sus posiciones filosóficas más serias. En el capítulo 6 hace un breve análisis histórico-político de las sociedades protectoras de animales en las que no salen bien paradas. Singer se presenta: "¿Por qué esas asociaciones no han dado a conocer al público los hechos que yo he presentado en los capítulos 2 y 3 de este libro?". Parece ser que las actividades caritativas estaban exentas de impuestos, y la procedencia rural de muchos de sus miembros hizo obviar el sufrimiento animal en granjas.

Según esto, la ciudadanía acabó creyendo que la «protección animal» es algo reservado a las damas de buen corazón que se chiflan por los gatos, y no una causa fundada sobre principios básicos de justicia y moralidad.
 IGUALDAD NO SIGNIFICA MISMOS DERECHOS

El primer error del que nos saca Singer es la creencia de que si aceptamos extender el criterio de igualdad a los animales, ello implicaría darles los mismos derechos. Singer ni siquiera defiende que seamos todos los humanos absolutamente iguales. Merecer la misma consideración no significa tener los mismos derechos, pues ello depende de muchos factores como la distinta naturaleza de los sujetos. Considerar la igualdad de hombres y mujeres significa que ambos merecen la misma consideración, pero puede traducirse en derechos diferentes. Por ejemplo los hombres no pueden tener derecho al aborto pues no tienen esa capacidad. De igual manera los animales tampoco pueden votar, así que no tendría sentido plantear el derecho al voto de los animales. Pero hay consideraciones que sí se podrían hacer con los animales. La principal, y el nudo gordiano de todo el libro, es la capacidad de sentir (ya sea sufrimiento, goce o felicidad), y por eso se habla tanto en el texto de seres sintientes (desconozco el motivo de no usar la expresión "ser sensible").

"El principio básico de la igualdad no exige un tratamiento igual o idéntico, sino una misma consideración. Considerar de la misma manera a seres diferentes puede llevar a diferentes tratamientos y diferentes derechos."
LA METÁFORA CON EL RACISMO ES VÁLIDA Y LA IMPORTANCIA DEL AMBIENTE RELATIVA.

Para explicarlo Singer nos cuenta que la razón por la que cuál rechazamos el racismo no es que las personas de diferentes razas sean exactamente iguales, sino todo lo contrario:

"Nos guste o no, tenemos que reconocer el hecho de que los humanos tienen formas y tamaños diversos, capacidades morales y facultades intelectuales diferentes, distintos grados de benevolencia y sensibilidad ante las necesidades de los demás, diferentes capacidades para comunicarse con eficacia y para experimentar placer y dolor. En suma, si cuando exigimos igualdad nos basáramos en la igualdad real de todos los seres humanos, tendríamos que dejar de exigirla."
En primer lugar, por tanto, existe una desigualdad fáctica que, en muchas ocasiones, no se ha querido reconocer, por miedo a que los racistas o los sexistas se agarrasen a ella. Y por otra parte, hay desigualdades de origen cultural, y para huir de la primera a menudo se ha exagerado la influencia de estas segundas. Es decir, que las diferencias dependen más del ambiente, la educación y la cultura, que de otros factores más determinantes como la genética. Algo plausible, pero con limitaciones. Porque existe una huida algo desesperada hacia explicaciones ambientalistas, común entre la izquierda, y ello se explica por las luchas que se han tenido que librar para alcanzar logros sociales. Razas, clases e imperios dominantes han hecho lo imposible para mantener sus privilegios, y nos han intentado hacer creer que el orden natural de las cosas nos ponía a cada uno en su sitio. Intentar cambiar eso era como cambiar la naturaleza del ser humano. Afortunadamente se pudo probar que eso no era cierto, pero en esa labor, muchos vieron la defensa de la tabla rasa (la teoría de que somos una pizarra en blanco y que podemos llegar a ser todo lo que se escriba sobre ella) como un arma irrenunciable, prácticamente la única para conseguir avances sociales (casi todo se solucionaba con una buena educación), y acogieron con recelo todas las diferencias que la ciencia iba encontrando en su camino. Esta huída de la ciencia podía llevarnos a un callejón sin salida.

No obstante, sería peligroso que la lucha contra el racismo y el sexismo se apoyara en la creencia de que todas las diferencias importantes tienen un origen ambiental. El que tratara de rechazar por esta vía el racismo, por ejemplo, tendría que acabar admitiendo que si se prueba que las diferencias de aptitudes tienen alguna conexión genética con la raza, el racismo de alguna manera podría ser defendible.
[...]
La respuesta adecuada a quienes pretenden haber encontrado pruebas de diferencias con base genética entre razas o sexos en lo relativo a ciertas aptitudes no consiste en aferrarse a la creencia de que la explicación genética tiene que ser errónea, aunque existan evidencias de lo contrario, sino más bien en dejar muy claro que el derecho a la igualdad no depende de la inteligencia, capacidad moral, fuerza física u otros factores similares. La igualdad es una idea moral, no la afirmación de un hecho.
ESPECISMO: INTELIGENCIA Y CAPACIDAD DE SUFRIR


Una vez aceptemos que la igualdad no depende de factores como la pigmentación de la piel, el sexo, la fuerza, la nacionalidad etc... (y lo aceptaremos a menos que nos reconozcamos como racistas, sexistas, xenófobos...etc), el siguiente paso es hacerse las mismas preguntas con seres vivos de otras especies, y ver a qué conclusión nos lleva el argumento y cuáles son las diferencias que justifican nuestro especismo (palabra acuñada por Richard D. Ryder, aunque fue Singer quien la popularizó en el libro que nos ocupa ahora).

¿Y si fuera la inteligencia lo que determina esa línea infranqueable? Bueno, entonces Peter Singer nos tiene preparada una trampa. Los que piensan que los animales no tienen derecho a ser considerados iguales a nosotros (lo cual, repito, no quiere decir tener mismos derechos, solo evitar su sufrimiento) porque no son capaces de razonar o expresarse como nosotros, deben afrontar una inconsistencia al defender la igualdad para los niños de corta edad, los cuales tienen menos inteligencia que muchos animales.

Esta brillantez no es original de Peter Singer, sino de su padre intelectual Jeremy Bentham, a la sazón, también padre del utilitarismo moral. En palabras de Bentham:

Un caballo o un perro adulto es sin comparación un animal más racional, y también más sociable, que una criatura humana de un día, una semana o incluso un mes. No debemos preguntarnos ¿pueden razonar?, ni tampoco ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?

Y esa es la piedra angular sobre la que gira la argumentación del libro, la capacidad para sufrir y/o disfrutar, para ser feliz o infeliz. Porque de ahí nacen las aspiraciones, de los deseos de buscar la felicidad o evitar el sufrimiento nacen las demandas para respetar los intereses (lo cual, repito por enésima vez, no significa igualdad de derechos). Las piedras no tienen intereses porque no sufren. Los cerdos sí sufren, pero mientras que sus derechos pueden limitarse a estar con otros cerdos, los derechos de los niños americanos pueden ser tener acceso a la educación. A ambos se les trata con igualdad porque se les reconoce su capacidad para sufrir, pero obtienen diferentes derechos de acuerdo a sus posibilidades.

Alguien podrá decir que la capacidad de sufrir y las relaciones sociales que establecemos con miembros de nuestra especie es más compleja que las de los animales, y que por tanto las vidas de estos valen menos.

Es legítimo aducir que algunos rasgos de ciertos seres hacen que sus vidas sean más valiosas que las de otros; pero sin duda habrá algunos animales no humanos cuyas vidas, sea cual fuere el estándar utilizado, sean más valiosas que las de algunos humanos. Un chimpancé, un perro o un cerdo, por ejemplo, tendrán un mayor grado de autoconciencia y más capacidad para establecer relaciones significativas con otros que un recién nacido con gran retraso mental o un anciano en estado avanzado de demencia senil. Por tanto, si basamos el derecho a la vida en estas características tendremos que garantizárselo a estos animales en la misma medida, o incluso mayor, que a ciertos humanos retrasados o con demencia senil.
 PETER SINGER: NI NAZI NI JAINISTA


Singer se queja de las tergiversaciones que estos ejemplos han suscitado entre los contrarios al movimiento de liberación animal. Hay que tener en cuenta que todavía estamos en el prólogo a la última edición del libro, y los críticos del libro habían dicho que Peter Singer defendía que la vida de un insecto valía lo mismo que la vida de un ser humano. El autor se defiende:

Es una táctica común pretender ridiculizar la postura de la liberación animal sosteniendo que, como un experimentador en animales dijo recientemente, "algunas de estas personas creen que cada insecto, cada ratón, tiene tanto derecho a la vida como un humano" (Irving Weissman, citado en "From Shop to Lab to Farm, Animal Rights Battle is Felt", de K. Bishop, The New York Times, 14  de enero de 1989). Sería interesante que el doctor Weissman pudiera mencionar a alguien de Liberación Animal que mantenga esta opinión. Ciertamente (y asumiendo que se estaba refiriendo al derecho a la vida de un ser humano con capacidad  mental muy diferente a la de un insecto o un ratón), la opinión que describe no es la mía. Dudo que la compartan muchos —si  es  que  hay  alguno—  dentro del Movimiento de Liberación Animal.

La posición de Peter Singer parece ser una intermedia, que no desprecie la vida de algunos ancianos (de la misma forma que despreciamos la de los cerdos), y que tampoco santifique la vida de unos cerdos (condenándolos a vivir con sufrimiento como hacemos con algunos ancianos cuando nos oponemos a la eutanasia).

Paradójicamente, algunos opositores a Singer han querido ver en su discurso algunos rasgos racistas, eugenésicos e incluso nazis. Las comparaciones de algunos animales inteligentes, con algunos humanos que carecen de unas mínimas facultades cognitivas (como bebés, ancianos seniles, o enfermos con grandes deficiencias mentales y graves padecimientos), en las que salen mejor valorados los primeros que los segundos, han servido para echar leña al fuego. Sin embargo, estas comparaciones no se usan para justificar la muerte de ningún ser vivo (animal o humano), sino para evidenciar precisamente lo contrario; que ninguno se merece ni la muerte ni el sufrimiento, porque de lo contrario terminaríamos argumentando con la misma lógica de los nazis, pero con las especies.

No obstante lo anterior, en un reciente artículo, Singer volvía a valorar la posibilidad de que plantas o insectos pudiesen sufrir, y aunque en principio lo sigue negando, deja la puerta abierta a que la ciencia le haga cambiar de opinión. Casi parece desearlo. Pero la deriva subsiguiente colapsaría el activismo animalista. Pues una cosa es dignificar y procurar no dañar gratuitamente a ningún animal, y otra muy distinta vivir en constante angustia por no perjudicar a cualquier insecto. Esto nos llevaría precisamente a purismos religiosos de los que se quiere alejar en su libro, como hacen los jainistas que andan barriendo el suelo para no pisar a ningún insecto.

A menudo, llevar hasta sus últimas consecuencias los principios de la defensa animal, ha significado una parálisis en la práctica, pues nadie (o casi nadie) quiere hacerse jainista por muy comprometido que esté con la causa animalista. Este querer y no poder, entre la teoría y la práctica, ha generado algunos vaivenes que han tenido que sortearse a salto de mata y con una casuística incoherente para cabalgar sobre una estructura teórica poco sólida. Por ejemplo, Singer antes creía que ostras y mejillones no podían sufrir, pero ahora no está tan seguro y por eso ha dejado de comerlos "por si acaso".

El profesor Juan A. Herrero Brasas ha criticado esta parálisis y zozobra incesante en los autores que han defendido los derechos de los animales, y ha propuesto una solución creativa basada en la doctrina de la Guerra Justa. En su artículo de 2011, "Los derechos de los animales: como cuestión moral y política", publicado en Claves de la razón práctica, número 210, lo exponía con claridad:

Si concluimos, por tanto, que los animales poseen derechos, el siguiente problema con que nos encontramos es el de la imposible tarea que se nos presenta como consecuencia de ese reconocimiento: ¿Tenemos obligación moral de respetar la vida y el bienestar de todos los animales, incluidos ratas, ratones, cucarachas, tarántulas y bacterias? ¿Hemos de socorrer a esos animales cuando se encuentren en una situación de necesidad o peligro? Ni Singer, ni Regan, ni ningún otro teórico del asunto, que yo sepa, ofrece una solución satisfactoria a este problema.

La solución radica, a mi modo de ver, en la aplicación de ciertos principios básicos de teoría moral, tal como los que se aplican al uso de la violencia entre humanos, y que aparecen perfectamente encapsulados y articulados en la doctrina de la Guerra Justa. Aunque no es posible hacer aquí ni siquiera una somera presentación de dicha doctrina, bastará con señalar que se basa en los principios de defensa propia (siempre como último extremo), proporcionalidad, discriminación y prudencia.
MINIMIZAR EL SUFRIMIENTO
No olvidemos lo irrelevante de estas disquisiciones a la hora de evitar el sufrimiento. Una cosa es la muerte, y otra la evitación del dolor, piedra angular de su punto de partida filosófica. Todas las vidas no tienen el mismo valor, y eso no es ser especista, ya que ciertas complejidades mentales (no exclusivas de todos los seres humanos como hemos visto) como "la autoconsciencia, la capacidad de hacer planes y tener deseos y metas para el futuro" son relevantes a la hora de valorar qué vida vale más que otra, si se hace necesario elegir. Así, en caso de necesidad, si se planteara una disyuntiva inevitable es preferible matar a un ratón que a un humano. Pero esto es irrelevante a la hora de priorizar qué ser (humano o no) debe ser protegido del sufrimiento. Ambos deben serlo.

En cualquier caso, las conclusiones defendidas en este libro se desprenden exclusivamente del principio de minimizar el sufrimiento. La idea de que también está mal matar a los animales sin dolor confiere a estas conclusiones un apoyo adicional que es bienvenido, pero en absoluto necesario. No deja de ser interesante que esto sea cierto incluso para la conclusión de que debemos volvernos vegetarianos, convicción que vulgarmente suele basarse sobre algún tipo de prohibición absoluta de matar.
Este primer capítulo es, en mi opinión, el más filosóficamente elaborado. Ello no le quita mérito a la investigación de campo que desarrolla en los siguientes capítulos. Pero la lucidez teórica y la lucha contra prácticas mayoritarias están tejidas en este primer capítulo, y es el que más me ha gustado a mí.

CAPÍTULO 2: HERRAMIENTAS DE INVESTIGACIÓN

Los experimentos que usan animales de laboratorio son inútiles en casi su totalidad. Ese es el punto fuerte de este capítulo. Porque aunque el indecible sufrimiento al que se les somete es difícil de exagerar, eso no supone un gran cuestionamiento. Sin embargo, el desperdicio de nuestros impuestos en tareas inútiles son palabras mayores, y por eso el capítulo se subtitula "o cómo se emplean tus impuestos".
 EXPERIMENTOS CRUELES

Algunos de estos experimentos son tan crueles que cuesta leerlos y creer que son verdad. Mi especismo me ha ayudado a no apartar la mirada de determinados párrafos (sobre todo del tercer capítulo), porque si realmente empatizase con su sufrimiento, no podría terminar de leerlos. Párrafos como las descargas y envenenamiento dosificado de monos, que están atados a plataformas que simulan un avión militar, con la intención de ver hasta cuándo un piloto podría durar pilotando su avión sin perder el conocimiento, bajo la influencia de la radiación o las armas químicas. Al mono se le induce a mantener la plataforma horizontal, dándole descargas cada vez que se desvía de la posición adecuada.

El caso de los conejos no es menos cruel, pues se les encierra a unas cajas por donde sacan y fijan sus cabezas de tal forma que éstas quedan inmóviles. Se les abre los párpados y se les mete todo tipo de sustancias, para ver cómo reacciona el ojo. Las fotografías de las erupciones que salen en el globo ocular son bastante desagradables. Esta prueba ha sido lugar común en el mundo de la cosmética, se la conoce como prueba Draize. Esta prueba, junto a la prueba LD50, en la que suministran sustancias hasta que la mitad de los animales mueren, han servido para aniquilar con sufrimiento a millones de animales. Y se ha hecho, según Peter Singer, de manera absolutamente inútil, porque los mismos investigadores que usan animales para sus pruebas, terminan reconociendo que no están seguro de que sus conclusiones sean aplicables a los seres humanos.
 EXPERIMENTOS INNECESARIOS
Es más, en la mayor parte de los casos, las conclusiones son tan obvias que no se necesitaba hacer sufrir ni malgastar dinero para obtener unos resultados tan esperados. Después de privar a monos recién nacidos de estar cerca de su madre, y someterlos a aislamiento en una jaula desde que nacen, se concluía que "la respuesta social primaria es el miedo".

Lejos de desanimarse por la falta de algún descubrimiento sorpresivo, los autores de estos macabros... e inhumanos experimentos, se sintieron motivados para repetir y aumentar el grado de sufrimiento de sus animales de laboratorio. Así idearon un nuevo experimento en el que a los bebés monos se les suministraba una madre de trapo, y estudiaban cómo reaccionaría el bebé mono si la mama se convertía en un monstruo.

El primero de estos monstruos era una mona de trapo que, en el momento convenido, arrojaba aire comprimido a alta presión. El monstruo soplaba de tal forma que prácticamente desprendía la piel del cuerpo de la cría. ¿Qué hacía el pequeño mono? Simplemente se agarraba más y más fuerte a la madre, ya que una criatura aterrorizada se aferra a su madre cueste lo que cueste. No obtuvimos ninguna psicopatología.

Sin embargo, no nos rendimos. Construimos un nuevo sustituto de madre monstruo que se balanceaba tan violentamente que hacía castañear la cabeza y los dientes de la cría. Lo que ésta hizo fue apretarse más contra el sustituto. El tercer monstruo se hizo con una estructura interna de alambre que saltaba de golpe hacia fuera y lanzaba el pequeño animal lejos de la región ventral. Éste, entonces, se levantaba del suelo, esperaba a que la estructura retornara al interior del cuerpo de trapo, y se volvía a agarrar al sustituto. Finalmente, construimos una madre puerco espín. Cuando así se disponía, el nuevo monstruo expulsaba largos clavos de latón por toda la región ventral de su cuerpo. Aunque las crías se mostraban afligidas por estos rechazos puntiagudos, simplemente esperaban a que los clavos se retirasen para volver a subirse a la madre.
 EL DILEMA DEL INVESTIGADOR

Se describen muchos más experimentos, con perros que reciben descargas eléctricas, que aúllan de dolor, defecan de miedo, etc.. y en ninguna de ellos el autor cae en la fácil conclusión de que los experimentadores son unos sádicos desalmados. A mí me cuesta decir lo mismo. Para Peter Singer, los investigadores no son malignos o crueles, simplemente hacen lo que se les ha enseñado, como tantos colegas de profesión.

La oposición a los experimentos con animales ha existido desde hace mucho tiempo, pero ha progresado poco debido a que quienes realizan los experimentos, apoyados por las empresas que obtienen un beneficio proporcionando los animales de laboratorio y el equipo, han sido capaces de convencer a los legisladores y a la opinión pública de que la oposición viene de fanáticos ignorantes que consideran más importantes los intereses de los animales que los de los seres humanos. Pero oponerse a lo que está sucediendo hoy no implica insistir en que se suspendan todos los experimentos inmediatamente. Basta con decir que se suspendan aquellos experimentos que no cumplan un objetivo directo y urgente, y que en los demás campos de investigación se sustituyan, siempre que sea posible, los experimentos que requieren animales por métodos alternativos que no los necesiten.
Para ser el padre de la liberación animal, no se puede decir que sea muy radical.

Para Singer, tres son los factores que permiten que personas sensibles en otros aspectos de sus vidas, terminen haciendo de la tortura animal su profesión sin mayores traumas morales. El primero es por supuesto el especismo, pero éste es tan compartido con el resto de la población, y está tan enraizado en la sociedad, que apenas supone una diferencia para los investigadores.

El segundo es el respeto reverencial que le tenemos a los científicos. Según Singer, a pesar de las armas nucleares, y otras contribuciones a la degradación del medio ambiente, seguimos pensando que si lo dice un científico, debe tener una buena intención y un resultado positivo para la sociedad tan moderna y tecnificada en la que vivimos. Creo que necesita matizarse, pues cada vez más se está imponiendo una visión negativa del científico como un vendido a los mercados, del que solo es un títere. Así, no solo se cuestionan las patentes o los trabajos de determinadas empresas, cuyos intereses siempre debieron estar controlados por el interés general, sino que se pone en cuestión la ciencia en sí misma, y en particular, la que lleva tantas décadas asentada en la sociedad y trayendo incuestionables avances. Esa desconfianza trae a las pseudociencias a la primera fila, y cada vez más asistimos a un peligroso oscurantismo disfrazado de disidencia, pero que en realidad esconde una perniciosa y persistente sospecha a métodos científicos de probada eficacia. No obstante, Singer no es un descreído de la ciencia, usa las revistas científicas e incluso señala que será la ciencia la que ayude a prosperar en su batalla animalista.

El tercer factor es que el sistema educativo está diseñado para no cuestionar la herramienta de investigación, y el estudiante cede ante sus deseos de prosperar profesionalmente.

Cuando el estudiante de Medicina, Psicología o Veterinaria llega a la universidad y descubre que para completar los estudios que tanto le interesan ha de experimentar con animales vivos, le resulta difícil oponerse, especialmente porque sabe que lo que se le está exigiendo es una actividad normal en su campo. Aquellos estudiantes que se han negado a hacerlo han sido suspendidos y a menudo se les obliga a abandonar los estudios escogidos.
EXPERIMENTOS INÚTILES
 
Además, los resultados no son aplicables a los seres humanos. Según el médico Christopher Smith:
Los resultados de estas pruebas no pueden utilizarse para predecir la toxicidad ni para guiar la terapia relativa a la exposición de humanos. Como médico de emergencias colegiado, con más de 17 años de experiencia en el tratamiento de envenenamientos accidentales y exposiciones tóxicas, no conozco una sola ocasión en la que un médico de emergencias haya usado los datos obtenidos con la prueba Draize para solucionar un daño ocular. Nunca he usado los resultados de pruebas en animales para tratar un envenenamiento accidental. Los médicos de emergencias utilizan informes de otros casos, experiencias clínicas e información experimental de pruebas clínicas con humanos cuando hay que determinar el tratamiento óptimo para los pacientes.

La historia nos ha enseñado que, a veces, efectivamente es así. La talidomida causó muchos daños en humanos, a pesar de haber sido ensayada previamente en animales (incluso después de sospecharse que podía causar deformidades, se siguió experimentando con animales sin que les causase ningún daño). Por otra parte, la penicilina, nunca se habría aprobado para ser usada en humanos de haberse tenido en cuenta la toxicidad en cobayas. 

H. F. Harlow, investigador que defendía los ensayos con animales y editor de una de las revistas que más ensayos con animales ha publicado, confesaba que "no valía la pena realizar la mayoría de los experimentos, y la información obtenida carecía de suficiente valor para ser publicada."

Sin embargo, los defensores de la experimentación animal afirman que ha sido bastante útil a lo largo de la historia, aunque conceden que no es oro todo lo que reluce. En los podcast de RNE podemos consultar dos grandes fuentes de divulgación científica seria: "Entre probetas" y "A hombros de gigantes". Ambos programas suelen tocar el tema que nos ocupa, y ambos han confirmado, de alguna manera, que la validez de los resultados de experimentación animal están bastante cuestionados.    

Fernando de Castro, neurobiólogo del CSIC, aparecía en el primero de ellos el 23/11/2016 y, a pesar de defender la experimentación animal, confesaba que los animalistas tenían más razón de la que parece cuando critican la validez de los resultados para aplicarlos a los humanos (min. 14:09). De Castro considera que la experimentación es imprescindible, pero admite que la extrapolación de resultados desde el modelo animal al humano es algo harto difícil. El 24/06/2015 también tocaron el tema con más profundidad. 

En "A hombros de gigantes", el día 26/09/2016, se nos contaba que la experimentación animal ha alargado la vida de los humanos más de 20 años, mejorado los trasplantes, descubierto la insulina y varias vacunas (viruela, polio, difteria, sarampión) y mejoras sustanciales contra el SIDA (más adelante, en el apartado soluciones de este mismo capítulo, se vuelve sobre la eficacia histórica de la experimentación animal). Sin embargo, en el mismo programa, con ocasión del "Acuerdo de transparencia sobre el uso de animales en experimentación científica en España", se entrevistaba a Juan Lerma (Coordinador de la Comisión COSCE de Estudio  del Uso de Animales en Investigación Científica) quien no dudaba en afirmar que si los animales no estuvieran bien tratados los datos obtenidos no valdrían (min 29:35).



LOGROS DEL ACTIVISMO ANIMALISTA Y SUS LÍMITES

Algunos animalistas han entrado ilegalmente en laboratorios donde se les abría la cabeza a monos para trastearles en el cerebro. Se suponía que estaban anestesiados, pero los activistas descubrieron que no y la financiación para esos experimentos se cortó. También se han denunciado las pruebas LD50 y Draize y se han prohibido. Las compañías de cosmética han cedido a la presión y cambiado sus investigaciones para no usar animales. Toxicólogos, instituciones, políticos y empresas se han ido sensibilizando y han prohibido procedimientos o aprobado leyes que hace años parecían ciencia ficción. Sin ir más lejos, este mismo año se multó con una cantidad record a una empresa estadounidense que no cumplía la legislación para con los animales de laboratorio: 3,5 millones de dólares. Es una cantidad que nos hace pensar que efectivamente algo está cambiando.

El activismo ha conseguido mucho, y son muchos los ejemplos que Singer da a lo largo del libro (más adelante comentaré algunos en el apartado "soluciones"), pero el camino hacia el fin del sufrimiento animal en nombre de la ciencia todavía es muy largo. "Hay leyes que prohíben a las personas corrientes apalear a sus perros hasta la muerte, pero en Estados Unidos los científicos pueden hacer esto mismo con impunidad."

En el mundo perfecto de Peter Singer, cabe preguntarse si aunque todo el mundo hubiese dejado de comer carne y los animales estuvieran protegidos contra todo tipo de maltrato, ¿nos negaríamos a investigar si eso supone grandes mejoras para nosotros? La respuesta no simple, porque incluso entre humanos estamos dispuestos a experimentar como cobayas con ciudadanos del tercer mundo. O pagamos a pobres para se sometan voluntariamente a las pruebas. 

Y hay otros límites por los que deberíamos preguntar a un profesor de ética. ¿Aprueba Peter Singer las acciones violentas de sus seguidores más militantes? En otro libro suyo, "Ética práctica", el autor examinaba en profundidad el dilema de los fines y los medios desde una perspectiva consecuencialista. Así, no se puede decir que los fines nunca justifican los medios, ni que todo tipo de violencia es lo mismo de repudiable. 

En otro libro, "Una vida ética", nos da una versión más sencilla (extracto incluido en este edición de "Liberación Animal"):

Hay circunstancias, también en democracia, en las que está Moralmente bien desobedecer la ley, y la cuestión de la liberación animal nos muestra buenos ejemplos de tales circunstancias. Si el proceso democrático no está funcionando adecuadamente, si repetidas encuestas de opinión confirman que una aplastante mayoría se opone a diversos tipos de experimentación y, sin embargo, el gobierno no toma ninguna medida efectiva para parar dichos experimentos, si a la mayoría de la gente se le impide saber qué está pasando en granjas industriales y laboratorios, entonces puede que las acciones ilegales sean la única vía para socorrer a los animales y para obtener pruebas de los que está ocurriendo. Mi preocupación no está relacionada con el hecho mismo de quebrantar la ley, sino con la posibilidad de que la confrontación se vuelva violenta, pasando a un clima de polarización en el que el razonamiento se hace imposible y los animales mismos resultan ser las víctimas. La polarización entre los activistas animalista, por un lado, y los granjeros industriales y algunos investigadores, por el otro, puede que sea inevitable. Sin embargo, acciones que involucren al público en general, o acciones violentas que provoquen heridos, polarizarían a la comunidad como un todo... Es vital que el Movimiento de Liberación Animal evite el círculo vicioso de la violencia.

¿CUÁNDO ESTÁN JUSTIFICADOS LOS EXPERIMENTOS CON ANIMALES?

Recuerdo al lector el marco filosófico del que parte Peter Singer, el utilitarismo. En realidad se adscribe al utilitarismo de las preferencias, aunque recientemente parece haberse decantado por el utilitarismo hedonista. Aquí simplificaremos para no hacer digresiones innecesarias, y diremos que es un utilitarista a secas. Y como tal, no duda en afirmar que incluso la tortura podría estar justificada si resultase ser útil para salvar vidas; se podría torturar a un terrorista para obtener la información de dónde está escondida una bomba nuclear a punto de estallar. El número de vidas que se salvarían compensaría con creces la inmoralidad de la tortura. No profundizaré en las posibles réplicas, tampoco lo hace Singer, pero señalaré más tarde una contradicción en relación a la tortura, y en cualquier caso, la conclusión lógica es que algunos experimentos con animales sí pueden estar  justificados.

De hecho, Singer acepta la justificación de la experimentación animal para algunos casos, como la obtención de algunas medicinas importantes que pueden salvar vidas humanas. Pero eso no sucede casi nunca porque en su mayoría no tienen sentido: son de una crueldad gratuita, innecesarios y para asuntos banales y de consecuencias esperadas o que nunca se aplicarán ("cosméticos, colorantes alimentarios y abrillantadores de suelos", anticongelantes, líquidos de frenos, burbujas de baño, lubricantes de cremalleras etc...). ¿Qué beneficio obtiene la sociedad al saber lo corrosivo de un líquido de frenos en los ojos humanos¿ ¿De verdad es necesario, tan necesario, como para hacer sufrir a conejos a los que se les vierte todo tipo de sustancias en los ojos y se les impide cerrarlos?

El autor lanza una pregunta que parece retar a los animalistas: "¿Estaríamos dispuestos a dejar morir a cientos de humanos si se pudieran salvar mediante un solo experimento con un solo animal?" Su respuesta, tal y como se deduce del párrafo anterior, es negativa. Pero en realidad solo es un paso hacia un reto mayor que tiene como objetivo poner a prueba las razones últimas por las que se considera sacrificables a los animales.

La respuesta negativa se puede razonar de dos formas. La primera es porque no son humanos. La vida humana, cualquier vida humana, está por encima de la de cualquier vida animal. Quien así responda debería profundizar en cuál es la razón que en último término le lleva a esa conclusión, porque conformarse simplemente con decir que no son como nosotros, y que por ello no debemos tener ninguna consideración moral hacia ellos, es tanto como dar por válida las razones que históricamente se han esgrimido para defender el racismo, el sexismo o la xenofobia. La no pertenencia a un grupo no elimina la capacidad de los sujetos para sufrir. Si nos conformamos con que somos especistas, y no hacemos mayores consideraciones, no estaríamos pensando de manera diferente de los racistas que se encuentran muy cómodos en sus creencias. De hecho, más cómodos. Porque mientras que las víctimas del racista, el sexista, el homófobo, el xenófobo, etc... pueden eventualmente hacerse oír y cuestionar la injustificada discriminación, las víctimas del especista nunca intentarán convencerlo de que ellas también merecen cierta consideración.

La segunda explicación puede ser más razonada pero, como veremos, insuficiente para el profesor de Princeton. Se puede argüir que, independientemente de la pertenencia a la especie y del número de vidas comparadas, es la complejidad mental, o dicho de otro modo, son las características de mayor inteligencia, mayores capacidades para comunicarse, relacionarse socialmente, sufrir, gozar, etc... lo que nos lleva a pensar que las vidas de humanos y animales no son comparables, no al menos en términos de sufrimiento.

El filósofo australiano acepta este planteamiento, y lo lleva hasta sus últimas consecuencias, y es que tenemos ejemplos de humanos que están mentalmente por debajo de muchos animales: todos los bebés humanos. Y es cierto.

Si los experimentadores no estuvieran dispuestos a utilizar una criatura humana, su disposición a utilizar animales no humanos revela una forma injustificable de discriminación sobre la base de la especie, ya que los gorilas adultos, monos, perros, gatos, ratas y otros animales son más conscientes de lo que les sucede, más capaces de autodirigirse y, por lo que sabemos, al menos igual de sensibles al dolor, que una criatura humana.
Además, para evitar el argumento de la potencialidad del ser, Singer pone el ejemplo de algunos bebés con daño cerebral que nunca desarrollarán inteligencia mayor de la que, por ejemplo, un chimpancé puede demostrar.

¿Estarían dispuestos los investigadores a realizar el experimento con un huérfano humano menos de seis meses si ese fuera el único modo de salvar miles de vidas?
Quienes buscan tergiversar el mensaje animalista de Peter Singer, no siguen la línea argumental, y se limitan a extraer el titular de que "los defensores de los animales prefieren experimentar con bebés antes que con animales". Sin embargo él deja claro que todo es un argumento de reducción al absurdo, es decir, trata de demostrar que no deberíamos instrumentalizar a ningún bebé, pero tampoco a ningún animal.

Así pues, siempre que un investigador alegue que su experimento es lo bastante importante para justificar la utilización de animales debemos preguntarle si estaría dispuesto a hacerlo con un ser humano con daño cerebral cuyo nivel mental fuese el mismo que el del animal que pensaba utilizar. No puedo pensar que alguien pudiera proponer seriamente realizar los experimentos descritos en este capítulo con humanos con lesiones cerebrales. Alguna vez se ha sabido que ciertos experimentos médicos se han realizado en seres humanos sin su consentimiento; un caso afectó a niños disminuidos intelectualmente internados en instituciones, a quienes se inoculó hepatitis. Cuando se llegan  a conocer tales experimentos dañinos en seres humanos, suelen provocar un clamor de protesta contra los experimentadores, clamor que por otra parte está muy justificado. Muy a menudo, se trata de un ejemplo más de la arrogancia del investigador que justifica todo apelando a la ampliación del conocimiento. Pero si el experimentador aduce que el experimento es lo bastante importante como para justificar que se cause sufrimiento a los animales, ¿por qué no lo es como para justificar que se cause sufrimiento a humanos del mismo nivel mental? ¿Cuál es la diferencia entre ambos? ¿Solamente que uno es miembro de nuestra especie y el otro no? Pero apelar a esa diferencia revela   un prejuicio no más defendible que el racismo o cualquier otra forma de discriminación arbitraria.
SOLUCIONES

Aquí es donde Singer hace gala del sentido común que a menudo echamos en falta en el típico defensor de los animales. La postura del "todo o nada" que muchos animalistas adoptan es criticada por Singer, aunque solo tácticamente, porque es una postura destinada al fracaso. Singer prefiere apostar por metas parciales.

En una sociedad fundamentalmente especista, no hay una solución rápida [...]. Tal reivindicación [la eliminación absoluta e inmediata de toda la experimentación animales] ha sido realizada en numerosas ocasiones durante el último siglo y medio de actividad viviseccionista, pero no parece haber calado en la mayoría de votantes de país alguno. Entre tanto, el número de animales que sufre en laboratorios siguió creciendo, hasta llegar a los recientes avances descritos en este capítulo. Estos avances fueron fruto del trabajo de personas que encontraron una manera de evitar la mentalidad del "todo o nada", que de hecho había supuesto "nada" por lo que respecta a los animales.

Muchos científicos dicen que no existen soluciones alternativas, y que la experimentación animal ha traído muchos beneficios a la humanidad. Singer acepta a regañadientes tal argumento, porque si bien es verdad que algunos descubrimientos no se habrían logrado tan fácilmente de no haber usado animales, también es cierto que con otros ha pasado justo lo contrario. Dice no querer entrar en la polémica de la historia de la ciencia, pero da algunos ejemplos como el cáncer o el SIDA (en donde la investigación siempre se apoyó en historiales clínicos de humanos, o se ralentizó por trabajar con animales cuando había voluntarios humanos).

También señala que "las enfermedades que azotan Asia, África, América Latina y las bolsas de pobreza del Occidente industrializado son dolencias, que en su mayoría, sabemos cómo curar". Y parece cierto para muchos casos, pero supongamos que no lo es. Supongamos que para frenar la mayoría de las enfermedades, o quizás las más graves (como el ébola), se usan animales y dejar de hacerlo supone un grave peligro para los seres humanos. Pues bien, de acuerdo con el ejemplo de la tortura que antes comentaba, la experimentación animal estaría moralmente justificada. Sin embargo Singer incurre en lo que a mí me parece una contradicción que debilita su propuesta:
En cualquier caso, la cuestión ética de la justificación de los experimentos con animales no se puede resolver apuntando a sus beneficios para los seres humanos, independientemente de lo persuasiva que pueda ser tal evidencia en favor de esos beneficios. El principio ético de igual consideración de intereses descarta algunos medios para la obtención del conocimiento.
Si el fin no justifica los medios, entonces ¿cómo es que la tortura estaba justificada si salvaba vidas?  Me resulta incoherente, y el fuerte de su planteamiento es precisamente la coherencia.


CAPÍTULO 3: EN LA GRANJA INDUSTRIAL

En este capítulo nos cuenta caso a caso, sus investigaciones que revelan la crueldad tan generalizada, institucionalizada y normalizada que hemos construido en torno a esos animales que terminan en nuestra boca. Hemos cosificado a los animales hasta unos límites inimaginables, al menos para mí, y no he sido consciente de ello hasta haber leído este libro.


Primero analiza la gallina, que es con diferencia el caso de mayor hacinamiento en la industria de producción animal. Tras reducir su espacio vital hasta el punto de no poder estirarse nunca y su pienso al mínimo para maximizar la producción, y después de cargarse su tendencia natural a retener el huevo mientras este se escurre por una jaula diseñada para ello, descubrimos que los pollos se asfixian los unos a los otros, apilados en montañas de cadáveres, a veces enloquecidos por las circunstancias se matan unos a otros y por eso precisamente se les reduce la luz. No es porque las gallinas así produzcan más huevos, sino para evitar que se maten entre sí. Sin embargo ello no es suficiente, y se inventó la técnica del "corte del pico". Las formas de cortarle el pico a los pollos son espeluznantes, pero no más que otros párrafos copiados de revistas de la industria avícola:

"Descubrimos que las gallinas habían crecido literalmente amarradas a las jaulas. Parece ser que sus uñas se habían enganchado en la malla de alambre y no se podían soltar. Por lo tanto, con el tiempo, la carne de los dedos había crecido completamente alrededor del alambre. Afortunadamente para ellas, habían quedado enganchadas cerca de la parte delantera de las jaulas, por lo que tenían acceso al alimento y al agua."
El hacinamiento del cerdo, al igual que el de los pollos, conlleva conductas violentas y terminan mordiéndose el rabo. Es por eso que se les corta. Su sufrimiento conlleva aburrimiento, lo cual es lógico si tenemos en cuenta su mayor inteligencia. Otra asunto sorprendente es que no son tan cerdos como se les supone.

"Investigadores de la Universidad de Edimburgo han estudiado cerdos comerciales liberados en un cercado seminatural, y han observado que tienen modelos consistentes de comportamiento: forman grupos sociales estables, construyen lechos comunales, utilizan áreas sanitarias lo bastante alejadas del lecho, son activos y pasan gran parte del día husmeando por la maleza. Cuando las cerdas van a parir, dejan el lecho común y construyen uno propio: encuentran el lugar apropiado, abren un agujero y lo forran con hierba y ramas. Allí paren y viven durante unos nueve días, hasta que ella y sus cerditos se reincorporan al grupo."

La cría, o más bien, la producción en masa de la ternera, es la que mayor repugnancia moral le merece a Peter Singer. Es cierto que no es la peor en número, pero sí la más caprichosa porque su objetivo es "facilitar una comida alta en proteínas a terneras anémicas y confinadas, de manera que produzcan una carne tierna de color pálido que será servida a los clientes de restaurantes caros". Su grado de explotación  y "su absurda ineficacia como método para proporcionar un alimento nutritivo a las personas" elevan a broma macabra lo que ya era sádico de por sí.

La ternera tiene una carne suave en tanto en cuanto mantenga la alimentación de la leche materna. Pero de manera natural, en tan solo unas semanas se destetaban y comenzaban a endurecer los músculos al andar. Así que lo que se inventó fue confinarlas en reductos de 50 cm de ancho por 1.32 m de largo, y atarlas sin posibilidad ni siquiera de que se levantaran, y así consiguen que vivan "tiernecitas" durante dieciséis semanas. Y para que realmente no pierdan sus características de cría, es decir, su carne pálida y suave, no se las alimenta. Se las mantiene con falta de hierro, o sea, con anemia. Lamentablemente para los productores, los terneros intentan sacar hierro de su propia orina, pero ni eso se les deja.
"La insaciable apetencia de hierro que tiene el ternero anémico es una de las razones por las que el productor intenta evitar que se dé la vuelta en su cubículo. Aunque las terneras, como los cerdos, normalmente prefieren no acercarse a sus propios orines o estiércol, la orina contiene algo de hierro. La necesidad es lo suficientemente fuerte como para superar esta repugnancia natural, de modo que las terneras anémicas lamerán las tablas del suelo que están impregnadas de orina."
Estos ejemplos demuestran casos concretos de sufrimiento y muerte dolorosa, pero no demuestran que no se pueda hacer de otra forma. En teoría, la muerte indolora es posible, y Singer no lo considera moralmente reprobable, pero en la práctica la competencia económica entre los mataderos hace que se haga todo con prisas, cada vez con menos cuidado, cada vez con más fallos. Y no solo con los animales sino con los humanos también, que tienen el índice más alto de accidentes y enfermedades laborales dentro de los mataderos. ¿Qué podemos esperar entonces de la conciencia sobre el bienestar o malestar animal, si ni siquiera cuidamos el humano? La cadena de producción del capitalismo solo persigue el beneficio, y es responsable de buena parte del estado de cosas. Al menos en el análisis que hace del mercado estadounidense. Sin embargo el autor australiano no cae en la simplificación de responsabilizar de todo al capitalismo, pues como bien señalaba en un reciente artículo, en otros sistemas políticos, como el soviético, ha pervivido el mismo tipo de explotación. De hecho,  Peter Singer defiende que los avances que se están dando es gracias al capitalismo.

Precisamente son esos vacios entre teoría y práctica lo que provoca la indignación del profesor de Princeton. Una indignación que es difícil no compartir. Me refiero a "cierta prohibición de retirar la mirada" (el entrecomillado es mío), que se nos debería imponer como deber moral antes de pasar página. Me resultó un planteamiento brillante y osado, aunque difícil de llevar a la práctica. Juzgue el lector por sí mismo:

Dar muerte a un animal es un acto que produce cierto malestar. Se ha dicho que si tuviéramos que sacrificar nosotros mismos a la carne que nos sirve de alimento, todos seríamos vegetarianos. Ciertamente, pocas personas deciden visitar un matadero, y los documentales de televisión que muestran las operaciones realizadas en su interior son poco populares. El público puede tener la esperanza de que la carne que compra provenga de un animal que murió sin dolor, pero en realidad no quiere enterarse. Sin embargo, aquellos que con sus compras convierten en un hecho inevitable que se mate a los animales no tienen derecho a que se les dispense del conocimiento de este o de cualquier otro aspecto de la producción de la carne que compran.
Con qué elegancia, y con qué firmeza, nos obliga Singer a no mirar a otro lado. Me parece tan aleccionador y necesario su mensaje, como las molestas imágenes que nos ponen los telediarios a la hora del almuerzo, en los que vemos día sí día no, a inmigrantes ahogarse en el Mediterráneo. Muchos de nosotros apartamos la mirada, probablemente por la sensibilidad que nos hace empatizar con el sufrimiento ajeno de un semejante, pero con la esperanza de que así podamos seguir mirando el plato y continuar con nuestra rutina programa. Singer nos está diciendo que no tenemos derecho a apartar la mirada, y creo que tiene razón, aunque solo sea como un juicio moral y no legal. En cualquier caso, si los telediarios también nos pusieran la cantidad de sufrimiento que otros seres sintientes pasan todos los días, quizás ni siquiera podríamos trasladar la mirada al plato.


CAPÍTULO 4: HACERSE VEGETARIANO

Y llegamos en cierto sentido a la madre del cordero, porque cambiar cultura y hábitos es una pereza que nos invade, y que no estamos dispuestos a emprender sin razones convincentes. A veces, ni con ellas.

Para Singer dejar de comer animales no estrictamente necesario. Se puede sentir compasión por ellos y al mismo tiempo apoyar que se los sacrifique sin dolor y comérselos. El problema es que la práctica se contradice con la teoría, y al final la industria está organizada de tal manera que no hay animales que se críen o se sacrifiquen sin sufrimiento

La carne de animales criados y sacrificados tomando en consideración su bienestar sería una golosina accesible tan solo a los ricos. [...] Por tanto, no debemos preguntarnos: "¿Es en general correcto comer carne?", sino: "¿Es correcto comer esta carne?"
Hacerse vegetariano, lejos de ser un imperativo ético, se configura como un boicot en toda regla, pues lo que necesitan los productores de carne no es nuestra aprobación, sino nuestro dinero. Y mientras éste no deje de fluir, los incentivos para cambiar el sufrimiento animal no llegarán a cambiar los gustos de nuestros paladares. Dejar de comer lo que nos apetece, lo que tanto nos gusta, lo que consideramos uno de los placeres primarios y de los pocos que podemos disfrutar sin perjudicar "a nadie", se interpreta como una agresión intolerable y caprichosa hacia nuestra identidad. ¿Por qué deberíamos siquiera reflexionar sobre los derechos un inframundo al que no pertenecemos y que nos proporciona algo tan básico como el alimento y el goce de saborearlo?

Con la prostitución encuentro un dilema parecido, sin que ello signifique comparar a las prostitutas con animales, pero sí comparar el desentendimiento moral de dos tipos de "mercados de carne". Situémosnos por un momento en la piel de un putero. ¿Por qué habríamos de pensar en el bienestar o la libertad de un tipo de ciudadano de segunda clase, un tipo de paria, las prostitutas, que tanto deseo y placer nos proporcionan? Se puede decir que incluso satisfacen una necesidad primaria, como el comer. ¿Qué ganamos rechazando lo que deseamos para luchar contra la esclavitud sexual? ¿Es asunto nuestro, o es nuestro derecho por el que pagamos, y por el que al fin y al cabo tantos han pagado y seguirán pagaron al margen de lo que nosotros hagamos? En el mejor de los casos preferimos creer que todo es una transacción económica ejercida con total libertad (lo cual puede ser cierto en algunos casos) de la misma forma que preferimos creer que los animales viven felices en las granjas y son sacrificados sin dolor (lo cual es todavía menos probable).

Nos gusta ir a los zoos, y preferimos pensar que los animales son felices en esos entornos o que incluso están mejor tratados que en la naturaleza, para después poder sacrificarlos a modo de espectáculo, como en el caso de las corridas de toros. Es su naturaleza, dicen algunos. Vemos cierto honor en una muerte digna, como si les diéramos una oportunidad de la que se les priva a los que mueren en mataderos. Las luchas de gladiadores también se podían interpretar como una oportunidad de realizarse como guerreros antes de morir, cuando en realidad todo es una cobarde excusa para dar gusto a un morbo que disfrazamos de arte.

Peter Singer hunde el dedo en la llaga de la hipocresía moral, incluso cuando protestamos por el sufrimiento animal más espectacular, pero lejano, e ignoramos el mayoritario que no deseamos conocer para evitar afrontar la tarea que nos toca más de cerca.

Es en este punto donde las consecuencias del especismo intervienen directamente en nuestras vidas, y nos vemos obligados a comprobar personalmente la autenticidad de nuestro interés por los animales no humanos. Se nos está presentando la oportunidad de hacer algo, en lugar de hablar simplemente y desear que lo hagan los políticos. Resulta fácil adoptar una postura sobre un suceso remoto, pero la verdadera naturaleza del especista, como la del racista, se revela cuando el tema nos toca de cerca. Protestar por las corridas de toros en España o la matanza de crías de ballenas en Canadá, al tiempo que continuamos comiendo huevos de gallinas que han pasado toda su vida hacinadas en jaulas o terneros a los que se ha privado de sus madres, de una alimentación adecuada y de libertad para tumbarse con las patas estiradas, se parece a denunciar el apartheid en Sudáfrica mientras pedimos a nuestros vecinos que no vendan sus casas a personas negras.
El capítulo finaliza con una aportación masiva de datos para defender la viabilidad de una dieta vegetariana, así como justificaciones colaterales. Hay que señalar que Singer se considera vegetariano (no vegano), y reivindica la coherencia del término pese a comer huevos (siempre que sean de corral), porque el término nació de la Sociedad Vegetariana en Inglaterra, la cual permitía a sus miembros comer huevos (además de leche).

¿Es necesario comer animales para salvar al mundo del hambre? Según Singer los datos arrojan un despilfarro que no justifica que comamos animales. Si miramos las proteínas, que es lo que más urgente en determinadas poblaciones, resulta que se necesitan 9 kilos para alimentar a un ternero que después aportará al humano en forma de carne tan solo 0.5 kg. Con las calorías sucede igual, las plantas producen más calorías que los productos cárnicos.

Por ejemplo, un acre de brócoli produce veinticuatro veces el hierro que un acre usado para vacuno, y un acre de avena, dieciséis veces la misma cantidad de hierro. Aunque la producción de leche rinda más calcio por acre que la avena, el brócoli rinde todavía más, proporcionando cinco veces más calcio que la leche.
El uso del agua, de la energía, la destrucción de los bosques, etc, de todos los parámetros comparados no se deduce el dogma de que el mundo necesita comer animales, especialmente los países pobres. Podemos sobrevivir sin comer animales perfectamente. Pero todavía queda por analizar si sería un error nutricional, un sacrificio con coste para nuestra salud. No tiene por qué.

Estas preocupaciones carecen de fundamento. En numerosas partes del mundo han existido culturas vegetarianas, cuyos miembros han gozado de la misma salud, y a menudo mejor, que los no vegetarianos que vivían en zonas similares. Los hindúes ortodoxos han sido vegetarianos desde hace más de dos mil años. Gandhi, vegetariano toda su vida, tenía cerca de 80 años cuando una bala asesina acabó con su activa vida. En Gran Bretaña, donde viene existiendo un movimiento vegetariano oficial desde hace más de 140 años, hay vegetarianos de tercera y cuarta generación. Muchos vegetarianos famosos, como Leonardo da Vinci, León Tolstoy y George Bernard Shaw, han vivido vidas largas e inmensamente creativas. De hecho, la mayoría de las personas que han llegado a edades excepcionalmente avanzadas han comido poca carne o ninguna. Los habitantes del valle de Vilcabamba, en Ecuador, sobrepasan a menudo los cien años, y los científicos han encontrado hombres de hasta 123 y 142 años de edad; estas personas comen menos de 30 gr de carne a la semana. En Hungría, un estudio de las personas centenarias vivas descubrió que casi todas eran vegetarianas. Que la carne es innecesaria para la resistencia física lo demuestra la larga lista de atletas triunfadores que no la prueban, una lista que incluye al campeón olímpico de natación de fondo Murray Rose y al famoso corredor de fondo finlandés Paavo Nurmi, la estrella del baloncesto Bill Walton, el triatleta «hombre de hierro» Dave Scott y el campeón olímpico de carreras de obstáculos de 400 metros Edwin Moses.

[...]

Los expertos en nutrición ya no discuten sobre si la carne animal es o no esencial. Hoy en día, todos están de acuerdo en que no lo es. Si las  personas normales recelan todavía de una alimentación que no la incluya, se deberá sin duda a la ignorancia. La mayoría de las veces se trata de una ignorancia sobre la naturaleza de las proteínas. A menudo se nos dice que las proteínas son un elemento importante de una alimentación adecuada y que la carne tiene un alto porcentaje de proteínas. Ambas afirmaciones son ciertas, pero hay otras dos cosas que no oímos con la misma frecuencia. La primera es que el americano medio ingiere demasiadas  proteínas. [...] Lo segundo que debemos saber sobre las proteínas es que la carne no es más que uno entre los muchos alimentos que contienen proteínas, distinguiéndose de los demás, sobre todo, en que es el más caro.

[...] 

Las proteínas no son el único elemento nutritivo de la carne, pero los demás pueden obtenerse fácilmente con un régimen vegetariano y sin  poner un cuidado especial. Tan sólo los veganos, que no ingieren ningún producto animal en absoluto, necesitan tener un cuidado especial con su alimentación. Parece ser que hay una sustancia nutritiva necesaria, y sólo una, que normalmente no se encuentra en los vegetales; es la vitamina B12, presente en los huevos y la leche, pero no de forma directamente asimilable en las plantas alimenticias.
Después de todas estas razones, y de la aceptación por mi parte de prácticamente todas ellas, al lector de este blog le puede asaltar la curiosidad: ¿Estoy tan convencido como para hacerme vegetariano? Tengo que reconocer que todavía no. Quizás sea la fuerza de la costumbre, o mi corazón especista que no empatiza lo suficiente con el dolor animal, o quizás sea tan solo que prefiero esconderme entre una mayoría para seguir disfrutando de mis placeres culinarios. Estoy dispuesto a admitir todos esos extremos, pero que yo no tenga la coherencia o el corage moral de tomarme en serio lo que pienso, no quiere decir que me burle o caricaturice a quienes sí lo hacen. Me niego a pensar que detrás de estos argumentos sólidos hay un mero capricho burgués.

Casi como si me leyera el pensamiento, Singer prevé esta eventualidad en muchos de sus futuros lectores, y les responde por adelantado.

Mucha gente está dispuesta a admitir que existen razones de peso para aceptar el vegetarianismo. Con demasiada frecuencia, sin embargo, hay un abismo entre la convicción intelectual y la acción necesaria para romper con un hábito de toda la vida. Este abismo no se llena con libros; en última instancia, poner en práctica nuestras convicciones depende de cada uno de nosotros. 

[...]

En este capítulo he intentado aclarar las dudas que pueden surgir al considerar la idea de hacerse vegetariano y que se pueden expresar y explicar fácilmente. Pero algunas personas tienen una resistencia más  profunda que les impide decidirse. Quizá la razón de que se vacile sea el miedo a que los amigos le tomen a uno por chiflado. Cuando mi esposa y yo empezamos a plantearnos volvernos vegetarianos hablamos de esto. Nos preocupaba que se convirtiera en una forma de aislamiento de nuestros amigos no vegetarianos, y en aquel tiempo ninguno de nuestros amigos antiguos lo era. Ciertamente, hacernos vegetarianos juntos hizo que esta decisión fuera mucho más fácil de tomar, pero tal y como salieron las cosas no teníamos por qué preocuparnos. Explicamos nuestra decisión a nuestros amigos y comprendieron que teníamos buenas razones para ello. No todos se hicieron vegetarianos, pero tampoco dejaron de ser amigos nuestros; de hecho, creo que más bien disfrutaban invitándonos a cenar y mostrándonos lo bien que podían cocinar sin carne. Es posible, por supuesto, encontrarse con personas que le consideren a uno un chiflado. Hoy en día esto es mucho menos probable que hace unos años, porque ahora hay muchos más vegetarianos. Pero si esto sucede, recuerde que se halla en buena compañía. Al principio, los mejores reformadores —los que se opusieron antes que nadie al comercio de esclavos, las guerras nacionalistas y la explotación de los niños que trabajaban catorce horas al día en las fábricas de la Revolución Industrial— fueron tildados de locos por aquellos cuyos intereses eran inseparables de los abusos a los que se oponían.
Bueno, uno tiene que quitarse el sombrero por el sentido común y ponderación con la que el autor envuelve todo su rigor argumentativo. Uno puede no estar de acuerdo con sus argumentos (no es mi caso) pero hay que reconocer que tiene mucha elegancia a la hora de presentarlos. Quizás sea precisamente eso, junto con su erudición, lo que hace que sus amigos no lo tomen por chiflado. 

Pero también hay que reconocer que existen vegetarianos y veganos que, a diferencia de Peter Singer, se caracterizan por simplismos, incoherencias y esnobismos varios. O incluso pueden ser asesinos en masa, como Hitler. El ser vegetariano no dice nada sobre la moralidad, si ello no va acompañado de una reflexión filosófica. Se puede ser ético y comer carne, o no.

Lo importante son las razones, y siempre habrá quién no de razones y se guíe por modas o arrebatos de otro tipo. Podríamos decir que siempre hay algunos que desean dar esa imagen de chiflado que critica Singer. Pero esto no es ninguna justificación para desatender las razones filosóficas que subyacen dentro del movimiento animalista. Sin embargo, Peter Singer debería saber que si el movimiento que ayudó a crear no ha tenido el éxito que se merece (aunque en mi opinión ha sido considerable) es, al menos en parte, por la imagen que a menudo dan precisamente algunos de sus seguidores.

CAPÍTULO 5: EL DOMINIO DEL HOMBRE


En este capítulo se hace un repaso de cómo la historia, la religión y la filosofía han abordado el tema de los animales.

Ya la Biblia pone como punto de partida que Dios creó a los hombres a su imagen y semejanza, y no contempla ninguna consideración hacia los animales salvo la de ser un mero instrumento al servicio del hombre.

La tradición griega tiene dos vertientes. La primera fue Pitágoras que propuso tratar a los animales con respeto, pero solo porque cuando los hombres morían transmigraban a los animales. La segunda, más influyente fue la de Platón, aunque fue su discípulo Aristóteles el que incidió más en la superioridad del hombre sobre los animales. En realidad Aristóteles creía en una jerarquía dictada por el raciocinio, que no solo dejaba a las bestias en último lugar, sino que ponía a unos hombre tan por encima de otros, que se justificaba la esclavitud. Y eso, a pesar de que los hombres también eran animales, pero animales racionales, y unos más racionales que otros.

Los romanos, tan enamorados de los juegos circenses, no eran ajenos a la moral, simplemente no consideraban sujetos morales a algunas personas. Sus reflexiones morales fueron parecidas a las de los griegos, que no consideraban ciudadanos a los esclavos, los extranjeros y las mujeres. Sin embargo, tomando como sujetos de ciudadanía al resto, elaboraron una teoría democrática que sirvió de esquema para el resto del mundo. En ninguno de los casos los animales tenían la más mínima posibilidad de ser tratados con algo de dignidad, pues, como otros sujetos ya mencionados, caían fuera de la esfera de la moral. Esa fue la tónica general, aunque hubo unos pocos como Ovidio, Séneca, Porfirio y Plutarco que consideraron a los animales con mayor bondad y sensibilidad.

Aunque ha habido religiones que mostraban toda vida como sagrada, el cristianismo lo acotó exclusivamente a la vida humana, incluso la futura vida humana, como la de un feto, contiene alma. Esto fue un progreso en su momento.


[...] sin embargo, esta misma doctrina sirvió para confirmar y rebajar aún más la despreciable posición a que se había relegado a los no humanos en el Antiguo Testamento. Si bien afirmaba el dominio total del hombre sobre las demás especies, el Antiguo Testamento mostraba, al menos, una sombre de preocupación por su sufrimiento. El Nuevo Testamento carece por completo de preceptos contra la crueldad con los animales o de recomendaciones en el sentido de considerar sus intereses.


Santo Tomás de Aquino, quizás el más influyente filósofo cristiano cuyo peso llega a nuestros días, tenía una postura aristotélica con respecto a los animales, es decir, sometía todo a la jerarquía de unos seres sobre otros, llegando a la conclusión de que la única razón para no ser crueles con los animales es que podría inducir a repetir un comportamiento cruel con otros hombres.

Entre los cristianos también ha habido algunas excepciones como san Basilio, San Juan Crisóstomo, san Isaac el Sirio, san Juan Neot, aunque la más famosa fue la de san Francisco de Asís, bien conocido por su sensibilidad con los animales. Sin embargo, un análisis más profundo nos revela que tras las declaraciones de amor de Asís para con los no humanos, hay amor por todo tipo de criaturas incluidas las inertes. Singer analiza que este tipo de amor universal puede ser un arma de doble filo, porque si una roca merece la misma consideración que una animal, y todo está creado para servir al hombre, entonces podemos usarlos con la misma consideración y perder de vista las diferencias esenciales que hay entre ellos. De hecho, su amor hacia los bueyes o los pájaros no hace que se plantee en ningún momento abstenerse de comérselos, puesto que los franciscanos comen carne sin mayores disquisiciones: al fin y al cabo, podría argumentar Asís, también usamos a nuestras hermanas las piedras para construir nuestras casas.

El humanismo renacentista era, en definitiva, humanismo (no humanitarismo), y como tal restablecía aquella máxima griega (por eso se llama Renacentismo) de que el hombre era la medida de todas las cosas. Y efectivamente fue una ruptura con la época medieval, oscurantista y rígida donde la religión lo sometía todo a la medida divina. Ahora se ponía en valor el libre albedrío y la dignidad de la persona. Pero según Singer, el resultado para los animales fue todavía peor.


Al igual que la insistencia original cristiana en la santidad de la vida humana, esta postura supuso, en ciertos aspectos, un gran avance en las actitudes hacia los seres humanos, pero relegó a los no humanos a una posición de mayor inferioridad que nunca.

Personalmente dudo que fuese inferior a lo que planteaba Tomás de Aquino, pero en cualquier caso Leonardo da Vinci y Giordano Bruno fueron los "primeros disidentes auténticos" y Michel de Montaigne fue una esperanza al declarar que la crueldad contra los animales está mal en sí misma. Sin embargo René Descartes estaba por llegar con sus principios mecanicistas, de los que los animales no se escaparían; al carecer de alma, eran incapaces de sentir dolor o placer. Si los animales chillan al ser cortados por un cuchillo es simplemente porque reaccionan como las piezas de un reloj, y ningún paralelismo con lo que le sucedería al cuerpo humano nos puede servir de guía para comprender su sufrimiento.

La Ilustración reveló que los principios mecanicistas de Descartes eran disparatados, y así, Voltaire consideraba que si la anatomía animal mostraba órganos similares a los nuestros, era por algo. David Hume también pensaba que los animales merecían un tratamiento benigno, aunque todavía claramente especista. Y mientras Kant establecía que los animales eran medio para un fin de interés humano, Bentham establecía la clave en si podían sufrir.

Para cuando Darwin se decide a publicar su obra inmortal, "El origen de la especies", todavía no se atrevía a establecer igualdades esenciales con los animales. Solo tiempo después publicaría "El origen del hombre", haciendo reflexionar a la sociedad sobre nuestra condición animal en más de un sentido. El capítulo tercero trata las capacidades mentales comparadas de los humanos y los animales, y el cuarto aborda ciertos instintos sociales que compartimos con los animales. Una obra todavía posterior se titularía "Expresión de las emociones en los animales y en el hombre".

No obstante todo lo anterior, incluso Darwin se resistía a cambiar sus costumbres alimenticias, y ello pese a que entran en contradicción con sus propias creencias. Ese es la madre del cordero, como he señalado antes. Y es que tanto Darwin como Huxley, y casi la totalidad de los pensadores modernos que han tratado el tema, acuerdan que los animales pueden sentir amor, placer, curiosidad, dolor, memoria, etc... pero cuando tienen que enfrentar una amenaza a sus apetitos culinarios dan un salto en la argumentación que los exima del cambio.


Aquí vemos con mayor claridad el carácter ideológico de nuestras justificaciones acerca del uso que hacemos de los animales. La característica distintiva de una ideología es que se resiste a ser refutada. [...] Si bien la perspectiva moderna del lugar que ocupa el hombre en el mundo difiere en gran manera de todas las anteriores que hemos analizado, no ocurre lo mismo con la cuestión práctica de cómo actuamos con otros animales. Aunque los animales ya no quedan completamente excluidos del ámbito moral, todavía están en una sección especial, próxima a su límite externo. Solo se permite tener en cuenta sus intereses cuando no entren en conflicto con los intereses humanos. Si hay un conflicto -incluso entre el sufrimiento vital de un animal no humano y la preferencia gastronómica de un ser humano-, se desatienden los intereses del ser no humano.
Nunca lo he racionalizado así, pero seguramente ésta es la conclusión teórica que me hace seguir el mismo camino que la mayoría de la sociedad especista.

Hasta aquí podemos concluir que han existido numerosos avances en la calidad del tratamiento a los animales, si tenemos en cuenta que el punto de comparación se encontraba muy bajo. Para hacernos una idea podemos establecer comparaciones, aunque como dice el dicho popular sean odiosas. Por ejemplo, cuando la mujer alcanzó el derecho al voto se puede decir que dio un gran salto hacia la igualdad, pero todavía le quedaba mucho camino por recorrer hacia dicha meta. Lo mismo se puede decir de la época en la que se prohibió la esclavitud en EEUU, que no significó que los negros fuesen tratados con la misma humanidad que al resto, pero supuso un comienzo. La democracia en la Grecia clásica también marcó un antes y un después, aunque excluía como ciudadanos a esclavos, mujeres y extranjeros.

La ilustración y las ideas de Jeremy Bentham supusieron un gran salto hacia adelante, y aunque no debemos juzgarlos por las lentes del presente, tampoco debemos quedarnos con los anteojos del pasado. El conocimiento científico y ético nos ha convencido y cambiado desde entonces en muchos aspectos, y si no somos consecuentes con el mismo hasta el punto de replantearnos el hecho de comer animales, es por ciertos prejuicios ideológicos, que como dice Peter Singer, se resisten a ser refutados en "la era de las excusas".







CAPÍTULO 6: EL ESPECISMO HOY...

A las excusas que fueron tratadas en el capítulo anterior hay que sumarles otras menos académicas o filosóficas, pero más modernas, populares  y recurrentes.

La primera es la ignorancia: "no soy consciente de tal sufrimiento". Aunque para ser honestos, en un mundo donde podemos ver documentales y reportajes de todo tipo, y donde las canciones infantiles ya no celebran el maltrato animal, sino la dulzura infantil de los dibujos animados, más bien habría que decir "prefiero no ser consciente del sufrimiento animal". O como dice Peter Singer, "no me lo digas, me estropearás la comida".

La segunda es la asunción de que "los humanos están primero", pero en realidad se traduce en "los humanos son los únicos que sufren". Algunos problemas humanos se de unas dimensiones tan gigantescas que no se sabe por dónde empezar: el hambre, la pobreza, las guerras, el racismo, el sexismo, el desempleo, el medio ambiente. Todos exigen nuestra atención, y ninguno puede pretender ser el más importante hasta el punto de ignorar por completo al resto. "¿Qué pensaríamos si alguien nos dijera que «los blancos están primero» y que, por tanto, la pobreza en África no plantea un problema tan serio como la pobreza en Europa?


Pero el dolor es el dolor, y la importancia de evitar el dolor y el sufrimiento innecesarios no disminuye porque el ser afectado no sea un miembro de nuestra especie. [...] La gente sensata desea poner fin a la guerra, la desigualdad racial, la pobreza y el desempleo; el problema es que hemos estado intentándolo durante años y ahora tenemos que admitir que, realmente, no sabemos cómo hacerlo. En términos comparativos, la reducción del sufrimiento de los animales no humanos a manos de los humanos será relativamente fácil en cuanto los humanos se lo propongan.

En cualquier caso, la idea de que «los humanos están primero» se utiliza más a menudo como excusa para no hacer nada, ni por los animales humanos ni por los no humanos, que como una verdadera elección entre alternativas incompabibles.

Los especistas que piensan que «los humanos están primero», asignan el pensamiento contrario a no a los animalistas, es decir, creen que los animalistas se preocupan más por los animales que por los humanos.

Puede ser cierto en algunos casos. Pero también es verdad que históricamente, los animalistas se han caracterizado por ampliar sus luchas de dignidad a otros seres humanos. De hecho, a menudo los líderes de los movimientos contra la opresión de los negros y las mujeres y los del movimiento contra la crueldad con los animales son los mismos;

Efectivamente,William Wilberforce y Fowell Buxton fueron líderes contra la esclavitud en Inglaterra y fundaron  la RSPCA. Mary Wollstonecraft, famosa pionera feminista, escribió cuentos para fomentar la compasión con los animales, y no fue la única, otras pioneras del feminismo norteamericano (Lucy Stone y Amelia Bloomer, entre otras) simpatizaron con el movimiento vegetariano. Y, paradójicamente, las primeras sociedades contra la crueldad de los niños nacieron, incluso jurídicamente, de las acciones que líderes de las sociedades protectoras de animales, como Henry Berg, llevaron a los tribunales usando legislación de protección animal.

Lord Shaftesbury fue uno de los fundadores de este grupo; destacado reformador social, autor de las Factory Acts, leyes que acabaron con el trabajo infantil y las jornadas de 14 horas, y notable luchador contra la experimentación incontrolada y otras formas de crueldad con los animales, su vida, como la de tantos otros filántropos, fue una viva negación de la idea de que quienes se preocupan por los no humanos no se preocupan por los humanos, o de que el trabajar para una causa impide trabajar para la otra.

Una tercera podría ser "son salvajes y no entienden el mundo como nosotros". Algo parecido se suele usar a veces como insulto para humanos:  "se comporta como un animal". Esto es lo que se dice cuando se quiere señalar la brutalidad de alguna persona, cuando en realidad las razones por las que los animales matan suele ser la supervivencia, el territorio o la selección sexual. Singer dice que la diferencia con los humanos es que matan por codicia, poder, deporte, decoración corporal, ... yo no encuentro grandes diferencias salvo en su elaborada complejidad, pero algunos libros de Frans de Waal quizás harían cambiar de opinión a Peter Singer.

En cualquier caso, se suele retorcer el argumento diciendo que "no han conocido otras condiciones", y que por tanto no pueden sufrir tanto como nosotros. Es una falacia, como ha demostrado en capítulos anteriores; las gallinas que nacen y mueren en jaulas sufren trastornos de todo tipo, y es que independientemente de lo que hayan conocido o no, sus cuerpos no están hechos para vivir encogidos sin poder estirarse.

En cuarto lugar, "solo hago lo que ellos hacen, ellos comen otros animales, y yo me los como a ellos". Otra versión viene a decir que "la vida es dura" o que "solo les hago lo mismo que ellos me harían a mí si pudieran" (esto se suele usar también para autojustificar otras inmoralidades políticas y de diversa índole). Salvando el obstáculo de que la mayoría de los animales matan para sobrevivir y que nosotros podemos sobrevivir sin matar, lo realmente relevante aquí es que nosotros, a diferencia de los animales, somos capaces de reflexionar sobre la moralidad de matar animales para comer teniendo otras opciones. Los que tienen opciones para elegir son a los que se les puede exigir cierta responsabilidad moral, a quien no la tiene es absurdo acusarlo de nada.

La quinta defiende que "las condiciones de las explotaciones modernas no son peores que las que tienen los animales en estado salvaje". Dos objeciones se pueden aportar a esta excusa. La primera es que aún siendo cierto que muchos animales mueren a manos del frío o de los depredadores, la verdad es que ellos no nos pueden decir que vida prefieren. No les podemos preguntar a los animales si prefieren una vida de aburrimiento, hacinamiento y entorno industrial, frente a una vida salvaje llena de incertidumbre por la supervivencia. Los humanos podemos optar entre una prisión con plato asegurado, y una vida en libertad donde hay que trabajar para subsistir, pero los animales simplemente no tienen capacidad para comunicarnos sus preferencias. La segunda objeción es que es irrelevante, porque la alternativa a eliminar ciertas formas de producción industrial de carne no es el estado salvaje. Y no lo es porque el objetivo del boicot no es devolver a los animales liberados a su medio natural, para el que no están adaptados, sino impedir que esos animales nazcan. Al menos, en cantidades industriales que son precisamente las que conllevan las paupérrimas condiciones de vida y sufrimiento explicadas en capítulos anteriores.

La siguiente excusa dice así: "es beneficioso seguir comiendo carne porque así mantenemos especies que de otra forma no existirían". El problema con esta excusa es que genera importantes digresiones filosóficas de sesgo utilitarista.

En su primera edición de "Liberación animal", Singer sostenía que si aceptábamos que darle existencia a un ser suponía un beneficio para ese ser, estábamos aceptando el absurdo de que es posible beneficiar a alguien que no existe. A mí esa reflexión me parece bastante convincente. De hecho, es lo que pienso de las corridas de toros. 

Muchos de sus defensores arguyen que si no existieran las corridas de toros, la especie se habría extinguido, y que traer toros al mundo para que vivan placenteramente a cambio de una muerte guerrera en la última hora de sus vidas es un mal menor altamente compensado por los años de vida feliz que el toro de lidia obtiene gracias a sus criadores. Bueno, con respecto a la pervivencia de la especie, yo creo que es una hipocresía, ya que la preocupación no es la biodiversidad, sino un negocio y una forma de diversión muy subjetiva. No vemos a los seguidores de la corridas en asociaciones ecologistas luchando contra la desaparición de especies en peligro de extinción, solo se preocupan de la especie que les entretiene a ellos. Luego su motivación ecologista es espuria. Y en relación a que la vida de los toros, criados en semilibertad y en condiciones ciertamente envidiables para otros animales que nos comemos, es una vida tan positiva que compensa su muerte, hay que hacer una nueva digresión.

Este argumento podría ser válido, en todo caso, para los toros y pocos animales más. El resto de animales que comemos viven en condiciones dantescas, y su sufrimiento no aparece únicamente en sus últimas horas de vida, sino desde el momento que nacen. Así que no se puede decir que exista tal compensación. Pero aún asumiendo que los toros viven muy bien sus primeros años, ¿se puede justificar la fiesta de su muerte?


Pongamos un ejemplo en el que crucemos la barrera de la especie, a ver si nos salta alguna alarma. Si algo nos chirría con los seres humanos será porque nuestro especismo nos hace ignorar el destino de los toros solo porque son toros, y no por los argumentos que los defensores de las corridas aducen. Pongamos como ejemplo que criásemos a unos esclavos humanos, alimentándolos bien, con relativa libertad para procrear y disfrutar del ocio, enseñándoles únicamente artes de lucha y supervivencia que los hagan valientes, con la sola intención de que estuvieses fuertes y sanos para matarlos en una fiesta llena de diversas parafernalias y música de fanfarria... ¿lo juzgaríamos positivamente? ¿Cuántos utilitaristas morales dirían que la vida feliz del esclavo, o incluso su existencia como especie, justifica que los criemos para sacrificarlos bajo tambores, banderillas y espadas, mientras consumimos cerveza bajo el sol? ¿Cuántos podrían decir sin sonrojarse, que todo lo hacen por amor a los esclavos y su placentera vida, como tantos dicen que aman con devoción a los toros?

La pregunta es retórica, y por tanto no necesita respuesta. Baste con decir que volvemos al punto original, y es que todo se resume en una gran hipocresía. Dicho lo cual, también es necesario señalar que la postura contraria, la anti-taurina, también conlleva muy a menudo grandes dosis de hipocresía. ¿Por qué habría un anti-taurino montar un escándalo y movilizarse contra la muerte de seis toros en una tórrida tarde de verano, cuando se torturan indeciblemente a más animales, en calidad y en cantidad, en cualquier granja como las descritas en capítulos anteriores?

Quizás, lo que a mí me indigna más de las corridas de toros, aparte de la hipocresía comentada y de la ceguera para ver una práctica bárbara que se disfraza de arte y sentimientos nobles, es que el hacer un espectáculo noble de una lucha sangrienta y desigual nos envilece como seres humanos. Donde otros perciben un refinado arte que los hermana con la nobleza del toro, yo veo un macabro espectáculo que nos hace espectadores carroñeros. Donde otros ven una solemnidad ceremoniosa y respeto a las costumbres, yo veo un oscurantismo retrógrado e incompatible con los avances morales que la ilustración nos ha regalado. En definitiva, no es el toro el que me preocupa, es el humano.

Pero como humano solo puedo hablar por mí mismo, y los demás humanos deben ser libres para opinar lo contrario y expresar libremente sus gustos y sus ascos, como yo lo hago. Y por supuesto, todos debemos acatar lo que democráticamente se decida, y en todo caso, luchar para cambiarlo pacíficamente.

Pero volvamos a Peter Singer, cuya opinión cambió en la última edición. El autor pensaba que no se puede beneficiar a un ser inexistente, y el argumento de dar vida a seres que de otra manera no existirían no tenía sentido. Pero ahora somete su propia a opinión a revisión, y se plantea lo siguiente: si dejásemos nacer a un niño con graves malformaciones que hiciesen su vida corta y dolorosa, y lo supiésemos antes de su concepción (así evita el tema del aborto), sería una maldad. Entonces estamos en condiciones reales de evitarle un sufrimiento a un ser inexistente, y si podemos evitárselo, ¿quién nos asegura, en sentido contrario, que no sea posible otorgarle un beneficio al traerlo al mundo en otras circunstancias diferentes?

Hasta aquí la teoría, porque luego Singer baja de nuevo a la realidad y confiesa:

Como mucho, el argumento sobre el beneficio de traer un ser al mundo podría justificar que se siguieses comiendo animales criados en libertad (de una especie incapaz de tener deseos para el futuro), que tuviesen una existencia agradable en un grupo social adecuado a sus necesidades de comportamiento y a los que después se matase rápidamente y sin dolor. Puedo respetar a las personas concienzudas que se preocupan de comer solo la carne que procede de tales animales, pero sospecho que, a menos que vivan en una granja donde puedan vigilar a sus propios animales, en la práctica serán casi vegetarianos.

Quizás la última de las excusas sea precisamente que hay demasiadas inconsistencias, es decir, el famoso "y tú más" que tanto éxito tiene en la política. Los cazadores no entienden por qué pagar por un animal muerto en el supermercado es peor que dispararles, los toreros ven una incoherencia en replicar contra la fiesta nacional mientras nos comemos una alitas de pollo, y los vendedores de cuero no entienden porque sus animales, que sufren menos que los que se emplean para la fabricación de pieles, están en el punto de mira. Al fin y al cabo todo el mundo colabora, en mayor o menor medida, directa o indirectamente, con el sufrimiento de algún animal, y muchos se toman las demandas animalistas como una llamada a un purismo que nos lleva a una vía muerta de inmovilismo activista.

Y es que debemos ser consecuentes, sí, pero sin caer en un purismo paralizador que descorazone a los que puedan seguir un boicot de buena fe. Debemos ser vegetarianos, es una opción sana, viable, económica y ecológica. También debemos dejar de consumir productos que impliquen la muerte o sufrimiento de animales. Hay muchos materiales alternativos hoy en día que nos ayudan a vivir sin hacer grandes sacrificios.

Pero tampoco hay que perder la cabeza. Ser coherente no implica "un rígido cumplimiento de normas de absoluta pureza". Si tenemos zapatos de cuero no es necesario tirarlos, basta con que no compremos otros y busquemos otra alternativa. 


[...] la coherencia solo nos exige que no contribuyamos de un modo importante a la demanda de productos animales. Así podemos demostrar que no tenemos ninguna necesidad de ellos. Es más probable que convenzamos a los demás para que adopten nuestra actitud si acomodamos nuestros ideales al sentido común que si nos empañamos en un tipo de pureza más propio de una ley de abstinencia religiosa que de un movimiento ético y político.
Nótese la cursiva original en la palabra "importante". A mí me da a entender que un animalista palizas con pancartas frente a un restaurante, gritando los sufrimientos animales mientras me como mi filete, no tiene probabilidades de convencerme. Mientras que uno al que invito a comer carne (sin saber que es vegetariano), y lejos de montar un número, me explica razonadamente sus objeciones, e incluso se la come por no quedar mal, me deja mayor huella y curiosidad, porque lo veo como un semejante en el que yo me podría ver reflejado.

El libro termina con algunos flecos pendientes como ciertos conflictos de intereses (las plagas), el hipotético sufrimiento de las plantas del que no hay constancia científica, y cómo ha aumentado el corpus bibliográfico que Singer referenciaba en su primera edición, que antes era "un puñado de referencias" y que ahora "podría haber llenado todo este libro". 

Además del prólogo a la edición de 1975 y unas cuantas declaraciones de entrevistas del autor, también se incluye en las páginas finales un anexo que celebra y pondera el éxito del movimiento animalista a los treinta años de su publicación.






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